Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica Héctor Gallo Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica Colección Psicoanálisis, sujeto, sociedad Editorial Universidad de Antioquia Departamento de Psicoanálisis, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Antioquia Colección Psicoanálisis, sujeto, sociedad © Héctor Gallo © Editorial Universidad de Antioquia © Departamento de Psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia ISBN: 978-958-714-187-0 Primera edición: octubre de 2008 Diseño de cubierta: Luisa Fernanda Bernal Bernal Corrección de texto e indización: Juan Fernando Saldarriaga Restrepo Diagramación: Luisa Fernanda Bernal Bernal Coordinación editorial: Larissa Molano Osorio Impresión y terminación: Imprenta Universidad de Antioquia Impreso y hecho en Colombia / Printed and made in Colombia Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin autorización escrita de la Editorial Universidad de Antioquia Departamento de Psicoanálisis, Facultad de Ciencias Sociales y Huma- nas, Universidad de Antioquia Teléfono: (574) 219 57 70 Correo electrónico: psicoan@antares.udea.edu.co Editorial Universidad de Antioquia Teléfono: (574) 219 50 10. 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II. Serie. 362.76 cd 21 ed. A1180187 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango A los niños que inventan mitos para dar respuesta a lo que no comprenden, mis congratulaciones por tener un inconsciente tan recursivo y trabajador. Lamento que en las instituciones de protección, por culpa de los estándares, del DSM IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales y de los gerentes de la protección que quieren un niño inmóvil y sin palabra creadora, los consideren mentirosos y mitómanos. Mi respeto y consideración por los niños locos. Es una pena que ya ni siquiera se les respete la posibilidad que tienen de delirar, pues cuando lo hacen, viene la falsa ciencia de lo mental y valiéndose de sus apóstoles, ahoga su palabra, mata la sorpresa y la encantadora invención de sus creaciones imaginarias. Contenido Presentación...................................................... xiii Introducción...................................................... xvii Primera parte 1. Lógicas del maltrato en el vínculo social... 3 Falta en ser, calidad de vida y maltrato.......... 4 Alfredo Garabito y la pasión de justificar........ 6 Implicaciones subjetivas del maltrato y justificación de la existencia.................... 11 Maltrato psicológico y vacío de ser................. 20 2. Clínica del maltrato psicológico................. 24 Maltrato psicológico y pareja.......................... 25 Entre el maltrato psicológico y la mortificación del ser............................ 27 ¿Dónde está la verdad en la mortificación psíquica?................................................... 32 x 3. Maltrato, subjetividad y autoridad............. 36 Lugar del analista y capitalismo..................... 37 Las paradojas del inconsciente y los ideales............................................... 42 Autoridad y maltrato..................................... 44 Segunda parte 4. Declinación del padre y familia.................. 51 Familia y paternidad...................................... 52 La mujer arrolladora y el hombre debilitado................................................... 56 ¿Qué es un padre, para qué sirve y qué se espera de él?.......................................... 57 Salvar al padre.............................................. 63 5. Maltrato y derechos del niño...................... 68 Del niño vulnerable a la respuesta del Estado.................................................. 71 Entre el sujeto y la víctima plena de derechos................................................ 74 Del derecho sin límite al goce que mata......... 77 El niño maltratado es un extraño................... 81 El maltrato: síntoma contemporáneo del no límite............................................... 83 Respuestas del psicoanalista frente al maltrato................................................. 86 Maltrato y transgresión.................................. 89 Gerencia de la protección y anonimato del niño..................................................... 92 6. Maltrato y responsabilidad.......................... 99 Imputación e inimputabilidad........................ 101 Castigo y responsabilidad.............................. 104 Variaciones del maltrato................................ 110 Culpa y responsabilidad................................ 111 El psicoanalista en la institución................... 118 Maltrato, ultraje y tortura.............................. 124 xi Tercera parte 7. Prostitución, voluptuosidad, explotación y acoso sexual.............................................. 131 Clínica de la explotación sexual..................... 132 Feminidad y goce........................................... 136 Lo imaginario de la voluptuosidad................. 142 Acoso sexual y responsabilidad...................... 147 Connotaciones del acoso................................ 148 Pulsión y acoso.............................................. 149 Responsabilidad del acosado......................... 152 8. Paradojas del maltrato y abuso sexual........ 157 Del organismo al cuerpo maltratado.............. 158 Clínica del abuso sexual infantil.................... 163 La institución y el goce.................................. 174 Lo que el psicoanálisis propone ante el maltrato......................................... 178 Cuarta parte 9. Actualidad de la salud mental y lugar del sujeto......................................... 189 Salud física / salud psíquica......................... 190 Debate sobre la causa del sujeto.................... 197 De la unidad racional del individuo a la división del sujeto................................ 202 Un más de satisfacción se paga con sufrimiento.......................................... 205 Preservar al sujeto a pesar del Otro del sentido................................................. 208 El DSM contra el sujeto................................. 211 Clínica del sujeto: apuesta del psicoanalista........................................ 214 La urgencia subjetiva y su escucha................ 217 Bibliografía......................................................... 219 Índice analítico.................................................. 223 Presentación Para este nuevo título, Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica, se conserva un pequeño porcentaje de mi anterior libro sobre el maltrato,1 porque encaja con la actualización del problema y la novedad que se introduce. Aquí se mantienen algunas ideas de la pri- mera y la tercera parte del título anterior, pero se cambia el nombre de los capítulos e igualmente de los apartados; se hacen modificaciones notables al contenido y se agre- gan nuevos temas que enriquecen el asunto analizado. También se incluye un apartado de “Introducción”, en el que se muestran las directrices que orientarán el análisis del problema y se presentan cinco capítulos nuevos en relación con el libro mencionado.2 En este libro, el lector encontrará una mayor enver- gadura conceptual que en el anterior, un rigor clínico mejor definido y una articulación más elaborada de los temas puestos en discusión. Tras nueve años de la 1 Héctor Gallo, Usos y abusos del maltrato: una perspectiva psicoa- nalítica, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 1999. 2 “Maltrato, subjetividad y autoridad”, “Declinación del padre en la familia”, “Maltrato y derechos del niño”, “Prostitución, volup- tuosidad y acoso sexual” y “Actualidad de la salud mental y lugar del sujeto”. xiv publicación del primer libro sobre el maltrato y de no haber dejado de intentar enunciar una nueva palabra sobre el tema, creímos importante plasmar los adelantos logrados. Además, en este volumen se han ingresado elementos teóricos y clínicos inéditos, así como el aná- lisis de nuevos ejemplos de maltrato y de experiencias no tenidas en cuenta antes, las cuales han permitido actualizar, ampliar y profundizar el problema. Uno de los nuevos trabajos, incluidos al final del libro, se dedica a la “Actualidad de la salud mental y lugar del sujeto”, tema que si bien no versa directamente sobre el maltrato, se consideró significativa su inclusión porque plasma una visión crítica y preocupada, aunque no pesi- mista, sobre lo que está sucediendo actualmente con el sujeto en el registro de la salud mental, que es donde hay que incluir el maltrato. La incursión de las neurociencias en el discurso psi no ha pasado en vano, porque ahora tenemos el modelo médico dispuesto a apropiarse de todo lo que concierne a los malestares del alma, no porque sea más efectivo abordarlos por una vía positiva, sino porque así se satisfacen los imperativos del mercado del medicamento y se puede estar más a tono con el furor de la “evaluación”,3 que es una especie de “bautismo burocrático”4 necesario para recibir la acreditación que excluye lo dudoso y lava las faltas posibles. ¿Por qué es improcedente reducir lo psíquico a lo cerebral? ¿Qué se entiende por psíquico?, ¿cómo se constituye el sujeto? y ¿cuál es el estatuto de la cau- sa de lo que allí se produce?, son temas ampliamente discutidos en el capítulo señalado y en el conjunto del libro, siguiendo la clave del maltrato. Este libro es una 3 Por el momento, “la evaluación concierne a colectividades y no […] a individuos. Se evalúan y acreditan conjuntos, establecimientos, grupos”. Pero, “al fin de cuentas se trata de algo que termina por referirse a los individuos”. Jacques-Alain Miller, Psicoanálisis y política, Buenos Aires, Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), 2004, p. 39. 4 Ibíd., p. 40. xv forma civilizada de tomar posición frente al riesgo por el que pasa el sujeto en el campo de la salud mental y, en general, en el mundo contemporáneo. Los otros trabajos incluidos en este nuevo volumen ponen en discusión la dialéctica del maltrato infantil y los derechos del niño, así como el problema del pa- dre en la familia de hoy y su incidencia en el maltrato. También se toca el tema de la responsabilidad, la ética, la explotación sexual de las menores, el acoso sexual, la prostitución y el abuso. Se reúnen dialécticamente, en el libro, todos estos problemas y son puestos en tensión. Tomando la perspectiva de los usos del derecho superior del niño, los abusos a los que puede conducir el sin límite que los caracteriza, la pregunta de por qué se maltrata, el goce que se juega en las distintas formas de poner en escena la sexualidad y el modo como ha evolucionado la discusión sobre el tema, abrimos vías de análisis que trascienden lo asistencial, lo administrativo y lo moral, en materia de protección y sexualidad. Este libro no echa abajo la sencillez expositiva que caracterizó al anterior, mantiene su amabilidad con el lector, no pierde la fluidez en el tratamiento de los temas y adiciona riqueza, profundidad, variedad y coherencia. Nuevas formas de pensar la cuestión del maltrato están presentes en este libro y se intentan variantes clínicas y teóricas no tenidas en cuenta en el anterior volumen. Por último, se podrá ver insinuado un horizonte, que consiste en mostrarle, a sus posibles lectores, que al psicoanalista le importa mucho dirigirse “al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica”5 y de sus reflexiones, en este caso, acerca de un problema de salud pública como el maltrato. 