Enemigos públicos Contexto intelectual y sociabilidad literaria del movimiento nadaísta, 1958-1971 facultad de ciencias sociales y humanas / historia fondo editorial fcsh Enemigos públicos Contexto intelectual y sociabilidad literaria del movimiento nadaísta, 1958-1971 daniel ll ano parra Llano Parra, Daniel Enemigos públicos : contexto intelectual y sociabilidad literaria del movimiento nadaísta, 1958-1971 / Daniel Llano Parra. -- Medellín : Fondo Editorial FCSH, Facultad de Ciencias Humanas y Humanas de la Universidad de Antioquia 2015. 194 páginas ; 23 cm. Incluye índice analítico. ISBN 978-958-8890-82-1 1. Nadaísmo - Colombia 2. Literatura colombiana - Historia - 1958-1971 I. Tít. II. Serie. Co860.4 cd 21 ed. A1497691 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango El contenido de la obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. El autor asume la responsabilidad por los derechos de autor y conexos. © Daniel Llano Parra © Universidad de Antioquia, Fondo Editorial fcsh de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas ISBN: 978-958-8890-82-1 ISBN E-book: 978-958-8890-83-8 Primera edición: agosto de 2015 Imagen de cubierta: Foto Luz, Eduardo Escobar y Jotamario Arbeláez (contacto fotográfico: 3 x 3.7 cm), [s. l.], [1960-1970]. Biblioteca Pública Piloto, Medellín, Archivo Nadaísta Coordinación editorial: Diana Patricia Carmona Hernández Diseño de la colección: Neftalí Vanegas Menguán Corrección de texto e indización: Mariela Orozco Diagramación: Luisa Fernanda Bernal Bernal, Imprenta Universidad de Antioquia Impresión y terminación: Editorial L. Vieco. S.A.S. Impreso y hecho en Medellín, Colombia/ Printed and made in Medellín, Colombia Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita del Fondo Editorial fcsh, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia Fondo Editorial fcsh, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Antioquia Calle 67 No. 53-108, Bloque 9-355 Medellín, Colombia, Suramérica Teléfono: (574) 2195756 Correo electrónico: fondoeditorialfcsh@udea.edu.co El presente libro se publica gracias a la cofinanciación del Banco Universitario de Programas y Proyectos (BUPPE) de la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia. Este libro es el resultado de un trabajo de grado calificado como aprobado con distinción en el Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. La investigación fue asesorada por el profesor Óscar Calvo Isaza y se desarrolló en el Grupo de Investigación en Historia Social (gihs). Obtuvo financiación del Fondo de Apoyo a Trabajos de Grado del Comité para el Desarrollo de la Investigación (codi) y el Centro de Investigaciones Sociales y Humanas (cish) de la Universidad de Antioquia. [ 7 ] Contenido Agradecimientos [11] Introducción [13] 1. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [25] 1.1. Nadaísmo por correspondencia [26] 1.2. Formación del nadaísmo [29] 1.3. El “otro” movimiento [42] 2. “Parroquia intelectual”: contexto literario en la época de los años sesenta [63] 2.1. Asfixiante estrechez: industria editorial, auditorios y premios literarios [64] 2.2. Red alternativa y legitimación de la poética nadaísta [89] 3. Relaciones editoriales de una vanguardia inédita [107] 3.1. Vanguardia Tercer Mundista [109] 3.2. La novedad de un envejecido profeta [123] 3.3. La fragilidad de una red alternativa [128] Enemigos públicos[ 8 ] 4. “Geniales, locos y peligrosos”: la exteriorización nadaísta [139] 4.1. La juventud de la protesta [140] 4.2. Escándalo como mecanismo de renovación [143] 4.3. De la renovación artística al entretenimiento contracultural [154] Conclusión [171] Fuentes y bibliografía [177] Listado de figuras y tablas [187] Índice analítico [189] A la subterránea topo con gafas Agradecimientos Este libro no hubiera sido posible sin la complicidad de Julieth Paola Bravo, quien siempre estuvo presta a escuchar mis cavilaciones y apoyarme incondi- cionalmente; el bastión de esta aventura. Óscar Calvo fue el único que creyó en la posibilidad de adelantar una investigación sobre el nadaísmo, agradezco el acompañamiento académico y la confianza que me proporcionó, así como su inagotable paciencia durante todo este proyecto. A Luz Amparo Parra que, de forma inquebrantable y sin ningún reparo, soportó todos estos años de no hacer nada. [ 13 ] Introducción Uno de los eventos centrales programados para la Feria Internacional del Libro de Bogotá de 2013 fue la conversación de Óscar Collazos con el escritor Jean- Marie Gustave Le Clézio, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2008. En la entrevista, el autor de El atestado aseguró que mientras prestó servicio mili- tar en México, a finales de los años sesenta, tuvo la oportunidad de conocer la narrativa latinoamericana y de descubrir la poética continental —para sorpresa de los asistentes— a través