El misterio de la palabra Juan José Hoyos y Junio de 2023 N.° 101 http://biblioteca.udea.edu.co Correo electrónico: jluis.arboleda@udea.edu.co Diseño, diagramación, impresión y terminación: Imprenta Universidad de Antioquia Distribución gratuita Ilustraciones: Fotografías e intervenciones de Ana Fernanda Ríos Gallán Portada: Signos, Intervención in situ, 2017 Presentación Juan José Hoyos (Medellín, 1953) es, ante todo, un escritor, quien tiene por profesión ser periodista y como tal ha ejercido durante casi toda su vida, desempeñándose como profesor universitario, periodista en diversos medios nacionales e in- ternacionales y autor de no pocos libros, entre los cuales se pueden contar El oro y la sangre y Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar en el periodismo, y son de vital importancia sus investigaciones y compilaciones, como La pasión de contar. El periodismo narrativo en Colombia, 1638-2000, un libro de casi mil páginas, que recoge textos narrativos desde Juan Rodríguez Freire hasta Luis Tejada, de Manuel Uribe Ángel hasta Juan de Dios Restrepo, de Baldomero Sanín Cano hasta Alberto Salcedo Ramos, de Miguel Ángel Osorio hasta Luis Vidales, de Alberto Lleras Camargo hasta Silvia Galvis, de Soledad Acosta de Samper hasta Gabriel García Márquez... Más un estudio pre- vio imprescindible sobre las raíces del género del viejo “Nuevo periodismo”, entre otros aspectos. Ha recibido premios y reconocimientos, entre los cuales vale destacar el Premio Nacional de Periodismo Germán Arciniegas. Como novelista (género que cultiva con amor y morosidad) es autor de los títulos Tuyo es mi corazón y El cielo que perdimos. Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 4 Fue, igualmente, director de la Revista de la Universidad de Antioquia y ha estado al lado de importantes revistas como Acuarimántima y Deshora porque es, también, un gran lector y un apasionado impulsor de voces nuevas, de nuevas maneras de abordar la escritura. Lector gozoso, alegre, dispuesto siempre al homenaje y al asombro, como se verá en varios de los artículos aquí publicados sobre autores que lo han emocionado. “Soy un periodista dedicado a escribir historias” es una de las frases que mejor lo representan y que mejor definen su ver- dadera condición de narrador y de defensor de un periodismo que casi nada le concede a la esclavitud periodística del día a día. Esa esclavitud que poco garantiza la verdad. Ella está en las historias, diría Juan José Hoyos. Marianne Ponsford, reconocida editora y escritora colom- biana, se refirió así a  la obra y el estilo de Juan José Hoyos, definiendo en muy pocas palabras su gran arte de escribir: “Hay una envidiable transparencia en la escritura de Juan José Ho- yos. Algo genuino y tranquilo, ajeno a toda rimbombancia, a toda afectación, y sin embargo nada frágil. Porque la sencillez parece aquí un puerto de llegada y no una bandera intencional de partida”. Las crónicas tomadas del Libro de la vida aparecieron en su momento en las revistas Número y El Malpensante, y en los periódicos El Tiempo y El Colombiano. Luis Germán Sierra J. Ladrillos, de la serie LEGO. Fotografía digital. 2018 El misterio de la palabra «En el principio era la Palabra. Todo se hizo por ella. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres...». Leí estos versos cuando era niño y todavía los repito en silencio cuando voy a escribir la primera palabra sobre una hoja de papel en blanco. Son los versos de un poeta antiguo llamado Juan, que vivió en tiempos de Jesús de Galilea, fue uno de sus discípulos y escribió el cuarto Evangelio. Esta semana volví a encontrarlos en un libro de poemas —Tríptico romano— escrito por el poeta polaco Karol Wojtyla, más conocido en el mundo como el Papa Juan Pablo II. Las palabras de Juan las repite el Primer Vidente del Tríp- tico, mientras medita sobre el Libro del Génesis en el umbral de la Capilla Sixtina, abatido por el misterio de las imágenes donde Miguel Ángel pintó la creación del mundo. El Vidente, mirando la figura del Padre, piensa que el misterio del principio nace junto con la palabra. Pero luego abandona el hilo de sus pensamientos y dice, derrotado por el misterio: «Quizás, todo esto era más fácil de expresar con el lenguaje del Libro del Génesis». Tríptico romano es el sexto libro de Karol Wojtyla y fue escrito en el verano del 2002, después de un duro viaje a Polonia. Dos años antes, Juan Pablo II había estado a punto de renunciar a su pontificado. Tal vez por eso la última parte del Tríptico se Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 7 ocupa de la elección del nuevo Papa, después de su muerte. «Es menester que les hable la visión de Miguel Ángel» dice, refiriéndose a los cardenales que asistirán al Cónclave. El libro también habla de la naturaleza, de la tierra de Abraham y de las grandes preguntas de la vida y de la muerte. Luego, Wojtyla se dedica a meditar bajo los frescos de la Capilla Sixtina en todo lo que está escrito sin palabras en las pinturas de Miguel Ángel y dice, conmovido: «¡El principio y el final, invisibles, emanan hacia nosotros desde estas paredes!». El Tríptico tuvo ediciones millonarias en varios idiomas. No ocurrió lo mismo con el primer libro de Karol Wojtyla, donde escribió a los 19 años, después de visitar a su madre en el cementerio: En tu blanca tumba Florecen las flores blancas de la vida. Oh, ¿cuántos se han ido ya Sin estar contigo? ¿Cuántos años? En tu blanca tumba Cerrada desde hace tanto Algo parece surgir: Inexplicable como la muerte. En tu blanca tumba, Madre, mi fallecido amor... Era la época en la que él lloraba la muerte de su madre ante el cuadro del altar mayor de la basílica de Kalwaria Zebrzydowska. En el cuadro, la cabeza de la Virgen se inclina hacia el Niño y el Niño toca tiernamente la mejilla de su Madre. Ella está abrazando a su Hijo. Tampoco sucedió lo mismo con el libro que recogió los poe- mas que Wojtyla escribió en 1940, cuando trabajó como obrero en una cantera de piedra situada en Zakrzówek, durante la ocu- pación nazi de Polonia. Él estaba presente durante el estallido de una carga de dinamita, cuando las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. «Quedé profundamente desconcertado» dice Wojtyla, recordando el poema “En memoria de un compañero Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 8 de trabajo”: «Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban. / Abatidos, sentían todos el agravio...». En esa cantera, él también leía libros a los obreros en voz alta, a escondidas de los soldados alemanes. Bella y misteriosa es la palabra, sobre todo cuando está rodeada de silencio. Los poemas de Wojtyla se mantuvieron en el silencio durante largos años, por lo menos fuera de su patria. Hasta 1978, cuando fue elegido Papa, solo un puñado de filólogos y sacerdotes católicos polacos sabían que el nue- vo sucesor de Pedro era el mismo hombre que había escrito poemas y obras de teatro desde que era joven y asistía en el colegio a las clases de literatura de Mieczyslaw Kotlarczyk. El mismo muchacho que en 1938 se matriculó en la Universidad Jagellónica, de Cracovia, y en una escuela de dramaturgia, y se convirtió en uno de los promotores del Teatro Rapsódica, un centro cultural clandestino que montó varias de sus obras durante la ocupación nazi, por la época en que Wojtyla quería ser actor y escritor. La época en que escribió este poema, «Mu- chacha desilusionada del amor»: Con el mercurio medimos la tristeza como medimos el calor de los cuerpos, y del aire. Pero no es esa la forma de poder saber de nuestros límites. Porque tal vez tú crees que eres el centro de todas las cosas. Pero si pudieras vislumbrar que no es así sabrías de pronto que el único centro de todo es Él, y que Él tampoco encuentra el amor. ¿Cómo es que no lo sabes todavía? Temperatura cósmica tristeza mercurio. Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 9 ¿Para qué sirve entonces el corazón humano? Eran los años de la Segunda Guerra. Karol Wojtyla había perdido a una hermana que jamás conoció, a su madre, a su hermano médico, y vivía sólo con su padre, quien también murió poco después. Wojtyla iba a orar a la parroquia de San Estanislao de Kostka, en Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los Padres Salesianos. Según cuenta en una de sus homi- lías, «un día, los sacerdotes fueron deportados por los nazis al campo de concentración de Dachau. Únicamente quedaron un viejo párroco y el inspector provincial. En la parroquia había una persona que se distinguía sobre las demás: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesión, aunque había decidido trabajar en la sastrería de su padre. Afirmaba que su trabajo de sastre le hacía más fácil la vida interior. Era un hombre de una espiritualidad particularmente profunda». El sastre fue encargado por los salesianos de formar un círculo clandestino de jóvenes católicos llamado «Rosario vivo». «Tyranowski, que se estaba formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para mi edad, de sus obras» cuenta Juan Pablo II. El encuentro con San Juan de la Cruz y Santa Teresa marcó el resto de su vida. Leyó su poesía en idioma español y años más tarde, volvió a encontrarse con su obra durante unos ejercicios espirituales en el monasterio de los Padres Carme- litas Descalzos, en Cracovia. Desde entonces tuvo contactos con ellos, en especial con el Padre Leonardo de la Dolorosa, y hasta consideró la posibilidad de entrar en el Carmelo. Sin embargo, el Arzobispo de Cracovia lo convenció de que debía estudiar en el seminario diocesano. Después de su ordenación, su pasión por el más grande poeta de la lengua española lo llevó a escribir su tesis doctoral sobre la doctrina de la fe en San Juan de la Cruz. Como Fray Alberto —un santo polaco que Juan Pablo II canonizó, que no era sacerdote sino pintor, y abandonó el arte Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 10 para entregar su vida a los pobres—, Karol Wojtyla abandonó su vocación de escritor para abrazar el sacerdocio. Durante muchos años fue párroco rural, profesor universitario, párro- co de barrio, obispo y, luego, cardenal. Sin embargo, cuando ya era el Papa de todos los católicos, al final de su vida volvió a encontrarse con su vieja vocación. Ahora el final —invisible como el principio— ha convertido su vida en destino. Enton- ces pienso: en su juventud, la palabra redimió a Karol Wojtyla del dolor y lo llevó a encontrarse con Dios. En el ocaso de su vida, su encuentro con Dios y con el sufrimiento lo devolvió a la palabra. Y bienaventurado fue ese encuentro. En el principio era la Palabra. Todo se hizo por ella. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres... Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 118-123 S. t, de la serie Signos. Fotografía digital. 