5 Eric Laurent, “Principios rectores del acto analítico”, NEL Nue- va Escuela Lacaniana, [en línea], disponible en: http://www. nel-amp.com/bl/bl02/textos/3-EFICACIA%20TERAPEUTICA/ ERIC%20LAURENT-Principios%20rectores%20del%20acto%20 anal%EDtico.pdf Introducción Un hecho innegable de la actualidad es el aumen- to irrefrenable del maltrato contra los niños. Diversas maneras de prevenir y combatir este flagelo se proponen, explicaciones de toda índole se plantean, opiniones disparejas sobre lo que sucede se escuchan y, entre tanto, el mal se agudiza. Hay maneras prácticas de salirle al paso al maltrato de los niños, las cuales se implementan desde la oficialidad sin mayores resultados. Una de ellas es la separación espacial y sentimental, mediante dispositivos institucionales de internamien- to, que pretende garantizar una medida de protección; sin embargo, en aquéllos, el niño no está exento de ser maltratado nuevamente o de maltratar a otros. Los dispositivos anotados son necesarios en los casos en que el niño se encuentra efectivamente en riesgo, pero resultan insuficientes, porque los estándares de calidad, trasladados del campo técnico y comercial al de lo hu- mano, sin ninguna consideración por la diferencia de registros, han introducido un preocupante deterioro de los procesos de atención psicosocial y de atención en salud. Los políticos exigen a los administradores de las entidades oficiales del Estado una ampliación de co- bertura para cumplir con sus promesas electorales, pero como dicha ampliación genera nuevos gastos que no se xviii está en disposición de cubrir, queda la cifra, el protocolo y la vigilancia burocrática para maquillar el caos que se produce. La preferencia por la mediocridad, autorizada por las políticas estatales de educación y de salud pública, se alimenta de dispositivos en los que se confunde el sujeto con el individuo en desarrollo. Tomado el niño maltra- tado como sujeto1 y el maltrato como una forma del mal vivir contemporáneo, nos importa más facilitarle un dispositivo de tramitación de la angustia de ya no saber quién es para el Otro que lo golpea, insulta y abandona, que asistirlo de acuerdo con un protocolo técnico y una obligación legal. La asistencia, debido al mecanicismo que la caracteriza, instala un panorama desolador en cuanto a la posible invención de una clínica del sujeto maltratado. Las intervenciones, en lo que atañe a los efectos psicológicos del maltrato, pasan por un modelo médico que se autoriza en el angosto marco propuesto por el nominalismo del DSM IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.2 Los estándares son implantados y defendidos, porque dan pie a creer que todo puede ser materia de evaluación y regularización por parte de terceros que se autorizan de una función burocrática. La inserción de este tercero en el paisaje de la salud mental no es, en la actualidad, un fenómeno coyuntural, sino cardinal, pues asistimos a una época en la que se supone habría que “excluir los elementos dudosos”3 de las profesiones. Hoy por hoy, to- dos los seres humanos, sin excepción, son comparables y, además, pueden ser excluidos sin misericordia de la 1 En este libro se emplea la expresión “niño” en un sentido genérico, pues desde el psicoanálisis nombra a un sujeto de pleno derecho, sin importar que sea hombre o mujer. 2 American Psychiatric Association, DSM IV Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, Barcelona, Masson, 2005. 3 Jacques-Alain Miller y Jean Claude Milner, Évaluation. Entretiens sur une maschine d’imposture, París, Agalma, 2004, p. 34. xix escena en la cual se desempeñan, porque ya no cubren las expectativas del Otro. Contraponemos, a esta manera de actuar, una perspectiva en la que se plantea cómo alojar clínicamente al niño maltratado bajo la consigna de asignarle el lugar de un ser único. Desde nuestra reflexión sobre uno de los nombres del mal vivir actual que es el maltrato, se propone res- petuosamente, al funcionario de protección, más pru- dencia con las decisiones referidas al niño maltratado, abandonado y explotado, mayor actitud crítica con las propias creencias personales y con el afán de interve- nir como un tercero autoritario que quiere asignar un lugar a cada cosa. También se recomienda tener cierto cuidado con los prejuicios burocráticos y con la retórica sofística de la evaluación, menos disposición a acomo- dar institucionalmente al niño donde primero resulte y sin contar con la particularidad del mal que lo agobia, porque a veces al funcionario le importa sólo resolver un problema práctico. Si se confunde la intervención sobre el mal vivir hu- mano con la gerencia de un producto comercial o con la creación de una empresa cuyo éxito se mide por las ganancias económicas, quien pagará las consecuencias es el sujeto-niño, porque él no será más que un objeto- mercancía, con valor de uso y de cambio, como en el capitalismo, cuando se dispone de un bien del cual su propietario puede servirse de acuerdo con sus apeten- cias. Tal vez sea éste el más grave de los maltratos a la infancia, porque es legitimado desde la oficialidad y efectuado por aquellos que se presentan públicamente como sus defensores. Preocupa que los gerentes de la protección sean los que en el ámbito práctico terminen siendo los portado- res de la última palabra en la vida de un niño o que, en ciertas coyunturas, primen los criterios legales, los imperativos asistenciales, las conveniencias políticas y el factor económico, sobre los análisis y argumentos que incluyen al niño como un ser histórico con identificacio- xx nes, sentimientos, creencias y expectativas. Cuando el aspecto ético de lo clínico es desplazado en favor de lo técnico, lo legal y la conveniencia, el niño maltratado, abandonado o abusado se queda sin alojamiento para tramitar aquello que le ocasiona la condición inconve- niente en la que es sumergido su ser. Ajustarse a la literalidad de la ley, así en ocasiones pueda ser ilegítimo o nada ético lo que ordene hacer, es imprescindible para el administrador, pero no para un clínico de la salud mental vista desde el psicoanálisis. El psicoanalista es respetuoso de lo que ordena la ley en ma- teria de protección especial; pero como su acto privilegia la particularidad de un sujeto íntimamente responsable de su condición, lo que rige su criterio cuando es llamado a conceptuar sobre la vida de un ser humano no se apoyará sólo en la legalidad, ni en una conveniencia institucional, económica o política, sino también en una clínica que va- loriza al ser humano en su condición de hablante, y este criterio lo hará valer sobre cualquier mezquindad huma- na. No defendemos una posición romántica, moralista y menos contestataria, sino un compromiso social que va más allá del frío control de un tercero evaluador. En cuanto a la infaltable pregunta acerca de cómo prevenir el maltrato, diremos que aquí la prevención no pasa por un modelo epidemiológico, tal como lo quiere el discurso oficial de la salud, y tampoco invocamos el aspecto policíaco del castigo a quien maltrata. El maltrato no se debe tratar como si fuera una infección que penetra en el organismo por causa de un ambiente malsano, ni como un problema coyuntural de orden público o como un delito. Si el maltrato es intervenido como si fuera una epide- mia, se creerá que es posible erradicarlo haciendo uso de instrumentos técnicos invariables y que pueden ser aplicados por cualquiera que reciba un entrenamiento. Si lo volvemos un problema de orden público, creere- mos que el maltrato se soluciona llamando a la policía y así entrará en el contexto de los delitos y las penas. xxi El niño o la persona maltratada ya no será escuchado por alguien conocedor de la dialéctica del sujeto, sino por un secretario que toma mecánicamente una declaración y enseguida se la pasa a un juez para que evalué las cosas penalmente, conceptué si en efecto se configuró o no un delito y qué tipo de pena corresponde. Con los procedimientos anteriores, por cierto bastante expeditivos y masivos, tal como quiere la organización burocrática de la actualidad, se hace desaparecer del panorama lo fundamental del maltrato. Lo que no puede perderse de vista es que el maltrato es una modalidad de violencia generada en la intimidad del vínculo social contemporáneo; que de sus resortes psíquicos nada sabe el juez, el abogado de familia, el médico, el psiquiatra y menos el policía, porque su causa es subjetiva y social. La policía sirve para proteger a la víctima del agresor, el juez para recoger pruebas y dictar sentencia al agresor, el fiscal para acusar o defender, el médico para evaluar el daño físico y sanar el cuerpo, el psiquiatra para prescribir un tranquilizante en caso de ser necesario. ¿Quién se ocupará seriamente de analizar, tomando cada caso como único, cómo se inscribe en la experien- cia histórica particular del sujeto maltratado un acto de violencia que a veces ni siquiera comprende por qué se produce? Una causa estructural del maltrato en la actualidad corresponde a la degradación de los dispositivos simbólicos que todo vínculo necesita para preservarse dentro de principios civilizados de convi- vencia. Es importante que un sujeto capte y descifre cómo se ha producido, en su historia familiar y social, la degradación anotada y esto no es posible sino dentro de un dispositivo de palabra, en el que se han de eva- luar no sólo los efectos emocionales del maltrato, sino esencialmente la estructura clínica en juego, porque de ésta depende la posición del sujeto ante el daño sufrido y los modos de rectificación subjetiva que han de ser posibles. De la estructura clínica en juego —psicosis, neurosis o perversión— en los casos de maltrato, sólo xxii un analista, con un arduo trabajo sobre la dialéctica del sujeto, puede dar cuenta, pues en esta perspectiva no ha sido preparado el psicólogo social, ni el psicólogo humanista y menos el psicólogo cognitivo, que hoy forman en los programas de psicología del país. Digamos que el hecho de que ya nada garantice que los niños sean engendrados a partir de un pacto amoroso consistente, decidido y con garantía de permanencia, implica la afección de uno de los elementos simbólicos más importantes para anticiparse, desde la misma in- timidad de la pareja, al evento del maltrato posible de su producto. Pero como reintegrar la formalidad ética del pacto entre las parejas no depende de políticas de protección bien definidas, ni del castigo al agresor, sino de una rectificación subjetiva respecto al deseo y el amor, el mal seguirá aumentando sin remedio, por más que se incrementen las penas para quien maltrata al niño y se implemente una política preventiva basada en la información y la formación en valores. Otro elemento subjetivo que coadyuva para que el maltrato se agudice, es que el niño de hoy, salvo en contadas ocasiones, ya no representa el ideal esperado por los padres. Este niño, pese a ser considerado “su majestad”, aparece guiado por formas de ser que no se ajustan al ideal de sumisión y responsabilidad que no pocos anhelan, pues se le cataloga usualmente como hiperactivo, rebelde, agresivo, desafiante, cuestionador, desobediente, irresponsable, seductor, violador, menti- roso, ladrón. Este tipo de respuesta no produce orgullo, sino decepción y angustia, porque padres y educadores no saben cómo proceder para inscribirlo en la norma. Lo común, entonces, es la presencia de un fuera de límite generalizado. En las familias llamadas “disfuncionales”, que es donde encontramos más asiduamente el maltrato, faltan ordenadores de los vínculos, y a esto se responde con desbordamientos violentos de parte y parte. Claro que como el discurso del amo actual asegura que el riesgo del niño es coyuntural, hace creer a la xxiii ciudadanía que todo se solucionará con una política bien definida en materia de medidas policiales. Hoy se le dice al ciudadano: “si sospechas, te imaginas, se te ocurre u observas una conducta que parezca maltratante o abu- siva, denuncia que aquí protegemos tu identidad”. Se ha pasado de la instrucción a la denuncia, del tratamiento pedagógico y formativo, al tratamiento policivo, a la segregación y la condena. Espero que este libro preste un servicio a las jóvenes generaciones de psicólogos que se muestren inconformes con la obligación de reducir su acto clínico a la aplica- ción mecánica de pruebas técnicas y modelos estanda- rizados. A aquellos educadores que no eligen el camino fácil de la remisión al neurólogo para el niño agresivo y desafiante, los invito a ser interlocutores críticos de este libro y a desconfiar con argumentos de la prescripción indiscriminada de medicamentos para aliviar el espíritu triste del niño maltratado o la angustia corporal del niño hiperactivo. A