1 Gusto y modernidad: Salón Nacional de Artistas 1940-1962 Tesis. Para optar al título de magíster en Historia del Arte Por: Isabel Cristina Sánchez Gómez CC. 1033646431 Director de la investigación: Dr. Gustavo Adolfo Villegas Gómez UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA FACULTAD DE ARTES DEPARTAMENTO DE ARTES VISUALES MEDELLÍN 2021 2 Tabla de contenido Índice figuras …………………………………………………………………. p.3 Introducción …………………………………………………………………. p.5 1. El Salón Nacional de artistas, el gusto y la modernidad artística: Contexto ... p.8 1.1. Gusto y exposiciones …………………………………………………. p.8 1.2. Modernidad artística latinoamericana ………………………………….. p.28 1.3. Contextualización del Salón Nacional ………………………………….. p.34 2. El arte moderno como lo decorativo y lo popular ……………………………... p.44 2.1. Lo decorativo ………………………………………………………….. p.50 2.2. Lo popular ………………………………………………………….. p.69 3. Arte moderno entre ideologías de Estado e Iglesia …………………………... p.90 4. Arte moderno: Lo extranjero y lo propio ………………………………….. p.125 Conclusiones …………………………………………………………………. p.165 Referencias …………………………………………………………………. p.169 Anexo 1: Tabla información Salón Nacional de Artistas 1940-1962 …………... p.179 Anexo 2: Tabla fuentes primarias complementarias. ………………………….. p.184 3 Índice figuras Figura 1: Interludio, Santiago Martínez Delgado (1941). Recuperada de: https://www.pintoreslatinoamericanos.com/2012/07/pintores-colombianos-santiago- martinez.html Figura 2: Bautizo de Aquimín-Zaque, Luis Alberto Acuña, 1950. Recuperada de: https://fisicartes.files.wordpress.com/2020/01/zaque.png Figura 3: Carnaval, Carlos Correa, 1950. Recuperada de: http://carloscorreapintor.blogspot.com/2015/07/1950-carnaval-viii-salon-de-artistas.html Figura 4: Forma mística, Hugo Martínez, 1957. Recuperada de: http://elclip2011.blogspot.com/2011/02/forma-mistica.html Figura 5: Mulata, Enrique Grau Araújo, 1940. Recuperada de: http://www.museonacional.gov.co/colecciones/Pieza_del_mes/pieza-del-mes- 2011/Paginas/Pieza%20mes%20marzo%202011.aspx Figura 6: Currulao en Buenaventura, Dolcey Vergara, 1946. Recuperada de: https://www.facebook.com/dolceyvergara/photos Figura 7: Mercado Boyacense, Alfonso Ramírez Fajardo, 1945. Recuperada de: https://www.banrepcultural.org/coleccion-de-arte/obra/mercado-boyacense-ap0601 Figura 8: Madre del pintor, Ignacio Gómez Jaramillo, 1940. Recuperada de: http://www.museonacional.gov.co/colecciones/piezas-en-dialogo/Paginas/default.aspx https://www.pintoreslatinoamericanos.com/2012/07/pintores-colombianos-santiago-martinez.html https://www.pintoreslatinoamericanos.com/2012/07/pintores-colombianos-santiago-martinez.html https://fisicartes.files.wordpress.com/2020/01/zaque.png http://carloscorreapintor.blogspot.com/2015/07/1950-carnaval-viii-salon-de-artistas.html http://elclip2011.blogspot.com/2011/02/forma-mistica.html http://www.museonacional.gov.co/colecciones/Pieza_del_mes/pieza-del-mes-2011/Paginas/Pieza%20mes%20marzo%202011.aspx http://www.museonacional.gov.co/colecciones/Pieza_del_mes/pieza-del-mes-2011/Paginas/Pieza%20mes%20marzo%202011.aspx https://www.facebook.com/dolceyvergara/photos https://www.banrepcultural.org/coleccion-de-arte/obra/mercado-boyacense-ap0601 http://www.museonacional.gov.co/colecciones/piezas-en-dialogo/Paginas/default.aspx 4 Figura 9: Violencia, Alejandro Obregón, 1962. Recuperada de: https://www.banrepcultural.org/noticias/dos-bocetos-de-violencia-la-obra-mas- representativa-de-alejandro-obregon Figura 10: Estudio en Gris, Miguel Díaz Vargas, 1944. Recuperada de: http://www.pintoresfamosos.cl/latinoamericanos/diaz-vargas.htm Figura 11: La anunciación, Carlos Correa, 1941. Recuperada de: https://vivirenelpoblado.com/obras-del-museo-ed248la-anunciacion/ Figura 12: Luto para un estudiante, Alejandro Obregón, 1957. Recuperada de: http://www.latinart.com/spanish/artdetail.cfm?img=co_obreg_06_th.jpg&tid=85&t=exhibit &r=81 Figura 13: Los obispos muertos, Fernando Botero, 1957. Recuperada de: https://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/arcadia-100-los- obispos-muertos-fernando-botero/35041/ Figura 14: Rojas Pinilla, Débora Arango, 1957. Recuperada de: https://www.urosario.edu.co/Revista-Nova-Et-Vetera/Vol-3-Ed29/Columnistas/Nietzsche- y-la-verdad-como-enfermedad/ Figura 15: La camera degli sposi, Fernando Botero, 1958. Recuperada de: https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1484143.camera-degli-sposi-homenaje-a- mantegna-ii-de-botero.html Figura 16: Mujeres sin hacer nada. Lucy Tejada, 1955. Recuperada de: Banco de la República https://twitter.com/i/events/1049801542054961153?lang=es https://www.banrepcultural.org/noticias/dos-bocetos-de-violencia-la-obra-mas-representativa-de-alejandro-obregon https://www.banrepcultural.org/noticias/dos-bocetos-de-violencia-la-obra-mas-representativa-de-alejandro-obregon http://www.pintoresfamosos.cl/latinoamericanos/diaz-vargas.htm https://vivirenelpoblado.com/obras-del-museo-ed248la-anunciacion/ http://www.latinart.com/spanish/artdetail.cfm?img=co_obreg_06_th.jpg&tid=85&t=exhibit&r=81 http://www.latinart.com/spanish/artdetail.cfm?img=co_obreg_06_th.jpg&tid=85&t=exhibit&r=81 https://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/arcadia-100-los-obispos-muertos-fernando-botero/35041/ https://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/arcadia-100-los-obispos-muertos-fernando-botero/35041/ https://www.urosario.edu.co/Revista-Nova-Et-Vetera/Vol-3-Ed29/Columnistas/Nietzsche-y-la-verdad-como-enfermedad/ https://www.urosario.edu.co/Revista-Nova-Et-Vetera/Vol-3-Ed29/Columnistas/Nietzsche-y-la-verdad-como-enfermedad/ https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1484143.camera-degli-sposi-homenaje-a-mantegna-ii-de-botero.html https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1484143.camera-degli-sposi-homenaje-a-mantegna-ii-de-botero.html 5 Introducción Gran parte de este texto fue escrito en medio de la cuarentena estricta que vivimos en el país como medida por la pandemia del covid-19. Así que mientras escribía sobre hechos ocurridos hace sesenta-ochenta años entorno al Salón Nacional de Artistas, el gusto y la modernidad pensaba a su vez sobre cómo dentro de unos años los historiadores del arte hablarán de todo aquello que nos acontece hoy como consecuencia del virus. Los museos y las exposiciones cerraron, los artistas se hicieron nuevas preguntas y sus creaciones estuvieron limitadas por un par de meses a lo que desde sus casas era factible realizar, hubo una gran explosión de difusión en redes, y por supuesto, todo aquel encuentro personal con las obras quedó pospuesto. ¿Qué cambios entonces habrá generado esta pandemia en el gusto en nuestro contexto, en la manera como nos relacionamos con las obras, los museos y los artistas? Seguramente solo el tiempo nos dará respuestas más claras y construiremos un relato al respecto, al igual que hoy miramos hacia al pasado con el propósito de observar momentos y fenómenos específicos con la idea de saber qué pasó y cómo pasó. Estas y otras preguntas versan aquí sobre el Salón Nacional de Artistas entre 1940 y 1962, el gusto y la modernidad, y aunque ninguna pandemia ocurrió, sí fueron diversos los acontecimientos que se dieron tanto interna como externamente que afectaron el desenvolvimiento del Salón, las ideas sobre el gusto y la construcción de modernidad. Entre otros podemos mencionar los períodos de álgida violencia, los cuestionamientos sobre “lo propio”, ideas de gobernantes y pontífices que tuvieron injerencia en el mundo del arte y por 6 supuesto los interrogantes y reflexiones de los artistas sobre el arte que se estaba llevando a cabo en el país. En esta línea entonces, el presente texto está dividido en cuatro capítulos que en su totalidad intentan dar claridad sobre el papel que tuvo para el arte colombiano el Salón Nacional de Artistas entre 1940 y 1962; en tanto fue receptor y co-partícipe de los cambios que se dieron en el gusto artístico y en la generación de un arte moderno. Cada capítulo responde a categorías generales que emergieron en la lectura y proceso de análisis de las fuentes primarias y secundarias, categorías que a su vez contienen y arrastran subcategorías que conforman un cuerpo textual que más que orientarse por una linealidad temporal, pretenden detallar, analizar y comprender la manera como Salón, modernidad y gusto estuvieron estrechamente relacionados. El primer capítulo busca hilar unos antecedentes y generar un contexto que incluye un recorrido por diferentes concepciones y postulados que se han dado alrededor del gusto y la modernidad, y brindar algunos datos importantes del Salón Nacional de Artistas 1940- 1962. El segundo capítulo se centra en lo decorativo y lo popular como dos categorías centrales y recurrentes en las críticas de arte del Salón referidas al arte moderno que se estaba realizando en aquel entonces. El tercer capítulo intenta mostrar cómo las ideologías del Estado y la Iglesia influyeron en las condiciones del Salón y en esta medida promovieron u obstaculizaron ciertas formas de pensar y hacer arte en el país. Por último, el cuarto capítulo remite a las tensiones y diálogos que se generaron entre la búsqueda de un arte propio y las constantes influencias extranjeras desde diferentes frentes como teorías, artistas, críticos y estilos. 7 Las fuentes primarias consultadas para este estudio fueron Cromos, El Tiempo, Revista de Las Indias, Mito, Hojas de Cultura Popular, La Nueva Prensa, Espiral, El Espectador, El Mundo y El Catolicismo. Gran parte de los artículos se encuentran en la publicación 50 años del Salón Nacional de Artistas del Instituto Colombiano de Cultura- Colcultura (1990), los cuales fueron una fuente muy importante de información para esta tesis gracias a que los textos allí seleccionados están específicamente relacionados con el Salón. También fue de gran relevancia el archivo previamente recolectado por el profesor Gustavo Villegas en el marco de su investigación doctoral Autonomía y distinción. El gusto artístico en Colombia 1880-1960. 8 1. El Salón Nacional de artistas, el gusto y la modernidad artística: Contexto 1.1 Gusto y exposiciones La investigación de un tema específico suele implicar la delimitación y definición, al menos inicial, de los conceptos con los cuales se desea trabajar. Esto supone una orientación dentro de las áreas de conocimiento y dentro de los múltiples abordajes a los que puede llevar un solo concepto. Sin embargo, con algunos conceptos tal tarea de delimitación y definición se complejiza bastante, pues pareciera que la ambigüedad que implica hace necesario su abordaje en medio de la incertidumbre. Seguramente, muchos son los conceptos que cabrían en lo descrito anteriormente, pero en este caso en particular es una reflexión sobre el gusto la cual pretendo desarrollar en el presente texto. Valeriano Bozal en un apartado de su escrito Historia de las ideas estéticas y de las teorías artísticas contemporáneas del año 1996, indica lo siguiente: Gusto es, todavía hoy, un término bien equívoco, lo mismo hace referencia a las preferencias subjetivas, incluso al capricho personal –siguiendo el conocido “sobre gustos no hay nada escrito”-, que a la formación de la sensibilidad de los individuos –una parte de la educación general- y a las maneras de representar el mundo –como cuando decimos que una montaña es grandiosa o que una puesta de sol es sublime (p.9). Este equívoco continúa siendo motivo de confusión en el abordaje de los estudios sobre el gusto en el arte, pues allí se entrelazan al menos dos fenómenos, en sí mismos 9 complejos: por un lado, el gusto como facultad individual que puede implicar, por ejemplo, la recepción de una obra y el juicio sobre la misma; y por otro, los acuerdos implícitos a los que llega un grupo sobre las formas “correctas” de hacer arte en un momento determinado. Es claro que los dos ámbitos no son mutuamente excluyentes, y, por el contrario, están en contacto permanentemente. Podría ser justamente en la dificultad para hacer tal separación en la manera como se expresa en la realidad el fenómeno del gusto, donde también radica la dificultad para la delimitación