2018 Borges y los periódicos El escritor Jorge Luis Borges odiaba los periódicos. Decía que le parecían objetos inútiles porque sus páginas estaban llenas de noticias insignificantes. Según él, bastaba con que se publicara un diario cada 400 o 500 años, cuando ocurrieran sucesos real- mente importantes para la humanidad y la gente pudiera leer titulares como éstos: «Ayer Cristóbal Colón descubrió América» o «Bizancio cayó en manos de los infieles». A Borges le gustaba borrar pistas de sus personajes no solo en sus cuentos sino en su vida. Por eso nunca confesó a lo largo de la suya, en ninguna entrevista, que él había trabajado en un periódico. ¿Borges periodista? Cuando algunos estudiosos de su obra le preguntaron por detalles de la época en que traba- jó en la «Revista multicolor de los sábados», publicada por el diario Crítica, de Buenos Aires, él se limitó a decir varias veces que sus tareas en la revista no sobrepasaron las de un modesto colaborador. Parece que Borges prefería evitar esos recuerdos. Sin em- bargo, alguna vez llegó a reconocer que el verdadero comienzo de su carrera de escritor se sitúa entre los años 1933 y 1934, cuando publicó la serie de cuentos recogidos en su libro Historia universal de la infamia, aparecido en 1935. Pues bien: gracias a un trabajo cuidadoso y ejemplar realizado por Nicolás Helft, Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 13 con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes, en Argentina, ha salido a la luz pública la edición completa de la «Revista mul- ticolor de los sábados», un suplemento cultural editado entre 1933 y 1934 por el diario Crítica. Hasta 1991, la «Revista multicolor de los sábados» estaba guardada en archivos vedados incluso a los especialistas por la carencia de ejemplares y por el deterioro de muchos de ellos. El material fue bellamente compilado en un libro que reproduce algunas de las páginas impresas con los mismos colores de las ediciones originales del diario y un CD-ROM con la totalidad del contenido de la revista. La primera sorpresa para los lec- tores desprevenidos es esta: la revista fue dirigida por Ulyses Petit de Murat ¡y Jorge Luis Borges! La segunda: hallar en sus páginas amarillentas algunos de los cuentos de Historia universal de la infamia. La tercera: leer las traducciones de algunos de los cuentos de autores ingleses y orientales de la Antología de la literatura fantástica que Borges publicó años después con ayuda de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Según Horacio Salas, Borges llegó al diario Crítica por su- gerencia del director del periódico, Natalio Botana. Crítica era un gran periódico popular de tinte amarillista que publicaba crónicas policiales, historias de grandes crímenes, y noticias del fútbol y las carreras de caballos. Borges tenía entonces 34 años y hacía diez que había publicado su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Botana le propuso al periodista Ulyses Petit de Murat dirigir el suplemento cultural y sugirió el nombre de Borges como copiloto. Petit de Murat cuenta que recibió la sugerencia con algunos prejuicios: «¿Borges aceptaría, no digo ya a Botana, sino a un tipo de trabajo nervioso, en el que los minutos cuentan, hay que hacer muchas diligencias y acciones que pertenecen más al oficio que al intelecto? ¡Ese Borges que pedía diez días para concretar una respuesta de quince líneas a una entrevista cualquiera, que ponía un adjetivo y sacaba otro, insaciablemente, todas las santas tardes de Dios!». Salas dice que Botana buscaba un tipo especial de redactor: «el que iba al taller y conocía de memoria el catálogo de tipos, Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 14 la posibilidad de titulación, los que suministraba la máqui- na Ludlow. Borges había estado en imprentas de libros pero prontamente se asimiló a las que daban tarea a las gigantescas rotativas Hoe. Hizo rápida amistad con linotipistas, matriceros y diagramadores». Según Salas, contra todos los pronósticos, Borges cumplió a cabalidad con sus obligaciones y disfrutó su nuevo oficio, gracias al afecto con que lo recibieron varios com- pañeros de la revista «Cuadernos de Martín Fierro» que ahora eran periodistas, y gracias, sobre todo, a la genuina amistad que trabó con Francisco Loiácono, cronista policial del diario, apo- dado «Barquinazo» porque caminaba contoneándose como un borracho. Borges escuchaba con gusto y atención sus historias criminales e intercambiaba con él leyendas de guapos que había recogido entre los amigos de su padre y en largas conversaciones con guardaespaldas jubilados a los que entrevistó para escribir su biografía del poeta Evaristo Carriego. Botana exigía que los directores del suplemento también publicaran textos propios al menos cada dos semanas. Esto obligó a Borges a inventar ficciones que todavía estaban muy liga- das a sus lecturas: los cuentos de Historia universal de la infamia, publicado en 1935 por el sello editorial Tor. Salas dice que los cuentos de este libro, en realidad, fue- ron el inicio de un camino de narrador que Borges siguió cuando escribió «Pierre Menard, autor del Quijote», primer cuento enteramente suyo y que él dictó a su madre durante la convalecencia de una septicemia provocada por un accidente que estuvo a punto de causarle la muerte. El accidente ocurrió en el año 1938. Borges habla de él en su cuento «Sur». En el relato, la historia le sucede a Juan Dahlmann, un secretario de una biblioteca municipal de Buenos Aires que llega a una vieja casa en una estancia del Sur, ansioso por leer un libro: «Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y una Noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 15 frente ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente re- cién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida». Después de una larga estadía en el hospital, acosado por las fiebres, el cirujano que le salvó la vida le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia. El hombre —igual que Borges— se puso a llorar. Un paso fugaz por la redacción de uno de los diarios que tanto odiaba y un golpe mortal con el ala de una ventana en medio de la oscuridad: son dos episodios casi desconocidos en la vida de Jorge Luis Borges. Ninguno de ellos mereció un titular de un periódico. Y cambiaron su vida. Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 67-71 Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 16 S. t, de la serie Horizontes. Fotografía digital. 2017 Bohumil Hrabal y las palomas Cuando murió su madre, él cuenta que lloró por dentro, aunque por fuera tenía los ojos secos. Después del entierro, no quiso abandonar el cementerio. Se quedó mirando, sin parpadear, cómo quemaban cuatro cadáveres al mismo tiempo. Su madre era la tercera. Cuando el fuego consumió los cuerpos, un em- pleado separó los huesos de las cenizas. A renglón seguido, el tipo trituró los huesos de su madre en un molinillo de mano. Al final, revolvió las cenizas y el polvo que salió del molinillo, y echó todo en una lata. Vio todo eso con los ojos fuera de sus órbitas, como cuando miraba a los trenes del ejército de su país partir hacia Suiza y Austria llevando los libros de la Biblioteca Real de Prusia que él había descubierto en varias granjas aban- donadas. Al salir del cementerio, alzó los ojos y vio el humo de los hornos crematorios que trepaba hacia el firmamento por la chimenea. Entonces pensó que su madre subía al cielo. Un rato después bajó al sótano donde trabajaba haciendo algo parecido. Sólo que en vez de cadáveres humanos tenía que quemar libros. Porque, aunque quería ser escritor, trabajaba en una fábrica triturando libros y prensándolos para luego quemarlos en un horno. Con los residuos —qué ironía— se producía papel. Eran los años de la Segunda Guerra Mundial. Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 18 Un día, uno de sus compañeros volcó a sus pies una canasta llena de libros encuadernados en piel y con el lomo y los títulos estampados en oro. Cuando se repuso, él cogió una de esas joyas y la abrió de par en par: llevaba el sello de la biblioteca privada del rey de Prusia. Como pudo, echó a correr por la escalera para buscar al hombre que los había traído hasta la bodega, para venderlos como material de desecho. Y se llevó una sorpresa. Los que iban por la calle contando los billetes eran dos niños. Él los llevó a la fuerza hasta las afueras de la ciudad y los hizo cantar. Los niños habían encontrado los libros escondidos entre la paja de un establo, en una granja de Strasecí. Cuando llegó al establo y removió la paja, había tantos libros que le pareció que estaba delirando. Entonces llamó al bibliotecario del ejército checo y lo llevó al establo. Durante varias horas, los dos hombres recorrieron los campos aledaños y encontraron no uno sino tres grandes establos repletos de libros de la Biblioteca Real de Prusia. Cuando les pasó la euforia, cumpliendo con su deber de sol- dados, reportaron el hallazgo a sus superiores. Durante el resto del día, una caravana de camiones militares fueron por los libros y se los llevaron a Praga, por orden expresa del Ministerio de Asuntos Exteriores. El gobierno checo tenía la intención de devolverlos a su lugar de origen cuando acabara la guerra y los tiempos fueran menos agitados. Sin embargo, algún funcionario de alto rango se enteró del hallazgo y los libros fueron declarados botín de guerra. Poco tiempo después, otra caravana de camiones del ejército trans- portó los libros desde las bodegas del ministerio hasta la estación central del ferrocarril en Praga. Allí, un escuadrón de soldados los embaló como pudo en un tren militar. Él siguió el convoy. Los vagones no tenían techo. Y empezó a caer un aguacero. El tren partió hacia Suiza cargado de libros; libros encuader- nados en piel y con los lomos y los títulos estampados en oro; los libros de la Biblioteca Real de Prusia. Llovió a cántaros toda la semana. A pesar de eso, los camiones del ejército siguieron llevando libros a la estación todos los días. Los soldados los empacaban en trenes, como el primero, de vagones abiertos. Él vio todo eso sin creer lo que estaba pasando, apoyado en Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 19 un farol. Ante sus ojos, en medio del aguacero, de los vagones chorreaba un agua dorada, mezcla de tinta de imprenta, papel deshecho y polvo gris. En sus mejillas, sus lágrimas se mezclaron con la lluvia. Cuando partió el último tren, él salió de1a estación y apenas vio a un policía uniformado, se detuvo, le alargó las manos y, todavía llorando, le suplicó que le pusiera las esposas y lo llevara a la cárcel porque había cometido un crimen. Él se llama Bohumil Hrabal y es, junto con Franz Kafka, el escritor más importante de la República Checa en los últimos cien años. Hrabal nació en 1914 en la ciudad de Brno. Antes de que estallara la Segunda Guerra, empezó a estudiar Dere- cho en la Universidad Carolina de Praga. Cuando los nazis ocuparon su país y cerraron las universidades, pasó varios años trabajando en oficios mal