los trabajadores sociales, epidemiólogos e investigadores de la salud mental, que en la actualidad trabajen por disminuir los índices de violencia intrafa- miliar en nuestras comunidades y tengan una posición crítica con el sin límite de la masificación de la atención al niño en dificultad, este libro los orientará con una reflexión sobre el maltrato, contando con el sujeto his- tórico y social del inconsciente. Nuestra apuesta, al retornar sobre la cuestión del maltrato, es ocuparnos de mostrar por qué lo más pro- fundamente afectado por este mal no es el cuerpo de la víctima, así salga mal librado en ocasiones, sino su realidad psíquica. Los males que marchitan la subjetivi- dad de un niño no se alivian con su institucionalización, porque mientras ésta se mantenga como una práctica asistencial, en lugar de devolverle un lugar como ser que habla y desea, más bien agudiza su desorientación, con el argumento de protegerlo de un riesgo. En lugar de preguntarnos por el mejor modelo de atención masivo para los maltratados, habría que plan- xxiv tearse, más bien, cómo evitar la masificación del niño, si queremos ocuparnos de él, menos en función de sus ne- cesidades primarias y más teniendo en cuenta sus pulsiones sexuales y agresivas, que son, desde el punto de vista de la subjetividad, el alimento del maltrato y la violencia intrafamiliar y social. La pulsión no es un instinto, sino una fuerza que trabaja en silencio y escapa al control por la norma. Esta fuerza, que en los humanos implica una voluntad contraria a la razón moral, es la que a veces convierte al niño en un ser insoportable o atractivo para los desmanes del adulto y en peligroso para un compañero más débil. Hay ciertos prototipos del niño invadido por lo pul- sional. Tenemos el niño adicto al sacol —quien ha en- contrado en la calle una salida por la marginalidad—. El niño que se muestra seductor con los adultos y abusa sexualmente de los más pequeños —este niño se convierte en un dolor de cabeza para madres y educadores, porque piensan que es una mala influencia para los demás—. Tenemos aquellos niños que, por distintas razones, no logran mantenerse al margen de la institucionalización, de los grupos armados ilegales, del crimen, la locura, la delincuencia y la drogadicción. Velar por la satisfac- ción de sus necesidades primarias a cambio de cumplir normas, no es, para esos niños, una bendición, sino la mortificación de un encierro. Ahora bien, más allá del maltrato físico, hay un mal- trato que afecta al sujeto cuando se lo ignora. Esto pasa con los estándares de calidad que, por sólo medir lo que se puede exhibir, le exigen a las instituciones que alojen niños dentro de una lógica que no es la de su diferen- ciación, sino la de un “más de lo mismo”. En este punto se deja planteada la siguiente pregunta: a un niño caído de su red de relaciones, que necesita se le atienda y escuche para ayudarle “a producir su particularidad subjetiva”,4 4 Eric Laurent, “Principios rectores del acto analítico”, NEL Nueva Escuela Lacaniana, [en línea], disponible en: http://www. xxv ¿qué le aporta el registro mecánico e indiferenciado de la lógica asistencial basada en el modelo médico y en la ingerencia de terceros que quieren imponer su autoridad, sin tener en cuenta lo que se pone en juego entre el niño, su terapeuta y el inconsciente? Cuando se trata de intervenir sobre lo psíquico, ins- cribirse en el modelo de la intervención médica sobre el cuerpo impide darle la palabra al sujeto y diferenciar la urgencia médica de la urgencia psíquica, la cual no se puede tratar teniendo como soporte un saber hacer codificado. Las urgencias propias del niño loco, insti- tucionalizado en nuestro medio bajo las categorías de “discapacidad mental profunda” o de “enfermo psiquiá- trico”, tienen que ver con crisis que se precipitan por mínimos cambios en las construcciones simbólicas que puede haber venido haciendo. Si se responde a esto desde la medicina, los internamientos en el hospital mental serán masivos o, en su defecto, el envenenamiento del organismo por la prescripción sistemática de medica- mentos, el encierro y otros procedimientos que pasan por cierta crueldad, no se harán esperar. A un niño loco, a no ser con medidas de maltrato, no se le puede encajar automáticamente en un ritmo de vida codificado de antemano, como quisiera el funcionario a la hora de establecer las obligaciones contractuales con una institución encargada de su cuidado. El niño loco nos da la medida de la discontinuidad que exige nuestro proceder con las cuestiones del mal vivir subjetivo. Aquí, por motivos relacionados con la clínica del sujeto y no con las políticas de un sistema, hay que trastocar los criterios estándares en beneficio del niño, aunque sea complicado hacer entrar en razón al gerente del espíritu que, ampa- rado en la ley, exige cumplirlos al pie de la letra. Cuando nel-amp.com/bl/bl02/textos/3-EFICACIA%20TERAPEUTICA/ ERIC%20LAURENT-Principios%20rectores%20del%20acto%20 anal%EDtico.pdf xxvi un estándar perjudica al niño loco, hay que defender los principios éticos del acto clínico sobre la norma que el funcionario quiere imponer a como dé lugar. Los estándares, amparados en el “vocabulario neocog- nitivista” y apoyados en el “avance del cientismo en el campo del malestar de la civilización [...]”,5 legitiman la muerte de una apuesta guiada por el deseo. Así, por ejemplo, con el niño considerado loco, autorizan que se le condene a consumir pastillas a cada hora de comida, a dormir sin medida y a comer para “echar barriga”, como si fuera un cerdo. Un registro de actividades se hace para los entes de control del Estado que necesitan mantener el semblante de velar por el buen uso del dinero y el cumplimiento del contrato. A la institución contratista del servicio le permite mostrar que cumple con lo que se le exige. Pero el niño, en la medida en que necesita dispositivos de diferenciación que le aporten una cierta identidad particular, ¿qué divi- dendo extrae de su masificación y segregación? La usual impulsividad, agitación y violencia del niño institucionalizado es un grito para que se detenga la ahistoricidad a la que vive sometido por la masividad de la atención que se le presta, la estandarización en los modos de abordarlo y la homogeneización a la cual se le condena. El niño no quiere seguir siendo tratado dentro de la lógica del “para todos”; pide, por el contrario, se lo escuche dentro de una red de sostén simbólico, y no sólo para llenar el registro que el funcionario estatal solicita para archivar y hacer estadísticas. El maltrato oficial del que es objeto el niño se fija en los estándares, porque éstos, basados en criterios económicos y no éticos, prefieren que se hable de trastorno y no de estructura clínica. 5 Eric Laurent, Discurso de candidatura para la función de delegado general 2006-2008, establecido y traducido por Noemí Zinader, Roma, julio de 2006, en: NEL Nueva Escuela Lacaniana, [en línea], disponible en: http://www.nel-amp.com/documentos/ vcamproma.doc xxvii En el campo de la protección no se ha formalizado la diferencia entre una institución netamente asisten- cial y una institución que agregue a lo asistencial el componente clínico en materia de salud mental. Para un psicoanalista, su preocupación, en el campo de la atención clínica, se diferencia de la que asiste al funcio- nario. Por la función de control que éste cumple, quiere saber si al niño día tras día se le dio “más de lo mismo”. Esta anomia del “más de lo mismo” para todos la evita el psicoanalista, porque, en cambio, busca ofrecerle al niño atendido lo que la lógica del trabajo con la subje- tividad impone en cada momento. En la actualidad, cada institución que trabaja con niños internados está más preocupada por ver cómo cumple con los estándares de calidad, por llenar los requisitos para acreditarse y conservar el contrato con el Estado, que por actuar según lo que el sujeto requiere. Ya no hay interés institucional por lo clínico. Es más importante mostrarle cifras al funcionario, que traba- jar por el progreso cualitativo del niño en el ámbito del control de las pasiones que lo desbordan. Al funcionario no le interesa ver cómo se las arregla un niño en su actualidad con las pulsiones que no apa- recían reguladas al momento de ingresar a la institución. Tampoco ve en qué puede haber cambiado su manera de pensar, de sentir y de actuar, pues dado que esto no es cuantificable, porque se relaciona con el sujeto, queda entonces excluido de su interés y es desvalorizado. El problema de creer que un niño no tiene pulsiones, ni deseos inconscientes, sino necesidades instintivas, radica en que de esta manera no habrá inconveniente en suponer que con asistirlo es suficiente. No se ve in- conveniente en dejarlo un tiempo en un lugar y luego trasladarlo a otro. Para el funcionario, lo importante no son los vínculos que el niño haya logrado estructurar, sino mostrarlo por televisión disfrutando de la ración adecuada, la higiene perfecta y el espacio confortable. A esto se le denomina “calidad de vida”. xxviii A medida que los estándares de calidad se perfeccionan, que el registro cada vez se confunde más con el hecho, el niño queda ubicado “peligrosamente en posición de objeto a derivar [...]”,6 y más expuesto al maltrato, la locura, la adicción, la perversión y la criminalidad. No cabe duda de que, en la actualidad, el panorama para el niño apresado bajo el impacto del lenguaje retórico de las neurociencias es poco halagador. De ahí que sea necesario aportar una visión crítica sobre lo que está sucediendo con los problemas de salud mental y particularmente con el niño institucionalizado por maltrato, abandono, locura, explotación sexual y drogadicción. Nuestra crítica a la práctica institucional del maltrato no debe entenderse como una tentativa del psicoanalista por imponer su punto de vista descalificando el de los demás, sino como una apertura a la conversación, partiendo de las diferencias y no de las similitudes. El psicoanalista no tiene interés en estar solo, pues “depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducir- se a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado”.7 Cuando nos oponemos a la intervención basada en el protocolo y mediada por un tercero evaluador, defendemos que no se confunda la clínica psicoanalítica con una técnica. La técnica se basa en elementos de au- toridad que son estándares; la clínica psicoanalítica, por el contrario, se fundamenta en principios, que si no se inspiran en la opinión de un tercero legislador, no es por capricho o porque se rechace el control y la regulación estatal, sino debido a que se extraen de una experiencia transferencial y de lo que puede esperarse de ella. Para terminar, los ejes de nuestro análisis del maltra- to, a lo largo del libro, serán el sujeto del inconsciente, 6 Graciela Bernztein y Elza Regueira, “Niños internados”, Psicoanáli- sis y el hospital, Buenos Aires, Letra viva, año 13, núm. 25 (“La infancia amenazada”), jun., 2004, p. 208. 