Relectura de “Argumentos” Juan Guillermo Gómez García* Argumentos (1982-1999) En contraste con las políticas de la normalización auto-defensiva de la era -no inconclusa- de Marco Palacios en la Universidad Nacional, se ofreció al lector universitario Argumentos. Argumentos nacía de la iniciativa desinteresada por divulgar el pensamiento de la Escuela de Fráncfort, en nuestro medio universitario. Fue mucho más que ese designio inicial. Fue la empresa intelectual más deter- minante de nuestra vida universitaria a finalizar el siglo XX. Fue por ello la más incomprendida, la más marginal y por ello mismo la más estimulante para miles de estudiantes que encontraron en sus páginas una redefinición auténtica de los grandes interrogantes de nuestra época -la de la ininterrumpida barbarie de la vida nacional que empezaba a ser acuñada por la heroicidad macabra del paramilitaris- mo y la apoteosis e identificación histérica de la conciencia media colombiana con el autoritarismo dictatorial-, y que, como francotirador, en el sentido benjamiano del concepto, redefinía, radicalmente, el sentido de los estudios universitarios. Argumentos era el gran desafío intelec- tual que la sociedad colombiana, que las impúdicas directivas universitarias, no podían o querían enfrentar. El anquilo- samiento temprano de los representantes de la inteligencia de la generación de los setenta -“Cuadernos colombianos”-, era el telón de fondo marchito, para que Argu- mentos cumpliera su tarea de renovador del espíritu universitario las dos décadas siguientes. En una Colombia agobiada por incontenibles oleadas de violencia y en una Colombia en que -por lo demás- la Universidad cayó en manos de narcotrafi- cantes y los más impudorosos clanes fami- liares y grupúsculos políticos1, Argumentos era una fuente de pensamiento genuino, de solaz de rebeldía intelectual contra la hegemonía de la infamia y desvergüenza. Nadie se alcanza a imaginar el antídoto reconfortante para la moral neuronal -que era para muchos Argumentos- contra el totalitario manto de represión militar, política, social y familiar de la era de Turbay Ayala y cómplices, y contra el mismo clima universitario viciado, es decir, la pesadilla total que los medios de comunicación calificaban, copiado del escudo nacional, como “orden y progre- so”, y que el mismo ambiente profesoral hacía su patrimonio. Frente a la euforia fútil del enriquecimiento del parvenú, * Profesor Universidad de Antioquia y Universidad Nacional de Colombia (Sede Medellín). Este trabajo hace parte de la investigación sobre la biografía intelectual de Rafael Gutiérrez Girardot y de los compromisos con la Estrategia de Sostenibilidad 2013-2014, del CODI de la Universidad de Antioquia. A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 47 opone consciente Rubén la simpatía de sus páginas filosóficas con la democracia de masas; contra el acomodaticio lenguaje tecnocrático y sus secuelas paralizantes de la actividad intelectual, Argumentos se ofrecía como desafío, como “espíritu y acción” (H. Mann). Las contribuciones originales de Rubén en Argumentos -aparte de las traducciones que la acompañan y que son en realidad una y la misma labor- plantean, en una forma consecuente, las preguntas centra- les de la condición del trabajo intelectual en nuestras universidades. Pero es más: la tarea de Rubén se dirige a una sociedad, como la colombiana, que ha experimen- tado en sus últimas décadas, un intenso y traumático proceso de masificación urbana, el surgimiento del proletariado industrial, una consolidación social de clases medias -desorientadas- y su secula- rización vía su especialización profesional, una agresiva invasión de los medios de comunicación y la pérdida creciente de las culturas regionales a favor de la cul- tura de masas, entre otros fenómenos. Estas contribuciones fundamentan estos problemas, a saber, los problemas relati- vos a la tarea y función de la inteligencia moderna, a los límites del conocimiento o la razón, a la crisis de la sociedad bur- guesa, la naturaleza del autoritarismo político, y ellos se deben leer a la luz de la emergencia social y política de la sociedad colombiana. Detengámonos su- cintamente en estos tres asuntos centrales en la obra filosófica de Rubén, a saber, el papel de los intelectuales, el problema del conocimiento en la época moderna y el tema del autoritarismo. La primera pregunta se puede responder de mano de la Conclusión a la “Presen- tación de la teoría crítica de la sociedad” de Rubén Jaramillo Vélez, a saber, la tarea del intelectual -que es el profesor mismo- es la de contribuir modestamente con plantear, “con consecuente lucidez”, los problemas contemporáneos, y participar con ello a la tarea revolucionaria de la emancipación social. El intelectual es quien “…acepta la responsabilidad de cohesionar el anhelo, de servir