específica del mismo. Si nos remitimos por ejemplo a la primera definición que trae el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española –RAE, encontramos que este se refiere al “Sentido corporal con el que se perciben sustancias químicas disueltas, como las de los alimentos”, pero también indica que es el “Sabor que tienen las cosas”. Así, ya desde estas primeras definiciones se observa que el gusto es tanto “algo” que siente el sujeto, como también puede ser una cualidad de la “cosa”. Más adelante también se indica que es la “Facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo”. Esta definición es más cercana al mundo del arte, aunque constantemente emitimos juicios de belleza o fealdad que no necesariamente remiten a una obra de arte. Pero la RAE ofrece una definición que se encuentra directamente ligada con el arte: “Manera de sentirse o ejecutarse la obra artística o literaria en un país o tiempo determinado”. De acá entonces se puede inferir que el gusto se refiere en parte a la recepción del público, pero también puede hablar de un estilo. Bourdieu (2010), en su texto El sentido social del gusto, indica lo siguiente “Lo que se llama gusto es precisamente la capacidad de hacer diferencias entre lo salado y lo dulce, 10 lo moderno y lo antiguo, lo románico y lo gótico, o entre diferentes pintores, o entre diferentes maneras de un mismo pintor, y, en segunda instancia, de probar o enunciar diferencias” (p.32). Lo conciso de la definición de Bourdieu en primera instancia da la impresión de resolver al menos el asunto de la delimitación. Sin embargo, ésta más bien “esconde” la complejidad que implica esa capacidad de hacer diferencias, a la cual se encuentran asociados otra gran cantidad de conceptos en el mundo del arte como son: la norma, la objetividad, la subjetividad, el juicio, la verdad, el sentimiento, la razón, la relación entre las obras y el público, la belleza y el contexto. Villegas (2014) por su parte considera que el juicio del gusto nos habla tanto de la recepción de la obra como del estilo, y por lo tanto “conlleva una relación entre la obra de arte y los espectadores, [que] no alude exclusivamente a las obras ni al público.” (p.31) Para el siglo XVI en algunos autores como Baltasar de Castiglione, Gracián y Vasari (citados en Villegas, 2014), se puede encontrar que en la época la concepción del gusto estaba claramente asociada con la educación, no solo en términos de arte, sino también con el habla, el vestir, las buenas costumbres, es decir, con el estilo de vida. En este sentido, el gusto se emparentaba con una formación humanista general del individuo, la cual debía además contribuir al progreso de la humanidad. Esta idea de evolución y de progreso es la que se encuentra en el modelo vasariano del arte, y sus descripciones de obras y pintores hablan precisamente de criterios que aluden al buen o mal gusto. Tales criterios cobran vital importancia en el Renacimiento, pues al separarse la obra de arte de los mandatos de la Iglesia o del Estado, las razones para juzgarle debían cambiar. Para el siglo XVIII, aunque con variantes entre autores, el énfasis estuvo en la concepción del gusto artístico como una facultad natural individual y la pregunta por la diversidad en el 11 mismo. Emergieron también en estas reflexiones algunos intentos que buscaban diferenciar el gusto del sentimiento y de la razón; pero a su vez se introdujeron de forma más clara indagaciones por la recepción del público, los parámetros de belleza con los cuales debía juzgarse la obra de arte, y en este sentido, la pregunta por la relación entre el sujeto observador y el objeto observado. De igual manera, y como bien lo indica Agamben (2016), es en el siglo XVIII que el gusto es teorizado con mayor amplitud por los filósofos. En términos generales, en la época el gusto se consideraba una facultad individual que se desarrollaba en un contexto, pero que tenía su origen en el sentimiento, el cual debía ser educado para llegar por medio de la intuición a juicios equivalentes a los que se llegaría a través de la razón. Hutcheson (1725, citado en Dickie; 2003) postuló la universalidad de un sentido interno de la belleza dado que de forma innata y constitutiva el hombre tenía la capacidad, a través de sus sentidos externos (vista, oído, tacto, etc), de sentir placer con independencia de su voluntad. Por su parte, Gerard “afirma que las facultades cognitivas son en sí mismas el origen de los placeres básicos del gusto; para él las facultades cognitivas en su funcionamiento ordinario constituyen los sentidos del gusto” (1759, citado en Dickie, 2003, p.70). En este sentido tienen un carácter innato, pero no en su totalidad, pues consideró también que en su composición existían agentes externos. Ambos, Hutcheson y Gerard, encontraron una asociación entre el sentido moral y su aplicación en las artes, como razón del placer. Prevaleció también para la época una ambivalencia en la caracterización del gusto como “algo” que no podía situarse ni totalmente del lado de la razón ni de la sensación, sino como aquello que necesita de ambas, pero no se reduce a ninguna de la dos. Agamben (2016) 12 lo describe de la siguiente manera: “La idea de una forma de conocimiento distinta, que se opone tanto a la sensación como a la ciencia, y es al mismo tiempo placer y saber” (p.22). Esta ambivalencia, que en muchos momentos se ha enunciado como un no sé qué, aún pervive a pesar de largas teorizaciones alrededor del tema. Llama particularmente la atención la expresión de “significante excedente” que proviene de Lévi-Strauss, la cual Agamben retoma para hablar del gusto. En pocas palabras tal expresión habla de cómo el significante existe y tiene sentido para el sujeto, aunque éste último no pueda dar plena cuenta de su significado, es decir, de las razones que subyacen a su saber. A mi modo de ver, pensar el gusto de esta forma se relaciona un poco con la intuición, concebida esta como un saber sin conceptos. Tal sentido parece más cercano a lo que nos sucede en la cotidianidad cuando expresamos que algo nos gusta, pero no tenemos claridad del por qué. En esta instancia –la cotidianidad-, creo que tal situación no necesariamente es problemática, pero al trasladar esto al mundo del arte y la teorización acerca del mismo, podrían llegar a serlo. De igual forma, los filósofos de este siglo pretendieron generar una especie de norma para poder determinar el buen gusto. Uno de los grandes aportes al respecto se encuentra en Hume (citado en Villegas, 2014): en primer lugar, Hume considera que hay juicios de gusto correctos, pese a que señala que dichos juicios no hacen referencia a la verdad, y que ellos se ven alterados por diversas circunstancias. En segundo lugar, un juicio de gusto correcto depende tanto de la disposición mental como de una atención puesta en el objeto, lo cual implica que el juicio correcto podría llegar a aprenderse. (p.29) 13 Tanto para Hume como para Burke, la diversidad en los juicios de gusto fue un asunto relevante, pues consideraron que en tal diversidad radicaban las dificultades para llegar a una norma que permitiera dictaminar el buen o mal gusto, y la imposibilidad de llegar a acuerdos y juicios universales. Burke planteaba que parte de ello se debía a que el juicio de gusto difiere del juicio científico, pues el primero hace referencia a un asunto de grado de afectación, que tiene su raíz en la sensibilidad del espectador y en la atención al objeto, y que por lo tanto remite a elementos subjetivos; mientras que el segundo alude a cantidad, donde es posible establecer parámetros de diferenciación. Ambos centraron sus disertaciones en aspectos individuales y subjetivos del gusto, descuidando los contextuales y culturales, aunque consideraron la experiencia y el aprendizaje como potenciadores del buen gusto. Por su parte, Kant consideró el gusto como una facultad para juzgar de forma desinteresada lo bello y también fue de gran relevancia en su teorización la comunicabilidad alrededor del mismo. En la relectura e interpretación que Laura Quintana realiza del filósofo, destaca, critica y amplía este último aspecto. Así, para ella en la pretensión de Kant de universalizar la comunicabilidad y el juicio del gusto, éste pierde de vista la importancia de la diferencia y diversidad que le es inherente, tanto por las preferencias personales, pero sobre todo por las diferencias contextuales. En esta medida, Quintana coincide con Hume, en cuanto “en cuestiones de gusto no cabe exigir el asentimiento sino solo solicitarlo, y que la pluralidad de perspectivas posibles y, con esto, la posibilidad de disenso, no es eliminable de este ámbito” (p.432). Es claro igualmente que para que este proceso comunicativo se dé es necesario un momento reflexivo y de diálogo con la obra por parte de quién la observa. De entrada, ya la obra tiene unos límites formales y conceptuales, los cuales efectivamente generan un marco con respecto a lo que podemos opinar de ella, sin embargo, estos límites 14 son lo suficientemente abiertos como para que las diferencias personales y contextuales lleven a una diversidad de gustos y opiniones. En adelante con filósofos como Hegel –entre otros- las reflexiones acerca del gusto tendrán un desplazamiento de lo individual a lo histórico y cultural. En el caso por ejemplo del Romanticismo, uno de sus postulados más fuertes será entender la belleza como una concepción que siembra sus raíces en cada cultura. Esta idea entonces de considerar el gusto no solamente como algo estrictamente individual, sino que obedece también a ciertas condiciones socio-históricas y a intereses de grupos, es la que nos interesa de forma particular en el presente estudio, el cual se ubica dentro de la sociología del arte y que deja de lado posibles análisis en términos de la producción y de la recepción de la obra en el sentido hermenéutico. Bourdieu es uno de los sociólogos que concentró parte de sus estudios en estas condiciones. Para este autor el gusto hunde sus raíces más profundas en lo social y se ponen en juego allí de forma más o menos explícita las relaciones de poder y las diferencias entre las clases. Si bien su interés por el gusto no se limita al gusto en el mundo del arte, sino que su estudio se extiende a otros ámbitos, sí lo aborda de forma específica y amplia en varios apartados de textos como El sentido social del gusto- Elementos para una sociología de la cultura (2010) y La distinción: criterio y bases sociales del gusto (2016). En tanto construcción social, el gusto se encuentra siempre atravesado por las condiciones objetivas económicas, que a su vez permiten el acceso a capitales simbólicos y formas de relacionamiento que marcan las manifestaciones de ese gusto. 15 En su teoría varios conceptos son de gran importancia, entre ellos el de campo y el de habitus. El primero se puede considerar como una especie de nicho y/o juego con un desarrollo histórico, en el cual se dan unas maneras particulares de relaciones, prácticas, creencias, normas, saberes, que permiten una cierta autonomía del mismo; que evidentemente todo el tiempo interactúa con otros campos, y unos pueden –si es posible nombrarlo así- contener a otros. Al respecto Bourdieu (2016) dice lo siguiente: el capital cultural objetivado no existe y no subsiste como capital cultural material y simbólicamente actuante más que en y por las luchas que se desarrollan en el terreno de los campos de producción cultural (campo artístico, campo científico, etc) y, más allá, en el campo de las clases sociales, y en las que los agentes comprometen unas fuerzas y obtienen unos beneficios proporcionados al dominio que ellos tienen de ese capital objetivado, y por tanto a la medida de su capital incorporado. (p.268) Por su parte, el concepto de habitus es pensado por Bourdieu (2016) como: un sistema de disposiciones durables y transferibles –estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes- que integran todas las experiencias pasadas y funciona en cada momento como matriz estructurante de las percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes cara a una coyuntura o acontecimiento y que él contribuye a producir (p.63) En estrecha consonancia con el habitus se encuentra la configuración de los estilos de vida, los cuales implican unas preferencias y elecciones que se expresan en subespacios como el mobiliario, la vestimenta, el lenguaje, los accesorios, entre otros. Ambos –habitus y estilos de vida- tienen una fuerte relación con los aprendizajes obtenidos en la familia y la escuela. 