7 E. Laurent, “Principios rectores del acto analítico”, NEL Nueva Escuela Lacaniana, Op. cit. xxix diferenciado del individuo biológico, el yo psicológico y la persona jurídica. Está también la pulsión, diferenciada del instinto, y la responsabilidad subjetiva, distinta de la responsabilidad jurídica. Los derechos del niño son exa- minados no en relación con sus necesidades, sino con el goce que incentivan, y en cuanto al padre como semblante, éste es diferenciado del padre proveedor o irresponsable de la realidad. Contando con las categorías anotadas, en la primera parte del libro es abordado, a lo largo de tres capítulos, el problema del maltrato psicológico. Para el efecto se combinan tres perspectivas: la teórica, la clínica y la so- cial, las cuales guían el análisis en la totalidad del libro. La perspectiva teórica entafiza en el debate conceptual referido al maltrato. La dimensión clínica se ocupa del debate ético, en lo que atañe al modo como es tratado por el Estado el niño en dificultad y evoca algunas viñe- tas clínicas para ilustrar aspectos diversos del maltrato. Aquí se pone en primer plano una reflexión sobre los principios que deben regir la atención del sujeto en riesgo, relegando en este aspecto, a segundo plano, la función del instrumento técnico y de los estándares, predominantes en el discurso oficial de la protección. La perspectiva so- cial busca articular lo subjetivo con la realidad social del maltrato, sin hacer una sociología de éste. La segunda parte del libro se consagra inicialmente a la declinación del padre en la familia contemporánea, mostrando su incidencia en la proliferación del maltrato. Luego, se ocupa del maltrato como una paradoja en la época de los derechos del niño; se argumenta la relación posible entre derecho y goce, se plantea la pregunta por la responsabilidad, tanto del que maltrata como del que es maltratado, y se tienen en cuenta, por ejemplo, noticias de radio y televisión sobre casos concretos de maltrato, con el fin de ambientar la reflexión teórica sobre el problema. La tercera parte aborda el asunto de la explotación sexual del niño, el acoso sexual y el abuso, formas de xxx maltrato envueltas en no pocas paradojas, que tratare- mos de elucidar guiados por la clínica psicoanalítica del sujeto. La cuarta y última parte se dedica a un análisis crí- tico del modo como es concebida la salud mental en la actualidad. Se argumenta por qué ésta se caracteriza por un abandono de la clínica del sujeto en favor de un predominio del modelo médico en la intervención; se precisa de qué sujeto se trata en el psicoanálisis; se hace un análisis de la función del DSM IV en la salud mental y son introducidos algunos elementos que per- miten distinguir la emergencia médica de la urgencia psíquica, cuestiones indiferenciadas en las instituciones prestadoras de servicios de salud de nuestro medio. Las maneras de abordar el problema, tal como son propuestas en este libro, no se inscriben en una pers- pectiva asistencial, porque el discurso oficial que le sirve de soporte a este modo de ayudarle al niño en dificultad exige ceñirse a estándares que han conducido, sin re- medio, hacia la legitimación de una mediocridad velada con una ideología de la calidad del producto ofrecido al cliente. Esta ideología, si bien puede ser válida y funcionar en el ámbito comercial, cuando se traslada arbitrariamente al campo de lo psíquico y de lo social constituye una atrocidad que atropella los derechos del sujeto y contribuye a la instalación legalizada de maneras veladas de maltratar al niño institucionalizado. En la medida en que los estándares se basan en el imperativo de “lo mismo” para todo el mundo y reducen el ser humano a una cifra, promueven el olvido de la subjetividad del niño en dificultad. Al amparo de este olvido ilegítimo, pero legalizado, se justifican formas negligentes de abordar al niño y con ello se da vía libre a diversos modos de maltrato avalados, no pocas veces, desde la misma ley que, supuestamente, tiene la función de protegerlo de cualquier forma de abuso. Primera parte 1 Lógicas del maltrato en el vínculo social Al niño maltratado o no maltratado, rico o pobre, abandonado o con una familia modelo, el psicoa- nálisis lo trata clínicamente como un sujeto del incons- ciente. Este concepto se define a partir de la sujeción, la división, la capacidad de responder y la imposibilidad de ser absuelto respecto al acto, así se trate de un niño cuerdo o loco. Este sujeto que no escapa a la respon- sabilidad y al cual ninguna circunstancia atenuante lo deja tranquilo y libre de responder, no tiene que ver con una sustancia, ni remite a la idea de una persona autónoma y con derecho al libre desarrollo de la per- sonalidad. Tampoco involucra las nociones de víctima y victimario, sino que evoca una “falta en ser”, cuyo estatuto es ético y no jurídico ni ontológico. La falta en ser y no la falta de oportunidades o la privación de lo necesario para sobrevivir, será lo que le da forma al niño al cual nos referimos cuando lo evocamos en relación con el maltrato. 4 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica Falta en ser, calidad de vida y maltrato ¿Qué significa introducir la falta en ser como fundamen- to del sujeto del inconsciente y, en consecuencia, como eje de la definición del maltrato? Significa que operamos con una dimensión del aparato psíquico que no es el de las localizaciones cerebrales y que cuando nos referimos a la sexualidad y a la agresividad, evocamos la pulsión y no el instinto. Este movimiento conceptual tiene por consecuencia que allí donde nuestro sujeto sea puesto en juego, si bien no se descartará la cifra estadística en la investigación, ésta sólo valdrá como dato de la experiencia, dato que si bien sirve como punto de partida, en absoluto aporta una explicación del problema, porque su valor es apenas descriptivo. Puede hacerse una estadística de los niños maltra- tados y abusados en ciertos estratos de la ciudad de Medellín, empleando para ello un instrumento que ofrez- ca más o menos cierta confiabilidad, y como resultado establecer que donde hay analfabetismo, hacinamiento y pobreza, el fenómeno se presenta con mayor asidui- dad que donde no están presentes estos factores. Una hipótesis será que la falta de educación, la pobreza, la falta de oportunidades y el hacinamiento favorecen el maltrato. Las cifras de maltrato, abuso y abandono en los estra- tos pobres de la ciudad, permitirá justificar la necesidad de implementar políticas públicas destinadas a mejorar las condiciones de vida de las familias implicadas. Se obtendrá un resultado tangible, porque el funcionario va a poder mostrar que la gente, debido a su gestión, tendrá mejor calidad de vida, pero el abuso y el maltrato en absoluto disminuirá. La presencia en el mundo del abuso y el maltrato infantil depende de causas menos tangibles que las localizadas por la estadística a la que suele acudir la epidemiología. La estadística no explica cuáles son las lógicas del abuso y el maltrato en las dinámicas familiares donde se presenta y tampoco da Lógicas del maltrato en el vínculo social / 5 cuenta de por qué puede estar ausente en otras familias sometidas a condiciones de vida similares. El abuso y el maltrato infantil son problemas de salud pública que implican un desorden social, pero se distin- guen de una epidemia y de un problema sólo de policía, porque están vinculados a la sexualidad y la agresividad. Éstas no son, en lo humano, instintos predecibles y po- sibles de ordenar y educar con facilidad, no responden a procesos fisicoquímicos, como quisiera el neuropsicólogo seducido por las neurociencias para ser científico, ni se instalan en el mecanicismo del estímulo y la respuesta, como quiere el psicólogo del comportamiento, ni implican comportamientos que se aprenden o desaprenden, como anhela el psicólogo cognitivo. La sexualidad y la agresi- vidad son pulsiones silenciosas que buscan escenarios propicios para expresarse y no se inscriben de antemano en ningún orden establecido, ni se ajustan con facilidad a criterios de enseñanza y aprendizaje. Contar con la pulsión humana, sin duda vuelve más complejo de lo que se cree el problema del maltrato. Si bien la falta de educación, el hacinamiento y la po- breza constituyen el escenario propicio para la violencia pulsional, porque allí suele reinar la anarquía y falta de regulación, aquellas no evocan una falla propia de una población segregada por carencia de oportunidades, sino de la actualidad del capitalismo. En los estratos altos y en los países con mejor promedio en calidad de vida también encontramos modalidades de maltrato y agresión sexual cada vez menos veladas y con unas características propias de los privilegiados. El abordaje preventivo y “curativo” del abuso y el maltrato infantil exige una intervención que tenga en cuenta al sujeto, no sólo como individuo con derechos y necesidades psicoafectivas, sino también como aquél en el que hay que implicar un balance de su vida, el cual no se produce con un paso fugaz por el psicólogo, como pretende el funcionario encargado de la protección social de la población. No se deja de maltratar y abusar 6 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica por amenaza de punición ejemplar, ni por acceder a una mejor calidad de vida, pues la satisfacción de ne- cesidades básicas no acalla el ímpetu de las pulsiones sexuales y agresivas, no hace desaparecer el sentimien- to de desamparo, el pánico, la angustia y el miedo propio de esta época, ni permite justificar definitivamente la existencia. El sujeto que responde por lo que dice y hace, no se encuentra clínicamente dispuesto como un punto de partida con el cual se pueda contar en la intervención, sino que se debe producir por la vía de la palabra. Cuando el sujeto habla y es escuchado desde una posición que no sea educativa ni punitiva y menos ca- ritativa, sino de agente causal de un deseo de cambio, suele emerger de múltiples maneras: para culparse enjuiciándose a sí mismo o culpar a otros, para dar testimonio de un mal-vivir y de un mal-dicho, o para arrepentirse y presentarse como un creyente, tal como lo ha hecho, por ejemplo, el llamado “asesino en serie” Alfredo Garabito ante los medios de comunicación. Alfredo Garabito y la pasión de justificar Así como no se debe asegurar que Alfredo Garabito surge como un sujeto comprometido con su decir cuando afirmó, en 2006, en una entrevista de televisión que le realizó un periodista desde la cárcel en la que aquél se encuentra recluido,1 que tras cumplir con su condena dedicará su vida a hacer el bien en lugar del mal, tam- poco se puede asegurar que escuchar al maltratado y 1 Guillermo Prieto LaRota, conocido como Pirry, fue el periodista que entrevistó al llamado “asesino en serie” para que hablara sobre su manera de proceder con las víctimas, sobre su historia familiar y aportara indicaciones sobre lugares en donde podrían encontrarse restos de niños desaparecidos. La entrevista se transmitió por un canal privado de la televisión colombiana en el primer semestre de 2006 y desató bastante polémica en la opinión pública. Lógicas del maltrato en el vínculo social / 7 al abusado desde una posición amorosa, compasiva, y ofreciéndole asistencia y protección, ha de satisfacer la “posición de justificar”2 que caracteriza a cada quien en su condición de víctima. Para mucha gente, Garabito es un victimario que no merece compasión ni consideración. Sus testimonios sobre una supuesta transformación subjetiva, que le ha permitido pasar de la maldad asesina a la bondad caritativa, habrían de tomarse con incredulidad y, en consecuencia, por mucho que diga “yo me he vuelto un hombre bueno”, hay que suponer que sigue siendo una “bestia negra” que no cambia y sólo quiere disfrazarse de oveja para salir de la cárcel a hacer lo mismo de antes. La mayoría de la gente opina que debería permanecer el resto de sus días aislado de la sociedad, porque es un personaje peligroso. Varios “expertos” en materia forense y en salud men- tal consultados por el periodista para que conceptuaran sobre la “personalidad” de Alfredo Garabito y sobre su reeducación en la cárcel, opinaron que su promesa de hacer el bien era aparente. Lo ven como un individuo signado definitivamente por un mal que no dejará de justificar para quedar exonerado de responsabilidad. Suponen que engaña, porque es un psicópata que por estar dominado por una compulsión criminal, no podrá dejar de ser lo que es, aunque llegue a tener las mejores intenciones. Alfredo Garabito es una ilustración viva, concreta y cruda de lo que caracteriza la satisfacción de la pul- sión en lo humano. Es la ilustración viviente de lo que efectivamente se encuentra en el fondo de cada sujeto y por ello se le mira con una mezcla de fascinación, cu- riosidad, repugnancia y horror. Sus crímenes, los cuales se inauguraron —según lo declarado en la entrevista 2 Jacques-Alain Miller, Introducción al método psicoanalítico, Buenos Aires, Paidós, 1977, p. 69. 