del nadaísmo y las expresiones neovanguardistas de la época.1 El asombro del público con respecto a las afirmaciones de Le Clézio refleja el desconocimiento que aún se conserva sobre el principal movimiento de vanguardia del país. No en vano, desde que los nadaístas atizaron la juventud y la sensibilidad de la sociedad colombiana, fueron artistas y lectores extranje- ros los que de forma crítica recibieron su producción poética y literaria. En este sentido, los estudios literarios colombianos evidencian un profundo rezago al momento de abordar la historia de la literatura por fuera de la apreciación es- tética. Lo anterior no quiere decir que se ignore por completo al nadaísmo o a sus integrantes, como se puede observar en el reciente número monográfico de Aleph dedicado a Eduardo Escobar, la permanente alusión a la corresponden- cia de Gonzalo Arango y la entrevista realizada a Jaime Jaramillo Escobar, que 1. Caracol, “El Nobel Le Clézio elogió el nadaísmo y la literatura iberoamericana”. Consultado 16 de septiembre de 2014, http://www.caracol.com.co/noticias/entretenimiento/el-nobel-le-clezio-elogio-el- nadaismo-y-la-literatura-iberoamericana/20130424/nota/1887736.aspx. Enemigos públicos[ 14 ] incluso mereció el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2013.2 En el ámbito universitario también se ha adelantado una serie de investigaciones que pese a los avances, carecen de análisis histórico y no refutan las genera- lizaciones establecidas por la crítica oficial, en especial al desmesurado papel adjudicado a Gonzalo Arango.3 De acuerdo con Samuel Jaramillo, el nadaísmo fue la expresión artística más influyente de la segunda mitad del siglo xx en Colombia, ya que los poetas que surgieron a partir de la década de los setenta tomaron una posición (favora- ble o adversa) con respecto al ejercicio de creación poética del movimiento.4 No obstante, la interpretación de Juan Gustavo Cobo Borda se ha convertido en una lectura oficial —aceptada sin refutación alguna por los estudiosos que someramente se han acercado a la incursión nadaísta—, acotando las diversas posturas de Gonzalo Arango como la interpretación unívoca del colectivo.5 De igual forma, se ha sostenido que el nadaísmo solo es comprensible en el contex- to conservador antioqueño y sus integrantes descritos como representantes de una expresión provincial de jóvenes ignorantes, una generación escindida por los estragos de La Violencia bipartidista.6 Sin embargo, cuando se analiza su 2. Aleph (Manizales), enero/marzo de 2014; Fernando Mora Meléndez, “Marea de Cartas”, Universo Centro (Medellín), julio de 2014: 8-9; Fernando Mora Meléndez, “El poema llega solo. Entrevista a Jaime Jarami- llo Escobar”, El Malpensante (Bogotá), octubre de 2012: i-xvi. 3. Recientemente la Editorial Académica Española publicó dos trabajos de pregrado sobre el movimiento nadaísta: Rina Alexandra Restrepo Bermúdez, Revista Nadaísmo 70: cultura, política y literatura en Co- lombia. Representaciones y lecturas de la sociedad colombiana en la revista Nadaísmo 70 (España: Editorial Académica Española, 2013); Diego Alexander Herrera Duque, De Nadaístas a Hippies. Los jóvenes rebeldes en Medellín, Colombia, en la década de 1960 (España: Editorial Académica Española, 2014). En cuanto al fundador del nadaísmo: Alejandra Cárdenas Amaya, “Gonzalo Arango: provincia, irreverencia y proyec- ción cultural. Una reflexión sociológica” (Tesis en sociología, Universidad del Valle, 2014); Diego Pineda, “Gonzalo Arango”, Pensamiento colombiano del siglo xx, t. 2, eds. Santiago Castro Gómez y otros (Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2013), 199-223; David Alberto Cendales Jerez, “El estilo en la obra de Gonzalo Arango” (Tesis en Literatura, Pontificia Universidad Javeriana, 2009). 4. Samuel Jaramillo, “Cinco tendencias en la poesía post-nadaísta en Colombia”, Eco. Revista de la cultura de occidente 224-226 (1980): 371-93. 5. Juan Gustavo Cobo Borda, “El nadaísmo, 1958-1963”, Eco. Revista de la cultura de occidente 224-226 (1980): 348-70; Juan Gustavo Cobo Borda, “El nadaísmo”, Manual de literatura colombiana, t. 2, ed. Ger- mán Arciniegas (Bogotá: Procultura / Planeta, 1988), 193-235. 