pagados y disímiles: fue triturador de libros y papel viejo en una fábrica de pulpa, obrero de una siderúrgica, tramoyista de un teatro, oficinista, viajante de co- mercio, empleado de los ferrocarriles, oficial escribiente de una notaría... En 1946, cuando por fin se apagó en Europa el ruido de las bombas, pudo acabar su carrera y obtuvo el título de doctor. A pesar de eso tuvo que seguir ganándose la vida en los mismos oficios. Mientras tanto, se dedicó a escribir en silencio los libros que las editoriales checas sólo empezaron a publicar veinte años más tarde. En un principio, fue el poeta italiano Giuseppe Ungaretti quien lo inspiró. Sugestionado por su obra, comenzó a escribir versos... Él lo recuerda así: «Con los versos de él escalé el hielo sutil de la escritura. Y la fuerza motriz de mi escritura era la alegría que me daban las frases que escurrían lentamente de mi alma en las páginas de la máquina de escribir Underwood...». Por aquel entonces, cuando sus amigos le preguntaban a su madre cómo iban sus estudios, ella hacía un gesto desconsolado con la mano y decía que él estaba siempre con la cabeza en otra parte... «Y era así, en aquel tiempo era un muchacho poseído por la escritura, grávido de escritura, y no soñaba otra cosa que en el sábado y el domingo, cuando regresaba a Nymburk, de Praga, sobre todo porque los fines de semana las oficinas de la fábrica Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 20 de cerveza eran tranquilas, y durante dos días podía escribir en la máquina Underwood, podía escribir esa primera frase que viajaba conmigo desde Praga, y después permanecer sentado frente a la máquina y esperar, con los dedos levantados, el ins- tante en que esa primera frase generaba la frase siguiente...». Eran los tiempos de la invasión nazi. Después vino la rusa. Y los esbirros de Josef Stalin prohibieron sus libros. En1963, cuando los estalinistas fueron derrotados por pri- mera vez en la Unión Soviética, los libros de Hrabal comenzaron a salir a la calle y batieron en poco tiempo los records de ventas. La lista de esos libros es casi tan larga como los años de silencio de Hrabal: Yo, que he servido al rey de Inglaterra, Bodas en casa, Personajes en un paisaje de infancia, Quién soy yo, Los palabristas, La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo, Trenes rigurosamente vigilados ... Y el más amado por él: Una soledad demasiado ruidosa. «Me preparé toda la vida para escribir ese libro» dijo Hrabal poco antes de morir. Pocas novelas como esta resumen de un modo más bello y más trágico nuestra vida de hoy y el destino de los libros en un mundo despiadado como este que nos ha tocado en suerte. Le doy gracias a Dios por esa novela donde Hrabal cuenta la historia de sus años de obrero quemando libros; la historia de la cremación del cadáver de su madre... y la historia del día en que, llorando, vio a los trenes del ejército de su país partir hacia Suiza y Austria, en medio de la lluvia, llevando en sus vagones los libros de la Biblioteca Real de Prusia como si fueran cadáveres podridos. Bohumil Hrabal murió el 3 de febrero de 1997 en una clínica ortopédica de Praga, el día en que los médicos le dieron de alta, después de dos meses de hospitalización, a causa de una contusión en el costado. El director de la clínica dijo a la prensa que Hrabal cayó de la ventana de su habitación, situada en el quinto piso, después de perder el equilibrio cuando —como todos los días, mientras estuvo hospitalizado— daba de comer a las palomas. Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 76-80 S. t, de la serie Horizontes. Fotografía digital. 2018 Un diario de guerra Él era un niño que vivía en un pueblo apartado de Polonia. La primera vez que vio un avión fue en 1939, en la casa de su tío Pawlow, donde estaba pasando las vacaciones. En la lejanía llegó a sus oídos un ruido como de un motor. Él nunca había oído algo así. El abuelo señaló el cielo con su bastón. Allá arriba, en el cielo azul, aparecieron varios puntos plateados. El abuelo gritó, señalando con la punta del bastón hacia los aviones: «¡Niños! ¡Recordad este día! ¡Recordadlo!». Y lo repitió, amenazando con el bastón a quién sabe quién: a los niños, a los aviones, al mundo... Poco después, en el bosque, junto a la casa, empezaron a estallar las bombas. En Pinsk no se conocían entonces ni la radio ni el cine. Él no sabía leer ni escribir y nunca había oído hablar de la existencia de guerras, ni de armas para matar. A lo lejos vio cómo saltaban por el aire racimos de tierra gigantescos. Le pareció un espectáculo extraordinario que lo dejó atónito y fascinado. Su mente no sabía unir los aviones de color gris pla- teado que había visto en el cielo con el estruendo de las bombas que estallaban en el bosque y hacían elevar la tierra hasta tocar las copas de los árboles. Tal vez por eso echó a correr hacia el bosque, para ver de cerca ese extraño espectáculo que produ- cían las bombas. Pero una mano lo agarró por el hombro y lo tiró al suelo. El niño oyó la voz temblorosa de su madre que le Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 23 decía: «Sigue tumbado, no te muevas». Él recuerda que ella lo apretó contra su pecho y le dijo algo cuyo sentido se le escapó en ese momento: «Ahí está la muerte, hijo». El niño de esta historia es Ryszard Kapuscinski, uno de los grandes periodistas de hoy, y nació en Pinsk, en la región de Polesia, en 1932. A lo largo de su carrera como corresponsal de la Agencia Polaca de Noticias PAP recorrió muchos países de África y Asia, durantes las guerras de independencia, y luego viajó a Latinoamérica. Durante esos años escribió miles y miles de despachos noticiosos que hoy están arrumados en algún cajón de la agencia. Los despachos, por fuerza, reducían todo «a una superficial abreviatura en la que no cabía la enorme riqueza, la otredad y la plenitud de ese momento». Por eso, corroído por esa sensación de carencia y banalidad del periodismo de agencia de prensa, empezó a escribir libros. En todos, Kapus- cinski intenta hablar con su propia voz. «Una voz personal, amortiguada. No sé gritar», dice. Hoy Pinsk, su pueblo, ya no es territorio polaco porque después de la Segunda Guerra Mundial, por obra y gracia de la nueva repartición del mundo que acordaron los países Aliados, pasó a hacer parte de Bielorrusia. Kapuscinski pertenece, pues, a la estirpe de los desarraigados. Es hijo de la guerra y no paró de huir hasta que la guerra terminó. A veces tenía que abando- nar Pinsk para pasar la frontera y buscar refugio en territorio alemán. A veces tenía que escaparse del lado alemán para huir de los soldados nazis. «Empecé a deambular por el mundo a los siete años, y aún sigo, hasta hoy» dice en uno de sus diarios, publicados este año en español por la Editorial Anagrama. El paisaje de fondo de casi todos es la guerra. La guerra eterna que a él le ha tocado vivir desde que su abuelo señaló con su bastón esos puntos plateados en el cielo azul. En los diarios, Kapuscinski recuerda noches cerradas en las que tiene mucho sueño pero no se le permite dormir, porque todos tienen que irse, todos tienen que huir. Todos los cami- nos, las carreteras y hasta los senderos de tierra de su infancia los recuerda llenos de carros, carretillas, bicicletas y gente con Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 24 bultos, maletas, bolsas. Hay miles y miles de caras aterrorizadas. Unos van hacia el Este, otros hacia el Oeste, hacia el Norte, hacia el Sur. Otros dan vueltas en círculos. Otros caen dormidos en cualquier lugar. Pero todos huyen. Los paisajes de la infancia de Kapuscinski están lejos de parecer postales. Son pueblos abandonados, casas solitarias y quemadas, campos desolados después de las batallas. Fusiles abandonados. Olor a cenizas. Estaciones de ferrocarril bom- bardeadas, carros volcados, olor a pólvora, a carne en des- composición. Por todas partes, cadáveres de caballos... porque los caballos no saben esconderse durante los bombardeos. Se quedan quietos, esperando la muerte. Las casas donde su familia se guarece en el invierno están frías y las paredes, cubiertas por una capa de escarcha blanca. No pueden hacer fuego porque no pueden comprar leña, ni carbón, ni mucho menos robarlos. Se necesitan para la guerra. La pena por robarlos es la muerte. No tienen nada para comer. Kapuscinski anota en su diario: «La vida humana vale ahora tanto como un pedazo de carbón o un trozo de madera». A lo largo de la guerra, Kapuscinski sueña con tener un par de zapatos. En el verano iba descalzo y la piel de las plantas de los pies la sentía como un cinturón de cuero. Y él sueña con tener unas botas. Un par de botas fuertes, macizas, como las que usan los soldados. Tener botas en la Polonia en guerra significaba ser fuerte, incluso, simplemente, ser. Durante la guerra, su padre estuvo en el frente, como sol- dado. Luego fue apresado y logró escapar. Se escondió en un pueblo de las afueras de Varsovia y allí fue maestro de escuela, aun cuando nadie le pagaba por eso. Como su familia vivía en un pequeño cuarto sin luz ni agua, y ni siquiera una vela, y él no era capaz de convertirse en ladrón o contrabandista, un día, al no ver otra salida, dijo en clase a sus estudiantes: «Niños, los que quieran venir a clase mañana deberán traer una papa». Al día siguiente, la mitad de los estudiantes no fueron a la escuela. Entre los que fueron, unos llevaron media papa, otros un cuarto. Una papa entera era un tesoro. Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 25 Cuando los cañones callaron y dejaron de estallar las bombas, de pronto se hizo silencio. Un silencio que lo pilló por sorpresa. Él no sabía qué significaba. Los adultos podían pensar: «Se acabó el infierno. Por fin ha vuelto la paz». Pero Kapuscinski no sabía qué era la paz, era demasiado niño para recordarla. «Cuando se acabó la guerra yo no conocía más que el infierno», dice. Kapuscinski no ha olvidado los puntos plateados que vio de niño en el cielo azul, y que su abuelo señaló con su bastón. Ya los aviones de guerra no le parecen bellos. Ya ha visto lo que hacen. Según él, la guerra es la degradación del hombre al mismo nivel que la bestia. Cada guerra es una derrota para todos. No hay ningún vencedor: «He visto muchas guerras, pero recuerdo especialmente cómo acabó la II Guerra Mun- dial. Hubo unos días de euforia, pero luego fue saliendo a la luz la enorme infelicidad que la acompañaba: los mutilados, los niños huérfanos, las ciudades heridas y arrasadas, la gente irremediablemente enloquecida». Leí conmovido los diarios de Kapuscinski. Sus palabras quedaron grabadas en mi corazón: «Soy de la opinión de que toda guerra es absurda, salvo, acaso, la guerra defensiva. He visto tantas cosas terribles que me opongo por principios a la guerra. En la guerra nunca hay vencidos ni vencedores. En la guerra pierden todos. Lejos de ser una demostración de la fuerza del hombre, la guerra es la prueba de su debilidad». No pude soltar el libro durante toda la semana. Y mientras veía en la televisión las terribles imágenes de Irak y las de la guerra de mi país, me repetía en silencio apartes de los diarios, como si fueran conjuros: «La guerra —sea de la naturaleza que sea— siempre es una tragedia, un terrible fracaso de la huma- nidad. Ya no sólo por lo obvio —muerte y destrucción—, sino también por sus consecuencias, que se prolongan ad infinitum: deformaciones de todo tipo, mutilaciones, maneras de pensar paranoicas... Y el odio». Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 105-109 Cartas de amor La historia empezó con una carta enviada desde Nueva York en 1949, en la que ella les decía que, después de leer el anuncio publicado por ellos en la Saturday Review of Literature, estaba interesada en comprar varios ejemplares limpios de segunda mano de algunos libros que incluía al final, siempre y cuando el precio no superara los cinco dólares por unidad. La carta estaba firmada por la señorita Helene Hanff, quien se describía a sí misma como una escritora pobre, amante de los libros antiguos, y se quejaba de que no podía conseguirlos en las librerías de Nueva York, salvo en ediciones raras y carísimas, o en ejemplares de segunda mano que, además de mugrientos, solían estar llenos de anotaciones escolares. Cuando la carta llegó a su destino, en Londres, uno de los empleados de Marks & Co. atendió el pedido y en un papel membreteado con el sello de la librería, situada en el número 84 de Charing Cross Road, contestó de este modo: «Distinguida señorita: En respuesta a su carta del 5 de octubre, me complace decirle que hemos conseguido satisfacer las dos terceras partes del problema. Los tres ensayos de Hazlitt que usted quiere se incluyen en la edición de Nonesuch Press de sus Ensayos escogido y el de Stevenson se encuentra en Virginibus Perisque”... No te- nemos la Biblia latina que usted nos describe, pero sí un Nuevo Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 27 Testamento en latín y un Nuevo Testamento en griego: se trata de dos ediciones modernas, encuadernadas en tela. ¿Podrían ser de su gusto?». La nueva carta de Helene atravesó el Atlántico y llegó a manos de los libreros de Londres en noviembre. Decía así: «Se- ñores: Los libros llegaron bien, y el de Stevenson es tan bello que hasta abochorna un poco mis estanterías hechas con cajas de naranjas. Casi temo tocar esas páginas de tacto tan suave que semejan pergamino y de un fuerte color crema. Acostumbrada al blanco apagado y a las cubiertas de cartón rígido de los libros americanos, jamás supuse que un libro así pudiera proporcionar un placer tan gozoso al sentido del tacto». Cartas como éstas fueron y vinieron de Nueva York a Londres durante más de veinte años. Su autora era una escritora desco- nocida que vivía encerrada en un frío apartamento de Nueva York y se ganaba la vida escribiendo libros infantiles, artículos para revistas, obras teatrales que jamás tuvieron éxito y guiones para la televisión, pero también era una lectora apasionada y compulsiva de los libros de los escritores clásicos. Las cartas de Londres estaban firmadas por FPD, un oscuro empleado de Marks & Co. que no se identificaba sino con sus iniciales. Las cartas de Helene Hanff eran alegres, cálidas y llenas de ingenio y comentarios a veces entusiastas, a veces desaforados, de los libros que FPD se rebuscaba para ella en los depósitos de Marks & Co. o en otras librerías de segunda mano de Londres. Una carta de Helene, por ejemplo, decía: «¿Qué porquería de Biblia protestante es esta? Tengan ustedes la amabilidad de in- formar a los responsables de la Iglesia de Inglaterra que han echado a perder la prosa más bella que jamás se ha escrito». Las cartas de FPD, por el contrario, eran correctas, frías, británicas: «Querida señorita Hanff: sus cuatro dólares llegaron sin nove- dad y hemos abonado a su cuenta los 12 centavos sobrantes. Lamento el error cometido con la Biblia latina; trataremos de encontrarle una Vulgata». Cada año que pasaba, el vínculo que unía a Helene y a FPD, el amor a los libros, se iba volviendo más fuerte que Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 28 sus diferencias. Un día, Helene se dio cuenta por un amigo americano que después de la guerra había racionamiento de alimentos en Gran Bretaña y en Navidad decidió enviarles a los empleados de la librería un pequeño regalo: ¡un jamón de tres kilos! El paquete llegó aforado a nombre de FPD, el desconocido que firmaba las cartas remitiendo los libros. Su respuesta llegó el 20 de diciembre: «Querida señorita Hanff: Sólo unas letras para decirle que su regalo ha llegado hoy y que su contenido se ha repartido entre todo el personal de la librería. El señor Marks y el señor Cohen han insistido en que nos lo dividiéramos entre nosotros, sin incluir a los jefes. Quiero que sepa también que todo lo que había dentro de su paquete son cosas que no se encuentran aquí o sólo se pueden conseguir en el mercado negro. Ha sido muy amable y generoso por su parte haber pensado así en nosotros, y le estamos vivamente agradecidos». Esta vez el desconocido firmaba Frank Doel. Entre pedidos de ediciones clásicas de libros de William Shakespeare, John Keats, Horado, Cátulo y otros escritores, de un lado a otro del Atlántico siguieron cruzando a lo largo de los años cajas con galletas, jamón, huevos, libros y hasta partituras musicales de Handel y Bach. A la correspondencia de Helene y Frank se sumaron luego Cecily, una empleada de la librería; Megan Wells, un catalogador; Nora, la esposa de Frank, y una de sus hijas. Sin embargo, el amor no dicho en palabras y el cariño entrañable que fueron surgiendo entre Helene y Frank y los empleados de Marks & Co. no impedía a Helene desatar su furia cuando un pedido suyo no era bien atendido, como puede verse en esta carta de marzo de 1950: «¡Vamos, Frank Doel...! ¿Se puede saber qué hace usted ahí? No veo que haga nada, salvo pasarse todo el día sentado. ¿Dónde está la Antología de la poesía inglesa de Oxford que le pedí? ¿Dónde mi Vulgata y ese querido y viejo loco de John Henry, con los que había pensado pasar horas de edificante lectura durante la Cuaresma? ¡No me envía usted nada! ¡Ande, no se quede ahí sentado! Vaya a bus- carlo. La verdad es que no sé cómo puede seguir funcionando esa tienda». Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 29 Mientras sobrevivía adaptando para la televisión las novelas de Ellery Queen y escribiendo guiones de dramas históricos, Helene acarició por muchos años el sueño de viajar a Londres a conocer a Frank y su familia. Pero como ella misma decía, un escritor no puede prever, de un mes para otro, cómo pagará el alquiler. En enero de 1969, recibió una carta firmada por la secretaria de Marks & Co. que decía: «Querida señorita: Acabo de ver la carta que escribió usted al señor Doel el pasado 30 de septiembre, y con gran pesar tengo que comunicarle que el señor Doel falleció el domingo 22 de diciembre; su funeral se celebró la semana pasada». Muy abatida por la muerte de Frank, Helene recogió todas las cartas y se las llevó a un amigo que las entregó esa misma tarde a un editor de Nueva York. Él propuso publicarlas en forma de libro con el título de la dirección de Marks & Co: 84, Charing Cross Road. Helene Hanffle dijo: «¡Usted está loco!». En poco tiempo, la obra se convirtió en un libro de culto. El libro se publicó en Inglaterra en 1971 y Helene por fin pudo viajar a Londres por primera vez. Para entonces, Marks & Co. había cerrado sus puertas para siempre. Pero antes, los lectores habían robado para ella el aviso de la librería. Helene lo puso en el centro de su biblioteca, en Nueva York. El libro fue llevado al cine y al teatro con mucho éxito. Los lectores ingleses pusieron una placa de cobre con su nombre en uno de los muros donde funcionó la librería. Helene Hanff murió en 1996, a los ochenta años de edad, en medio de la pobreza, en un asilo para ancianos de Manhattan. Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 22-26 S. t, de la serie Horizontes. Fotografía digital. 2017 Bienvenido Bob Bob Dylan nació con la música, desde que vino al mundo en 1941 en una fría ciudad del Estado de Minnesota, en EE.UU. Y por lo visto morirá con ella. Porque sigue cantando: a los sesenta y cuatro años, ha lanzado un álbum doble con sus primeras canciones. En España, también se ha publicado un libro de crónicas sobre su vida con canciones escritas a lápiz y a máquina, fotos, recortes de prensa y programas originales de los conciertos y las giras. El libro se llama Bob Dylan: El Álbum, 1955-1966. Además, ha salido al mercado «No direction home», un documental de Martín Scorsese sobre Dylan. La película se abre con algunas reflexiones suyas acerca del destino: «Es la sensación de que sabes algo sobre ti mismo que el resto del mundo ignora... En cierto modo, es algo que debes mantener en secreto, porque es un sentimiento frágil, y si lo sacas a la luz, alguien lo destrozará. Más vale guardar todo eso dentro». Como si el tiempo se hubiera detenido, como si la guerra de Vietnam no hubiera acabado y millones de manifestantes negros marcharan sobre Washington, Bob Dylan ha resucitado, después de morir cien veces. Como una piedra rodante, como un rolling stone, su voz nos pregunta otra vez: «¿Cuántos caminos debe un hombre andar / para ser tenido en cuenta como hombre? / ¿Cuantas veces ha de mirar un hombre hacia arriba / para poder ver Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 32 el cielo? / ¿Cuántas muertes más serán necesarias / para que se sepa que ha muerto demasiada gente?». Medio siglo después de sus primeras grabaciones, la voz de Dylan tiene el mismo aire de los blues y la música country que él escuchaba cuando era niño en las emisoras que trasmitían desde New Orleans. El Álbum de Dylan está lleno de recuerdos: la huida de su casa, a los diez años, y su regreso, acompañado por la policía, que lo capturó y lo entregó a sus padres; él traía una guitarra debajo del brazo que le regaló un músico callejero. El piano y la armónica, que aprendió tocar a los quince años. La canción que compuso dedicada a Brigitte Bardot. La crónica cuenta que antes de cumplir los dieciocho abandonó su casa cinco veces más. Al final, dejó sus estudios en la Universidad de Minnesota y, con su guitarra y su armónica, se fue a andar por Nuevo Méjico, Dakota del Sur, Kansas y California. Allí vio por primera vez a Woody Guthrie, el legendario cantante de música country que marcó su vida. Muchos de estos viajes los hizo enrolado en un circo de Texas en el que trabó amistad con los payasos. En el sur, Dylan cantó y oyó cantar toda clase de música, desde el Rag y el Gospel hasta las baladas vaqueras que hicieron famosas las películas del Oeste. También trabajó en ba- res de mala muerte y en un local de striptease, en Colorado. Así logró un conocimiento