8 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica antes referida— con una “voz” —sería importante pre- cisar clínicamente su estatuto para poder certificar la estructura clínica en juego—, dan cuenta de una extraña satisfacción que no tiene ningún valor de intercambio con el semejante. Los crímenes que implican apasionamiento, mordedu- ra, golpes, violaciones, cortes, tortura y descuartizamien- to, crímenes que los grupos paramilitares han vuelto familiares entre los colombianos y que supuestamente confesarán sus cabecillas para ser juzgados como se merecen, se inscriben dentro de una modalidad que, lejos de ser excepcional, se constituye, desde el punto de vista imaginario, en típica de nuestra relación con el cuerpo. Esos crímenes excesivos de quienes se encuen- tran actualmente desmovilizados y dispuestos a “darlo todo por la paz”, crímenes que en el fondo nadie olvida ni perdona, dan cuenta de una extraña satisfacción que no representa la menor utilidad para la construcción de sociedad civil, ni para la constitución de un sujeto democrático. ¿Podrán los paramilitares reinsertados renunciar a ese tipo de satisfacción en nombre del ideal de paz que se les propone y con el cual dicen “estar comprometidos hasta la médula”? ¿Cuántos sueldos habrá que pagarles y cuántas concesiones hacerles para que renuncien a su tiranía, sin amenazar con retomar las armas? ¿Es posi- ble que un ejército que no ha sido vencido militarmente y donde hay hombres que sólo saben dispararles a los humanos y vivir armados, contribuya a la civilización de nuestros actos? A quien goza3 disparando, fragmen- tando, marcando el cuerpo, torturándolo, quemándolo 3 El uso que se hace en todo el texto del concepto goce debe en- tenderse en el sentido de exceso, como una forma de satisfacción pulsional que se opone al placer del equilibrio y a la formación de vínculos favorables para la creación de instituciones cultu- rales que ayuden a la construcción de sociedad civil y de formas democráticas de participación ciudadana. Lógicas del maltrato en el vínculo social / 9 y violándolo, ¿hay con qué sufragarle su renuncia al goce? Como contribuyentes, ¿tendremos que estarles tan agradecidos por no seguir matando que cualquier cosa que se haga será poco frente a la renuncia que se les pide a su maldad criminal? Garabito, contrario a los paramilitares, no es el crimi- nal que manda matar a un semejante, dando una orden fría para que se cumpla de manera exacta y concreta, a veces evitando el exceso o promoviéndolo, según el caso. La manera como busca a sus víctimas, el tipo de elección que hace y el modo como les da muerte, da cuenta de su enorme compromiso pasional con el crimen y con la víctima. Es un ser atraído pulsionalmente por el crimen y fascinado por niños que, de alguna manera, lo reflejan en lo que fue su desafortunada infancia. No puede decir, como lo hacen los paramilitares y sus cola- boradores políticos, que fue “en defensa propia y debido a la ausencia del Estado, que no los protegió”. Los niños que Garabito elige para matar, maltratar y violar no constituyen, desde el punto de vista social, una imagen ideal, porque en lugar de buscarlos ricos y bonitos, prefiere aquellos en los cuales parece reencon- trarse imaginariamente en su condición de marginado. Su búsqueda es especular, quiere encontrar los más semejantes a lo que fue su condición de niño, como si, al matarlos, se matara a sí mismo imaginariamente. El jefe paramilitar, en cambio, busca matar a los diferentes, a los que no piensan como él, a los que se le resisten y no lo complacen en sus pretensiones. Podemos preguntarnos: aparte de los motivos polí- ticos y económicos, ¿qué empuja a los paramilitares a desaparecer seres humanos y enseguida descuartizar- los y enterrarlos en fosas comunes, tal como Garabito hizo con cada uno de los niños que se convirtieron en sus víctimas? Garabito no puede decir que lo hizo por ausencia de Estado, en defensa de la propiedad privada que la guerrilla atacaba, y por el bien del pueblo, como dice la cínica cantinela paramilitar. Como él no hacía parte 10 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica de ninguna organización armada, sólo atina a decir que fue una “voz interior” la que le ordenó hacerlo. ¿Por qué para los expertos, Garabito es un psicópata peligroso que nunca cambiará y, por el contrario, los otros —los paramilitares— pueden arrepentirse, darle “lo mejor de sí” al país y cuando sean libres participar en política para algún día llegar a gobernarlo legítimamente? Lo que propone Garabito por los niños —en este tiempo de supuesta conversión a la bondad— se encuentra en la misma lógica de antes cuando los mataba. En lugar de buscarlos para maltratarlos y darles muerte, negando así la existencia del Otro de la ley, evoca significantes como protección y ayuda. Pasa de un primer tiempo en el que le niega consistencia al Otro de la ley, a un segundo en el que, por un lado, le da consistencia al Otro de la divinidad y, por otro, se coloca como legislador, al evo- car el Senado como un sueño. Esta vez ya no legislará en la perspectiva del mal, sino del bien anhelado. ¿No esperan hacer lo mismo los jefes paramilitares después de “decir toda la verdad” y de reparar sus faltas? ¿No quieren volverse legisladores y estandartes de la paz, a pesar de haber asesinado, desplazado y desparecido a miles de personas? Garabito y los jefes paramilitares —que no se con- tentaron con formar un ejército para defenderse de la guerrilla, sino también para asesinar a todo aquel que los contrariara en sus estrategias totalitarias de dominación local— son seres que dan cuenta del aspecto indomable de la pulsión humana. Como la ideología oficial impe- rante en época de negociación es la del “perdón, olvido y rebaja de penas” para el desmovilizado que se reinserta a la vida civil, que da muestras de querer recuperar su lugar en el vínculo social civilizado, en absoluto resulta descabellado que Garabito aspire al Senado. Es tan ile- gítima tal aspiración a ser legislador en bien recobre la libertad, como la de los jefes paramilitares a participar en política en bien digan “toda la verdad” y paguen las pequeñas penas a las que serán condenados debido a su Lógicas del maltrato en el vínculo social / 11 ínfima responsabilidad, al “corazón grande” del presidente de la república y a su “genuina” voluntad de paz. Garabito promete que ya no andará de pueblo en pueblo esperando encontrar “una víctima que ande por ahí suelta”, sino un necesitado para salvarlo. En lugar de seguir destruyendo niños de una condición social similar a la de él, velará por ellos. Se comportará como una reina de belleza, quien después de coronada, del matrimonio con un lavador de dólares o un negociante, y de vivir llena de lujos, crea una fundación de caridad y sale por los medios de comunicación sosteniendo la bandera de los niños desamparados y dispuesta a “bailar por un sueño”. La posición subjetiva de Garabito, como la de no pocos paramilitares reinsertados y de algunos funcionarios públicos corruptos, puede resumirse en una frase: “no es mi culpa, soy una víctima de las circunstancias”. La expresión “no es mi culpa” se constituye en un axioma que, como dice Jacques-Alain Miller, define al sujeto como “un lugar vacío”, como una pasión por la justifica- ción que, hablando en sentido estricto, es “una palabra oriunda del derecho [...]”.4 Implicaciones subjetivas del maltrato y justificación de la existencia El sujeto de derecho, cuando es llamado a rendir cuentas de sus actos, ha de justificar la presunción de inocencia allí donde se lo acusa de una transgresión de la ley y se le supone una responsabilidad. El sujeto del psicoanálisis también es un sujeto de derecho, pero su condición en el orden de la responsabilidad no se circunscribe a una mayoría de edad sin déficit mental comprobado, sino que se extiende a los niños, bajo la 4 J.-A. Miller, Introducción al método psicoanalítico, Op. cit. 12 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica condición de que cuenten con el ejercicio de la palabra para dar un testimonio de su vida. Del menor de edad, mientras no haya definido su posición en el vínculo social por un inquietante “no quiero rendir cuentas a ningún otro”, se puede esperar que pase de las razones que tiene para quejarse de los otros, a implicarse “en las cosas de las cuales se queja”.5 Esta condición de responsabilidad subjetiva no está su- peditada a la mayoría de edad y debería ser propiciada por los mismos jueces de menores. Ahora que el Código de la Infancia y la Adolescencia establece claramente el sistema de responsabilidad pe- nal para adolescentes entre los catorce y los dieciocho años, sería importante no conformarse, para combatir la delincuencia juvenil, con una medida policiva como prevención y tratamiento, porque también existen otras maneras de educar en función de la responsabilidad y no de la impunidad. El sólo hecho de que un niño deba poner en palabras su infracción ante una figura de autoridad respetable, tiene en no pocos casos efecto de regulación simbólica y no habrá necesidad de castigo, atropellos o amenazas. Claro que con la implementación del dispositivo carcelario para los adolescentes que cometan infraccio- nes graves, seguramente veremos, en adelante, primar el aspecto punitivo sobre la llamada “reeducación”. Instalar dispositivos simbólicos de intervención es una estrategia preventiva que si bien no le permite al funcionario figurar, como en las campañas del “vaso de leche” o el “restaurante escolar” para los niños de estrato cero, o el patio para los habitantes de la calle, sí puede resultar eficaz en una época en la que el valor simbólico de la autoridad se ha deteriorado de forma tan alarmante, que parecería no haber más remedio que instalar legalmente un tratamiento policivo del problema del maltrato al niño y de la delincuencia juvenil. Si se 5 Ibíd., pp. 69-70. Lógicas del maltrato en el vínculo social / 13 crearan dispositivos de palabra de forma calculada, de acuerdo con cada circunstancia y cumpliendo con una distribución racional de los recursos, habría posibilidad de lograr un movimiento que implica “pasar del hecho de quejarse de los otros para quejarse de sí mismo”.6 El paso de echarle la culpa de todo al otro, a interro- garse por lo que uno tiene que ver en la situación de la cual se queja, es denominado por Lacan rectificación subjetiva, y en absoluto exige un dispositivo analítico para implementarse. Basta que el psicólogo, el trabajador social e incluso el pedagogo se encuentren inscritos en una lógica institucional en la que al niño se le restituya la palabra, menos como instrumento de justificación, de inculpación a los otros o de simple expresión de emo- ciones, que como un artefacto destinado a expresar la inconformidad consigo mismo, para que un proceso de rectificación subjetiva se inicie. Implementar una propuesta como la anotada tiene el inconveniente de que no se puede medir sino por la cualificación de los vínculos en los que ingresan los niños y esto al funcionario le reporta pocos dividendos políticos en el corto plazo. Ante el fracaso de las medi- das asistencialistas en lo tocante a temas como el de la sexualidad y la agresividad, sería importante que los funcionarios le dieran también una oportunidad a es- trategias que no sean puramente cuantitativas. Hasta ahora, la lógica imperante es transformar el niño con derechos en víctima, que debe ser atendida de acuerdo con los estándares de calidad que rigen en el plano co- mercial. “Víctima” es la posición preferida por el niño, en general por la persona que es protegida y por aquel que no quiere pagar, pues implica no tener que hacerse cargo de nada. En el plano asistencial hay escucha, pero ésta se im- plementa desde un saber hacer que interviene como una 6 Ibíd. 14 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica anticipación prejuiciosa y no como posibilidad de inven- ción. El que asiste a quien ha sido víctima de violación o maltrato, es común que le diga, a modo de consuelo: “nada de lo que sucedió te implica en el ámbito de la responsabilidad, ahora te protegeremos y en adelante nada te pasará ni te faltará”. La escucha del psicoana- lista se distingue de la preformada del funcionario, por no