6. Ernesto Cortés Ahumada, Las generaciones colombianas (Tunja: Galería de autores boyacenses, 1968), 163-76; Carlos Sánchez Lozano, “El nadaísmo colombiano: epílogo literario del Frente Nacional”, Revista Foro 8 (1989): 83-94. Introducción [ 15 ] surgimiento es evidente la injerencia del grupo caleño en la formación del mo- vimiento, particularmente por la edición del suplemento Esquirla desde 1959, y cómo en el transcurso de la década el nadaísmo actuó como un interlocutor con las expresiones estéticas de Barranquilla y Pereira. Aspecto fundamental ya que a través de estas ciudades circularon los postulados de la neovanguardia que conectaron al país con las innovaciones artísticas de la época.7 La parquedad de estas lecturas no se limita al terreno de la crítica litera- ria, también es recurrente en estudios adelantados desde otras perspectivas disciplinares: en el tercer volumen de la Historia de Cali (2012), el nadaísmo es expuesto como parte del “paisaje” cultural pero no como partícipe del pro- ceso de modernización artística y literaria de la ciudad.8 Por su parte, pese a proporcionar un sugestivo balance sobre la tradición hispanista que denota el predominio del pensamiento conservador de los años cincuenta, Álvaro Tirado Mejía no contextualiza el panorama literario colombiano en los años sesenta, ni mucho menos sitúa al movimiento nadaísta como una expresión de la poética latinoamericana.9 Aunque la compresión del nadaísmo es fun- damental para entender el transcurrir de la literatura colombiana durante la segunda mitad del siglo xx, aún no ha merecido un análisis académico debi- do a su acentuada postura antiintelectual y predilección por lo extraliterario. Por consiguiente, en este libro reevalúo el surgimiento del movimiento en 1958 hasta su desintegración con el último número de Nadaísmo 70 en 1971, pues si bien tres años después culminaron las publicaciones e incluso, luego de la muerte de Gonzalo Arango, se redactaron manifiestos contra el régi- men de Anastasio Somoza en Nicaragua, ya no quedaba ningún vestigio de su irrupción transgresora. Otorgarle el rótulo de neovanguardia a un grupo de poetas que fueron marginados tanto a nivel artístico como social, de an- temano, ofrece un profundo cuestionamiento a la configuración intelectual colombiana. Se trata, en definitiva, de un aporte a la reflexión histórica de la 7. Katia González Martínez, Cali, ciudad abierta. Arte y cinefilia en los años setenta (Cali: Ministerio de Cultura, 2014), 37. 8. Véase Wilson Ferney Jiménez Hernández, coord., Historia de Cali, t. iii (Cali: Universidad del Valle, 2012). 9. Álvaro Tirado Mejía, Los años sesenta. Una revolución en la cultura (Bogotá: Debate, 2014), 87-123. Enemigos públicos[ 16 ] intelectualidad nacional en permanente relación con la poesía y la narrativa neovanguardista en América Latina. Las investigaciones sobre literatura y poesía en la década de los sesenta se han enfocado predominantemente en los escritores ligados al círculo cultural cubano, lo cual ha opacado las demás expresiones alternativas que no acotaron su creación artística al ámbito ideológico. Desde 1966 el crítico rumano Stefan Baciu aglomeró al techo de la ballena de Venezuela, el tzantzismo de Ecuador, los mufados de Argentina, la generación traicionada de Nicaragua, a El corno emplumado de México y al nadaísmo en torno a la Latin American’s beat genera- tion para expresar una aparente identidad continental.10 Si bien la literatura beat permeó la sensibilidad de dichos grupos, esta temprana clasificación los presentó de forma inadecuada como epifenómenos del caso norteamericano. En cambio, en este libro abordo la heterogeneidad de los movimientos latinoamericanos con el concepto neovanguardia, que brinda gran flexibilidad en la comprensión de la estética adoptada por las posturas independientes. No obstante, es necesario señalar que la definición de neovanguardia permanece sin mayor análisis teórico y, por lo general, solo ha pretendido diferenciar el vanguardismo histórico de las experimentaciones artísticas de mediados del siglo xx.11 El concepto de vanguardia resulta problemático cuando se trata de abor- dar teóricamente las manifestaciones artísticas de los años sesenta. El contexto socio-político de la época reprodujo el agobiante debate entre una vanguardia “auténtica” y otra “falsa”, que en lugar de trascender el carácter autónomo del arte burgués estuvo supeditado a la praxis revolucionaria con respecto a las luchas antiimperialistas libradas a nivel mundial. Los estudios más reconocidos sobre la vanguardia se han realizado bajo la óptica marxista, por lo cual solo se reco- nocen al dadaísmo, al surrealismo y al constructivismo ruso como los verdade- ros movimientos estéticos que procuraron integrar el arte con la vida. Edoardo 10. Stefan Baciu, “Beatitude South of the Border: Latin American’s Beat Generation”, Hispania 49.4 (1966): 733-39. 