de la vida y del pueblo estadounidense difícil de conseguir en las academias y en los grandes escenarios. Entonces empezó a componer sus canciones: una convergencia alucinante de poesía, blues, música country, desarraigo, cantos de iglesia y baladas del Oeste. Por esa época conoció al poeta Allen Ginsberg y le propuso montar un circo para llevar juntos su música y su poesía bajo una carpa por todo el país. Fue un sueño que jamás pudieron realizar. Después vino lo demás: su viaje a Nueva York a visitar a Woody Guthrie cuando él estaba enfermo en un hospital de Brooklyn. Su primer concierto, en el que cantó Soplando en el viento. La grabación de sus discos más exitosos. Su participación en las marchas por los derechos civiles al lado de Martín Luther King. La lucha contra la guerra de Vietnam. Su encuentro con Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 33 los Beatles. Y en 1965, el accidente de moto en el que estuvo a punto de morir, cerca de Woodstock. La vida es dar vueltas. Después de miles de conciertos y giras por el mundo; de recorrer grandes y pequeñas ciudades de su país en caravanas para presentarse en pequeños teatros, estadios y bares; después de tres o cuatro fracasos intentando hacer una familia y de tener problemas con la marihuana y el alcohol; después de ser el cantante más popular de su época y recibir la acusación de ser el Judas de la música —solo por aceptar cam- biar su vieja guitarra acústica por una eléctrica... —. Después de todo eso, en 1978, Bob Dylan se convirtió a la religión cristiana. Algunos dicen que sus álbumes de entonces parecen sermones. Hay fans que no le perdonan haber cantado Tocando las puertas del cielo en un concierto para el Papa Juan Pablo II. A Dylan nada de eso le importó: en 1983 abrazó el judaísmo, la vieja religión de sus padres, y visitó a Jerusalén, la ciudad santa, con su hijo Jesse. Confieso que esas cosas no me molestan. Por el contrario, creo que tienen un sentido en la vida de un hombre que a veces perdió el sentido de la vida. Él lo recuerda en una canción: «Cuando creas que eres demasiado viejo, demasiado joven, demasiado inteligente o demasiado tonto / Cuando te estés quedando atrás... / Y la soledad se eleva mientras el día cae / Y mañana por la mañana parece estar demasiado lejos / Y de vez en cuando te dices a ti mismo: / “Nunca supe que fuera a ocurrir así / ¿por qué no me lo dijeron el día que nací?” / Y tus almohadas de plumas se convierten en mantas de plomo/ Y te preguntas qué demonios estoy haciendo / En esta carretera por la que voy caminando, / Necesitas que se abra una nueva puerta/ Para mostrarte algo que ya has visto antes / Pero que pasaste por alto unas cien veces, quizás más/ Necesitas algo que te abra los ojos/ Tú puedes ir a la iglesia que se te antoje / O puedes ir al Brooklyn State Hospital / Encontrarás a Dios en la iglesia que hayas elegido, / Encontrarás a Woody Guthrie en el Brooklyn State Hospital / Y aunque sea sólo mi opinión / Y quizá tenga razón o quizás esté equivocado / Encontrarás a los dos / En el Gran Cañón / Al atardecer». Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 34 Dicen que el libro de crónicas de Bob Dylan, su álbum y el documental de Scorsese no son más que un negocio de una multinacional. Yo me pregunto: si las multinacionales de la mú- sica y el entretenimiento nos hacen comer todos los días tantas toneladas de basura, ¿qué problema hay en que también nos vendan de vez en cuando un poco de buena música, de buena poesía? Prefiero las canciones de Bob Dylan a la basura de la Barbie y a las bombas, las balas y las mentiras del presidente George W. Bush. Y entre el Dios de Bob Dylan y el dios dólar, me quedo con el primero. Él, al menos, no ha hecho tantos estragos y le ha permitido a Bob vivir, morir y resucitar cien veces. Si han vuelto la guerra y la miseria y el caos y el sufrimiento, ¡que vuelva Bob Dylan! Que vuelva el consuelo de su música y de su poesía para poder ver el cielo otra vez. Bienvenido a casa, Bob. Tomado de Viendo caer las flores de los guayacanes, Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006, pp. 260-264 S. t, de la serie Horizontes. Fotografía digital. 2017 El ataúd de Gardel La historia me la contó el negro Hernán Caro hace unos años en un bar de Junín, adonde él va con sus amigos, todos los días, a hablar de tangos y a tomar café. En la pared del fondo hay un solo cuadro: un retrato del cantante Carlos Gardel. El Negro me dijo que cuando Gardel murió en el aeródromo de Las Playas, el 24 de junio de 1935, hubo un litigio en torno a su ataúd, un cajón finísimo de madera comprado por encargo de la Paramount Pictures, la empresa productora de sus últimas películas. El mejor ataúd que había ese día en las funerarias de Medellín. La historia del litigio, bella y desconocida, fue rescatada del olvido por el periodista argentino Roberto Cassinelli, de la revista Cantando, de Buenos Aires. La revista lo envió a Me- dellín para preparar una edición especial sobre Gardel, que se publicó en Buenos Aires el 27 de junio de 1961. El repor- tero argentino fue recibido por Hernán Caro, Francisco Yoni, Hernán Restrepo Duque, Leonardo Alzate, Armando Duval y Saúl de Jesús Montoya Moreno. Ellos lo ayudaron a buscar los rastros de los últimos días de Gardel en Medellín. Cassinelli habló con músicos, periodistas, cantantes, productores de dis- cos, toreros y gente de la radio para tratar de reconstruir día a día el itinerario del cantante en 1935. Yo creo que logró su propósito, con contadas excepciones, como el episodio de la noche en que Gardel visitó con sus amigos un prostíbulo del entonces elegante barrio Lovaina. Un maestro masón me dijo que el litigio tiene que ver con una logia ya casi olvidada, tal vez la antigua Logia Iris del Aburrá. A esa sociedad secreta pertenecían varios personajes ilustres de nuestra ciudad, entre ellos el barítono italiano Ro- berto Ughetti. Él había llegado a Colombia con la compañía de zarzuelas de Marina Ughetti, después de una gira de más de quince años por ciudades de España, África y América. Cuando ocurrió el accidente en el que murió Gardel, la compañía estaba de gira en Medellín. Entre los personajes que entrevistó el cronista estaba Marina Ughetti, hermana de Roberto, el barítono que pertenecía a la logia. En 1961, Marina ya estaba dedicada a la radio y había per- dido la memoria casi por completo. Por eso Cassinelli decidió hablar con su esposo, Roberto Crespo. Él no pudo encontrar los papeles que guardaba sobre el caso Gardel, pero le reveló que su muerte imprevista y la de sus acompañantes, en Medellín, creó un problema que nadie esperaba: el de su velación y sus funerales. Cuando le preguntaron quién se había encargado del asunto, Roberto Crespo contestó: «Gardel y sus acompañantes no tenían parientes o amigos que pudieran hacerse cargo in- mediato de las cosas, salvo sus propios empresarios y un núcleo de artistas y personas importantes. Excluyéndome a mí de la lista, puedo mencionar a don Jorge Isaza, de la empresa Cine Colombia; mi cuñado, Roberto Ughetti, y Fernando Morales... pertenecientes a la masonería colombiana». Ellos sabían que Gardel pertenecía a una logia y estaban celebrando la fiesta más sagrada de la Hermandad: la del 24 de junio, el día de San Juan Bautista ¡el mismo día en que murió Gardel! En un comienzo, Cassinelli no comprendió por qué era importante el papel de la masonería en la velación y los fu- nerales de Gardel. Crespo le explicó que la gestión del grupo masón para sepultar los restos de un compañero en una ciudad tan católica como Medellín generó algunos problemas. «¿Eso Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 38 significa que Gardel...?», preguntó, muy intrigado, Cassinelli. «!Era masón!», le contestó Roberto Crespo. Luego le contó los pormenores de la historia. «La primera medida nuestra se limitó a conseguir un lugar para instalar la capilla ardiente, dónde velar los restos de Carlos Gardel y sus compañeros. La generosa actitud del canónigo Enrique Uribe, párroco de la metropolitana, basílica mayor de Medellín, zanjó las dificultades iniciales al ofrecer una casaquinta deshabitada, de su propiedad, ubicada en la Avenida de la Quebrada Arriba, entre Junín y el Puente Baltasar Ochoa...». En 1961, la casa ya no existía. Solo quedaba un extenso solar donde se levantaban varios almacenes. Crespo dice que la casa donde velaron a Gardel estaba situada en el mismo lugar de la mueblería Codilux. «La antigua casa tenía una reja negra y una amplia puerta de dos hojas. Un largo camino bordeado de césped y canteros florecidos conducía a una escalinata de mármol de pocos peldaños, distante de la calle una veintena de metros. En las dos amplias salas se instalaron los ataúdes... El de Gardel se cambió posteriormente por encargo de la Pa- ramount, tarea que cumplió su representante en Colombia...». Hablando del sepelio del cantante, Crespo recordó que em- pezó alrededor de las diez de la mañana del martes 25 de junio. «Antes de salir se realizó una curiosa ceremonia sobre el ataúd de Gardel. Un grupo de masones rodeó el féretro y se procedió a dar unos golpes sobre la tapa... Luego se inició la marcha hacia la iglesia de La Candelaria. Fue larga, fatigosa, imponente... Cuan- do el ataúd de Gardel fue introducido en el atrio de la catedral en el Parque de Berrío, el pueblo católico participó de las exequias y media hora más tarde, después de diversas conversaciones, el grupo masón consiguió que se desalojara la iglesia de católicos para poder rendir ellos las correspondientes honras fúnebres al extinto Albañil de la secta que obedece al Gran Arquitecto y que practica la hermandad y la caridad». En ese momento, mientras hablaba con Crespo, el periodis- ta recordó unas palabras del torero Horacio Cano —«Canito»—, Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 39 quien también lo acompañó recorriendo la ciudad: «Tuve la sensación de algo que pude ratificar durante la velación de sus restos, apenas trece días después...». Cano no le quiso decir ni una palabra más. Roberto Crespo continuó con su relato: «A las 11:30 se pudo colocar el féretro sobre la carroza y se encaminó el cortejo hacia el Cementerio de San Pedro, por la carrera Bolívar. La última morada está en esa calle, entre Lovaina y Lima, a una distancia aproximada de dos kilómetros de la iglesia de La Candelaria». En el cementerio hubo otros problemas. «Era inevitable —dijo Roberto Crespo—. No se pudo soldar el revestimiento metálico del ataúd de Gardel al llegar a la bóveda, pues el público era im- presionante y no queríamos que ese acto tuviera trascendencia...». Los masones no dejaron el problema sin resolver. «De ninguna manera... Nos retiramos del Cementerio, pero regresamos en la noche para retirar el cajón del nicho y soldar todo su contorno. No se pudo evitar que parte del público nos acompañara... incluso el fotógrafo Obando, que registró ese instante... Una