estar sesgada por imperativos asistenciales. Nuestra escucha no toma al afectado como víctima, ni como un explotado, un necesitado o en riesgo, sino como un ser que, en caso de sufrir y estar inconforme con algo, tendrá alguna demanda que formular y un testimonio que dar. Como esta demanda posible hay que descifrarla en su aspecto pulsional, nuestra escucha no se orientará por los imperativos del estándar y la productividad, sino por principios éticos que son los del deseo y no los de una profesión. La ética del deseo del psicoanalista no remite al registro de lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, sino a la invención de estrategias que conduzcan, en cada tiempo y lugar, a la implicación del sujeto en su queja. Esta implicación define la responsabilización del sujeto que habla y oye. No se le responsabiliza frente a la jus- ticia, ante sus compañeros, la comunidad o la familia, sino frente a sí mismo, pues de otra manera no se sentirá inconforme consigo mismo, insatisfecho “con el hecho de existir como ser”, ni con obligación íntima de cambiar. No nos oponemos, como psicoanalistas, al esfuerzo asistencial del Estado, ni a lo que reclaman los derechos del niño; pero al ocuparnos de la prevención del maltrato y del sufrimiento que implica, nos interesa trabajar para que se introduzca una dimensión del derecho en donde el sujeto no se pierda de vista. La experiencia de varios años de reflexión sobre el maltrato infantil y la escu- cha de personas que sufren, me permite sostener que cuando se pretende satisfacer la queja con respuestas de carácter asistencial, la implicación del sujeto desapa- rece y en muchos casos se vuelve imposible que asuma Lógicas del maltrato en el vínculo social / 15 una posición de responsabilidad frente a sus pulsiones sexuales y agresivas. La responsabilidad para el psicoanálisis no es algo contingente, como sucede en el discurso jurídico, sino constituyente del sujeto. El sujeto, independiente de las contingencias, es tratado en el dispositivo analítico como sujeto de pleno derecho, es decir, como alguien que, aunque pueda haber perdido el juicio, haya sido sometido a una condición de impotencia o se le considere inmaduro intelectualmente, tiene derecho a la palabra para dar cuenta de sus actos, así sea de manera cifrada o en forma delirante. La responsabilidad subjetiva no depende del juicio de razón moral, sino del modo como se implique el que habla al verse confrontado con lo que dice. La responsabilidad subjetiva es cuestión de posición, no de razón consciente; de ahí que sea algo que debe captarse en un ámbito clínico y no técnico. La pregunta de investigación abordada en este libro puede formularse así: ¿cómo evitar la destitución de la responsabilidad del sujeto cuando se ofrece, al niño o a una víctima de la violencia, la asistencia humanitaria que necesita y a la cual tiene derecho? Tomar el maltrato como síntoma de algo que no mar- cha bien en la familia y en la sociedad contemporánea, y no sólo como problema de salud pública y de policía, exige involucrar al sujeto del inconsciente, sujeto que, independiente de su condición social y económica, no encuentra cómo justificar su existencia a partir de sí mismo. No hay posibilidad de justificar la vida que se lleva sin hacer referencia, para bien o para mal, a los más próximos, y si estos responden a nuestras deman- das con maltrato, quedamos sin opción para definir qué valor tiene nuestra presencia en el mundo. Un verdadero yo autónomo, capaz de independencia personal y de desarrollar habilidades en su vida diaria, sería aquel que pudiera dar cuenta a cabalidad de su existencia, de justificarla contando con la propia res- ponsabilidad en lo que le suceda. Pero esta posición, tan 16 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica esperada por el pedagogo y, en general, por el ámbito institucional, no la adopta el yo mientras el sujeto del inconsciente no haya sido puesto en juego. Miller resume en los siguientes términos la paradoja que sostiene el psicoanálisis y con la cual debe com- prometerse un psicoanalista en su consultorio o en la institución en que se encuentre: “que el lugar de la res- ponsabilidad del sujeto es el mismo del inconsciente”.7 Esto quiere decir, al menos, cuatro cosas: 1. Que el inconsciente no es invocado en el psicoanálisis para decirle al sujeto “tú no tienes la culpa porque es inconsciente”, sino para ponerlo en relación con un saber del que no quiere saber y es por esta razón que se le escucha. 2. Que el inconsciente no disminuye, sino que aumenta el sentido de nuestra responsabilidad, porque nos im- plica como seres históricos y de ello nos toca responder como seres de deseo y no sólo de necesidad. 3. Que en tanto existe el inconsciente y el lenguaje, el sujeto padece, no de un modo contingente, sino es- tructural, la experiencia de la seducción, del abuso del más fuerte, el desengaño del amado y, en general, una “falta de la causa de ser”. 4. Que el inconsciente participa decididamente en la experiencia de nuestro “mal vivir”, en la angustia que comporta, en la falta de sentido y de necesidad de vida que implica. Todo esto resulta sin duda intensificado “en nuestra época principalmente dominada por el discurso de la ciencia”.8 El maltrato psicológico es una situación cotidiana en la que el sujeto maltratado experimenta, en su relación con el semejante más cercano, que éste contribuye de manera decidida para que se configure una aguda re- 7 Ibíd., p. 70. 8 Ibíd., p. 71. Lógicas del maltrato en el vínculo social / 17 petición del sentimiento de “la falta de la causa de [su] ser”. Esta falta es universal y no requiere del maltrato psicológico para producirse; pero encuentra aquí una forma expeditiva para que se manifieste como una into- lerable inquietud por no saber para qué hacer parte de una existencia que el otro más íntimo no valora. La queja de maltrato psicológico es una manera que tenemos de dar cuenta del malentendido que rige nuestra relación con el semejante. En esa queja se pone en juego algo de lo real —referido al goce de la repetición—, de lo imaginario —adscrito a lo que se espera y no se obtiene del semejante más íntimo o del Otro protector— y de lo simbólico —en tanto no hay maltrato psicológico por fuera de un pacto. El maltrato psicológico se produce en un contexto íntimo y no es una particularidad de ciertas clases sociales denominadas “pobres” o “poco educadas”. Si aceptamos la premisa de que el Otro que desea es una de las vías esenciales para cada uno buscar la justificación de su existencia, en los casos en que éste responde a nuestras demandas con burla, desprecio, rechazo, desvaloración y displicencia, nos quedamos sin piso e inevitablemente nos sentimos maltratados. Salvo los místicos, los paranoicos y los perversos, quienes se presentan como teniendo su exis-tencia9 justificada por una misión, los demás estamos expuestos al maltrato psicológico por parte de aquel que se ha vuelto impres- cindible en nuestra vida. El místico puede justificar su existencia diciendo que las cosas que le pasen aquí en la tierra son prueba de un dios al que debe agradecerle por prestarle la vida. No se siente en ningún momento maltratado por su dios, 9 Exis-tencia es un neologismo mediante el cual se denota que en aquellos casos en los cuales el sujeto se posiciona ante el semejan- te como si estuviera justificada su existencia, es como si en cierta medida superara imaginariamente la vulnerabilidad al maltrato psicológico, es decir, como si existiera por fuera del alcance del sadismo posible del semejante con el cual se relaciona. 18 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica porque después obtendrá la recompensa por todos los sufrimientos vividos. Entre más sufra, más posibilidades tendrá de quedar entre los escogidos del paraíso que hay en otro mundo por venir. Del paranoico puede afirmarse que su pasión no es la justificación de su existencia, porque ya la tiene justi- ficada de antemano, “tiene una razón para existir”, y al servicio de esto se pone su delirio. De Garabito se dice que es un psicópata. Sin entrar aquí a discutir su estructura, porque carecemos de elementos clínicos para ello, llama la atención que se conduzca ahora como si su existencia estuviera justificada. No se presenta con un sentimiento de responsabilidad respecto a lo que hizo, ni da cuenta en qué lo marcó como ser viviente, ni tiene una pregunta sobre su futuro tras salir de la cárcel. Garabito tiene resuelto el futuro y su estancia en la tierra por la vía de una construcción delirante que con- siste en decir: “así como los paramilitares irán al Senado y un embolador fue al consejo de Bogotá, yo que soy un asesino en serie también lo haré”. Ha diseñado el porve- nir, eliminando el pasado que lo condena y valiéndose de una frase que lo exime de la responsabilidad en el orden subjetivo: “para qué llorar sobre la leche derrama- da”. En labios de un criminal como Garabito, esta frase elimina de un solo golpe la historia de sus actos. No es culpable de nada porque lo “que pasó ya pasó” y nada puede hacerse para cambiarlo. Además, como Garabi- to es un convertido más que se ha encontrado con un sentimiento oceánico de religiosidad, cree que con ello ya “lavó sus culpas”. Este sujeto se halla en la misma lógica irracional en la que se instala “el perdón y olvido” que tanto se invoca hoy a propósito de la reinserción y la llamada “parapolítica”. Ahora bien, en cuanto al modo como justifica la exis- tencia el verdadero perverso, si consultamos al Marqués de Sade, vemos que sabe que existe para gozar y éste es para él, en sí mismo, un elemento preciado que justifica su existencia. Antes, Garabito vivía para ir de pueblo Lógicas del maltrato en el vínculo social / 19 en pueblo buscando víctimas, vivía en función de su pasión de matar. Pero Garabito no se comportó como un perverso en sus crímenes, porque el perverso no goza llevando a la víctima hasta la muerte, sino haciéndola sufrir sin que muera, para no malograr el goce. Tampoco, como ya se dijo, es el criminal frío y calculador que, en cumplimiento de una misión, da su golpe de gracia, en el lugar certero y en el momento oportuno, pues sistemá- ticamente se encarniza pasionalmente en su víctima. Queda el detalle de la “voz interior” que al parecer le daba órdenes, detalle en el que no se detuvo el entrevistador, pues aunque es un agudo periodista, no es un clínico. No sabemos si la imperativa voz le ordenaba buscar niños, maltratarlos, violarlos y matarlos, mientras que ahora le ordena lo contrario, porque ha encontrado una de esas sectas que son nidos en donde algunos psicóticos, por el hecho de hallar a otros que comparten su delirio, construyen una identidad ortopédica y se hacen a un nuevo nombre que les permite localizarse de manera estable en un discurso en donde predomina el altruismo religioso sobre el egoísmo criminal. El hombre neurótico que no se dedica a alabar a Dios queda en desventaja respecto a los tres antes referidos, porque como su desarrollo orgánico no le aporta una causa para él mismo, le toca inventarla a partir de su relación con el semejante. Cada sujeto necesita una buena causa que defender, una causa que, sin importar lo trascendental que sea, “pueda obturar el vacío en que él mismo consiste”.10 Pero no es igual una causa como tratamiento del vacío, que una causa como sinónimo de completud, porque esta formación imaginaria aproxima a una construcción delirante. De la consideración anterior, se concluye que, en términos clínicos, no se habla de maltrato psicológico sino en la neurosis. Únicamente el sujeto neurótico, o 10 Ibíd. 20 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica sea, todo aquel que se encuentre capacitado psicológi- camente para interrogarse por el deseo del otro, está agobiado por la falta de una causa de deseo, agobio que se expresa en el maltrato psicológico y que en absoluto encontramos, por ejemplo, en Garabito. No le interesa qué piensa el Otro de la ley sobre él, no le da existencia; en su lugar, le da consistencia a un dios, que no deja de ser peligroso, porque ese