16 Estas elecciones y preferencias que hablan de unos estilos de vida se encuentran ligadas a las condiciones económicas, las cuales a su vez implican tensiones entre clases sociales y la determinación de un gusto nombrado como “legítimo”, “medio” o “popular”. Según los estudios de Bourdieu, el gusto popular conlleva una estrecha vinculación del arte con la vida, es decir, que el objeto artístico debe, de una u otra forma, tener alguna utilidad para la existencia, en palabras del autor: Todo ocurre como si la “estética popular” estuviera fundada en la afirmación de la continuidad del arte y de la vida, que implica la subordinación de la forma a la función, o, si se quiere, en el rechazo del rechazo que se encuentra en el propio principio de la estética culta, es decir, en la profunda separación entre las disposiciones ordinarias y la disposición propiamente estética (2016, p.38) Por oposición, el gusto “legítimo” asociado a toda investigación formal, se percibe por la clase popular de forma distante y ajena, dado el alejamiento que se tiene con las maneras y normas que le rigen: “El principio de las reticencias y de los rechazos no reside solamente en una falta de familiaridad, sino también en un profundo deseo de participación, que la investigación formal frustra de manera sistemática.” (Bourdieu, 2016, p.38). La disposición estética para apreciar una obra con independencia de una función práctica y de hacer distinciones entre estilos, implica el aprendizaje explícito y la frecuentación de obras y museos, y ambos se encuentran estrechamente relacionados tanto con el capital escolar como con el económico, aunque en las clases altas quisiera atribuirse a una especie “de don natural” del cual no gozan las clases populares: Esta pretensión aristocrática tiene menos probabilidades que cualquier otra de ser discutida, puesto que la relación de la disposición “pura” y “desinteresada” con las condiciones que la 17 hacen posible, es decir, con las condiciones materiales de existencia más singulares, al ser las más liberadas de la necesidad económica, tiene todas las posibilidades de pasar desapercibida, teniendo de este modo el privilegio más enclasante el privilegio de aparecer como el que tiene más fundamento por naturaleza. (Bourdieu, 2016, p.63) Así, en el campo del arte, como en cualquier otro campo, se presentan unas tensiones por cuenta de los capitales desigualmente distribuidos entre sus diferentes agentes, llámese público, museos, galerías, curadores y artistas que contribuyen a la configuración de un gusto. Definido también por Bourdieu (2016) como “propensión y aptitud para la apropiación (material y/o simbólica) de una clase determinada de objetos o de prácticas enclasadas y enclasantes” (p.203). En este sentido, el gusto artístico si bien implica unos criterios para la evaluación de las obras de arte, no se reduce a estos, y de hecho uno de los aspectos más importantes en su indagación es el contexto en los cuales tales criterios nacen. De igual forma, cómo éstos no se mantienen invariables pues se encuentran estrechamente relacionados con las condiciones socio-históricas: una relación dialéctica que no omite la individualidad del gusto, pero que no se reduce a esta, y por el contrario, cobra su mayor sentido en la colectividad. Tales colectividades pueden ser llamadas comunidades de gusto: las comunidades de gusto son producto de la necesidad de formar grupos en los que los criterios de valoración de la obra de arte sean similares. Son estos criterios los que le dan cohesión al grupo y, de este modo, establecen una relación dialéctica entre el individuo y la comunidad: las variaciones propuestas por los individuos requieren de la aprobación de la comunidad y los valores asumidos por la comunidad deben ser corroborados también por el individuo. Pero más allá de eso […] las comunidades de gusto se definen por una 18 interpretación del mundo y no sólo de las calidades particulares de la obra de arte (Villegas, 2014, p.49) Así, el estudio del gusto artístico en relación con las comunidades de gusto no implica solamente el análisis de las obras, sino también de los textos, las exposiciones e incluso las instituciones, pues es desde allí que se hacen comprensibles las ideas que sostienen una forma de pensar y hacer arte en determinada época. Tales ideas en muchas ocasiones no están explícitamente enunciadas, pues en el devenir mismo de la historia, éstas se han “naturalizado” u ocultado, y solo son cuestionadas en la medida en que otras comunidades de gusto interrogan los criterios anteriores. Por lo tanto, gusto y exposiciones se encuentran emparentados tan cercanamente que su “nacimiento” se da en un mismo momento de la historia y de forma paralela a otros hechos de gran importancia en el proceso de autonomía del arte. Valeriano Bozal (1996) lo expresa de la siguiente manera: Las críticas que aparecen en periódicos y revistas, los tratados de estética, los ensayos, las historias del arte a las que tenemos acceso nos resultan tan familiares como los museos, las salas de exposiciones, las bienales, etc., pero no siempre fue así. Este mundo se perfila en un momento concreto de nuestra historia, el siglo XVIII, y configura la época que se conoce con el nombre de modernidad. (p.1) No significa lo anterior que previamente no existieran algunos textos de estética y mucho menos que no se dieran exposiciones, pero es en el siglo XVIII cuando estos acontecimientos que menciona Bozal generan unas poderosas sinergias y disrupciones en las maneras de pensar el arte. 19 Los salones de arte surgen de las exposiciones privadas que realizan los miembros de las academias, con ánimo pedagógico frente a los jóvenes principiantes. En el siglo XVIII los salones adoptan un carácter abierto y, a través de ellos, se democratiza la difusión de la plástica y se consolida la noción de público. (Jaramillo, 2004, p.4) Las exposiciones tienen su origen más claro en la figura de Salón de artes en Francia. Inicialmente este evento no tenía este nombre, sin embargo, desde 1663 la Academia Francesa de Pintura y Escultura tenía dentro de sus propósitos posibilitar ejercicios públicos pedagógicos para dar a conocer el trabajo de sus artistas y educar el gusto del pueblo francés. El acceso a tales exposiciones, aunque en principio fueran llamadas públicas, en general estuvo restringido a los mismos miembros de la Academia, sin embargo, con el tiempo tomaron gran auge y la asistencia fue cada vez más masiva y democrática. Hacia 1699, tras una larga pausa, se reanudaron las exposiciones y, en esta ocasión, se llevaron a cabo en el Salón Carré del Louvre, por lo cual en adelante tomaría justamente este nombre de “salón”. Otra novedad importante del salón en el siglo XVII, y que posteriormente se convertiría en elemento indispensable en las exposiciones, es la inserción de un catálogo, que en esa ocasión contó fundamentalmente con la distribución de los cuadros, omitiendo la información detallada de los mismos, lo que, en los catálogos posteriores, incluidos los actuales, suele ser de mayor relevancia (De la Villa, 2003). En 1768 fue creada en Londres la Real Academia de Artes, la cual realizó su primera exposición al siguiente año, y que a diferencia del salón francés que estaba supeditado a la asignación presupuestal del Estado, en adelante se autofinanció con los recursos obtenidos de la venta de los catálogos, requisito obligado para el ingreso. A pesar de la importancia de la apertura de exposiciones en Londres y en otras ciudades, París se convirtió en el centro del 20 arte en Europa en el siglo XIX y gran parte del XX, gracias a la relevancia que allí continuaron teniendo tanto los salones como las disputas, controversias y novedades que se gestaron tanto en su interior como a su alrededor (Instituto Colombiano de Cultura- Colcultura, 1990). En Latinoamérica las exposiciones han sido eventos igualmente relevantes en la formación del gusto y en el proceso de modernidad artística. Pero también otros fenómenos paralelos son significativos y algunos serán mencionados brevemente, dado que tienen una estrecha relación con la emergencia de los espacios y eventos expositivos. Entre ellos se encuentran la conformación de grupos de intelectuales, las revistas y los manifiestos. Si bien Latinoamérica tiene un común pasado colonial y en muchas ocasiones se mira como un bloque, posiblemente porque geográficamente es lo que salta a primera vista, en realidad las dinámicas y procesos históricos de cada país difieren y son particulares. Ivonne Pini en su texto En busca de lo propio (2000) y Marta Traba en Arte de América Latina 1900- 1980 (1994), intentaron justamente dilucidar esta diversidad a partir de la descripción y el análisis con mayor detalle de lo acontecido en el arte en países como Cuba, México, Uruguay, Brasil, Colombia y Perú. En el siglo XIX varios de ellos declararon su independencia de naciones como España y Portugal, sin embargo, la mezcla entre unos y otros ya estaba dada. Así, los países se enfrentaron a la situación de búsquedas propias con el objetivo de conformar una nación con unos criterios de gobernabilidad y funcionalidad no impuesta externamente. Pero tal propósito era complejo, pues para muchos aún era admirable y deseable mantener la cultura y cánones de Europa. De esta manera durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX Latinoamérica vivió una época donde la imitación de los modelos europeos permeó diferentes esferas sociales. 21 En línea con tal actitud imitativa, en Colombia en el año 1841 se hizo la Primera Exhibición de la Moral y de la Industria, bajo el gobierno de Pedro Alcántara Herrán. Tal muestra incluyó por igual a artistas y artesanos, situación que se repetiría en sus posteriores versiones de los años 43, 45, 46 y 49, y en otras exhibiciones similares de la época. Tal concepción empezaría a cambiar de forma clara en 1886 con la primera exposición de la recién creada Escuela de Bellas Artes, en cabeza de Alberto Urdaneta, su rector y fundador, pues allí solo fueron admitidas obras consideradas dentro de las Bellas Artes. En las primeras décadas se realizaron algunas otras exposiciones en espacios como el Hotel Regina, la sede de la Academia de la Lengua y el teatro Colón; en 1922 se llevó a cabo la exposición Moderna Pintura Francesa que en términos generales no fue bien recibida en ámbito local por el carácter vanguardista de algunas de sus piezas, y en 1923 se reabrió el Museo Nacional en cuyo recinto se encontraban varios salones que acogieron diversas colecciones (Pini, 2000). Sin embargo, es 1931 el año en que se crea por primera vez un salón propiamente dicho, el cual fue nombrado como el Primer Salón de Artistas Colombiano y se inauguró el 8 de agosto bajo el gobierno de Olaya Herrera (Villegas, 2014). Fue un salón tradicionalista y no revolucionario. Su organización estuvo a cargo de la Dirección Nacional de Bellas Artes, desempeñada también por Leudo, y en ella participó Gustavo Santos, quien nueve años más tarde también sería organizador y jurado del I Salón Anual de 1940, con el cual se inició de forma definitiva e institucionalizada la trayectoria de los salones colombianos (Instituto Colombiano de Cultura- Colcultura, 1990, p.XIX). El Primer Salón es por un lado el punto de llegada de un proceso que previamente se había iniciado con diferentes exposiciones que aunque limitadas por la misma precariedad 22 del medio artístico, permitieron un avance en el fortalecimiento del arte colombiano; pero también es el punto de partida para los salones nacionales que se realizarían en adelante. De igual manera, fue la muestra de un cambio de pensamiento en los entes gubernamentales del momento, pues ya desde la década de 1930 el Ministerio de Instrucción y Salubridad Públicas se había transformado en el de Educación Nacional, que tuvo dentro de sus banderas el arte. Si bien en principio el Primer Salón pretendía ser anual, las circunstancias violentas entre liberales y conservadores de los años siguientes se convirtieron en un obstáculo para el cumplimiento de tal propósito. A pesar de esto, el Primer Salón es el inicio de un proyecto cultural que unificaría esfuerzos entre el Ministerio de Educación, la Escuela de Bellas Artes y la Dirección Nacional de Bellas Artes (Ministerio de Cultura, 2006). Es importante recordar que en las primeras del siglo XX en Colombia se presentaron pugnas en diferentes esferas de la sociedad entre aquellos que defendían la apertura a nuevos modelos políticos, económicos, sociales y culturas, y quienes consideraban que era necesario mantenerse en la tradición, pues veían en los nuevos ideales una amenaza. En el ámbito educativo por ejemplo, la pugna se dio en términos de introducir una educación laica o por el contrario que la Iglesia católica continuara dictaminando qué contenidos eran permitidos en las aulas de clase. La injerencia de la Iglesia llegaba también a la prensa, la literatura y el arte, condenando abiertamente aquellos textos y obras que consideraba como inmorales. En medio de las pugnas de poder se presentaron también protestas de origen campesino y obrero que reclamaban mejores condiciones laborales, con peticiones de disminución de la jornada de laboral a ocho horas y mejores salarios. Algunas de estas revueltas terminaron en conocidas matanzas como la de las bananeras (Pini, 2000). 