foto notable, pues me ha permitido rememorar cosas ya olvidadas». Meses después, por petición de la Paramount Pictures, el ataúd con los restos de Gardel fue sacado de la bóveda. Don Luis Gómez Tirado, por encargo de la empresa Expreso Antioquia, lo llevó en un largo y penoso viaje de varios días —a lomo de mula, en carro y en tren— hasta Buenaventura. A lo largo del camino, los restos fueron velados de nuevo por la gente y hubo marchas de antorchas en varios municipios, como Caramanta y Supía, que duraron desde la medianoche hasta las primeras luces del alba. Los restos de Gardel fueron recibidos en el puerto por Armando Defino y fueron llevados en barco hasta Nueva York, donde hubo un gran funeral organizado por la Paramount. Finalmente, después de otro largo desfile fúnebre, fueron a parar al viejo Cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires. Solamente ahí terminó en paz el ataúd de Carlos Gardel. Tomado de Viendo caer las flores de los guayacanes, Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006, pp. 97-101 El escritor que no sabía escribir ¿Cómo empezar a contar una historia? ¿Diciendo una hermosa tarde? Esto sería inexacto porque una hermosa tarde no puede ser aquella en la que ha llovido... Con estas palabras, Roberto Arlt comenzaba a hablar de los enamorados que, a pesar de la lluvia, se besaban en las bancas del Parque Rivadavia, en Bue- nos Aires. Luego, sobrecogido por la visión de tantos cuerpos abrazados debajo de las hojas de los árboles, que goteaban, Arlt confesaba que no sabía que el amor impermeabiliza las ropas de los que se aman y se sientan a besarse en las bancas mojadas de los parques. Estos eran los temas de Roberto Arlt cuando escribía en los periódicos sus ” «Aguafuertes porteñas»: los talleres donde arreglaban muñecas rotas a precios módicos, la tristeza de los domingos, los que buscan pensión, la alegría de los mentirosos, los que no se casan, los señores que trabajan de ladrones, los relojeros, los hombres apurados, la inutilidad de los libros, la gimnasia sueca, el misterio de las casas sin terminar, las esposas de los médicos, el hombre que necesita ladrillos, el placer de vagabundear, las ventanas iluminadas, los caballos viejos que se revenden a diez pesos el caballo, el amor en el Parque Rivadavia. Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 41 Arlt no se preocupaba por lo que sus compañeros del perió- dico llamaban la actualidad: él se pasaba recorriendo las calles, hablando con los ladrones y los panaderos. Decía que los temas de sus Aguafuertes lo andaban buscando por ahí, en cualquier cafetín, en el mercado o en las escalas de alguna pensión. Una mañana sus compañeros del periódico lo encontraron en la redacción, donde estaba encargado de las noticias policiales, con los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, con las medias rotas. Al frente, tenía un vaso con una rosa que se marchitaba. A las preguntas angustiadas de ellos contestó: ¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta de que se está muriendo? Y no estaba borracho, porque apenas le pasó la pena empezó a trabajar. Durante varios días permaneció mudo y grosero, con el mechón de pelo en su cara, esta vez con los zapatos puestos, pero con cara de estar muerto. Había visto a una joven sirvien- ta, recién llegada de España, lanzándose al tranvía, para morir aplastada porque no había podido pagar unas deudas. Estas eran las historias que lo angustiaban. Era un hombre solitario. Escogía para vivir pensiones llenas de ladrones, en las que había que comer poniendo un revólver sobre la mesa. Mientras aguardaba la cena, las señoras de la co- cina lo oían cantar, a veces, sotto voce, «Una furtiva lácrima». Era un soltero sempiterno: alardeaba de sus noviazgos de ocho años. Mi camita es honesta, de una plaza y gracias, decía. Podía usarla sin reparo alguno el Papa o el arzobispo. Era un hombre triste. Sin embargo, confesaba que algunos días se despertaba con un sentimiento de dulzura floreciendo en el corazón. Entonces se hacía escrupulosamente el nudo de la corbata y salía a la calle a mirar amorosamente a las mujeres que pasaban. Su columna aparecía puntual, los martes, en el periódico El Mundo, de Buenos Aires. En ella, después de hablar de las camisetas caladas y de las planchadoras, se preguntaba, casi angustiado: ¿Cuándo aparecerá el Charles Louis Phillipe que describa nuestro arrabal, tal cual es? Un martes dedicó todo el espacio a comentar la tragedia de un Don Juan Tenorio criollo que había tenido que resignarse a ver desaparecer la Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 42 mujer de sus sueños por no tener diez centavos —nada más que diez centavos— para pagar el boleto del tranvía. El dueño del periódico, Muzzio Sáenz Peña, se dio cuenta, de pronto, de que la circulación de los martes se había duplicado. Entonces resolvió despistar a los lectores y publicar la columna de Arlt cualquier día de la semana. En busca de Arlt, la gente no tenía más remedio que comprar El Mundo todos los días. Mientras tanto, Roberto Arlt seguía escribiendo cuentos, novelas, obras de teatro. Había días en los que llegaba al periódico cargado de hojas. Se pasaba las horas tachando en ellas, armado de unas tijeras y un frasco de goma. Perdía su tiempo el jefe de redacción parándose frente a su escritorio para pedirle siquiera una nota. Cuando la escribía, a regaña- dientes, el jefe tenía que repasarla para corregir los errores de ortografía. Cómo son ustedes los gramáticos, decía él, burlándose de un académico de la lengua que quería exterminar el lunfardo. A ustedes no los lee ni la familia —escribió en su columna—. Para decir que un señor se comió un sándwich tienen que decir que se llevó a la boca un emparedado de jamón... Según Roberto Arlt, los académicos esgrimen la gramática como un bastón y su erudición como un escudo contra todas las cosas bellas que adornan la tierra. Arlt prefería hablar de la calle Corrientes, del pan dulce, del vecino que se moría, de los cobradores, del insomnio, de los empleados de tienda, de las fondas de los ladrones. Tenía la terrible fuerza de escribir mal, dice, hablando de él, Julio Cortázar, después de confesar que si de alguien se sentía cerca en su país era de Roberto Arlt. En último término, su obra era apenas intelectual. Escribía para quemar, como un ácido, para alumbrar, como una linterna mágica proyectando las placas de la ciudad maldita y sus hombres y mujeres condenados a vivirla en un permanente merodeo de perros rechazados por porteros y propietarios, dice Cortázar. Escribía con rabia y con genio, cosas que le sobraban, dice Juan Carlos Onetti. Y al tiempo malgastaba su vida en inventar Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 43 medias irrompibles, rosas eternas, nuevos motores de explosión, gases para acabar con una ciudad. Cuando salían sus libros —ellos no se lo perdonaron jamás— los intelectuales de Buenos Aires interrumpían sus martinis para encogerse de hombros y comentar piadosamente que Roberto Arlt no sabía escribir. No sabía, es cierto, dice Onetti. Y desde- ñaba el idioma de los salones. Pero, en cambio, dominaba la lengua de millones de argentinos, capaces de comprenderlo y sentirlo como amigo (las palabras son de Onetti) que acude —hosco, silencioso, cínico— en la hora de la angustia. Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 27-30 El mal de Don Quijote ¿El alma se equivoca por el hecho de imaginar? Me hago esta pregunta desde que estaba niño y aprendí a leer. Tenía seis años y era estudiante de primaria en la escuela San Agustín, en el barrio Aranjuez. Hasta esos días, en asuntos de la mente, sólo me habían preocupado los sueños. Cuando los soñaba, sentía que eran verdad. Cuando despertaba, pensaba que eran mentira. Pero ahora que abría los libros y podía leerlas historias de Las mil y una noches, y ver a Aladino y su lámpara maravillo- sa, y a Alí Babá y los cuarenta ladrones, todo me parecía distinto, todo me parecía real. Viendo mi afición temprana por la lectura, unos años más tarde mi hermana Lila me llevó a la Biblioteca Pública Piloto. Allí me dieron carné de lector y empecé a prestar libros para llevar a mi casa. Leía de todo y en desorden. Un día cayó a mis manos Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Man- cha, de Miguel de Cervantes. Estaban empezando las vacaciones escolares de mitad de año. Durante dos semanas, mientras mis amigos del barrio elevaban cometas, yo estuve encerrado en uno de los cuartos de mi casa, maravillado con las locuras de Don Quijote, ese hombre al que los libros de caballería le «sorbieron» el seso. Anita, mi madre, preocupada por mi encierro, tocaba la puerta y me decía: «Mijo, no lea más que se va a enloquecer...». Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 45 Yo no quise hacerle caso. Cuando acabé el libro y salí del cuarto, hasta la luz del sol tenía para mí otro color. Como le sucedió a Don Quijote, empecé a confundir la realidad con las cosas que imaginaba. Me lo hizo notar mi maestro, Don Esmaragdo, en la escuela, cuando me sorprendía extraviado, con la mente a miles de kilómetros del salón mientras él se esforzaba por explicar a mis compañeros los complicados mecanismos de la raíz cuadrada. Me lo hizo notar mi madre cuando le hablaba de los héroes de las novelas que yo leía como si fueran personas de carne y hueso. Dice el poeta Pedro Salinas que la novela de Cervantes es una persistente lucha entre las ideas y las cosas. Las ideas en su sede natural, la cabeza de un hombre; las cosas, alrededor de él. De un lado, una venta, un rústico ventero, dos mozas, las existencias materiales de las cosas. Del otro lado, las creencias de Don Quijote: un castillo, el castellano y unas damiselas. De la desproporción entre estas dos agonías, de este juego, salen la altura heroica del libro y su humor despiadado. Yo, preocupado por ese juego y, sobre todo, por mi situación después de la lectura de la novela de Cervantes, me di a la tarea de averiguar los misterios que la rodeaban. Hace pocos días encontré un libro que me ha ayudado a comprender algunos de esos misterios. Se llama Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes y fue escrito por Luis Astrana Marín, un literato espa- ñol que se dedicó a traducir a William Shakespeare y a estudiar las vidas de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega y Goethe. Su obra fue publicada en varios volúmenes entre 1948 y 1958 y tiene más de mil documentos, hasta entonces inéditos, sobre el autor de Don Quijote. Astrana quería responder a la misma pregunta que se hizo en 1867 don Víctor Manuel García: ¿quién fue Don Quijote? Acompañado por su hijo, recorrió durante varios años los pueblos donde estuvo Cervantes y los lugares por donde él cuenta que viajó el caballero de la triste figura. Astrana esculcó archivos parroquiales, visitó bibliotecas, leyó libros antiguos y rastreó papeles