dios de Garabito sin duda será tan maleable como el del sicario y el mafioso. En cualquier momento le puede ordenar volver a sacrificar niños, esta vez en su nombre, así como lo hizo en un primer momento el dios de Abraham. Maltrato psicológico y vacío de ser El maltrato psicológico suele manifestarse como el efecto psíquico de una negligencia amorosa del seme- jante más íntimo o del Otro protector. Si un sujeto eleva su pareja o su familia a la dignidad de causa, tiene ase- gurado el maltrato psicológico, porque será inevitable el desengaño, ya que el otro amado jamás va a cubrir su demanda, que de hecho será insaciable. Además, si nuestro mundo contemporáneo está más regido por el principio de la razón, del utilitarismo y de la producción, que por las contingencias del “corazón”, es compren- sible que el maltrato psicológico y el maltrato físico se erijan como síntomas de un mal vivir omnipresente en nuestra contemporaneidad. Cada ser humano está ensimismado con los objetos imaginarios que este mundo, “estructurado por la cien- cia”, le ofrece, y presionado por estar a la altura de la competencia. El efecto negativo sobre el vínculo familiar se reconoce como negligencia, falta de consideración y codicia de ser mediante el tener. Cuando el ideal capi- talista de tener y consumir no se cumple, el individuo se presenta con la “autoestima” disminuida, con un sentimiento de fracaso y de falta de oportunidades, elementos vigentes en la queja del maltratado. Lógicas del maltrato en el vínculo social / 21 Los mismos elementos anotados le sirven al maltratante como justificación para presentarse ante su conciencia moral, ante el mismo maltratado y ante la ley de la ciu- dad, si fuese necesario, como no responsable de su acto maltratante. El maltrato psicológico tiene estructura de queja, es una de las versiones de la entrada del sujeto que dice: “no es mi culpa”. Tomar el maltrato como síntoma no induce a darle un tratamiento asistencial o jurídico, ni a concederle una interpretación sociológica, sino a considerarlo como la cristalización de un malestar propio del vínculo afecti- vo. Esto permite integrarlo en el orden de la demanda, es decir, en un dispositivo de palabra en el cual se le supone al sujeto la posibilidad de “tomar distancia en relación con su sufrimiento”11 y se le da la oportunidad de vérselas con sus engaños, sus preguntas, sus decep- ciones y fantasmas. Tomar distancia respecto al sufrimiento psíquico que causa el otro, significa poder ser conducido a testimoniar en contra de sí mismo y no de los otros. Esta actitud, lejos de conducir a una postura masoquista, o a una alienación al o a los posibles maltratantes, le permiti- rá al sujeto separarse de sus propios dichos. Cuando alguien dice: “soy un maltratado”, está identificando su ser al mal del cual se queja, porque lo convierte en referencia de su identidad. Ante la falta de referentes simbólicos que permitan adoptar un nombre de sujeto, se le presenta a éste con el nombre de la segregación. Si se le ofrece asistencia a quien la necesita, identificándolo con el nombre que define su mal y no asumiéndolo como sujeto que habla, no se le ayuda a poner en cuestión su identidad de segregación, y de esta manera se reforzará el mal que se pretende atacar. El maltrato psicológico designa uno de los precios que debe pagarse por elegir no vivir en soledad; en este 11 Ibíd., p. 72. 22 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica sentido es incurable. Las heridas físicas que un adulto le infringe a un niño pueden curarse, pero el no deseo respecto a la existencia histórica de ese niño, no de- seo que en absoluto depende del estrato social, pero que incluso es bastante común encontrarlo en estratos altos de la sociedad, interviene como causa subjetiva del maltrato en sus distintas manifestaciones, en las distintas sociedades, y es incurable. Lo incurable no es lo eternamente traumático, sino algo inscrito en el registro de lo que no cambia. En un maltratado, lo que no cambia, por más protección y cuidado que pueda dársele, es su falta en ser. Puede cambiar su posición frente a la falta en ser, igualmente la condición de estar culpando al Otro, pero no la condi- ción de “vacío en la que él mismo consiste”.12 Este vacío, si bien no puede llenarse, sí se aprende a hacer con él, inventando una causa para la existencia. El vacío se puede re-crear mediante la creación artís- tica, la pasión por un deporte, la relación con el saber, y están los místicos que hacen como si lo superaran mediante el encuentro con una divinidad que los llena. El vacío puede convertirse en causa de una producción de saber a partir del cuestionamiento del tipo de vida que se lleva, o se apacigua mediante la caridad. En todo caso, el vacío de ser no desaparecerá como corresponde, desde el punto de vista médico, a lo que se considera “curado”. El maltrato psicológico, en sentido general, es uno de los nombres que adquiere, en el vínculo social, el innom- brable vacío de ser que nos corresponde asumir como seres de lenguaje. En la sociedad capitalista, guiada por el imperativo del tener, el vacío es ensanchado de forma inmisericorde por la precariedad de los valores que le permiten al sujeto hacerse al ser, no sin destruir, explotar o humillar a su semejante. 12 Ibíd., p. 71. Lógicas del maltrato en el vínculo social / 23 Por último, si bien el abordaje del maltrato desde el psicoanálisis no excluye tener en cuenta las circunstan- cias sociales y económicas que lo facilitan, ni las acciones policivas que sean pertinentes en cada caso para proteger a las víctimas, sí se preocupa por llamar la atención so- bre el hecho de que el maltrato no se puede tratar como un problema de policía, ni como un asunto del juez que condena o absuelve al presunto victimario. Ninguna medida de protección, por sí misma, contri- buye a establecer cuál es el sentido del maltrato en una relación de pareja o en la vida familiar. Decir sentido significa tener en cuenta un fin y una tendencia que se pone en juego en la relación maltratante-maltratado. El fin introduce la pregunta por un hacia dónde se orienta esa relación y la tendencia implica la pregunta por un de dónde surge la fuerza subjetiva que la mantiene y prolonga en el tiempo, a pesar de la queja. Tanto para el maltrato psicológico como para el mal- trato físico, se ha de tener en cuenta la realidad psíquica, categoría que si bien no es igual a la realidad material cir- cunscrita a los hechos verificables, tiene una consistencia y un valor semejante a esta última para el sujeto. El lugar concedido a esta categoría y a las de goce, inconsciente y deseo en la definición del maltrato, irá siendo especificado progresivamente en el desarrollo del texto. El maltrato físico, si bien no es una formación del inconsciente, como sí puede serlo el maltrato psicoló- gico, se constituye como el producto de la violencia im- plicada en el vínculo social y este hecho permite contar con el inconsciente en su abordaje. El maltrato es una enfermedad propia del vínculo social, una especie de maldición que recae sobre la dependencia emocional que acompaña, por ejemplo, al amor. Es una faceta más en donde se revela la impotencia del orden cultural para regular las relaciones entre los seres humanos; por eso depende, sólo de manera contingente, de la pobreza, el hacinamiento y la multiplicidad de modalidades de conformación del grupo familiar en la actualidad. 2 Clínica del maltrato psicológico En el capítulo anterior abordamos el problema de la pasión de justificar que nos habita en el mundo contemporáneo, la función del semejante en lo que atañe al valor que tiene para nuestra existencia y su relación con el maltrato psicológico. Se avanzaron también algunos elementos acerca de por qué cierto mal encuentro con el otro no depende sólo de asuntos coyunturales, sino también de cuestiones estructurales, por ejemplo, la falta en ser. Si empezamos con la hipótesis de que el maltrato psicológico no se da sino allí donde hay un íntimo vínculo afectivo —hasta el punto de llegar a ser un fenómeno que puede tener como antecedente el amor o presentarse en forma simultánea como expresión de una ambivalencia afectiva no resuelta o de crisis de la relación—, es necesario fundamentar mejor dicha hi- pótesis, articulando esta forma de maltrato a la clínica de la histeria y la obsesión. Clínica del maltrato psicológico / 25 Maltrato psicológico y pareja El maltrato psicológico se configura cuando deja de ser una forma contingente de manifestar el odio al más íntimo y se convierte en un acto sistemático de conde- na a la infelicidad. Este acto le da consistencia a un supuesto verdugo, que en la vida cotidiana reitera una sentencia humillante para su víctima, ser a quien le está recordando constantemente su desgracia, dibujándole un destino de tribulaciones. Como la vida cotidiana en pareja se caracteriza por un “más de lo mismo” que es necesario aprender a asi- milar como costumbre, se van descubriendo rasgos del otro más íntimo que lo van destituyendo del lugar ideal que permitió el enamoramiento. A medida que el velo del engaño sobre el que se fundamenta el amor cae y empieza a instalarse la decepción, suele aparecer la intolerancia. La intolerancia en la pareja tiene varias formas de expresarse: está el sarcasmo, el señalamiento atroz del defecto, la sentencia descarnada, el chiste audaz, el gesto de impaciencia y un no rotundo a admitir los reproches de la pareja por considerarlos sin razón, o las tristezas por parecer atadas a motivos banales. Así es como se anuncia a la pareja que la angustia de perderla como objeto de amor ya no hace signo y se le hace saber que su presencia es más una molestia que un placer. Surge progresivamente un goce perturbador e inútil que se repite en cada momento y va apoderándose del vínculo, hasta transformarlo en un enlace infernal, en un impasse que hace imposible el diálogo, porque todo cuanto se diga no sirve más que para agravar el estado de cosas y puede ser empleado contra el que profiera las palabras. Un hombre pacifista e identificado a una posición culta que quiere mantener como principio de sus rela- ciones, tal vez se abstenga de maltratar físicamente a su pareja o a sus hijos, independientemente de las cir- 26 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica cunstancias, pero puede, en cambio, tener la habilidad lingüística de resaltar en ellos, de manera contundente, cada vez que tenga oportunidad, el pequeño defecto, el detalle que mortifica. Él se conforma con un placer que no toca abiertamente el cuerpo del otro, pero golpea su imagen mediante una crítica agresiva que puede llegar a suplantar, por ejemplo, la atracción erótica y, en ge- neral, la comunicación posible. Existe una neurosis en donde la ambivalencia que rige nuestras relaciones primordiales con el más íntimo tiene dificultades para disociarse bajo la forma de odio al ene- migo o extranjero, y de amor al próximo. Se trata de la neurosis obsesiva, que no es igual al “trastorno obsesivo compulsivo” que hoy los psiquiatras consideran una en- fermedad médica, pues con esta nominación se le retira el mecanismo psíquico que define la formación de sus síntomas y, en su lugar, se introduce una explicación que pasa por lo físico-químico. En esta neurosis, los psicoana- listas regularmente verificamos, en cuanto a las relaciones de pareja, la presencia de un conflicto entre querer ser racionalmente comprensivo y un empuje a tornarse ca- prichoso. En términos descriptivos, la posición obsesiva se caracteriza por evidenciar un ser “cuadriculado”, de mal humor, rivalizante y agresivo. Aquí los más cercanos —pareja, hijos, secretario—, mientras no se acomoden a sus medidas exactas del mundo, con trazos que delimitan bien las fronteras, se convierten en seres llenos de defectos y en los responsables de todas sus incomodidades. Si bien el maltrato psicológico no es propio de la neurosis obsesiva, ésta sí es un tipo clínico bastante favorable a la instalación del maltrato psicológico, por- que el obsesivo suele exigirle a su entorno familiar el establecimiento de una