23 A pesar de la atmósfera de transformaciones que se vivía en el país, en términos generales la plástica no tuvo grandes cambios, y por el contrario se mantuvo en una dinámica creativa que acogía con grandes alardes los modelos académicos europeos. Pini (2000) expresa al respecto lo siguiente: “No deja de sorprender que ante tal magnitud de propuestas de cambios, el mundo de las artes plásticas se mantuviera al margen, siendo prácticamente inexistente la alusión a tales situaciones.” (p.192). Para la década del 20 se introdujeron ciertas discusiones en términos estéticos que giraron en torno a la defensa del arte moderno o por el contrario del modelo académico. Dado el aun ambiente conservador, este último modelo era el que tenía mayores partidarios y admiradores, y por supuesto las críticas airadas en contra de las deformaciones venidas de las vanguardias eran constantes (Pini, 2000). Sin embargo, poco a poco fueron estas mismas discusiones las que posibilitaron un cierto grado de apertura mental en el medio artístico y la llegada de diferentes artistas que a su vez iniciaron una renovación de la plástica colombiana, entre otros, artistas como Pedro Nel Gómez y Débora Arango, a los cuales nos referiremos con un poco más de detalle en lo que resta del texto. Mientras en Colombia en 1841 se llevaba a cabo la Primera Exhibición de la Moral y de la Industria, en Cuba la Academia de Bellas Artes de San Alejandro ya contaba con un poco más de veinte años de formación. Fundada en 1818 por los españoles, era la única escuela de artes en Cuba, por lo tanto, toda persona que deseara educarse en artes debía ser admitido en este lugar, que estaba regido por las normas del arte academicista europeo. Sin embargo, a principios del siglo XX, varios artistas se dieron a la tarea de romper con estos cánones academicistas e indagar en aquello que consideraban les era propio: “Intentaban reencontrar las raíces de lo propio cuyo origen se ubicaba en la tradición afrocubana, en el 24 arte popular, en los guajiros, es decir en todo aquello que ayudara a recuperar una tradición representada con lenguaje moderno” (Pini, 2000, p.32). Con este propósito en mente se crearon espacios como la Asociación de Pintores y Escultores, fundada en 1915. Allí se realizaron diferentes exposiciones de artistas que buscaban precisamente alejarse de la academia. Entre 7 y el 31 de mayo de 1927 tuvo lugar la Exposición de Arte Nuevo con estos mismos objetivos, y al siguiente año se fundó el Lyceum, espacio de acogida de las nuevas propuestas plásticas, musicales y literarias, que funcionó a su vez como lugar de exposición, casa de tertulias y conferencias, y biblioteca (Pini, 2000). También se conformaron en Cuba varios grupos y espacios de discusión que nutrieron la crítica social y la renovación en diferentes áreas incluyendo el arte y la literatura. Entre los diferentes grupos se encontraban la Federación Cubana de Asociaciones Femeninas (1921), la Junta de Renovación Nacional, el Movimiento de Reforma Universitaria y el Grupo Minorista (1923). En este último se congregaron artistas, abogados, escritores y músicos que les unía tanto la preocupación por la situación social de Cuba como intereses estéticos. Revistas como Cuba Contemporánea (1913-1927), Social (1916) y Carteles (1919) fueron difusoras de las ideas y reflexiones de los intelectuales del momento, sin embargo, es de destacar el papel de la Revista de Avance (1927-1930), como la de mayor acogida a los grupos y movimientos de renovación social y artística (Pini, 2000). Con este mismo aire de cambio se fundó en 1905 en Uruguay el Círculo Fomento de las Bellas Artes. Además de realizar arte con alternativas diferentes a las orientadas desde Europa, hubo una pretensión de fortalecer el profesorado nacional. Este grupo estuvo conformado no solo por artistas sino también por arquitectos e intelectuales del campo de la industria y el comercio. Para el año 1922 el Círculo creó el Salón de Primavera, que contó 25 con una versión anual y se mostraron allí los trabajos de sus estudiantes y egresados. De la mano del proceso del Círculo se generaron espacios de tertulias y publicaciones. Algunas de las más destacadas fueron: Boletines de Teseo (1923-1925), Cruz del Sur (1924-1931), La Pluma (1927-1931) y Cartel. Este suelo fructífero posibilitó la emergencia de una crítica más reflexiva y analítica. Dos fueron también los espacios de promoción del arte destacados en la década del 20: El Salón de Otoño (1927) y la Casa de Arte (1928). Es importante mencionar que, a pesar de la tendencia de algunos grupos de romper con las normas europeas en la forma de hacer y pensar el arte, existía paralelamente un buen número de personas que consideraban por el contrario que esta forma europea era la adecuada. Dadas las fuertes influencias españolas y francesas, la alternativa que consideraron los uruguayos en su búsqueda de lo propio fue precisamente aquello que les era cercano en su contexto y en sus tradiciones, sin desconocer que muchas de las influencias extranjeras ya eran igualmente propias (Pini, 2000). En esta misma década del 20, específicamente en 1922 se da inicio al muralismo mexicano como movimiento colectivo. Quizás sea este uno de los fenómenos artísticos más conocidos y paradigmáticos del arte latinoamericano. Figuras como Diego Rivera y José Clemente Orozco son nombrados repetidamente en numerosas historias del arte en América Latina. Dada la preeminencia del muralismo, puede considerarse este como el “espacio expositivo” de mayor relevancia en México en ese momento. Su articulación con los propósitos del proyecto político de Vasconcelos derivó en un importante mecenazgo del Estado para los muralistas y otros artistas que se adhirieron al nacionalismo mexicano. En 1923 por ejemplo se redactó el Manifiesto del Sindicato de obreros, técnicos, pintores y escultores de México o Declaración política, social y estética, donde, entre otros, se hace 26 una exaltación del indígena y del obrero, y del arte como “la manifestación espiritual más grande”. Según Pini (2000), en México “En la búsqueda de lo propio, se perciben la relación que debían establecer entre el arte del pasado, y el aporte del arte popular, sin desmedro del arte culto, en el que ellos se habían formado” (p.105). Quizás es esta una de las razones por la cuales a pesar de la trascendencia que tuvo el muralismo, a fines de la década del 30 varios artistas regresan a la pintura de caballete, y en 1937 se lleva a cabo por parte de la Galería de Arte Mexicano la primera exposición de pintura de caballete; y en el 38 la Exposición de Pintores Mexicanos contemporáneos en la Universidad Nacional de México, espacios que abogaron por introducir cambios y novedades en el arte, pero de manera diferente al muralismo (Traba, 1994). También en 1922 se inaugura en Sao Paulo la Semana de Arte Moderno, la cual estuvo políticamente antecedida por diversas luchas por la tierra. Así, fueron varios los artistas participantes de esta semana del arte que pusieron sobre la mesa reflexiones y críticas frente a la situación social y artística de Brasil: El grupo de pintores, escultores, arquitectos y músicos que dieron animación a la Semana de 1922 partieron de una premisa definida más tarde por el crítico Ferreira Gullar: “El arte de vanguardia en un país deberá surgir del examen de las características sociales y culturales propias de ese país y jamás de las transferencias mecánicas de un concepto de vanguardia válido en los países desarrollados” (Traba, 1994, p.54) Perú también fue escenario de diferentes movimientos cuya reflexión sobre el arte estuvo atravesada por ideales y luchas políticas y sociales. En la década del 20 se presentaron 27 varias revueltas y protestas contra la oligarquía peruana, y desde allí se dio una defensa de la tradición indígena, en coherencia e influenciados por los movimientos gestados previamente en México. Revistas como Amauta fueron propagadoras de estas reflexiones y críticas, y pintores como Sabogal, quien dirigió la Escuela de Bellas Artes de Lima durante diez años (1933-1943), mostraron siempre un interés por las artes populares. Sin embargo, fue Ecuador quien hizo una más fuerte y acérrima reivindicación del indígena y una de las evidencias más acentuadas de ello fueron las obras del Salón de Mayo de Escritores y Artistas del Ecuador, que se fundó en 1939. Argentina también vivió desde finales del siglo XIX y principios del XX una búsqueda importante de aquello que consideraba sus raíces. Si bien en este país la presencia española se diferencia de países situados más hacia el norte como Perú y Colombia, también se vieron permeados por las influencias y motivaciones venidas desde México en cuanto a la importancia de empezar a indagar por las tradiciones y costumbres propias: Dentro de los debates sobre la identidad nacional, la mirada de algunos intelectuales se volvió hacia el interior del territorio a la búsqueda de raíces que contribuyesen a definir un perfil propio. Un (latino) americanismo no del todo preciso alentó las investigaciones sobre literatura y música populares, arqueología y etnografía. (Penhos, 2009, p.73.) Por su parte, en esta época la economía argentina se encontraba en un proceso de crecimiento con las exportaciones de cereales y carne a países europeos como Gran Bretaña y en el campo del arte, artistas como Eduardo Sivori mostraron desde finales del XIX motivos realistas de personajes y paisajes tradicionales de su país. Posteriormente en 1924 es 28 publicado el paradigmático Manifiesto de Martín Fierro por Oliverio Girondo, el cual recogió inquietudes y deseos de diversos artistas y pensadores del país: “MARTÍN FIERRO” siente la necesidad imprescindible de definirse y de llamar a cuantos sean capaces de percibir que nos hallamos en presencia de una NUEVA sensibilidad y de una NUEVA comprensión, que, al ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubre panoramas insospechados y nuevos medios y formas de expresión. Este breve recorrido por algunos de los países latinoamericanos evidencia que sus expresiones artísticas y reflexiones político-sociales estuvieron fuertemente relacionadas en los primeros 30-40 años del siglo XX. La pregunta por asuntos como la identidad, las tradiciones y lo propio, implicaron búsquedas que dependiendo de cada contexto remitieron a respuestas específicas. Tales interrogantes fueron planteados por intelectuales y artistas de la época, y a su vez conllevó