hasta del Tribunal de la Inquisición. Nueve Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 46 lugares se disputaban ser ese pueblo de La Mancha de cuyo nombre no quería acordarse Cervantes. Pues bien: él demostró que era Esquivias, un poblado donde Cervantes conoció a doña Catalina de Salazar, y se casó con ella en 1584, y luego trabajó como recaudador de impuestos. «Era un pueblo de guerreros e hidalgos (había 37 en la época de Cervantes) y ningún poeta», dice Astrana. De acuerdo con sus averiguaciones, en Esquivias, Cervantes se enteró de muchos secretos del pueblo por el cura Juan de Palacios, con el que trabó muy buena amistad. Así supo de las viejas rencillas entre los Quijadas y los Salazares. Doña Catali- na, la esposa de Cervantes, era descendiente de los Salazares y pariente del cura. Así también se enteró de la existencia de Fray Alonso Quijada, el tercer hijo del bachiller Juan Quijada y de María Salazar, moradores de Esquivias a fines del siglo xv y el primer tercio del xvi. Pues bien: el fraile Quijada se gastó casi toda su fortuna comprando y leyendo libros de caballería y después enloqueció. Estudiando el archivo parroquial de Esqui- vias desde 1519, Astrana descubrió que no existe ningún otro Alonso Quijada en la época de auge de los libros de caballerías. De hecho, en la segunda parte de Don Quijote, Cervantes pasó a llamar a su personaje Alonso Quijano «el Bueno», quizá por las burlas en el pueblo al reconocer a Fray Alonso en el libro. Revisando las partidas de bautismo y los libros de defuncio- nes de la parroquia de Esquivias, Luis Astrana Marín también encontró que en el pueblo habían existido personas reales como el cura Pero Pérez y Mari Gutiérrez, la mujer de Sancho Panza. También encontró en esos libros montones de personas con apellidos como Ricotes, Carrascos, Quiñones, Álamos y Alonsos, casi todos apellidos moriscos de la época en que Cer- vantes escribió la novela. Muchos de ellos estaban enterrados en la iglesia. La conclusión de Astrana Marín fue sencilla: «sin Esquivias no habría existido Don Quijote». Cuando Cervantes llegó a Esquivias, hacía muchos años había muerto Fray Alonso, pero él tal vez pensó que era prudente y cortés despistar: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme». Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 47 Para mera casualidad parece mucho, dice Francisco Rodríguez Marín, otro biógrafo de Cervantes. Hablando de estos asuntos, Jorge Luis Borges dice que «Cervantes era un hombre demasiado sabio como para no saber que, aun cuando opusiera los sueños y la realidad, la realidad no era, digamos, la verdadera realidad, o la monótona realidad común. Era una realidad creada por él... Y a lo largo de todo el libro hay una suerte de mezcla de los sueños y la realidad». Luego añade: «Cervantes sabía que la realidad estaba hecha de la misma materia que los sueños. Es lo que debe haber sentido. Todos los hombres lo sienten en algún momento de sus vidas. Pero él se divirtió recordándonos que aquello que tomamos como pura realidad era también un sueño. Y así todo el libro es una suerte de sueño. Y al final sentimos que, después de todo, también nosotros podemos ser un sueño». Sufro del mal de Don Quijote. Para mi consuelo, la historia de Esquivias y la novela de Cervantes me hacen pensar que él sufría del mismo mal. Y que el alma no se equivoca por el hecho de imaginar. Alma y sueño son espejos de la vida. Todo lo que hay en ellos ha pasado por nuestros ojos, por nuestros oídos, por nuestras manos. Por nuestro corazón. Está escrito en nuestro pasado. La imaginación, también en el caso de Miguel de Cervantes, es, pues, memoria. Es vida. Y la vida es sueño, decía Calderón de la Barca... Y los sueños, sueños son. Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 54-58 El libro de la vida Dicen que la vida es un libro que ya está escrito, y que vivir significa aprender a leerlo, aunque tenga líneas torcidas. Ella lo leyó y lo vivió desde que era una niña. Quedó huérfana de madre a los catorce años. Después, sufrió ataques de epilepsia y años más tarde tuvo algunos episodios de catalepsia, una enfermedad terrible en la que se pierden todas las funciones vitales; dicen que lo único que la diferencia de la muerte es la ausencia de putrefacción. Se llamaba Teresa Cepeda y Ahumada y después de su muerte ha sido más conocida por su nombre de monja: Teresa de Jesús. Nació en 1515, en Ávila de los Caballeros, una ciudad castellana que a partir de su reconquista, fue poblada por la dura gente del norte de España, curtida en mil batallas, y se convirtió en una punta de lanza de la guerra contra los moros que habían invadido el país. Por eso fue fortificada, saqueada y reconstruida varias veces. Eran tiempos difíciles. En 1517, dos años después de nacida Teresa, estalló la rebelión de Lutero contra la Iglesia Católica. Unos años antes, Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo. Mientras tanto la Europa occidental cristiana sufría la mano de hierro de la Inquisición. Teresa heredó de sus padres el amor por los libros. Los dos leían romances de caballería. La hija, como don Quijote, se Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 49 aficionó a ellos y los leía a escondidas. Es probable que también a ella le sorbieran el seso, como al héroe de Cervantes: Teresa se alborotó y se dedicó a los novios... y la perseguían muchos. Su padre optó por matricularla en un internado de las Madres Agustinas. Aquello era lo que ella menos quería para sí. Líneas torcidas del libro de la vida: en el convento encontró a la ma- dre María de Briceño, una mujer que cambió su vida. Las dos se hicieron tan amigas que, poco a poco, ella le fue quitando a Teresa la gran enemistad que tenía con ser monja. Además, en el convento, ella descubrió la verdadera pasión de su vida: la de escribir. Sucedió como menos lo esperaba, por orden de sus confesores. Poco a poco, de su pluma y su tintero salieron las páginas del Libro de la vida y El libro de las Moradas. Los dos son considerados los escritos místicos cristianos más bellos de los últimos veinte siglos. Teresa profesó en 1537. Al poco tiempo la atacó una en- fermedad extraña que la obligó a abandonar el monasterio. Su padre la llevó de regreso a casa. Allí, ella leyó El tercer abecedario, un libro que tomó por maestro. Los médicos la desahuciaron. Ella empezó a orar y a leer el libro de Job. En la vigilia de La Asunción le dio un paroxismo que la dejó sin sentido durante cuatro días. Las monjas de su monasterio le prepararon la se- pultura. Uno de los frailes rezó las honras fúnebres. El sepul- turero abrió la fosa. Sin embargo, su padre no la dejó enterrar. En medio del llanto y los lamentos de la gente, él decía: «Una hija de esta clase no es para morir todavía». De pronto, Teresa empezó a mover un dedo. Apenas volvió en sí, el funeral fue suspendido y ella se hizo llevar con presteza a su convento de la Encarnación. Cuentan que estuvo completamente inmóvil durante ocho meses y sólo pudo volver a caminar tres años más tarde, con ayuda de las monjas. Los últimos veinte fueron los años más felices. Comenzó su lucha por devolver a su comunidad religiosa a la vida sencilla y contemplativa de los ermitaños. Su propósito tuvo una fuerte oposición, pero algunos religiosos ilustres como el poeta Fray Luis de León y muchos otros cristianos le dieron su apoyo. A Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 50 pesar de las trabas que le impuso el tribunal de la Inquisición, en 1562, Teresa fundó el primer convento de la reforma carmelita en San José de Ávila. En 1567 se unió a sus huestes un fraile pequeño con cara de santo, que acababa de ordenarse y había cantado su primera misa en Medina del Campo, su pueblo natal. Se llamaba Fray Juan de Santo Matía. Ella lo mandó llamar y lo convenció de que encabezara la reforma de los carmelitas. El pequeño fraile tomó el nuevo nombre de Fray Juan de la Cruz. Su compañero en la dura lucha de la reforma fue Fray Antonio de Heredia, una especie de gigante. Teresa los llamaba a los dos «fraile y medio». Con los años, Teresa y Juan vencieron todos los obstáculos y lograron su propósito. Los cardenales católicos acabaron por reconocer su limpieza de alma y su valentía, y comprendieron la bondad de sus propuestas. A partir de ese momento, ella y el pequeño fraile –que se convirtió en su confesor— se dedicaron a escribir. Hoy son considerados los dos más grandes escritores místicos de la lengua española. Juan de la Cruz, heredero de la tradición Sufí árabe, era más delicado. Teresa, en cambio, escribía con fuerza y más rápido que un escribano de oficio. Cuando empuñaba la pluma, no tachaba ni corregía, sim- plemente dejaba correr la tinta sobre el papel. Si se equivoca- ba, en vez de volver atrás, introducía otra frase: «Y cuenta este libro 169 folios, digo no, 160». A pesar de todo esto, su letra era elegante y fina. Sus confesores distinguían a primera vista sus escritos de penitente como textos de una mujer. A Teresa no le preocuparon jamás la gramática ni la fama. No ponía signos de puntuación ni mayúsculas, y cuando estaba muy afanada usaba abreviaturas. Escribía como hablaban los campesinos de su Ávila natal. Por eso, además de una escritora clásica, es considerada hoy una gran escritora popular del siglo xvi. De ello pueden dar fe los lingüistas que han estudiado en sus libros la fonética castellana de ese tiempo. Porque Teresa escribía lo que sentía y como lo sentía. Su palabra era de fuego. Dejaba que su alma y su persona brotaran como una fuente de agua clara mientras su mano manchaba de tinta el papel. Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 51 Jamás consideró la escritura un ejercicio literario. Se miraba a sí misma tan sólo como una hija de Dios. Esta gran mujer que España dio al mundo murió en Alba de Tormes, cerca de Salamanca, en 1582, a los 67 años. Al final de su vida, había escrito por orden de sus confesores una obra fundamental en nuestro idioma. Entre sus libros están El castillo interior o Las moradas, Las fundaciones, El camino de perfección y el Libro de la vida. Cuando por fin el sepulturero pudo echar sobre su cuerpo la última palada de tierra, ella había escrito centenares de versos que cuatro siglos después son repetidos por millones de amantes de la poesía: Alma, buscarte has en mí, y a mí buscarme has en ti. A pesar de que han pasado las generaciones, han caído las dinastías y han muerto en el olvido pontífices, gobernantes e inquisidores, Teresa Cepeda y Ahumada vive aún en el corazón de miles de poetas de todas las edades y de todo el mundo que han abrazado su oficio sin miedo a entregarlo todo. Con razón la amaban tanto Truman Capote y los novelistas de su generación. En el juego de la vida, Teresa lo apostó todo, igual que los grandes artistas y los místicos de todos los tiempos y todas las confesiones. Su libro de la vida es una prueba más de que el mundo está lleno de voces que nadie oye, excepto los santos y los poetas: ellos velan como centinelas en lo alto de la noche. Teresa de Jesús fue santa y fue poeta. Y después de su muerte, su alma blanca todavía vela sobre la tierra oscura como un centinela en lo alto de la noche. Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 124-128 S. t, de la serie Horizontes. Fotografía digital. 2018 El silencio de Salinger En esa época, él era el escritor más famoso de Estados Unidos. Con su último libro, estaba en todas las listas de best-sellers de las revistas y los periódicos más leídos de su país. Ya no era un soldado más. Las novelas y los cuentos que había escrito le permitían vivir sin alquilar a nadie ni sus brazos, ni su mente. Los jóvenes lo adoraban como a un dios por su novela «El cazador oculto». Holden Caufield, el héroe de esa historia era el espejo de toda una generación. En resumen, estaba en lo que llaman la cúspide del éxito, que en realidad es el peor de los desastres. En ese momento, Jerome D. Salinger desapareció. Creo que después de que Alexander Graham Bell inventó el teléfono, el mejor homenaje que se le puede hacer a una novela es el que le hace Holden Caufield a un autor que acaba de leer y de cuyo nombre no quiero acordarme: «Los que de verdad me encantan son esos libros que cuando uno termina de leerlos, desearía ser íntimo amigo del autor y hasta llamarlo por teléfono y todo». Salinger es uno de esos escritores a los que yo hubiera querido llamar por teléfono después de leer El cazador oculto o Franny y Zooey o Seymour, una introducción. Ya casi nadie se acuer- da de él, con excepción de la gente que leyó sus libros, lo cual Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 54 está muy bien. Eso era lo que él quería, de verdad, después de comprender lo que es el éxito. Cuando decidió dejar de publicar libros y se recluyó por voluntad propia —con su mujer y sus hijos— en una cabaña perdida de los bosques de Maine, su último libro encabezaba las listas de los más vendidos de The New York Times y otros gran- des periódicos y revistas de Estados Unidos. Era el año 1963 o algo así. Su personaje, Holden Caufield, el mismo que dijo la frase de la llamada por teléfono en alguno de los capítulos de El cazador oculto, ya era una especie de otro yo para millones de adolescentes de su país. Una de las últimas cosas que dijo otro de sus personajes que, también como él, se despidió de la vida del ruido y de los centros comerciales y de los afanes, fue ésta: «Quisiera que mis hijos fueran sordomudos». Yo me demoré unos cuantos años para comprenderla. Porque uno no valora el silencio, ni el tiempo, ni el amor, ni la amistad, ni nada, sino cuando los pierde. ¿Por qué me dio por hablar de todo esto? Tal vez porque durante estos días me puse a leer otra vez a Salinger. O porque Miguel de Cervantes Saavedra y los novelistas rusos me cam- biaron la vida. Todos ellos eran escritores sin afanes, como los escritores de verdad. Como el poeta Boris Pasternak, el autor de El doctor Zhivago. Pasternak dice que el fin del arte es entre- garlo todo, y no el ruido ni el éxito. También dice que la única obligación de un hombre es vivir: vivir hasta el fin. Ya no tengo sino uno o dos libros de Pasternak en mi bi- blioteca; se los robaron «los amigos», que son los únicos que pueden hacerle a uno esas cosas. Pero todavía recuerdo sus libros y sus poemas, y lo que él decía cuando hablaba de esa relación tan simple y tan difícil como es la del arte y la vida. Otros grandes artistas como Rilke y Rodin me siguen diciendo al oído todos los días casi lo mismo: la única obligación del artista es ser un hombre antes que ser un artista; hay que trabajar como un honrado obrero; hay que trabajar hasta el fin; que la muerte o la inspiración —si es que también existe— nos cojan vivos y trabajando. Ah, y que no se nos olvide la compasión. Mejor Universidad de Antioquia LEER y releer N.o 101 55 dicho: ¡que la compasión no nos olvide! Ella es la única que nos permite entender a los otros, que también sufren... Ella es la que nos hermana a todos. Y si algo atenta contra estas cosas tan simples que debiera comprender cualquier artista es la fama; y la fama es la bulla más horrible que existe. Es peor que ver tu casa ardiendo. Je- rome D. Salinger es uno de los pocos escritores del último siglo que, por lo menos para mí, ha tenido dos de las cosas que no le deben faltar a ningún escritor que quiera serlo de verdad: talento y compasión. Le perdí el rastro desde los años sesenta, cuando decidió enterrarse en vida en los bosques de Maine o de cualquier otro estado de su patria. Solo supe que volvió a salir de su destierro cuando un periodista ávido de fama asaltó su correspondencia privada en una biblioteca. Eran cartas de amor a una muchacha. Las cartas solo le importaban a él y a ella. A nadie más. Él abandonó los bosques donde se había refugiado para interponer contra ese periodista su derecho a vivir en paz. Y ganó la demanda ante la Corte Suprema de Justicia de su país. Esa es la última foto que tengo de Salinger: un recorte de periódico que me regaló Paul Bardwell, el director del Centro Colombo Americano de Medellín, un gringo buena gente que ha compartido conmigo su amor por Salinger y por otros grandes escritores de su país; el único amor verdadero que existe entre los pueblos, además de la amistad. No sé si Salinger habrá muerto. Cuando miro la avalancha de correos electrónicos que llegan a mi computador cada día anunciando mil mentiras; cuando tengo que cambiar de silla en un restaurante porque las noticias de la televisión me aturden y no me dejan almorzar tranquilo; cuando el teléfono timbra y timbra, sin piedad y sin parar; cuando rugen los motores de los buses por las avenidas de mi ciudad, hasta el punto de que me da miedo cruzar una calle; cuando voy en un taxi y el chofer hace temblar las puertas del carro oyendo en su radio reggaeton; cuando voy a la tienda de mi barrio y me aturden con la música de alguna emisora que obliga a los oyentes a repetir por teléfono frases estúpidas a Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 56 cambio de una canción; cuando veo a una secretaria atendien- do al mismo tiempo tres teléfonos, mientras pasa en limpio una carta, le aclara a un cliente que le pregunta algo cosas que ninguno de los dos entiende, y el jefe la llama con urgencia por el citófono; cuando oigo a ese otro dios llamado Iván Mejía regañando a los técnicos de los equipos de fútbol de Colombia porque no ponen la alineación que a él le gusta; cuando trato de conectarme a internet y unos bandidos del ciberespacio cuya guarida figura como www.sqwire.com me lo impiden para tratar de venderme toda la basura que produce el mismo país que produjo a Salinger; cuando veo que a nadie le queda tiempo para gastarlo en la gente que ama; cuando voy a una discoteca donde tengo que gritar para que un amigo me escuche a pesar de que los dos estamos en la misma mesa... Cuando me pasa todo eso, siempre me digo a mí mismo, como ese personaje del último libro de Salinger: ¡Dios mío! ¡Quisiera que mis hijos fueran sordomudos! Tomado de El libro de la vida, Dann Regional, Medellín, 2006, pp. 92-96 La voz visual de una artista Ana Fernanda Ríos es una artista que se hace preguntas, entra en controversias y discute con sus propias opiniones acerca de lo que pasa en su entorno. Y normalmente lo que pasa en torno suyo está pasando en muchas otras partes. De la ciudad, del país y del mundo, inclusive. Del mundo irrespetuoso, del mundo “del progreso”, del mundo donde el negocio y la avaricia son más importantes, por supuesto, que el ser humano. Pero la artista, que por eso es artista, controvierte, hace preguntas. Ella vive en un pueblo montañoso de Antioquia, donde predominan los paisajes del frío, el verde y las colinas. La ar- quitectura y el urbanismo hacen parte de lo que ella es, de lo que piensa, de sus relaciones con su familia, con sus amigos, etc. Y hasta como ama tiene que ver esa manera de moverse por paredes, muros, techos, casas, montañas, animales y demás objetos, cosas y seres que la rodean. ¿A quién le caben dudas de que el paisaje que uno ve todos los días hace parte íntegra (aunque no siempre consciente) de la forma como es y de la manera como se relaciona con el mundo? Hace algunos años casi todo empezó a cambiar en el paisaje de Ana Fernanda: empezaron a verse avisos que nunca habían Sistema de Bibliotecas Junio de 2023 58 existido en su entorno, avisos de “Inicio de obra”, y empezaron a tumbar casas para levantar en su lugar edificios de aparta- mentos. Y avisos de “Final de obra” cuando ya están plantadas las torres. El paisaje, entonces, cambió. Y en todas las ciudades de Colombia, aun en los pueblos, el paisaje cambió, está cam- biando, porque los constructores no han terminado. De hecho en algunas partes como, quizás, el pueblo de Ana Fernanda, apenas están comenzando. La artista empezó a ver signos de esa decadencia (que para otros significa progreso). Empezó a ver fisuras en las paredes y en los muros y, tal como ocurre con la famosa metáfora de “La ventana rota”, también notaba que nadie se ocupaba de esos da- ños, de esos vencimientos. Al poco tiempo, claro, derrumbaban los muros, las paredes y las casas y emprendían lo inevitable: el ruido, las máquinas y el paisaje intervenido. Luego vienen los negocios, las ventas de apartamentos, las ganancias. “La grieta como un síntoma de que algo no está bien en el microcosmos urbano; la grieta como verdadero inicio de obra en la transfor- mación urbanística de una población”, dice la artista. Entonces Ana Fernanda Ríos empezó a fotografiar esas monta- ñas, esas grietas, esos avisos, esos ladrillos que reemplazaban a las tapias, los mojones que establecen las fronteras (hasta aquí es mío, lo demás es suyo); a dibujar sus paisajes (animales, montañas) en esas paredes descascaradas, agrietadas, pronto a estar derruidas. A intervenir lo que veían sus ojos. A colorear, también. “A opinar”. Las fotografías que ilustran este número de Leer y releer son parte de las palabras, del alegato, de los argumentos de la artista. Habla su ojo, plantea su punto de vista con su cámara, con la evidencia (transformada) de una realidad que cambia las cosas, que irrumpe en la manera de mirar la vida, de ver el mundo, “Lo micro en lo macro” (otra vez la artista). Quizás los tonos blancos y negros de estas fotografías también digan algo (o mucho) en las palabras visuales emitidas por A.F.R. Son, en mi opinión, la versión monocroma de su realidad. No festiva, no coloreada, sino monocroma. Luis Germán Sierra J. Ciudad Universitaria Calle 67 N.º 53-108. Bloque 28, primer piso (57) 604 219 53 30 | 219 50 13 imprenta@udea.edu.co Medellín, Colombia U n i v e r s i d a d d e A n t i o q u i a I m p r e n t a 1929DESDE Adquiere estos y muchos títulos más en: editorial.udea.edu.co Disponibles también en e-book #LibreríaUdeA