como vehículo y expresión consciente de los antagonismos sociales en el proceso emancipador de la clases dominadas. El intelectual, o quien como el profesor, está liberado de la servidumbre manual y de la miseria salarial que ella implica en nuestro medio, y quien gracias a la oportunidad de su formación intelectual, debe integrarse a esa lucha, y estimular a las masas -en principio estudiantiles- a hacer consciente los antagonismo, a hacer conscientes las insuperables contradiccio- nes del llamado orden social, y abandonar las ilusiones pueriles y las fantasías do- minantes con que la industria cultural y la ideología entorpecen el conocimiento de la mayoría de la población. Esta tarea de “desmontar la ilusión ideológica”, es la contribución del “intelectual”, “el teórico”, que “puede llegar a ser factor es- timulante y por lo mismo transformador de tales circunstancias”2. Esta tarea consecuente con la emanci- pación social es, ante todo, la tarea de ser conscientes de los límites mismos de la razón, de la posibilidad misma del conocer en el mundo contemporáneo. Es Kant, quizá, para Rubén (aunque él remite a Descartes), la piedra de toque del problema de los límites de la razón; es Kant quien en forma radical posibilita 48 C en tro C ul tu ra l d e la U ni ve rs id ad d el T ol im a la crítica al conocimiento y determina la radicalización de la duda de la razón; es decir, que posibilita a Nietzsche mismo en la ardua tarea de la razón de pensarse a sí misma, como fuente de verdad y de mentira a la vez. Este es tal vez el más apasionante y significativo problema que plantea la obra de Rubén. Porque es en esta discusión de Kant a Nietzsche y de Nietzsche a la “Escuela de Fráncfort” en donde se sigue el hilo conductor de un discurso interrumpido, solo en la apariencia fragmentaria, de su tarea en- sayística. Es decir, las contribuciones de Rubén en “Argumentos” giran en torno a este problema que es decisivo para todo empezar a pensar. Es el problema que evita el falso ímpetu de la acción aparente, de la épica vanidosa del pseudo-pensar. Porque empezar a pensar en el mundo moderno es pensar, ante todo, en la radical humanización del conocer em- prendida por la Ilustración y sobre todo por la Ilustración alemana. Pensar desde ese horizonte y esa exigencia intelectual, es pues una tarea liberadora a contrapelo de la cultura escolástica dominante, del autoritarismo implícito de nuestra vida universitaria, de la afirmación dogmática que se complace en los destellos vanidosos de una semi-formación intelectual. El saber, escribe Rubén, “es primero un saber de sí mismo”3, y ese saber que no es el objeto de la ciencia positiva, no se interroga por las condiciones del saber; este saber es la tarea de la filosofía que fundamenta y legitima todo avance de la ciencia, todo descubrimiento del arte. Y este interrogar las condiciones del saber es la condición última del ser humano, su peculiaridad humana. El ser finito del hombre plantea la cuestión -desde Kant- “de la infinitud de los objetos de la experiencia”. Y la respuesta por el sujeto de la experiencia no puede ser otra que la especie, la especie humana como ser his- tórico. “Pero la totalidad de la cultura del espíritu”, subraya Rubén, “es la historia de la humanidad, es la conciencia de sí de la humanidad como la conciencia de su larga historia genérica: el hombre -decía Nietzsche-, es el animal de la más larga memoria”. Esa conciencia de su univer- salidad, concluye Rubén, es la condición de libertad en Marx. La libertad es pues esa conciencia del carácter genérico del hombre y sus consecuencias múltiples en su vida social. El carácter “sombrío y efímero” que Nietzsche concede al cono- cimiento, es parte de esa conciencia de los límites del conocimiento, la patética conciencia en Nietzsche del pathos de conocimiento que, no pocas veces, iden- tifica el orgulloso filósofo, con los actos estériles de sus pensamientos. A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 49 Emparienta Rubén, consecuentemente, este problema de la conciencia humana de todo conocer, con el problema radi- calizado por Nietzsche de la crisis de la cultura burguesa. Este problema se llama nihilismo. El nihilismo no solo es el problema de la muerte de Dios, del cual Nietzsche es solo su lúcido “notario”. El nihilismo es la indagación por la fuente de la verdad que produce mentiras, que tiene un origen en las cavernas más recón- ditas del ser humano; es la “pregunta de la verdad de la verdad”. Pero la verdad es la ilusión de la verdad; su propia contra- dicción. El nihilismo es la negación deno- dada contra el autoritarismo positivista, contra la domesticación del saber como auto-defensa de la convención social, los intereses del capital y la autoridad del Estado omnímodo. El nihilismo es el des- enmascaramiento de esa ilusión colectiva; el corazón