críticas sobre el arte y una manifiesta necesidad de encontrar expresiones propias, no impuestas por los cánones europeos. De allí entonces que todos estos procesos y movimientos de reivindicación de lo latinoamericano necesariamente desembocaran en cambios en el gusto artístico, pues tanto sus creadores, como las instituciones y el público se vieron inmersos en ellos, claro está, en medio de fuertes luchas de poder dentro y fuera del mundo del arte. 1.2 Modernidad artística latinoamericana Tal como lo expresa Calinescu (2003, citado en Villegas, 2014), se puede hablar de modernidad al menos en dos sentidos diferentes: 29 la modernidad como una etapa en la historia de la civilización occidental –producto del progreso científico y tecnológico, de la revolución industrial, de los arrolladores cambios económicos y sociales ocasionados por el capitalismo– y la modernidad como concepto estético. (p.41) En este sentido, la modernidad artística, representada paradigmáticamente por las vanguardias, criticó e iba en contra de los ideales de la otra idea de modernidad: la burguesía, el progreso, la fe en la razón y en la tecnología. Implicó a su vez la autonomía del campo artístico de las esferas políticas y religiosas a las cuales sirvió en diferentes momentos de la historia. En América Latina ambas modernidades se articularon de diversas maneras y algunas de estas características prevalecieron, sin embargo, los procesos distan bastante de ser equiparables y, por el contrario, se separan en diferentes aspectos respecto a la modernidad europea, dadas las particularidades del contexto histórico, social y cultural. En su texto Aproximación a la idea de “lo propio” en el arte latinoamericano de fines de siglo XIX y comienzos del siglo XX, Ivonne Pini (1996) indica que a finales del XIX Latinoamérica viviría lo que ella llama “la imitación prestigiada”, así, principalmente las clases altas validaban sus estilos de vida en términos de la similitud que éstos tenían con los modelos europeos. Tal actitud imitativa de lo europeo permeó diferentes esferas incluyendo el arte, y por supuesto Colombia no fue ajena a tal influencia que se manifestó tempranamente en varias de sus expresiones y eventos. Sin embargo y de forma paralela, también se empezó a despertar en diferentes países un espíritu nacionalista donde los artistas tuvieron un papel fundamental en la revisión de valores que orientaban su hacer y en la reivindicación de las propias costumbres y formas de ver el mundo. “En las artes plásticas creció la preocupación 30 por la generación de un espíritu nuevo que de alguna forma buscaba enfrentar –desde puntos de vista diversos- todo lo que fuera repetición de estéticas anteriores” (Pini, 1996, p.5). El ambiente de decepción y descontento posterior a la Primera Guerra Mundial llevó a que la percepción de Europa como faro orientador se relativizara. Esto contribuyó a ese “espíritu nuevo” de una búsqueda de lo propio en el arte y la literatura latinoamericana. Se sumó a ello también la Revisión de los paradigmas políticos, ascenso del liberalismo, observación de modelos revolucionarios como los generados por la revolución mexicana y la rusa, agitación sindical, crecimiento de clases medias, nuevos valores asignados a la educación, las revistas como espacios de democratización y divulgación de las novedades ideológicas. (Ramírez y Pini, 2012, p.11) Los intelectuales latinoamericanos, aunque retomaron algunas ideas de las vanguardias europeas, no tenían la intención de darles continuidad de forma acrítica, ya que sus esfuerzos estaban encaminados a pensarse un arte propio. Tales procesos de reflexión pusieron en cuestión conceptos como tradición, identidad, origen, procedencia, emergencia, nacionalismo, colonización, imitación y el mismo concepto de modernidad. A diferencia de Europa donde parte fundamental de los presupuestos de las vanguardias fue el rompimiento con la tradición, en América Latina fue fundamental pensar y recuperar las tradiciones perdidas con la colonización, en esa búsqueda de la identidad. Por ello cobra especial relevancia lo indígena, las costumbres y los saberes prehispánicos. No significa esto que tal búsqueda fuera inocente, en el sentido de un retorno acrítico al pasado, por el contrario, artistas e intelectuales entendieron que su presente implicaba una 31 mezcla ineludible de saberes y tradiciones, y que lo más relevante de ello era encontrar expresiones propias y auténticas a partir de aquella simbiosis. Ivone Pini y Jorge Ramírez (2012) lo expresan de la siguiente manera: En América Latina, la modernidad no fue necesariamente la superación de la tradición. De allí que, mientras en Europa la tradición era un elemento a superar, en América Latina era parte fundamental para la construcción de una identidad y, por lo tanto, no aparecía ni como rémora del pasado ni como contradictoria con la noción de modernidad. La tradición era parte fundamental para rescatar el pasado. Esa acción no dejaba de generar contradicciones. Por una parte, abría un espacio propio y diferente al modelo europeo, pero, por otra, se veía como un posible obstáculo para alcanzar la plenitud ideal de lo moderno. (p.101) La modernidad artística en Colombia no tiene un único comienzo, por el contrario, diferentes autores han planteado momentos específicos que por su importancia poco a poco fueron conformando y consolidando tal modernidad. Para algunos este proceso inicia en 1886 con la fundación por parte de Alberto Urdaneta de la Escuela de Bellas Artes y la Primer Exposición Anual, ambas en el marco del proyecto de Regeneración de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro. También se considera fundamental la figura de Andrés de Santa María, aunque en el momento (finales del XIX y principios del XX) su pincelada posimpresionista no fue bien recibida y su trabajo tuvo mayor acogida en el exterior que en nuestro país. Otros piensan que es la década del 30 con Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo y el grupo Bachué donde el modernismo realmente empieza a gestarse. Sin embargo, existe un mayor acuerdo al considerar la década del 50 como el momento donde con más claridad y fuerza el arte colombiano consolida su modernidad con manifestaciones como la abstracción y el expresionismo, y con la contundente presencia de Marta Traba (Fernández, 2007). 32 Este proceso evidentemente no estuvo al margen de las condiciones socio-políticas del país ni de Latinoamérica y, por el contrario, las tensiones, discusiones y conflictos que se vivían en el contexto tuvieron consecuencias en las concepciones del arte, pero a su vez, los artistas y los intelectuales con sus diferentes apuestas retaron los tradicionalismos y defendieron la importancia de generar un arte propio y no una copia de los modelos europeos y estadounidenses. Esta pugna entre lo propio y lo extranjero, los dominados y los dominadores, los colonizadores y los colonizados, entre la identidad y la imitación, tiene variados matices en cada uno de los países. En Colombia figuras como Pedro Nel Gómez y Débora Arango, fueron centrales en este debate, pues desde la década del 30 su arte generó gran controversia tanto por su forma como por sus ideas. Parte de la formación académica de Pedro Nel se dio en el exterior, sin embargo, al regresar estaba convencido de que su interés era generar un arte que expresara sus raíces latinoamericanas. A pesar de las polémicas y las arduas críticas de muchos de sus contemporáneos, en la actualidad los historiadores reconocen el gran valor de su obra, pues allí se cuestionaron de forma clara las normas del arte clásico y neoclásico, se atacaron los valores tradicionales de la belleza, los cánones y las adecuadas proporciones, y se privilegió la subjetividad y la expresión del artista, retomando a su vez asuntos específicamente contextuales (Arango y Gutiérrez, 2002). Paradójicamente, Pedro Nel, conjuntamente con otros artistas de la época, estuvieron siempre en la mira de fuertes críticas de Marta Traba, a pesar de ser ella misma una defensora acérrima de la necesidad de crear un arte propio a partir de las evidentes condiciones multiculturales y de hibridación del continente. En 1973, en su libro Dos décadas vulnerables en las artes plásticas Latinoamericanas 1950-1970, inicia con la siguiente frase: “El arte 33 latinoamericano no ha conseguido todavía desatender, ni siquiera distraerse, respecto a la lección que se le imparte desde afuera” (Traba, 1973, p.1). Esta sentencia pesimista y quizás demasiado generalizadora para la época, será relativizada por la misma Marta Traba en otros escritos y conferencias, entre ellos La cultura de la resistencia (1984). En este último texto Marta Traba indica cómo el problema de la dependencia desde décadas atrás cuestionó a intelectuales y artistas, tales interrogantes llevaron a la emergencia de manifestaciones artísticas de gran valor porque confluyeron en ellos la reivindicación de lo latinoamericano, pero a su vez eran proyectos suficientemente generales como para tener cabida en cualquier lugar del mundo. Los artistas que lograron esta hibridación son los que Marta Traba llamó los “artistas de la resistencia”, aquellos que a pesar de las presiones de los modelos extranjeros, fueron capaces de “abstraerse” de tales condicionamientos para crear a partir de su contexto. Marta Traba también pone de manifiesto que otra vía del cuestionamiento al problema de la dependencia fue la focalización extrema en lo local y la defensa irracional de las identidades indigenistas, lo cual generó expresiones como el muralismo mexicano y el de Pedro Nel Gómez. A pesar de esta última aseveración –y otras tantas- con la cual diferentes teóricos y artistas no han estado de acuerdo, Marta Traba fue una figura relevante tanto en el arte latinoamericano como en el colombiano y en su proceso de modernización. “La suya fue una mirada precursora de una cosmovisión multicultural, al proponer que la cultura latinoamericana posee la misma o mayor potencia que la de los europeos y norteamericanos.” (Verlichak, 2008, p.186) 34 En este mismo texto de La cultura de la resistencia, Marta Traba (1984) expresa bellamente lo siguiente acerca del poder que en muchas ocasiones tienen el arte y los artistas: Quienes los contabilizamos como fuerzas positivas (de ninguna manera decisivas), creemos en su poder y en la limitación natural de ese poder. En su poder de descubrir relaciones no visibles dentro de la sociedad, de emparentar la acción del hombre con sus motivaciones profundas, de revelar mecanismos peculiares de tal o cual comportamiento social, y de arrojar luz sobre el progresivo esclarecimiento de grupos humanos que se desconocen enteramente a sí mismos. En tal caso la cultura de la resistencia rebasa su finalidad estética, y toca una ética y hasta una epistemología. (p.132) Ese poder pensarse lo propio desde diferentes ángulos y perspectivas, conjugado con las inminentes condiciones contextuales de hibridación, son sin lugar a dudas elementos fundacionales en la conformación del arte moderno en el país y en Latinoamérica. 1.3 Contextualización del Salón Nacional Entre los años 1940 a 1962 se presentaron diferentes hechos históricos en Colombia, muchos de ellos con un carácter trágico y otros tantos más orientados a la reivindicación de derechos y el acceso igualitario a condiciones básicas de vida. En su mayoría tuvieron de una u otra forma repercusiones en el Salón Nacional, pues como institución dependiente del Estado, no podía ser ajeno a los ires y venires del mismo. Le antecedieron en la década del 30 sucesos de igual importancia en la historia del país, en el marco del ascenso del gobierno liberal al poder. 