11. José Reyes González Flores, “La Nueva vanguardia hispanoamericana del siglo xx: 1950-1980”, Sin- cronía. Revista de filosofía y letras 38 (2006). Consultado 10 de noviembre de 2014, http://sincronia.cucsh. udg.mx/reyes06.htm; Edgar O’Hara, Los manes y desmanes de la Neovanguardia. Poéticas latinoamerica- nas, 1944-1977 (Buenos Aires: Libros del Rojas, 2004), 5-18. Introducción [ 17 ] Sanguineti identificó que la protesta de los grupos de los años veinte y treinta transgredió las condiciones sociales de su época.12 Respecto a lo anterior, el principal teórico de la vanguardia, Peter Bürger, ha aseverado que el vanguar- dismo histórico fracasó en su intento por superar al arte autónomo, catalo- gando como falsas las aspiraciones revolucionarias de un arte desvinculado de la vida, como lo pretendieron las neovanguardias de mediados del siglo xx.13 Aunque ambos aceptan la neutralización como el principal riesgo al que se ex- ponen las manifestaciones vanguardistas frente a la sociedad burguesa, para el primero es producto de las exigencias del mercado cultural, mientras que para el último esto ocurre con la anulación de la crítica ideológica de las obras.14 Por tal motivo, Bürger identifica la falsedad de las neovanguardias en su propósito de ridiculizar la moralidad burguesa, ya que simplemente se encargaron de sa- cralizar la transgresión.15 Por su parte, Hal Foster aclara que estas nuevas manifestaciones estéticas no intentaron repetir la vanguardia histórica, sino que retornaron a esta para ex- plorar otras oportunidades en el campo artístico.16 Mientras Bürger considera que la neovanguardia se queda en la burla de valores por medio del escándalo y de lo efímero, Foster sugiere que durante la década de los sesenta hubo un intento coherente por superar la autonomía del arte a través del compromiso de la obra con la revolución del Tercer Mundo. Para Foster, el neovanguardismo no canceló ni canonizó el proyecto transgresor; los grupos artísticos de mediados del siglo xx fueron los primeros en comprender realmente la vanguardia histórica.17 El debate en torno a la neovanguardia no solo reflejó el cambio en la sensibilidad de una época, sino que fue el escenario en el que la nueva izquierda desplazó a la ortodoxia marxista del estudio de la producción de bienes culturales.18 12. Edoardo Sanguineti, Por una vanguardia revolucionaria (Buenos Aires: Editorial Tiempo Contempo- ráneo, 1972), 18. 13. Peter Bürger, Teoría de la vanguardia (Barcelona: Ediciones Península, 1987), 54n-55n. 14. Sanguineti, Por una vanguardia, 29; Bürger, Teoría de la vanguardia, 48. 15. Bürger, Teoría de la vanguardia, 115. 16. Hal Foster, El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo (Madrid: Ediciones Akal, 2001), 5. 17. Foster, El retorno de lo real, 16. 18. Foster, El retorno de lo real, 3. Enemigos públicos[ 18 ] En contraposición a la lectura económica que ha explicado los cambios de mediados del siglo xx a raíz de la “era dorada”, Arthur Marwick ha señalado la necesidad de comprender desde la historia social la existencia de unos long sixties (1958-1974) para analizar las verdaderas transformaciones acaecidas en la vida cotidiana. Según Marwick, la revolución cultural fue la consecuencia de un conjunto de ideas que inquietó a la sociedad en los años cincuenta, pero que solo se tornaron en prácticas generalizadas en la década siguiente.19 Para el caso latinoamericano, Claudia Gilman ha abordado los años sesenta como época, en un periodo que abarca desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959 hasta el derrocamiento del gobierno socialista de Salvador Allende en 1973, para re- saltar un momento específico de la historia intelectual en que el pensamiento de izquierda lideró las reflexiones sobre el devenir de la sociedad.20 En Colombia, la época de los sesenta estuvo marcada por la instauración del Frente Nacional (1958-1974), un pacto urdido por dirigentes de los partidos conservador y li- beral durante la inestabilidad política y económica de los últimos años de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Esta coalición bipartidista permitió la res- tauración del orden democrático con miras a la modernización del Estado y al fomento del desarrollo capitalista; no obstante, se trató de una endeble democra- cia que excluyó la participación política de posturas disidentes y de los sectores subalternos.21 En el terreno cultural, los académicos y escritores del país aún no se habían distanciado de la clase dirigente y apenas durante la segunda mitad de los años cincuenta se presentó una relativa apertura a las tendencias filosóficas y literarias contemporáneas, preconizada esencialmente por la revista Mito.22 Con esta investigación develo la configuración del contexto intelectual de los años sesenta a partir de la propuesta de renovación nadaísta, pero sobre todo, de- 19. Arthur Marwick, The Sixties. Cultural Revolution in Britain, France, Italy, and United States, c.1958- c.1974 (Oxford: Oxford University Press, 1998), 5-10. 20. Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América latina (Buenos Aires: Siglo xxi Editores, 2003), 35-56. 21. Jonathan Hartlyn, La política del régimen de coalición: la experiencia del Frente Nacional en Colombia (Bogotá: Tercer Mundo Editores / cei / Ediciones Uniandes, 1993), 105-38; Mauricio Archila Neira, Idas y venidas, vueltas y revueltas. Protestas sociales en Colombia 1958-1990 (Bogotá: icanh / cinep, 2008), 88-109. 