inextirpable de la crisis de la humanidad burguesa. (Ese nihilismo re- clama su propia expresión; su estilo. Este es el aforístico como el de parábolas; en fin, el sistema del no sistema, como pro- grama inconcluso -por per se inconcluso y cuya única regla es no tener reglas- desde el romanticismo de Schlegel y Novalis.) Corresponde a la crisis de la sociedad burguesa, el nihilismo nietzscheano, a finales del siglo XIX, y el expresionismo, como vanguardia consciente alrededor de 1911-1912. Ella fue, a diferencia de las veleidades anti-socialista de Nietzsche, solidaria con las masas urbanas. “Recono- cía en el habitante de las grandes urbes”, anota Rubén, “al ser humano desahucia- do, deshumanizado por la reificación de la vida en el trabajo, en la escuela en la existencia pública…” y que destroza el lenguaje para destrozar el mundo caduco. Era la escuela de transición de épocas que -para decirlo con una cita de Ernst Bloch, traída por Rubén-, “están llenas de crepúsculos hacia adelante en los cuales lo viejo ciertamente no desaparece y lo nuevo no quiere hacerse…4”. A la catás- trofe metafísica de la muerte de Dios, se agregaba consecuente el renacimiento patético de un ser artístico de inédita expresión; o quiebre con la naturalidad de la representación positivista y su correlato del naturalismo estético. El expresionismo, como lo expone Rubén, pertenece de lleno a esa crisis de la cultura burguesa y es un respuesta radical contra el individualismo feroz, pero sobre contra las consecuencias devastadoras del vertigi- noso asenso industrial de Alemania bajo Bismarck -que puso a Alemania a la par de Inglaterra en materia de explotación de minerales y producción del acero- y la consecuencia lucha imperialista. Contra pues ese mundo desolado de las corporaciones y carteles de la producción del capitalismo, en el marco de un mun- do político antediluviano -de militares y Junkers-, se levanta una generación de artistas, procedentes de medios bur- gueses, a revivir, en barrios obreros, una comunidad utópica, “Die Brücke”, en Dresden. Buscaron expresarse con un estilo homogéneo, rápido, sin artificios. Erigieron a Van Gogh y Gaugin como modelos, y se remitieron a técnicas lar- gamente olvidadas, pero que estaban en la tradición alemana, como el grabado en madera, y volvieron los ojos a artistas como Brueghel, Bosch o Grünewald. Sus nombres más representativos fueron Kirchner, Nolde, y a ellos se asocia los de los poetas Georg Trakl, Gottfried Benn, Jacob von Hoddis, Kurt Hiller, Erwin 50 C en tro C ul tu ra l d e la U ni ve rs id ad d el T ol im a Loewenson, conocido como Golo Gangi, y otros más, “…que señalizaban con sus obras el temblor ante la cercanía de la catástrofe bajo la cual se iba a hacer añicos un cultura europea ya huera”. Justamente, la explicación de la génesis de la personalidad autoritaria puede ser la más actual de las contribuciones de Rubén en Argumentos. Desde su primer número esta tarea estuvo presente. Inició Rubén su empresa editorial con un largo comentario sobre la novela de Heinrich Mann El súbdito. Este trabajo de intro- ducción a la obra del hermano menor de Thomas Mann, anticipa todas las caracte- rísticas de las sucesivas contribuciones en Argumentos. La reseña biográfica de Hein- rich Mann sitúa al lector en medio de la sociedad Guillermina de fin de siglo XIX, que contenía las tensiones insolubles de un mundo en decadencia irreversible. Los viejos y arrogantes Junkers, la aristocracia mimada por Bismarck; la nueva clase bur- guesa, de industriales y financistas recién enriquecidos; y la base proletaria, bajo la dirección del Partido socialdemócrata de cuño marxista, componían la estructura básica de la sociedad, en medio de la cual salía como flotando el germen de hom- brecitos menudos. Esta capa imprecisa de la pequeña y grosera burguesía que tanto contribuyó a “la movilización en segundo grado” (K. Mannheim) del ascenso de Hitler, tres décadas más tarde. El tema central es pues la génesis de la per- sonalidad autoritaria, de lo cual algo sabe ya el colombiano medio, por experiencia directa5. El ascenso del fascismo puso en evidencia los rasgos de un tipo o carácter inconfundible. El análisis más acertado -o que llegó a ser canónico- procedió de un psicólogo, discípulo de Freud, y a su vez su contradictor, Erich Fromm. Rubén se vale de ese análisis central sobre la perso- Th om as y H ei nr ic hM an n. A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 51 nalidad autoritaria para resaltar el fondo materialista, la moldeable personalidad del niño ante la autoridad paterna. El niño aprende a obedecer ante la figura omnímoda de su padre, un jefe patriarcal del que emana el poder doméstico y que prefigura toda autoridad. En esa relación entre padre e hijo, éste se acostumbra no solo a obedecer por temor, sino introyecta los valores