35 Los liberales estuvieron al frente del gobierno durante cuatro períodos seguidos de 1930 a 1946. En 1930 fue elegido Enrique Olaya Herrera, quien impulsó obras de infraestructura como carreteras, el fortalecimiento de la industria, el reconocimiento de las vacaciones remuneradas y la jornada laboral de ocho horas, entre otros. Sin embargo, mostró poco interés en aspectos como la reforma agraria o la modificación de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. En 1934 Alfonso López Pumarejo llegaría a la Presidencia de la República, y también asumiría este mismo cargo entre 1942 y 1945 (Trujillo, 2011). Algunos de los logros más importantes de su primer gobierno fueron la democratización de la enseñanza con la gratuidad y el acceso obligatorio a la educación escolar, el acceso de las mujeres a la universidad, la promoción de una educación laica, el impulso a la educación superior y la promoción de la cultura y la lectura a través de ferias, bibliotecas, cine y conferencias. Bajo esta propuesta de una mayor promoción de la cultura, en la presidencia de Eduardo Santos nació el Salón Nacional como un evento que tenía el objetivo de impulsar el arte propio (Trujillo, 2011). Aunque las propuestas de los gobiernos liberales en general no se llevaron a cabo como se pensaron inicialmente y sus alcances fueron mucho más cortos de lo que se quería, sí marcaron un punto de referencia hacia cambios que se han generado paulatinamente en diferentes esferas, incluida el arte. Tales propuestas que en su momento fueron innovadoras, paradójicamente generaron dos grandes efectos en términos de los partidos políticos: por un lado los conservadores acusaban a los liberales de querer construir un país sin moral ni costumbres, mientras que los liberales acusaban a sus líderes de promover reformas radicales solo en el papel, pero que no cobraban su real dimensión en la práctica. De esta manera, se acentuó la división entre partidos, situación que tuvo como una de sus más terribles consecuencias la época de La 36 Violencia, aproximadamente entre 1948 a 1958. Multitud de muertes, enfrentamientos y torturas se presentaron en estos años (Trujillo, 2011). Ante la magnitud de la guerra llegó al poder, en calidad de dictador, el General Gustavo Rojas Pinilla, irónicamente con el “aval” de conservadores y liberales, y con el propósito de cambiar la situación. Su gobierno duró cuatro años, entre 1953 y 1957, y serían los mismos partidos que lo apoyaron, quienes generaron la coalición del Frente Nacional para derrocarle. Este acuerdo entre liberales y conservadores implicó la alternancia en el poder, que se prolongaría, según las condiciones iniciales, durante dieciséis años. El primer presidente bajo esta coalición fue el liberal Alberto Lleras Camargo (1958-1962) (Trujillo, 2011). Los tres hechos, tuvieron incidencia en el Salón Nacional: durante La Violencia y la dictadura, varios de los salones debieron suspenderse, mientras que el regreso a la democracia implicó la reapertura del salón. De especial interés para la historia del arte, pero estrechamente relacionado con la historia socio-política del país, es el hecho de que en el salón del 62 una de las obras ganadoras fuera Violencia, de Alejandro Obregón. Entre el 40 y el 52 se realizaron nueve salones nacionales, los cuales evidenciaron cambios en el arte del país, pues allí la pintura académica empezó a decaer y otros artistas que reivindicaban el arte latinoamericano o con una marcada tendencia modernista empezaron a mostrar sus primeras obras. Entre los 50 y los 60 el Salón no tuvo la misma regularidad con motivo de la dictadura del General Rojas Pinilla, sin embargo, las exposiciones no se suspendieron en su totalidad y en su desarrollo se evidencian asuntos importantes, entre ellos la aceptación de otros medios 37 diferentes a la pintura y la escultura, como fueron el dibujo, el grabado y la cerámica, y la aparición paulatina de una crítica de arte cada vez más especializada. En medio de estos antecedentes y contexto, el Salón Nacional de Artistas nació en 1940 y su primera versión se llevó a cabo el 12 de octubre en la ciudad de Bogotá. Esta primera versión del Salón Nacional tuvo lugar en la Biblioteca Nacional, aunque previamente se habían llevado a cabo dos intentos: el primero en 1886 y el segundo el llamado Primer Salón de Artistas Colombianos en 1931. El de 1940 emergió en un contexto político regido por el partido liberal, que ya desde la presidencia de Enrique Olaya Herrera (1930-1934) se había planteado la importancia de la difusión cultural en la educación de los sectores populares. Así, el arte se concibió como un medio de vital importancia para el engrandecimiento del país y se resaltó fundamentalmente su función social. Pero también las reflexiones de los intelectuales de la época, como Gustavo Santos Montejo, llamaron la atención sobre la urgencia de generar políticas que fortalecieran el medio artístico y generaran un arte propio. En el acto de inauguración del Primer Salón Nacional de Artistas, el entonces Ministro de Educación, Jorge Eliécer Gaitán, reiteró este como un proyecto político, le asignó particularmente al público la responsabilidad de decidir sobre la existencia o no de un arte propio y a los artistas les encomendó la tarea de “juzgar y estimar, con meridiana imparcialidad y sin prejuicio de escuela o de tendencia, el arte de los demás”. Así mismo, “se advierte [en Gaitán] la necesidad de darle mayor espacio a la preocupación estética como componente de la vida espiritual del pueblo, y su discurso refleja la creencia en la función educadora del arte que prevaleció durante aquella época” (Ministerio de Cultura, 2006, p.22). 38 El Primer Salón Nacional de Artistas tuvo lugar en dos salas de la Biblioteca Nacional, contó con más de 10.000 visitantes, una cifra bastante representativa para el momento, 92 fueron los artistas participantes con un total de 155 obras y la organización del evento estuvo a cargo de Darío Achury Valenzuela, quien oficiaba como director de Extensión Cultural y de Teresa Cuervo Borda, directora de Exposiciones y Museos. El ganador de esta primera versión fue Ignacio Gómez Jaramillo, y al igual que sucedería en otros muchos de los otros salones, su elección generó gran polémica tanto en el contexto del arte como en el político (Instituto Colombiano de Cultura-Colcultura, 1990). Hasta 1946 el Salón se realizó de forma consecutiva y todos tuvieron como sede la Biblioteca Nacional, sin embargo, se suspendió por cuatro años como consecuencia de los acontecimientos violentos que se vivían en el país. En el Salón del 41 participaron 41 artistas con 58 obras, el ganador en pintura fue Santiago Martínez Delgado con Interludio y en escultura los premios se declararon desiertos; algunos hechos de relevancia que marcaron esta versión fueron las pocas obras escultóricas enviadas (7 en total), el retiro por orden del ministro de educación Guillermo Nannetti de la pintura de Carlos Correa La Anunciación y la premiación de un artista extranjero, Pierre Daguet, categoría que no continuó en los siguientes salones (Instituto Colombiano de Cultura-Colcultura, 1990). En el Salón de 1942, fueron expuestas 74 obras y participaron 52 artistas, el primer premio en pintura fue para Carlos Correa, y en escultura para José Domingo Rodríguez; la polémica que desató la premiación al cuadro La Anunciación que en la versión anterior del salón había sido retirado, incluyó la intervención tanto del clero como del Ministro de Educación Aníbal Fernández de Soto y empañó la posibilidad de opiniones más abiertas y no centradas en el juicio moralista de la obra. Para el 43, el IV Salón contó con 11 artistas y 39 15 obras; el bajo número de obras y participantes se ha considerado una consecuencia del sinsabor dejado por las decisiones tomadas en la versión anterior, las cuales generaron resistencia y desconfianza en los artistas, y llevó a declararlo desierto (Instituto Colombiano de Cultura-Colcultura, 1990). El V Salón fueron 63 las obras y 35 los artistas participantes; a la cabeza del evento estuvo el pintor Miguel Díaz Vargas quien reemplazó en la dirección de Museos y Exposiciones a María Teresa Cuervo. Este hecho fue de gran relevancia pues obedecía a la intención de poner el Salón en manos de los artistas y eliminar cualquier intromisión del Ministerio y el Clero en las decisiones del mismo (Instituto Colombiano de Cultura- Colcultura, 1990). El Salón del 45 contó con 49 obras y 37 artistas, el primer premio fue para Jorge Ruiz Linares en pintura y para Maria Teresa Zerda en escultura; la polémica de este salón giró alrededor de la conformación del jurado, cuyos miembros también se encontraban como partícipes de la exposición, lo cual redundó en algunas críticas en cuanto a la premiación. A pesar de ello el Salón contó con un gran respaldo por parte del presidente Lleras quien propuso además realizar un salón paralelo con las obras rechazadas para que el público tuviera acceso y emitiera su propio veredicto (Instituto Colombiano de Cultura- Colcultura, 1990). La siguiente versión del Salón Nacional solo se pudo llevar a cabo en 1950 debido a la grave situación de violencia que tuvo lugar en el país en los cuatro años anteriores. En esta ocasión se presentaron 66 obras y 39 artistas, el premio en pintura fue para Luis Alberto Acuña y en escultura para Moisés Vargas; dadas las circunstancias que le precedieron este Salón generó polémica tanto por su organización como por los veredictos en la premiación, la cual se hizo por sorteo. En 1951 no se realizó Salón, pero sí en el 52. En esta ocasión 40 participaron 61 artistas y fueron exhibidas 91 obras, el primer premio en pintura fue para Blanca Sinisterra y en escultura para Tito Lombana. A partir del 53 y hasta el 57 el salón detuvo nuevamente sus actividades, en esta ocasión como consecuencia de la dictadura del General Gustavo Rojas Pinilla. Su reanudación en el 57 fue motivo de regocijo para el medio artístico, muestra de ello fue el número de obras, 135 en total provenientes de 72 artistas, el primer premio en pintura fue para Enrique Grau y Lucy Tejada, y en escultura para Hugo Martínez. Además de su reapertura, varios hechos importantes se dieron en este Salón, por un lado una visión más amplia del público dada la cantidad de obras que se admitieron por artistas, pero también el ingreso de la abstracción y una mayor apertura a obras no figurativas, tendencia que había marcado claramente los salones anteriores (Instituto Colombiano de Cultura-Colcultura, 1990). El Salón del 58 contó con 178 obras de 126 artistas, Fernando Botero se llevó en esta ocasión el primer premio en pintura, mientras en escultura lo hizo Julio Fajardo. La situación paradójica de esta versión del Salón estuvo en manos de la inicial negativa en la admisión de la obra de Botero por sus particulares características que en principio no fueron bien recibidas. Sin embargo, y en parte gracias a la fuerte reacción y defensa que Marta Traba realizó de su obra, ingresó al salón para erigirse como ganador sin grandes polémicas respecto a la decisión del jurado. Para el Salón del 59, 74 artistas ingresaron con 108 obras, el ganador en pintura fue Eduardo Ramírez Villamizar y el primer premio de escultura se declaró desierto, aunque se otorgaron dos segundos lugares a Alberto Arboleda y a Alicia Tafur, la característica principal de este salón fue la irrupción total de las nuevas tendencias, principalmente el abstraccionismo (Instituto Colombiano de Cultura-Colcultura, 1990). 