22. Miguel Ángel Urrego, Intelectuales, Estado y Nación en Colombia. De la guerra de los Mil Días a la Constitución de 1991 (Bogotá: Universidad Central / Siglo del Hombre Editores, 2002), 122-42. Introducción [ 19 ] muestro que entonces el ámbito literario no se había establecido como campo, es decir, que entre los diversos niveles de producción de bienes culturales no existía una verdadera autonomía con respecto al Estado.23 Como lo ha sugerido Miguel Ángel Urrego, la apertura del campo intelectual en Colombia se presentó de for- ma progresiva con la ruptura de los intelectuales con los partidos políticos tradi- cionales en la década de los sesenta. Urrego ha enfatizado que este distanciamien- to con respecto a la esfera de poder se produjo a partir del pulular de periódicos y editoriales disidentes, estableciendo como punto decisivo la consecución de una autonomía en torno al movimiento estudiantil de 1971.24 Esta posición cobra va- lidez debido a que en trabajos recientes se ha dado por sentado la existencia de un campo cultural (literario, artístico, etc.), mas no argumentan cómo ni cuándo se estableció. Paula Andrea Marín se enfoca en las revistas Mito y Letras nacionales para explicar una apertura en la apropiación literaria, pero no logra proporcionar una explicación satisfactoria sobre la profesionalización de la crítica en ambas publicaciones.25 Asimismo, en su estudio sobre la modernización cultural de Cali a mediados del siglo xx, Liliana Arias sostiene que la fundación de instituciones educativas y la creación de programas de difusión artística coadyuvaron a la “de- mocratización” de la cultura.26 No obstante, demuestra a su vez que ese dinamis- mo cultural vallecaucano fue delineado por la élite local que a través de un círculo restringido administró instancias como la Secretaría de Educación Departamen- tal, el Festival Nacional de Arte, el Instituto Popular de Cultura y el Museo La Tertulia, conservando una lógica de distinción social.27 23. Pierre Bourdieu planteó la teoría del campo cultural como un modo de subsanar la debilidad con- ceptual en torno a la institucionalización académica que desconocía las posturas y tomas de posición adoptadas por la intelectualidad en un momento determinado. La reticencia de las ciencias humanas al estudio de las obras por fuera del valor estético, permitió a Bourdieu encarar múltiples factores de la intelectualidad parisina para sustentar la emergencia de un campo autónomo en la producción artística y literaria de mediados del siglo xix. Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario (Barcelona: Editorial Anagrama, 2011). 24. Urrego, Intelectuales, 161-69. 25. Paula Andrea Marín Colorado, “Las revistas Mito y Letras Nacionales: dinámicas del campo literario co- lombiano a mediados del siglo xx”, Utopías móviles. Nuevos caminos para la Historia intelectual en América Latina, coord. Selnich Vivas Hurtado (Bogotá: Diente de León / Universidad de Antioquia, 2014), 118-43. 26. Liliana Arias Ortiz, “Cultura y modernidad en Cali: transiciones culturales durante la segunda mitad del siglo xx” (Tesis de Maestría en Historia, Universidad del Valle, 2013), 75-76. 27. Arias Ortiz, “Cultura y modernidad”, 84. Enemigos públicos[ 20 ] Como lo sugiere Randal Johnson, investigador de la modernización litera- ria brasileña, la reflexión metodológica a partir de los campos es fundamental para develar la construcción del valor estético y la legitimidad artística de una época. Además, permite descubrir el papel social de la literatura y desentrañar en qué momento las manifestaciones narrativas y poéticas son transgresoras o simplemente contribuyen a prolongar los mecanismos de dominación. Para Johnson, la configuración de un campo implica trazar las conexiones con las instituciones y el ámbito de poder, por lo que es indispensable establecer frentes de investigación que abarquen la historia del libro, la perpetuación de los cáno- nes en las universidades, las filiaciones de los intelectuales —ya sea al Estado o a la disidencia— y el público lector.28 En definitiva, el campo es el que confiere sentido al producto cultural, ya que los agentes sustentan las necesidades socia- les de las obras e intermedian en la capacidad de apropiación del público.29 No obstante, diversos críticos han asegurado que este modelo solo representa una posibilidad —exclusiva a sociedades con una vasta trayectoria intelectual— con la que cuenta la sociología histórica de la literatura, pues consideran que el ejer- cicio literario no puede ser reducido a una especie de “campo de batalla” por el control de espacios de legitimación.30 En el ámbito de los estudios sociohistóricos latinoamericanos, Carlos Al- tamirano y Beatriz Sarlo han examinado las posibilidades de investigar las ex- presiones literarias a partir de los postulados de Pierre Bourdieu. Según los sociólogos argentinos, el campo solo se establece cuando los agentes y el medio cultural mantienen una diferenciación acentuada respecto a las clases dirigen- tes. Sin embargo, la teoría se torna más problemática cuando presupone con- sideraciones propias de sociedades desarrolladas: democracia liberal, mercado cultural estable, profesionalización del escritor y secularización de la vida co- tidiana. Debido a la inviabilidad de circunscribir estos procesos a la realidad 28. Randal Johnson, “As relações sociais da produção literaria”, Revista de Crítica Literaria Latinoameri- cana 40 (1994): 190. 