constitutivos del padre -que forman su Super Yo- como parte de su personalidad, como placer. Así el temor a obedecer se resuelve en el placer de obedecer, en fin, en su rasgo masoquista. Ese rasgo masoquista contiene como contrapartida el sádico, la personalidad que goza en hacer sufrir, en sojuzgar y humillar; que goza en hacerse obedecer. La personalidad autoritaria es sadomaso- quista, combina en diverso grado el placer en sufrir como el placer en hacer sufrir, como parte de su voluntad deformada en este primer momento de la socialización. Este primer momento de la socializa- ción -interiorización de los valores de la cultura- se reproduce, como lo analiza Max Horkheimer -al que Rubén acude consecuentemente en esta presentación del libro de Heinrich Mann- en las otras instituciones sociales: en las educativas, en las económicas, en las políticas. Así durante todo el proceso de socialización, el individuo se somete a estos primados de la obediencia y aprende a obedecer por conveniencia y sacar provecho astuto en la obediencia. Esto configura ese carácter, en gran medida repulsivo -como anoté, muy cercano a nuestra experiencia histó- rica- de una personalidad ambivalente, que inclina servilmente la cabeza ante el superior, el poderoso, el rico, y maltrata a su vez, a los desvalidos, a los inferiores, a los enfermos, a los “pobres diablos”. Rubén expone esta personalidad autori- taria, a propósito del ascenso del Tercer Reich, entre 1918-1933, de Adolfo Hit- ler6. El cabo condecorado con la Cruz de Hierro por sus actos en la Primera Guerra mundial, y que se hace famoso por sus peroratas ultranacionalistas y ferozmente anti-bolcheviques en cervecerías -la más célebre, la Hofbräuhaus- , durante los años de inseguridad institucional de la República de Weimar y como conse- cuencia de las espantosa crisis económica desatada en 1929, resume esta tendencia y la magnifica de una manera ejemplar. Las violentas denuncias contra el “Diktat de Versalles”, en que la nación alemana 52 C en tro C ul tu ra l d e la U ni ve rs id ad d el T ol im a se obligó a indemnizar a los aliados por los perjuicios de la Guerra, y la exalta- ción de lo “völkisch”, la raza aria, que se nutría de una vana teoría del parásito social H. S. Chamberlain (casado con una hija de Richard Wagner), fueron el coctel molotov ideológico del paranoico Hitler. Como paranoico, destaca Rubén en Hitler elementos que se agregar a su personalidad autoritaria, ante todo, su sentimiento de envidia. La compulsión de ser más, su megalomanía y su sentimiento de competencia, queda de manifiesto con sus proyectos arquitectónicos. Deseaba hacer de Berlín una París multiplicada. Hitler pretendía construir -sentimiento tan arraigado como su pasión destructora y su placer en ver destruir- la Kuppelberg, La “Montaña-cúpula”, 17 veces más am- plia que la Plaza de San Pedro en Roma, en cuya cúpula estaría el águila sobre la cruz gamada, para su exaltación inmortal. Quería competir con estas obras –y otras como el estadio de Nuremberg- con la grandeza y durabilidad de las pirámides egipcias, que le inspiraban por cuatro mil años de consistencia, y representaban -ilu- soriamente- su desaforada sed de poder. La arquitectura totalitaria era expresión de su narcisismo, su “pasión por construir para la eternidad”7, creerse único, por encima de todo y acompañado de una insensibilidad por el dolor ajeno, por la “pequeñez” del otro. Eso que calificó Hannah Arendt -ya clásicamente- como “banalidad del mal”. La obra filosófica de Rubén contribu- ye de este modo a tener conciencia de nuestra circunstancia contemporánea, a indagar y ahondar por sus fundamentos. Esta reflexión de la modernidad -que se inicia en rigor con Descartes-, al obje- tivar la naturaleza en la representación y determinar la verdad como certeza de la representación, contribuye a ganar en el libre juicio, en tener confianza en el conocimiento racional como guía y a la vez límite del conocimiento. La crítica de la modernidad que propone Rubén, que implica la crítica a la trayectoria fi- losófica de Descartes, Kant, Nietzsche y Heidegger, se diferencia de la crítica de los posmodernos contra la razón occidental, pues estos actúan movidos simplemente por el resentimiento a la modernidad. El resentimiento es una acción refleja determinada por la vaga conciencia del malestar de la cultura contemporánea y, en el fondo, por el complejo de in- ferioridad que les impone esa difícil trayectoria filosófica. Pero no se trata solo de una proceso que se sigue en los textos filosóficos, sino un concomitante camino histórico que se consolida para la época misma de Descartes, es decir, la tarea que advierte Rubén en el camino de liberación emprendido por el “tercer estado”, “…ese estamento que debe su origen a los ‘portus’ o burgos medievales y que tras su aparición en la Florencia de los