41 En 1961 se llevó a cabo el evento en un pabellón de la Feria Internacional de Bogotá, 50 fueron los participantes y 72 las obras, Manuel Hernández obtuvo el primer premio en pintura, mientras la premiación en escultura se declaró desierta; la organización del Salón y su realización en el espacio de la feria no fue bien recibida por la crítica, pues aunque tuvo como propósito una mayor apertura al público y efectivamente contó con alrededor de 80 mil visitas, la distribución y la información de las obras tuvieron en su mayoría comentarios negativos. El Salón de 1962 regresó al Museo Nacional. Allí se expusieron 96 obras y contó con 56 participantes. El ganador en pintura fue Alejandro Obregón y en escultura Eduardo Ramírez Villamizar. Las obras Violencia y Relieve circular respectivamente, recibieron excelentes comentarios de la crítica y a su vez se consideran hoy de gran relevancia como muestra de la consolidación del arte moderno en Colombia (Instituto Colombiano de Cultura- Colcultura, 1990). Este somero recorrido por los salones desde su primera versión en 1940 hasta 1962, muestra parte de los aciertos, dificultades, desaciertos, cambios y avatares por los que esta institución transitó en este período. A pesar de todas las críticas que se le hicieron en su momento y de las que se le puedan hacer hoy en día, el Salón Nacional de Artistas ha sido fundamental en la historia del arte colombiano, pues cada una de sus ejecuciones ha implicado el encuentro y el desencuentro de múltiples voluntades, formas de pensar, intereses y tendencias que incluyen tanto al mundo del arte como al Estado, a la Iglesia y a la sociedad en general. El Salón Nacional ha sido entonces un espacio de capital importancia para el arte del país en tanto receptor y copartícipe en el desarrollo del gusto y en la configuración autónoma del arte. Para el período elegido, entre 1940 y 1962, tres comunidades del gusto convivían, 42 la académica, el realismo social y, la del arte moderno. Estas comunidades promovían unas formas de hacer y pensar el arte que no necesariamente chocaban en todos los aspectos, pero que claramente les diferenciaban. Es notable también el crecimiento que se dio en general en el número de exposiciones en estos años, y aunque en la presente propuesta solo nos centraremos en el Salón Nacional, es indiscutible que éste se ve influenciado por este crecimiento no únicamente en términos cuantitativos, sino también con relación al enriquecimiento cualitativo del medio. En el texto 50 años del Salón Nacional, Beatriz González trae a colación la siguiente cita de Marta Traba (1965): “Es invalorable la confrontación general de tendencias, actitudes y obras que pueden realizarse gracias a los Salones Nacionales; no importa que a veces resulten catastróficos y que los balances puedan ser circunstancialmente negativos.” (p.XXVII) Es justo esa confrontación que ya desde los 60 Marta Traba ponía en evidencia, una de las razones por la cuales el Salón Nacional se erige como un hecho que, sin lugar a duda, es clave en la historia del arte en el país. No es posible pensar tales encuentros y desencuentros separadamente de las comunidades de gusto que hacían presencia tanto dentro como fuera de los salones. Sus apuestas, en muchas ocasiones por fuera de los tradicionalismos, no dejaron de causar escándalos ni escaramuzas entre los críticos y en el público en general. Tampoco es posible separar el proceso de modernidad artística del Salón Nacional, pues la búsqueda de un arte propio, que retoma pero a la vez critica los modelos europeos, estuvo sobre la mesa en los salones. Aunque desde su nacimiento el Salón Nacional se 43 configuró como una muestra de capital importancia del arte nacional, es su larga trayectoria la que en buena medida permite entender la vigencia del mismo tanto como evento y como fenómeno de estudio: Resulta sorprendente que en un país de políticas cambiantes y programas de corta duración, se pueda hablar de un programa que, con todas las transformaciones, aciertos y desaciertos, haya sido en los últimos 66 años protagonista de la escena artística colombiana. (Lleras, 2006, p.2) 44 2. El arte moderno como lo decorativo y lo popular […] los juegos de artistas y estetas y sus luchas por el monopolio de la legitimidad artística son menos inocentes de lo que parecen; no existe ninguna lucha relacionada con el arte que no tenga también por apuesta la imposición de un arte de vivir. (Bourdieu, 2016, p.63) En Colombia durante los años que atañen a este estudio: 1940-1962, con frecuencia se utilizaba el término arte moderno en oposición al arte académico, sin embargo, no existía realmente un acuerdo o claridad frente a qué era el arte moderno o qué era aquello que contenía y mostraba una obra en específico para ser nombrada de esta manera. Cada quien parecía recoger retazos de información venida del extranjero o leída en autores nacionales para hacerse y manifestar una idea de lo que se supone era la modernidad artística, o incluso de manera aun más estrecha, se utilizaba sin otras razones el adjetivo “moderna” para enjuiciar una obra, como sí este contuviese en sí claramente el argumento de la valoración. A pesar de la falta de claridad frente a lo que se nombraba arte modernista o moderno, en el aire se encontraba la certeza de que algo así existía; y en términos generales, las investigaciones en historia del arte colombiano han considerado que efectivamente -aunque no todo lo que los críticos de la época llamaron moderno es a lo que hoy se considera de esa manera- algunas obras, artistas y movimientos, sí lo fueron. En un texto escrito por Luis Vidales (1940) para el I Salón en la Revista de Las Indias, menciona el proceso de transición 45 entre la academia y la modernidad, un proceso que precisamente estuvo colmado de incertidumbre y exploración, además de una mirada crítica de las influencias extranjeras. Quizás no sería aventurado concluir de allí, que la pintura nacional no ha salido aún del todo de la academia y que la plástica pictórica se halla actualmente en un punto de transición en el cual alcanzan a columbrarse dos fases: la académica y la de las corrientes modernas. (p.6) Por su parte Walter Engel escribió en El Tiempo con motivo del VIII Salón que, durante los tres años anteriores, a pesar de que no se pudo realizar el salón, se llevaron a cabo otros eventos de arte los cuales era importante reseñar porque daban cuenta de la modernización por la cual estaba pasando la plástica del país, pero incluso él pone entre comillas este adjetivo “modernista” como un término que puede cuestionarse o que no necesariamente se utiliza con claridad: El primero de estos salones [Salón de Artistas Jóvenes 1947] trajo un conglomerado bastante heterogéneo, un afán “modernista” muy superior en muchos cuadros a la preocupación por la calidad, y un número abundante de trabajos que solo eran pobres imitaciones de moldes surrealistas. En cambio, los dos salones siguientes [El Salón de los XXVI en 1948 y El Salón de Arte Moderno de 1949] presentaron selección, estuvieron además prácticamente exentos de imitaciones gratuitas de corrientes de moda, y mostraron, en líneas generales, una clara orientación tanto progresista como verdaderamente artística. (p.63) Para la década del cuarenta en el país se asociaba lo moderno con lo popular, lo decorativo y lo deformado. En esta línea, una gran parte de la evaluación del llamado arte moderno colombiano se hacía a partir de la forma de aquellas imágenes “de-formadas” que 46 llegaban principalmente desde Europa y México; pero poco se sabía de las ideas que movilizaron y subyacían a la modernidad artística tanto europea como mexicana. En nuestro contexto, el arte moderno europeo tuvo sus representantes más conocidos en vanguardias como el Cubismo y el Surrealismo. Ambos movimientos fueron poco acogidos en su momento en los contextos que los vieron nacer y entre sus contemporáneos. En Colombia, lo que muestran los textos críticos – principalmente los escritos de los cuarenta- es que la mirada frente a la modernidad artística europea era muy fragmentada y parcial. En esta medida una fracción de la crítica parece suponer que al no nacer esta modernidad dentro de la academia era viable su asociación con lo popular, con el mal gusto y la falta de talento. Pero al contrario de tal idea, y entre otras razones, al promulgar las vanguardias la autonomía del arte, se generó un enorme distanciamiento con el público, y debieron pasar un par de años para que el arte moderno europeo se popularizara y tuviese una mayor aceptación. Para otros críticos simplemente era innecesario hablar de arte moderno y hacer tal diferenciación con lo académico: quizás porque no deseaban adherirse a tendencias o comprometerse con la valoración socio-política negativa o positiva que en ocasiones implicaba la utilización de uno de los dos términos; porque había un reconocimiento implícito del desconocimiento de qué era aquello que se nombraba como arte moderno o sencillamente porque consideraban que los juicios sobre la obra debían hacerse por fuera de cualquier “movimiento o tendencia”. Walter Engel por ejemplo manifiesta en uno de sus comentarios que estos dos términos ni siquiera son antagónicos: “Uno de los mejores cuadros del salón, y uno que hace hasta olvidar la pregunta acerca de lo “moderno” o “clásico” (en realidad las 47 dos nociones no tienen nada de antagónico) es el doble retrato de Lucy y yo de Antonio Valencia.” (p.64) Sin embargo, posiciones como la de Engel son minoría, la mayoría de los críticos, ya fuera porque se refirieran a las obras de los Salones Nacionales de Artistas o a las expuestas en otro tipo de eventos, tomaban partido por una u otra tendencia. Aunque como ya lo dijimos, no se tuviera claridad sobre qué era exactamente el arte moderno -asunto que tampoco tenía por qué saberse dado que era precisamente una búsqueda y una construcción- , sí había un poco más de elementos para determinar cuándo una obra podía calificarse de académica. Frente a este no saber muy bien qué era el arte moderno Marta Traba escribió en 1956 lo siguiente en la revista Mito: la expresión "arte americano moderno" no tiene todavía ninguna definición que le adjudique un significado preciso, sino que es una especie de vago y común anhelo de artistas y críticos de tener un hijo con personalidad propia y que parezca lo menos posible a sus parientes próximos y remotos.1 En esta medida, los juicios se solían hacer en contraposición al arte académico, es decir que, para un crítico defensor de este tipo de arte, el encontrar en una obra un elemento novedoso o diferenciador de este último, era suficiente argumento para calificarle de moderno. De esa manera, cuando vemos hoy retrospectivamente ciertas obras, a nuestro parecer ellas aun cuentan con marcados valores académicos, pero en el momento fueron 1 Algunas citas no tienen el número de la página dado que en la publicación no se encuentra. 48 llamadas modernistas por algunos críticos porque introdujeron ciertos elementos que se alejaban de estos cánones. Llamar a una obra académica o modernista, no conllevaba en la mayoría de los casos una postura “neutral”, sino que ella venía acompañada de una carga simbólica enorme, lo académico era asociado con el arte culto y los valores moralmente aceptados; mientras que una parte de lo moderno, como lo mencionamos anteriormente, se emparentó con el arte popular, es decir, el arte del o para el proletariado, el arte inculto y que comúnmente entonces remitía a valores moralmente no aceptados. Es allí donde en no pocas ocasiones la crítica sobre la obra terminaba siendo más la exposición de adecuadas maneras de pensar y comportarse, o una lección sobre la importancia de mantener la tradición y no sucumbir ante la corrupción venida de esas espantosas tendencias modernistas. Al respecto Simón Aljure Chalela (1947) escribió en Cromos: En los últimos meses se han venido debatiendo como un especie de batalla por la pintura en sus aspectos "modernista" y académico: los primeros pretenden implantar una doctrina aislada, "revolucionaria", sin bases de ninguna especie, con ideales de nula importancia, con un espíritu verdaderamente ridículo y chabacano, con tonos petulantes e irrisorios; los segundos tratan por todos los medios a su alcance de detener esta marcha incoherente y jactanciosa, ansían con insuperable entusiasmo continuar dirigidos por los postulados plásticos establecidos por los genios de la pintura universal. Es importante aclarar que este tipo de críticas y posturas más radicales y conservadoras tuvieron una mayor prevalencia en la década de los cuarenta, allí artistas y críticos con ideas más abiertas allanaron el camino para que en la década de los cincuenta, la balanza se inclinara a reconocer otro tipo de valores en el arte considerado moderno. 