29. Johnson, “As relações sociais”, 200. 30. Para una crítica a los enfoques sociográficos en la elaboración de la historia intelectual, véase, François Dosse, La marcha de las ideas. Historia de los intelectuales, historia intelectual (Valencia: Universitat de València, 2006), 104-13. Introducción [ 21 ] latinoamericana, Altamirano y Sarlo replantearon la constitución del campo sin restarle su capacidad analítica, por lo que enfocaron las perspectivas críticas en la estabilidad de las instancias de consagración, los intereses perseguidos por los intelectuales y las relaciones de fuerza.31 En lo que respecta a América Latina, la sociología de la literatura ha sido la perspectiva que con mayor em- peño ha reflexionado sobre la relación de los escritores con el medio social en que inscriben sus criterios: Beatriz Sarlo ha renovado las investigaciones sobre el criollismo de vanguardia bonaerense de los años veinte y treinta, Claudia Gilman ha expuesto los mecanismos de legitimación trasnacional propiciados por el boom de la narrativa latinoamericana, mientras que Carmen Virginia Ca- rrillo ha profundizado en los diversos ámbitos de la intelectualidad venezolana para configurar el complejo ambiente cultural de los sesenta.32 La reflexión metodológica a partir del campo cultural permite dilucidar cómo estaba estructurado el ámbito literario colombiano en la época de los se- senta, pero es al develar la red de sociabilidad alternativa como se logra apreciar la incidencia del movimiento nadaísta en América Latina. El concepto de so- ciabilidad ha acaparado gran relevancia en la historiografía política, a raíz de las investigaciones del historiador francés Maurice Agulhon, quien se enfocó en las formas de asociación de carácter político y cultural, pero con cierto gra- do de institucionalización.33 La sociabilidad permite profundizar en el estudio social de los vínculos entre los escritores, poetas, artistas, editores y los media- dores culturales. En la historia intelectual se han privilegiado las revistas y los proyectos editoriales como espacios de sociabilidad, ya que estas redes y flujos están definidos por una confraternidad de aspiraciones “colectivas”, en la que lo político es un factor de integración pero que no necesariamente determina 31. Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, Literatura/sociedad (Buenos Aires: Librería Hachette, 1983), 83-89. 32. Beatriz Sarlo, Modernidad periférica. Buenos Aires 1920 y 1930 (Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003); Gilman, Entre la pluma y el fusil; Carmen Virginia Carrillo, De la belleza y el furor. Propuestas poéticas renovadoras en la década de los sesenta en Venezuela (Mérida: Ediciones El otro el mismo, 2007). 33. Maurice Agulhon, El círculo burgués. La sociabilidad en Francia, 1810-1848 (Buenos Aires: Siglo xxi Editores, 2009); Paula Bruno, dir., Sociabilidades y vida cultural. Buenos Aires, 1860-1930 (Bernal: Univer- sidad Nacional de Quilmes Editorial, 2014). Para una investigación sobre las sociabilidades conservadoras y liberales en Colombia, véase, Gilberto Loaiza Cano, Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación. Colombia, 1820-1886 (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2011). Enemigos públicos[ 22 ] su nexo.34 En este libro la red de sociabilidad alternativa permite identificar una sensibilidad común entre escritores y poetas que trascendieron las pugnas culturales de la Guerra Fría, pues a pesar de que entre los diversos grupos lati- noamericanos se contraponían posiciones ideológicas, compartieron la forma de afrontar la libertad en la creación artística. En este punto es necesario resal- tar que los nadaístas integraron una red de comunicación poética y literaria en torno a publicaciones como El corno emplumado, de México, y Eco contempo- ráneo, de Buenos Aires, sin embargo, ellos no fueron su eje ni sus articuladores. De igual forma, la correspondencia ocupa un espacio fundamental pues impli- ca saber entre quiénes y con qué fines se mantenía una nutrida comunicación epistolar.35 La historia intelectual ha rescatado la correspondencia como parte esencial en la formación de redes