Medici y en las regiones más avanzadas de la Europa del siglo XV, como Flandes y Cataluña, se ha convertido efectivamente en el agente histórico de un proyecto que ahora financiará los tesoros de América: el capitalismo, que germinará en otros paí- ses, no precisamente en el envió a Colón a la alta mar”8. Es decir la época moderna y sus implicaciones contradictorias, que gracias al modo cartesiano de representar e investigar la naturaleza establece no solo las relaciones empíricas inéditas -que consolidan decisivamente el proceso del “progreso indefinido del hombre”, para decirlo con Condorcet- sino la ligazón de A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 53 estas con los procesos económico-sociales materiales. Ejercicio marginal de estilística sobre Rubén Posee la escritura de Rubén los dones de su personalidad profesoral. Cada línea está escrita o transmite, más bien, la sustancia seria del asunto. No sobran palabras y están dirigidas a un estudiante responsable, a un público con vocación de pensar libremente. Los ensayos de Rubén son la expresión escrita de un pensamien- to de viva voz, no solo pensado como si fuera una conferencia, sino nutrido del élan de la palabra hablada. Porque esta palabra hablada rompe la barrera molesta y fastidiosa entre el hablar y el escribir, y sin artificios rebuscados, rompe la escritura formal a favor de una ideali- dad comunicativa. Parece la escritura de Rubén una extensión de su palabra y lo es de algún modo. Por eso el lector cree más bien oírle que leerlo. La prosa de Rubén es un encuentro virtuoso entre la oralidad -teñida de elocuencia sobria- y la escritura conceptual. En la célebre Carta sobre el humanismo, Heidegger escribe a Jean Beaufret que las preguntas formu- ladas se “aclararían mucho mejor en una conversación cara a cara”, porque en la escritura el pensar “pierde su dinamismo” y “la pluridimensionalidad de su ámbi- to”9. La prosa de Rubén parece conjurar ese peligro porque ella surte el efecto de un “cara a cara”, conserva el “dinamismo” y la “pluridimensionalidad” del pensar. Frente a la tortuosa prosa de nuestra co- munidad filosófica, frente al gesto docto- ral de la escritura de nuestros filósofos, la escritura de Rubén no solo es desafío, es también el origen de su incomprensión. La claridad que la distingue, incomoda, porque nada incomodada más a la falsa profundidad que la luz que nítida emana de una fuente de verdad. Y la escritura de Rubén es profunda, nítida, fuente de ver- dad. Rubén me ha reprochado, constante- mente, que escribo con frases demasiado largas; me reprocha tácitamente más: la norma es escribir sin artilugios, para lograr escribir con el cerebro y el corazón en la punta de los dedos. Los escritos de Rubén son, más bien sedimentos, de su hercúlea tarea de propagador a viva voz, en clases y conferencias; de sus innumera- bles intervenciones habladas, sobre fin, de la cultura -filosofía, literatura, historia- en lengua alemana. Causa pues inmenso placer leer a Rubén. Leerlo es revivir episodios sustanciales de la cultura occidental que él aprecia su- mamente. Es revivir en la prosa española la aventura religiosa de Lutero, porque Lutero fue, nos enseñó a nosotros Rubén, en sus clases y ratifica en sus escritos, ese antecesor iluminado del pensar por cuenta propia. Él liberó al espíritu de la dependencia papal, y endosó al individuo la responsabilidad por la indagación de su fe. Esta sacralización del creyente en detrimento de la autoridad eclesiástica, contribuyó a deshacer los lazos medievales que ataban al hombre con la autoridad.10 Del segundo aspecto formal sobresa- liente de Rubén, que algunos lectores reprochan, a saber, las excesivamente largas citas, basta reproducir lo que Rubén mismo ha dicho en su defensa, que ellas antes que un abuso, responden a la pretensión de “divulgar trabajos que hoy se pueden considerar clásicos sobre la 54 C en tro C ul tu ra l d e la U ni ve rs id ad d el T ol im a problemática”11 que trata. Pero las largas citas son también extensión del propio pensamiento de Rubén, un préstamo intelectual que traza el puente entre los autores clásicos -Freud, Horkheimer, Fromm, Marx, Nietszche, etc.