alianza para confirmarlo en su fortaleza imaginaria. La histérica que, por amor o servi- lismo, se instale en ese lugar, será la única responsable de cualquier desacomodo en el mundo, la culpable de que las clavijas no casen en los agujeritos, el objeto de una crítica feroz, por muy eficaz que quiera ser. En los casos Clínica del maltrato psicológico / 27 en que la histeria no acepta ese lugar de sometimiento y se revela porque dispone de medios subjetivos y mate- riales para no ceder, pasará, para el obsesivo, al rango de un ser malo, incomprensivo y aprovechado, que no merece los mejores pensamientos de su parte. Es un hecho que la histérica suele denunciar con sus síntomas las mortificaciones psicológicas impuestas por el obsesivo; se queja de la rigidez que la priva de felicidades a las que antes tenía acceso o le impide disfrutar el presente. Sus ligerezas son, a la vez, denunciadas por el obsesivo, quien se queja, por ejemplo, de la mala influencia que ejerce sobre la responsabilidad de los hijos y de su injerencia en todo lo que no marche en la familia, por el hecho de no apoyarlo sin reserva en sus indicaciones. Entre más fuerte sea un vínculo afectivo, más propicio resulta para que se produzca maltrato psicológico recí- proco. Éste no se supera sino mediante una rectificación de las relaciones imaginarias que se han instalado como detonante de agresividad. Una de las formas de esta su- peración que alivia el ser, es la organización de la vida de cada uno por su lado, aunque a veces se conserve cierto vínculo mediado, por ejemplo, por deberes familiares. En estos casos, la clave de la superación del maltrato es el desamor, pues es así como se dejan de cargar li- bidinalmente aspectos que antes eran mortificantes y que hacían disparar los dardos del insulto, el sarcasmo y la desvalorización. Entre el maltrato psicológico y la mortificación del ser En relación con el tema del maltrato, las impreci- siones teóricas son notorias. Sobresale la costumbre institucional de diseñar programas de prevención y tratamiento, valiéndose del modelo médico y epidemio- lógico. Se suele tomar el maltrato como una enfermedad que ataca especialmente a la infancia, se ubica la etio- logía en múltiples factores psicosociales que afectan el 28 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica medio en donde nace o se desenvuelve el victimario y la víctima, y se propagan estrategias educativas basadas en la información sobre los derechos del maltratado y la sensibilización de los violentos. Acontecimientos reales como el abandono, el abuso sexual, la agresión física desmedida y la explotación de los menores en la pornografía, la prostitución, la venta de droga, la mendicidad y el trabajo forzado, ameritan una medida de protección bajo una acción jurídica denomi- nada recuperación. Ésta no siempre se realiza de la mejor manera y, en muchas ocasiones, se hace con violencia, como si se tratara de un procedimiento estrictamente policivo, procedimiento que si bien es legal, no siempre es legítimo, ni ajustado a principios éticos, sino a prejuicios de distinta índole, amparados en la legalidad. Cuando el maltrato se presenta asociado a las situa- ciones anotadas, tiene que ver al mismo tiempo con un trauma efectivamente acaecido y con un síntoma social. En el maltrato como trauma físico y psicológico se diagnostica institucionalmente que la víctima queda expuesta a trastornos como el retraimiento, la tristeza, el resentimiento social, el desinterés, la agresividad des- medida y el fracaso escolar. La descripción de los trastornos referidos, en lugar de constituir un descubrimiento que sirva al diagnóstico, al tratamiento y la prevención del maltrato, se convierte en un prejuicio que sirve como incentivo para que al niño en protección se lo trate, mientras conviene, como a una víctima sin capacidad de responder, ni de dar cuenta de lo que le sucede. Esta misma circunstancia hace que, en ocasiones, el funcionario decida el devenir de la vida del niño de manera apresurada, mientras se sienta amparado por la legalidad. Todo niño maltratado presenta, en efecto, secuelas psicológicas que se pueden agrupar en las manifestacio- nes referidas; pero la explicación de esos trastornos por los malos tratos, en lugar de clarificar el problema, lo deja sumergido en una generalidad ambigua. No pocos niños Clínica del maltrato psicológico / 29 presentan trastornos semejantes a los anotados, pese a haber sido sobreprotegidos en lugar de maltratados, y es común ver que construyen fantasías en las que el acto de pegar ocupa un lugar central en la escena, aunque no hayan sido nunca golpeados. Este hallazgo hecho por Freud en su clínica de las neurosis, permite afirmar que el maltrato no tiene que ver sólo con una contingencia, como se supone desde el campo legal, sino que, desde el punto de vista fantasmático, se constituye en algo estructurado en la relación imaginaria con el Otro, tal como lo demuestra en su texto Pegan a un niño.1 Desde el punto de vista estructural, el maltrato es una prueba viviente de que la ausencia de un padre regulador y protector de las costumbres y las tradiciones, produ- ce en el niño el sentimiento de estar desalojado de un lugar simbólico al que se siente con derecho, cuestión generalizada en esta época en donde el maltrato es una epidemia. Cuando el maltrato depende más de cuestio- nes imaginarias que de situaciones concretas, como es el caso de la mortificación psíquica, se instala un vacío de orden legal. No existe en el maltrato psicológico la posibilidad de un peritazgo que permita demostrar, sin lugar a equívoco, ni a discusión y puesta en cuestión, qué tan grave es para la integridad de una persona y para el libre desarrollo de su personalidad, una morti- ficación del ser. Esto no pasa de la misma manera en las demás formas comprobadas de maltrato. El término “mortificación psíquica”, aunque no es el adoptado en el lenguaje de la protección infantil, ni de los derechos del niño y el adulto, es más apropiado que el término “maltrato psicológico” para referirse a un daño emocional. El lenguaje popular suele decir: “me tiene mortificado/a con sus reproches y sus celos injustifica- dos”, en lugar de decir: “me tiene maltratado/a”. 1 Sigmund Freud, Pegan a un niño, en: Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1972. 30 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica En la mortificación psíquica, lo invocado para el diag- nóstico es una clínica de la subjetividad y no un dicta- men forense o una prueba de video. Por eso, en el abuso emocional es indispensable un mayor rigor conceptual, que el observado respecto al maltrato físico. El maltrato psicológico, si bien es un hecho de violencia objetiva, por- que se localiza en el vínculo, la mortificación que produce es subjetiva, porque no puede ser objeto de observación ni de medición para establecer la magnitud del daño. Sin daño observable como prueba reina y medible en cuan- to al perjuicio causado, no hay incapacidad que pueda fundamentarse sin lugar a duda, ni prejuicio. El maltrato psicológico se configura por la eficacia simbólica e imaginaria de una palabra, un gesto, una mirada o una actitud que se interpreta como desobligante y opuesta a lo que se espera del otro. No hay maltrato psicológico por fuera de una interpretación de la mani- festación del otro; de ahí que la verdad puesta en juego no pueda extenderse a todos los casos, como quisiera el derecho. Tampoco se demuestra mediante la reunión de un amplio expediente que, con seguridad, estará lleno de contradicciones y de todo tipo de inconsistencias, que finalmente introducirá dudas que jugarán en favor del acusado. El psicoanálisis demuestra que una palabra castiga, humilla, salva e incluso mata; un gesto de rechazo sistemático o de intolerancia, aplasta; una mirada in- quisidora, horroriza. Pero demostrar jurídicamente que esto produce en lo psíquico un perjuicio tan grande como un golpe con odio o una violación, exige una evaluación clínica rigurosa. Como la clínica se encuentra en extin- ción, porque se supone que basta con una evaluación técnica basada en pruebas psicológicas y médicas y en mediciones referidas al daño, finalmente se hablará de todo menos de quien ha sido maltratado. El discurso jurídico y el discurso médico no reco- nocen que la intensidad de los sentimientos nunca es proporcional con la magnitud del acontecimiento que Clínica del maltrato psicológico / 31 los desencadena. Por esta razón, si se cuenta con la subjetividad, el peritazgo en materia psicológica nunca se acoge a la lógica del código legal. Sus heridas no pueden calcularse mediante un examen de la magnitud real de los acontecimientos, sino con un examen de la significación imaginaria que para cada sujeto tiene lo que ha vivido en su relación con el otro. Freud demuestra que la realidad psíquica tiene, para el sujeto, una consistencia comparable a la realidad material. Por eso, si un niño dice que ha sido abusado, pero el dictamen del médico forense indica que no hay lesión considerable y los testigos no existen, no por ello es un mentiroso, sino alguien que con su palabra le está indicando al discurso jurídico que hay otra reali- dad que debe ser considerada en estos casos, así no se pueda castigar al acusado. Aquí la verdad no depende del examen de las pruebas referidas a los hechos, sino de un examen de la organización imaginaria del niño, de sus fantasías y deseos inconscientes exacerbados por alguna circunstancia. La mortificación psíquica no existe por fuera de una escucha que, en lugar de servir para establecer si hay o no méritos para elevar una denuncia de maltrato ante la autoridad competente, permita anudar la palabra actual con la historia del hablante. De este anudamiento y no de la valoración del perjuicio causado, depende la gravedad de lo que un niño padece. Desde el punto de vista legal, es más grave como delito que un niño sea penetrado por un adulto, a que sea obligado por éste a entrar en contacto oral con su miembro, pues esta práctica no deja secuela física. ¿Es posible hacer corresponder la valoración legal de un delito como el anotado a lo que sucede en el mundo psíquico del niño? En absoluto, porque sólo el mismo niño, en los casos en que no muere, puede dar cuenta de lo que significa para él pasar por una penetración o, en su defecto, por la obligación del sexo oral. Ambas experiencias se anudarán con su historia y con sus fan- 32 / Maltrato infantil: teoría y clínica psicoanalítica tasías, y esto nada tiene que ver con el debate legal. Más allá del debate legal en torno a la magnitud del delito de acuerdo con el perjuicio físico, está el debate por el perjuicio psíquico y aquí el sujeto supuesto saber no es un testigo, ni el juez, sino el mismo niño; sólo él cuenta con la prueba reina, la cual habrá que buscarla en su historia de sujeto y no de individuo orgánico. ¿Dónde está la verdad en la mortificación psíquica? La mortificación psíquica se escucha como verdad del sujeto y no como dicho a comprobar. Es por esto que no le corresponde oírla a un defensor de familia o juez de me- nores, pues si bien son portadores de un saber sobre los derechos de la familia, del menor y de los ciudadanos en general, no tienen cómo dictaminar sobre la subjetividad. Aquí, el dato estadístico tomado como antecedente y el dictamen tanto del psicólogo como del médico forense, no sirven como argumento para condenar o absolver, pues lo que se pone en juego cuando se trata de una afección subjetiva como el abuso sexual que no avanza hasta la violación, o el maltrato que no toca el cuerpo directamen- te, es un desciframiento de la palabra del hablante y no una circunscripción de ésta a la realidad de los hechos relatados o a la opinión de los especialistas encargados de evaluar al menor maltratado. No es igual recibir una declaración en la que la víctima acusa, muestra la marca y se queja, para acordar si es necesario hacer evaluar el organismo y elevar una denuncia ante la autoridad legalmente habilitada para intervenir, que escuchar el discurso de un ser hablante para evaluarlo respecto a