intelectuales debido a su trascendencia para develar los vínculos entre diversos académicos, escritores y poetas.36 Este es un intento por redescubrir al nadaísmo desde la investigación histórica, por lo que he re- currido a las cartas de sus integrantes dispersas en varias colecciones documen- tales. La comunicación privada permite inscribir al movimiento en un contexto de producción literario latinoamericano, pues este intercambio epistolar con escritores extranjeros se convirtió en un espacio de debate sobre la concepción del arte en el continente. La revisión sistemática de dicha correspondencia no solo proporciona nuevos elementos para comprender la injerencia y el posicio- namiento del nadaísmo en el escenario cultural colombiano, sino que también amplía la perspectiva de los estudios literarios sobre la década de los sesenta. Aunque es innegable que el principal sustrato factual de esta investigación es la información que reposa en el Archivo Nadaísta de la Biblioteca Pública Piloto 34. Dosse, La marcha de las ideas, 51-60; Liliana Weinberg, “Cuadernos Americanos: la política editorial como política cultural”, Historia de los intelectuales en América Latina, vol. 2, dir. Carlos Altamirano (Bue- nos Aires: Katz Editores, 2010), 236; Bernardo Subercaseaux, “Editoriales y círculos intelectuales en Chile (1930-1950)”, Historia de los intelectuales en América Latina, vol. 2, dir. Carlos Altamirano (Buenos Aires: Katz Editores, 2010), 575-80. 35. Dosse, La marcha de las ideas, 25. 36. Con relación a la importancia de la comunicación epistolar en la elaboración de la historia intelectual, véase: Andrés Jiménez Ángel, Correspondencia y formación de redes intelectuales. Los epistolarios de Rufino José Cuervo, 1865-1882 (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 2013), 9-10. Introducción [ 23 ] de Medellín, también he explorado los archivos personales de Manuel Mejía Vallejo en la misma institución y de Germán Arciniegas de la Biblioteca Nacio- nal de Colombia, al igual que una ínfima proporción de El Corno Emplumado Archive de la New York University, que ha posibilitado trazar las conexiones de los artistas ligados a la prestigiosa publicación mexicana. Por el valor expresivo de estos documentos, en la transcripción de los fragmentos textuales he con- servado la sintaxis, los signos de puntuación y la ortografía de los originales. Este libro plantea una relectura del nadaísmo y sus repercusiones en el ám- bito cultural colombiano a partir de una documentación que hasta ahora no había sido explorada de forma rigurosa. En el primer capítulo, analizo la impor- tancia de la correspondencia para aglutinar a un grupo de artistas noveles en un movimiento, también su conformación y cómo, a pesar de presentarse como una ruptura intelectual, logró condensar una nueva forma de sociabilidad en la juventud de la época. En el segundo, abordo las particularidades del contexto intelectual colombiano, la labilidad del mercado literario, la inexistencia de una crítica profesional y el control anquilosado de la Academia Colombiana de la Lengua. De igual modo, demuestro que el nadaísmo tuvo validez como mani- festación poética en cuanto participó de una red de comunicación alternativa en América Latina. En el tercer capítulo proporciono un acercamiento a las relaciones editoriales de los jóvenes poetas, debido a la necesidad de exponer una producción impresa más allá de consignas y manifiestos. Finalmente, en el cuarto capítulo enfatizo la nueva concepción del cuerpo y cómo el escándalo, si bien fue una forma de agredir la pasividad de la sociedad colombiana, se convirtió en un mecanismo más o menos consciente en la renovación cultural y espiritual. Allí expongo de qué manera esta propuesta de renovación se diluyó cuando el nadaísmo centró su actividad en el entretenimiento contracultural. [ 25 ] 1. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo El nadaísmo no se conformó bajo ninguna ideología, no determinó lineamien- tos artísticos; antes que nada se encargó de aglomerar diversos inconformismos en una sola manifestación estética. La renovación cultural y espiritual plan- teada en el “Primer manifiesto nadaísta” de 1958 no propendía un ejercicio académico de la literatura, sino que buscaba transgredir el sistema de valores imperante por medio de expresiones de vitalidad desenfrenada. De acuerdo con la primera declaración pública, el movimiento era “un estado del espíritu revolucionario”, pero esa revolución no estaba relacionada con los aspectos ra- cionales de la política, sino con la libertad que otorgaba la inanidad de la poe- sía.1 La acción emprendida por los nadaístas se sintetizó en la creación poética, en el rescate de la belleza de lo cotidiano, en la exaltación de la vacuidad de la existencia. La poesía significó “protesta y desobediencia”, enfatizando