- y los lec- tores colombianos contemporáneos. La tarea de la cita es la del demiurgo que co- munica estas dos esferas inconexas y que Rubén logra articular consecuente con la sucesión lógica de la argumentación. Más que un salto, las citas son la facilitación de la formulación del problema, en el entendido de que la paráfrasis o resumen de las mismas, llevaría a la pérdida de los nudos de una red compleja y que se recrean con la misma cita. Citar es así recrear, posibilitar el juego de instan- cias comunicativas inéditas. Citar, para Rubén, es asociar y potenciar lo citado en un nivel comprensivo mayor. Por eso la cita se lee con placer renovado, se relee en ese contexto de citación, de una manera que vuelve a decir, que comunica desde el fondo insólito de la asociación inquirida. Creo que quienes reprochan a Rubén la cita extensa, se juzgan disimuladamente a ellos, por lo que ellos harían con la cita: ocultarla o violentarla. Porque en Rubén la cita es testimonio de su capacidad de darle un contorno reivindicativo a ese tex- to oculto, violentado, en una dimensión materialista precisa: la simulación ina- barcable de nuestro estado cultural. Pero con la cita -y esto es lo verdaderamente conclusivo-, Rubén quiere destacar una condición genérica del conocer: el cono- cer no es un asunto privado, una verdad de propiedad de este o aquel, sino una circularidad en “el proceso finito-infinito del conocimiento”. En esa circularidad del conocimiento, la honradez intelectual consiste en poner simplemente -el signo tipográfico- de las comillas. La cita es la muestra de que Rubén tuvo que vérselas dialécticamente con los otros y recuperó la memoria viva -no un acto de autoridad- para nuestro presente. La prosa de Rubén gana, en tercer lugar, por su sensibilidad estética, su delicadeza en la apreciación pictórica y cinematográ- fica y su fino oído musical. Estos rasgos estéticos se difuminan imperceptiblemen- te en su prosa, pero son como una fuente secreta de su actividad como escritor. La armoniosa disposición de los elementos A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 55 de su escritura, la pausa secreta con que les infunde vida propia, provienen de esa sensibilidad y esa cultura, la cultura de los sentidos que para Marx -conforme con sus Manuscritos parisinos, tan estudiados por Rubén- se asimila a esa segunda na- turaleza del hombre, la misma historia de la humanidad. “Fulano de tal”, suele decir Rubén, en tono de reproche, “¿cómo puede pensar si no ha leído siquiera a Balzac?”. Alguna vez exclamó sorpren- dido ante la afirmación de una música que dijo que no le gustara Beethoven. No entiende un espacio de habitación sin cuadros -nada habla más de una per- sona que su pinacoteca hogareña- , ni un hombre que se estime culto que no vaya periódicamente a cine. Quiso ser arqui- tecto -me parece- y quizá urbanista. Ese trasfondo estético de Rubén -no es esteta en sentido conservador- domina su prosa y explica la serenidad expositiva, de rasgo seguro, de su prosa y nutre el horizonte de comprensión filosófico, psicoana- lítico y socio-histórico que acompaña sus generosas explicaciones. Es decir, la forma estilística de Rubén es sustancial al contenido clarificador y pedagógico de los temas y autores tratados, no un mecanismo afectado de comunicación. Ese es el teselado estético latente de la obra filosófica de Rubén Jaramillo Vélez. El carácter ensayístico, en sí fragmenta- rio de la obra de Rubén, no es producto de la incapacidad de formar un sistema unitario de pensamiento, en una for- ma escolástica. Es todo lo contrario, el pensamiento en marcha dinámica por reconstruir los fragmentos de un pensa- miento en la circularidad finita-infinita del conocimiento de la modernidad. Por ello toma su forma peculiar, materialmen- te concreta en ensayos sucesivos, en su órgano especializado y la vez intelectual, Argumentos. Estos ensayos siguen no un orden piramidal, jerárquico, cerrado. Más bien responde a las necesidades de un orden cerrado y dogmático, contra el peligro en que se estaciona cómodamente el saber utilitario y especializado del co- nocimiento en nuestras universidades; es decir, se pliega liberadoramente contra ese orden conventual-militar-sectario del sa- ber universitario. Ante la astucia rentable del conocimiento -convertido en créditos universitarios- Argumentos ofrecía una salida de escape saludable: resistir contra el envenenamiento de nuestra cultura universitaria. La manera en que hizo Argumentos esa labor de zapa, era la manera más digna y quizá la única posible para soportar el orden imperativo de la mentira institu- cionalizada y contra los negociantes de las falsas construcciones curriculares. Entre esa maraña de falsos conceptos y pseudo- divisiones disciplinares, se escondía la justificación de la división entre ricos y pobres, entre razas superiores e inferio- res, entre clases dominantes y “pobres diablos”. Es decir, de esa pedagogía de la dominación universitaria surgían las huestes innumerables de los “abogados de la causas ganadas”. Esta conciencia feliz se llama secularización, entre nosotros; la sustancia cultural autoritaria de nuestras clases medias profesionales. Contra esa patraña y burla al conocimiento sobre el sentido y alcance de la crisis de las cultura burguesa, se erigió la comprensión del nihilismo -tal como lo presentó Argu- mentos- como desenmascaramiento de la cultura burguesa y su versión de opereta en nuestra realidad tropical. Sin duda, la 56 C en tro C ul tu ra l d e la U ni