49 Si bien entonces varios de los referentes para llamar modernas determinadas obras venían de los conocimientos importados de Europa, en realidad, y seguramente en principio por un asunto meramente geográfico, en los treinta y los cuarenta se presentó una relación más cercana con la modernidad del muralismo mexicano. La cercanía de la relación no implicó en términos generales una buena acogida de este movimiento. Por el contrario, la referencia a artistas mexicanos como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco solía ser despectiva. Por un lado, su asociación con la revolución mexicana no era muy bien vista en un país como Colombia que, aunque se encontraba bajo un mandato liberal, tenía un pensamiento conservador predominante. En general, la tradición conservadora se manifestaba en diferentes aspectos de la sociedad colombiana, y en arte pervivía claramente por ejemplo una común asociación específicamente con lo bello, una belleza marcada por unos cánones clásicos y academicistas. Andrés Pardo Tovar en una reseña crítica del II Salón llevado a cabo en 1941 dice lo siguiente: Al salón no faltaron artistas que continúan copiando mediocremente a los mexicanos Rivera y Orozco, o imitando a Van Gogh o inspirándose en los impresionistas franceses […] Desorientada entonces aparentemente [el arte], busca de nuevo la belleza, que es eterna y la misma en esencia, aunque sus manifestaciones no concuerden […] (p.21) Por lo tanto, parte de esta relación del arte moderno con lo decorativo, lo popular y lo deformado remitía a obras que tenían como referencia algunos o muchos elementos del muralismo mexicano. Sin embargo, estos adjetivos, sin romper su asociación con el arte moderno, serán usados de diferentes formas. En términos temporales y a grandes rasgos, en el caso de lo decorativo será también una constante para referirse a las obras abstractas de la década del cincuenta, pero allí no siempre será utilizado despectivamente; por su parte, el 50 carácter de popular que tuvo el arte moderno con mayor presencia en la década del cuarenta, también parece transformarse hacia una consideración de la abstracción como una falta de talento junto con lo deformado. En este sentido, lo que viene inmediatamente es tratar de describir con un poco más de detalle y comprender cómo estos asuntos se fueron transformando en los veintidós años que atañen a este estudio. Aunque a veces es inevitable la linealidad en la enunciación de los hechos, mi propósito –como lo he intentado hacer en lo que va de este capítulo- es más bien moverme de manera más flexible en lo temporal, y así poder también evidenciar que era posible encontrar por ejemplo posturas totalmente conservadoras en los sesenta con respecto a la abstracción y en, los cuarenta, posturas abiertas y receptivas a las novedades que proponían los artistas. La generalización siempre omite la riqueza de la variedad, e incluso suele moverse exclusivamente en polos opuestos, pero la observación del detalle es lo que nos permite ver que la manera como opera la humanidad está llena de matices entre ambos extremos. Por lo tanto, intentaré centrarme más en los matices, aunque definitivamente en ocasiones es difícil escapar a la generalización y en otras es necesario en aras de la comunicabilidad del texto. 2.1 Lo decorativo Todo artista tiene una intención al realizar su obra, incluso el pretender no tenerla puede ser pensado ya como una. Tal intención puede depender de muchos factores que transitan entre lo subjetivo y lo contextual, que uno u otro extremo cobre mayor o menor peso, tiene implicaciones directas tanto en la obra como en su recepción. Durante muchos 51 años los artistas atendieron, a lo que José Luis Pardo (2011) llama, el Libro de la Naturaleza. Sus obras tenían una pretensión de imitación de ésta, aunque tal imitación en realidad no tuviera un carácter tan literal y por el contrario estuviera en muchas ocasiones atravesada por formas idealizadas, tanto del hombre como de la naturaleza. Posteriormente, los artistas guiaron sus creaciones por el Libro Sagrado, y allí, lo más importante era instruir, dar a conocer a través del arte las enseñanzas bíblicas. Sin desconocer que tanto unos como los otros no podrían haber dejado nunca de lado su subjetividad, es claro que el arte de tales épocas tenía una función fundamentalmente social y religiosa, y en este sentido, atendía de forma más directa a un carácter contextual y a unos cánones allí establecidos. En este sentido, aquella lectura que se hacía de la “obra de arte” realizada bajo los parámetros del Libro de la Naturaleza o del Libro Sagrado, era más “transparente”, es decir, que para sus contemporáneos las imágenes realizadas eran de “fácil” lectura y entendimiento; de igual forma, ocurría con el juicio que sobre ellas se emitía a partir de tales cánones generalizados. Sin embargo, lo que sucedería después es que ese arte dominado por normas relativamente fijas se tornó cambiante, gracias a la concepción del artista genio y a su libertad en la creación. Cuando la libertad hizo su inserción en el arte, las obras pasaron a ser ambiguas, tales parámetros previos se volvieron movedizos y en esta medida las lecturas pasaron a ser múltiples. Visto desde el lado de la generalidad, el arte colombiano vivió un proceso similar, en cuanto a que en las primeras tres o cuatro décadas del siglo XX, los valores mayormente exaltados fueron precisamente la imitación de la naturaleza, del libro sagrado y sería necesario incluir la exaltación de los próceres. Rodrigo Arenas Betancur (1960) lo expresa con las siguientes palabras: 52 Los artistas de fin de siglo pasado y principios de este se inclinaron por las tendencias predominantes en la academia de España, Francia, Alemania e Italia. Dejaron una obra influida, indistintamente, por estas academias. Sus temas fueron de carácter bíblico, histórico y mitológico. Siempre vivieron alejados de la realidad americana y en ningún caso fueron eco de manifestaciones populares; aun más, parece que tuvieron repulsión por ellas. Cuando los artistas acudieron en mayor o menor medida a la libertad en la creación de sus imágenes y por ende a la subjetivación de las mismas, las formas que allí emergieron no daban cuenta de aquella imitación “realista”, y entonces, las imágenes conocidas y aceptadas se de-formaron. La deformación no fue bien vista por todos y por lo tanto implicó en diferentes momentos una descalificación de aquellos artistas que apelaron a la libertad y subjetivación. Sin embargo, para quienes tuvieron una mente más abierta los cambios se tradujeron en novedades llamativas, que retaban la imaginación y el intelecto, y permitían el descubrimiento de nuevos mundos en imágenes. Artistas como Fernando Botero, Alejandro Obregón, Ramírez Villamizar, Sofía Urrutia, Miguel Sopó, Marco Ospina, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, entre muchos otros, les fueron igualmente reconocidas sus deformaciones como exploraciones importantes en la búsqueda de una arte no imitativo regido por el canon académico. Unos resaltaron más la pincelada, otros introdujeron elementos surrealistas, algunos se decantaron por la geometrización, otros por el juego de colores o la fragmentación, e incluso, es necesario decir que muchos experimentaron con todo esto y más: El mundo opuesto a esa reconstrucción, antagónico de esa geometría, vocero de la anarquía formal y del imperio libre y absolutamente poético del color, pare ser, en cambio, el que 53 expresa Fernando Botero en El festín de Baltasar, que es una apología ardiente del rojo. (Engel, 1957b, p.81) Este proceso donde la “transparencia” entre el objeto y su representación se deshizo paulatinamente, conllevó también una idea de intelectualización y “oscuridad” en el arte modernista, en contraposición a la claridad y supuesta sinceridad de lo académico. Para el V Salón por ejemplo también Walter Engel (1944) lo expresó de esta manera: Eso explica, de un lado, con lo realista, lo fácilmente inteligible, lo agradable de sus cuadros, que los hace accesibles a todo el mundo; y se explica, de otro lado, con los legítimos valores artísticos que entrañan, que acusan claramente el cabal dominio del “métier” y un gusto culto, distinguido y personal […] son otras pruebas de que un estilo realista bien puede contener verdaderas riquezas de materia pictórica, cuando es practicado por un maestro auténtico como Miguel Díaz Vargas. (p.40) Pero no solo se asociaron las de-formaciones con esa especie de insinceridad, sino que también fueron nombradas con adjetivos como ilustrativo, estilizado y decorativo, y se usaron con cierta similitud para dar cuenta de la separación entre el llamado arte puro, culto o académico y el que no lo era. Principalmente la pintura y la escultura que se tenía como referencia de este arte académico fue la que se llevó a cabo en Francia y España en el Renacimiento y el Neoclasicismo. Es importante tener presente algunas características generales de este tipo de obras pues son justamente estos valores los que fueron cultivados, alabados y presentados como argumentos para rechazar otras formas de representación introducidas tempranamente por artistas como Andrés de Santamaría, y posteriormente por el grupo Bachué, Pedro Nel Gómez, Rodrigo Arenas Betancur, Débora Arango, Ignacio Gómez Jaramillo, entre otros. 54 Estas características las retomaremos brevemente del clásico texto Conceptos fundamentales de la historia del arte (1915) de Heinrich Wölfflin, quien las describe ampliamente con el propósito de diferenciar el Renacimiento del Barroco. Wölfflin propone seis elementos fundamentales del arte del Renacimiento: el predominio de la línea, es decir del dibujo sobre lo pictórico; una profundidad con tendencia más planimétrica; la forma cerrada o tectónica con marcadas simetría, verticales, horizontales y ordenación a un eje central; la pluralidad, indica que “El estilo clásico logra su unidad haciendo que las partes se independicen como órganos libres” (p.227); y la claridad o nitidez como ese elemento formal unido estrechamente a la belleza. Estos valores formales que enuncia Wölfflin son predominantemente el lugar de donde parten algunas críticas de las obras que se hicieron en los cuarenta y parte del cincuenta en el país. De manera reiterada se acude a las maneras preconcebidas para llevar a cabo el “análisis” del dibujo, de los planos o a la claridad de las formas y así valorar positiva o negativamente una escultura o una pintura. También se alude con frecuencia a la temática, es decir, si la imagen tratada es un paisaje, un retrato o una naturaleza muerta; y con una intención más moralista o política se opina respecto a tal representación: “Queda por determinar, sin embargo, que puede ser lo bueno o lo verdadero, en la esfera del arte, como no sea todo argumento o toda realización bella.” (Pardo, 1941, p.20) Sin embargo, primaba la descripción formalista, y es necesario decir que en todos los posibles niveles de análisis de la obra, la mayoría de las críticas eran francamente pobres, superficiales y en no pocos casos orientadas por gustos propios e ideologías políticas y moralistas, donde se intentaba acreditar o desacreditar simbólicamente tanto a los artistas como a la tendencia que se les adjudicaba. En los cincuenta, la crítica se enriquece un poco 55 más gracias a que el medio en general tiene una mayor apertura a nuevas formas, tendencias y experiencias; pero también a los intercambios que los artistas tuvieron en otros países latinoamericanos, norteamericanos y europeos, y a la emergencia y circulación de gran cantidad de publicaciones. Lo decorativo y lo ilustrativo remiten entonces en primera instancia a lo formal aunque en los textos críticos no se desliga necesariamente de otros aspectos. En esta línea, en una crítica escrita con motivo del salón de 1941, Jesús Alberto Misas se refiere a Santiago Martínez Delgado y Sergio Trujillo como “exquisitos y refinados ilustradores de revistas” (p.19). Este comentario está dado en tono irónico, pues para el crítico no era bien visto que ambos fueran reconocidos en la premiación porque pervertían un material como el óleo al ser utilizado para dar a sus cuadros cualidades francamente decorativas, romanticonas e ilustrativas. Pero cuando pensamos en Interludio (fig. 1) como la obra objeto de tales juicios es difícil comprender la razón de ello, pues es una imagen con tendencia al academicismo. Allí dos mu