ve rs id ad d el T ol im a obra de zapa de Rubén, era un huésped incómodo entre el clima anti-ético de nuestras universidades, que identificaban la disciplina profesional con su enrique- cimiento fácil y desmesurado. Fue esa cultura universitaria falsificada la que, sea dicho de paso, sirvió de caldo de cultivo al autoritarismo de las mafias dominantes y de la consecuencia natural de ellas, a sa- ber, la exaltación e identificación histérica con la personalidad autoritaria de Álvaro Uribe Vélez. ¿Cómo se financió Argumentos? Contra el provincialismo espiritual, contra la falsificación del espíritu uni- versitario, Argumentos se presentó con su tradición intelectual, forjada en el yunque del materialismo histórico. Pero estas pá- ginas tenían, como toda obra intelectual, un costo material, una economía secreta, cuyos detalles -por ser quizá demasiado prosaicos- escapan a la atención general del investigador. Estos detalles son la obra en físico, la concreción material de las intenciones intelectuales, de los números de Argumentos. Ellos soportan un enorme pasivo a las finanzas del bolsillo de un profesor universitario, y Rubén Jaramillo se puede calificar de víctima económico de su propia invención intelectual. Esto no es nuevo en nuestra tradición intelectual latinoamericana. Es más bien la constante, y la corroboración en el caso de la empresa comercial Argumentos, es un episodio lleno de los más divertidos y curiosos detalles. Es el detalle de la cara fea, el óbolo que arrebata el papel entintado a la “romántica” aventura de editar en nuestro medio. Todos, o casi todos, quienes han emprendido la odisea de editar, lo saben, y conservan los recuerdos vivos, no de las ganancias -que son excepcionales o inédi- tas- sino de los saldos en rojo que hacen al editor de sí mismo un tipo ejemplar de nuestras letras continentales. Ello fue Rubén. Ese tipo ejemplar de nuestras letras -perpetuamente- en quie- bra material. Pero esa quiebra material, o los auto-desfalcos propios del editor de Argumentos -Rubén- reproducen una plana muy aleccionadora. Luego de un recuento de estas aventuras contables, difícilmente se atreverán a seguir tan poca promisoria senda. Rubén reproducía la aventura de Bello, con su “Biblioteca Americana”, Sarmien- Ba lza c. A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 57 to, con su “El Zonda”, Montalvo con su “El Cosmopolita”, y cientos de hombres de letras de lengua española. “Editar en España”, decía Mariano José de Larra, “es llorar”. Cuando se haga un estudio pormenori- zado de Argumentos, no se podrá escapar la publicidad de las páginas finales de los números. Esta publicidad delata la incansable labor -hoy casi impensable- de Rubén en recabar los fondos para su publicación. Esta publicidad es un clima cultural por lo demás. Ella pone de pre- sente una red de amistades y relaciones de Rubén, con sus patrocinadores. No son solo las casas editoriales y librerías más representativas de la ciudad, son también los abogados, los profesionales que generosamente contaron con su pauta publicitaria, porque cada uno de ellos tiene algo y tal vez mucho inédito que decir de Rubén. Son relaciones, no comerciales propiamente dichas, sino de afinidades intelectuales, de acuerdos en materia política o social. Me tocó, no pocas veces, acompañar a Rubén en esta marcha, en la dura y ma- terial marcha de levantar, aquí y allá, los costos para que su empresa intelectual no se retrasara ante las deudas imposterga- bles con los impresores. Llevaba también Rubén en una agenda desordenadísima la contabilidad de esquivos e insolventes compradores, que consistía, línea más, línea menos, en: “E.N.P. (Medellín) me debe 3 del Expresionismo”; “N.A.G. (Ba- rranquilla) 5 de Marx...” etc. Porque en la unipersonal empresa comercial Argumen- tos, Rubén era escritor, corrector, jefe de ventas, publicidad y relacionista público. Esta magna tarea, que involucraba todo su ser moral y profesoral, se convertía en los más de treinta números, cuya lectura nos reconcilia con esas duras décadas. En compañía del infaltable Edgar Muriel, siempre haciendo gala de impertérrito, celebramos con Rubén, en una orgía de entusiasmo, en la tarde un viernes grisáceo, el suceso de la aparición de un número de Argumentos. Pudo ser el de “Universidad y sociedad” y fue en su anterior apartamento frente a la Clínica de Palermo. La puntillosa memoria no hace crédito a la imborrable sensación a la distancia. Fue una epifanía y un trazo de escalpelo en mi relación con Rubén. Bastaría agregar que quien desee acercarse a Rubén por primera vez, o nuevamente experimentar el placer de la estimulante y ejemplar vida intelectual, recurra a la lectura de la entrevista que se publicó recientemente en Modernidad, nihilismo y utopía (Siglo del Hombre-Gelcil, 2013) de Rubén Jaramillo Vélez. Esta entrevista capta, en una manera vivaz y sintética, el ciclo de una vida consagrada a la filosofía. Una vida cargada del compromiso decidi- do por establecer el vínculo entre la gran tradición filosófica occidental y nuestra realidad. En esta entrevista queda, nítida- mente, retratada su gesta intelectual. Su sobria y a la vez enorme tarea de divulgar, repensar y recrear la experiencia genuina del pensar como ningún hombre de su ge- neración en nuestro país la he llevado tan alto y con tan perdurable significación. Ensayos de Rubén Jaramillo consultados en Argumentos: “El súbdito. En torno a los orígenes del autoritarismo”. Nro. 1; 58 C en tro C ul tu ra l d e la U ni ve rs id ad d el T ol im a “Presentación de la Teoría crítica de la sociedad”. Nro. 2; “Presentación” a “Marx y el derecho. Escritos de juven- tud”. Nro. 4/5; “Nietzsche: el nihilismo consciente” Nro. 6/7; “La circunstancia del Expresionismo” Nro. 8/9; “El Tercer Reich. Los desarrollos de la contrarrevolución alemana y los orígenes del nazismo: 1918- 1933” Nro. 18/19; “Kant y la Revolución francesa” Nro. 22/23; “Crítica del cientifismo en la inteligencia de la moder- nidad, en los 350 años del Discurso del Método” Nro. 24/25; “Tolerancia e ilustración” Nro. 28/29; “La sociedad y la época de Mozart”. Nro. 31/32. Notas 1. Hay una amplia literatura sobre el tema uni- versitario colombiano que documenta este asalto de grupos políticos, clanes familiares y narcotraficantes –es decir, la privatización sin pudor- que se toman la universidad en esas décadas. Basta mencionar: La educación superior en Colombia en la perspectiva mundial y latinoa- mericana (1977) de Augusto Franco y Carlos Tünnermann; La educación superior en Colombia (1992) de Ricardo Lucio y Mariana Serrano; Saldo rojo: la educación superior en crisis (1998) de Constanza Cubillos Reyes. El deterioro de la universidad pública, envuelta en los conflictos permanentes, facilitó ese proceso aberrante; pero se agrega a ello la indiferencia de los Ministros de turno –pasaban como nubes estériles-, la incompetencia y la permisibilidad del ICFES, las generalizadas prácticas clientelares en las mismas universidades públicas como fortines burocráticos, a lado de la licorera y lotería, el boom de la informalización del conocimiento universitario y la tendencia incontenible de los sectores medios –dominados por el particula- rismo de cuño tradicional- por adquirir una profesional con el menor esfuerzo y para el fácil enriquecimiento personal. 2. Jaramillo Vélez, Rubén. “Argumentos”. Nro. 2. “Presentación de la teoría crítica de la sociedad”. Pág. 53. Se podría citar una variable en la Pre- sentación al número “Cientifismo, modernidad, educación” (Nro. 24/27): “Es tarea de la filosofía y del pensamiento crítico” –de “Argumentos”- “pensar su tiempo e interrogar por el sentido de su evolución sin atenerse ingenuamente a los resultados del saber positivo, que solo se inte- gran al proceso de la verdad cuando se inscriben en una interpretación comprensiva global que percibe las posibilidades de la emancipación”. 3. Jaramillo Vélez; Rubén. “Argumentos”. Nro. 6/7. “Nietzsche: el nihilismo consciente”. Pág. 46. 4. Jaramillo Vélez, Rubén. “Argumentos”. Nro. 8/9. “La circunstancia del Expresionismo”. Pág. 16-17. 5. Condenso en este párrafo las ideas centrales del tema tratado por Rubén Jaramillo Vélez en “El súbdito. En torno a los orígenes del autoritarismo”, que corresponde al número 1 de “Argumentos”. 6. Condenso las ideas del tema tratado por Rubén Jaramillo en “El Tercer Reich. Los desarrollos de la contrarrevolución alemana y los orígenes del na- zismo: 1918-1933”. “Argumentos” Nro. 18/21. 7. Citado por Rubén en el número sobre el Tercer Reich. 8. Jaramillo Vélez, Rubén. “Argumentos”. Nro. 21/27. “Crítica del cientificismo en la inteligencia de la Modernidad. En los 350 años del Discurso del Método”. Pág. 21-22. 9. Heidegger, Martin. Carta sobre el humanismo. Alianza Editorial. Madrid, 2006. Pág. 14. 10. También Rubén resalta no solo la importancia del reformismo luterano, sino del reformismo católico, que tuvo su Papa ilustrado, Clemente XIV, quien suprimió la Compañía de Jesús, que tuvo en Francia a Jansenio, cuya doctrina influiría profundamente en un Pascal, y el italiano Ludovico Antonio Muratori. De este último resalta, a propósito de su injerencia sobre los personajes que intentaban renovar la vida religiosa, por parte de María Teresa de Austria, de la época de Mozart: “En sus obras propugna por la necesidad de una nueva piedad, de una piedad más íntima: es también un heredero de Erasmo en ese sentido y de uno u otro modo los es también de la Reforma.” Pág. 102. 11. Jaramillo Vélez, Rubén. El súbdito. En torno a los orígenes del autoritarismo. 2da. Edición Ampliada. Argumentos. Bogotá, 1986. Pág. 7. A qu el ar re R ev is ta d el C en tro C ul tu ra l U ni ve rs ita rio 59