el carác- ter combativo de su experimentación artística y su inclinación hacia una nueva conciencia.2 El compromiso con la rebelión social estaba en el desprecio de los valores burgueses mediante una exacerbada defensa de la dignidad humana, 1. Gonzalo Arango, “Primer manifiesto nadaísta”, Medellín, 1958. bpp, Medellín, an, Manifiestos, Mani- fiesto 001, s. f. 2. Arango, “Primer manifiesto”, s. f. Enemigos públicos[ 26 ][ 26 ] por lo que jóvenes irreverentes e inconformes con su tradicional forma de vivir fueron invitados a que se reunieran en torno al nuevo movimiento. Con el transcurso de los años hubo un pulular de personas que se adhirie- ron o compartieron los postulados del movimiento, pero los integrantes que se perfilaron como escritores nadaístas fueron Gonzalo Arango, Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez, Darío Lemos, Jaime Jaramillo Escobar, Amílcar Osorio, Humberto Navarro y Mario Rivero. A lo largo de esta investi- gación cuestiono la figura preponderante que ha ocupado el fundador del mo- vimiento para resaltar la participación de los demás nadaístas que de una forma consistente confrontaron al establecimiento. Que Medellín haya dejado pronto de ser el foco del grupo para desplazarse a Cali y, en menor medida, a Pereira y Barranquilla, corrobora la relevancia de esos otros integrantes que se encarga- ron de revaluar el nadaísmo. Así pues, en este capítulo abordo cómo se formó el movimiento y la importancia de la comunicación epistolar en la articulación de un grupo de escritores y poetas noveles. Por eso, ofrezco una descripción de las principales actividades que realizaron los nadaístas en su periodo inicial y cómo a través de cada expresión se iban integrando y desvinculando individuos, ilu- sionados o decepcionados con lo que se presentaba como nadaísmo. Por último, proporciono una relectura sobre las influencias literarias y la temática urbana de ese “otro” movimiento, que a pesar de apropiarse del escándalo como mecanis- mo de renovación cultural, también optó por la creación poética. 1.1. Nadaísmo por correspondencia Desde que parte de la correspondencia nadaísta comenzó a hacerse pública en 1980 se ha resaltado la versatilidad y la profundidad de su escritura, junto al rumor de que los originales de las cartas más bellas se extraviaron luego de que se frustrara el primer intento por compendiarlas a mediados de la década de los sesenta.3 Más allá de su innegable valor estético, la relevancia del intercambio 3. Eduardo Escobar, comp., Gonzalo Arango, correspondencia violada (Bogotá: Colcultura, 1980). Obra reeditada recientemente, Eduardo Escobar, comp., Gonzalo Arango, correspondencia violada (Medellín: Universidad ces, 2011). En 2001 se editó esta compilación pero solo con las cartas del fundador del na- daísmo: Gonzalo Arango, Correspondencia violada, comp. Eduardo Escobar (Bogotá: Intermedio Editores, “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 27 ] epistolar reside en que a través de él los nadaístas se identificaron como una comunidad ajena al resto de la sociedad colombiana: “Me reconfortan las cartas que ustedes me envían, pues me hacen olvidar que, exceptuando nosotros, el resto del mundo es la estupidez en pasta”, aseguraba Álvaro Barrios en 1966.4 Esos vestigios de la comunicación privada —que ahora componen el archivo del movimiento— son los materiales que representan a cabalidad al nadaísmo ya que permiten apreciar los proyectos comunes, la elaboración de manifiestos, las afinidades intelectuales, las aspiraciones literarias y los momentos de crisis. También posibilitan entrever la cotidianidad de sus integrantes, el interés por lo inmediato —expresado sistemáticamente en papeles sin fechas ni lugares— y la agobiante precariedad económica: “Cómo puede ganar un hombre 2.000 pesos? Contesta ya. Estoy dispuesto a comer tres veces diarias. Y a tener casa propia. Y corbata, si fuera necesario”.5 A los nadaístas los unió una gran amistad, ese “amor en grupo” como lo denominó Humberto Navarro, por lo que en algunas misivas solo compartían reflexiones personales o expresaban estados de ánimo. Frente a las cavilaciones de Eduardo Escobar, Gonzalo Arango respondió: “Me alegro que me elijas para descargarme tu furia, tu tedio, tu máquina de escribir sobre mi cabeza. [...] Tus cartas me gustan sobre todo porque llegan frescas, dolorosamente desgarradas, y porque te salen de la piel, de los más vivos silencios. Si no las escribieras, la otra alternativa sería ahorcarse”.6 Lo anterior no debe presuponer que entre todos los integrantes había una asidua comunicación escrita, como queda en evidencia en la primera carta que Jaime Jaramillo Escobar dirigió a Eduardo Escobar el 20 de febrero de 1966: “Tú has sido siempre un mito en el nadaísmo. [...] Nunca te había escrito porque —lo confieso— me daba miedo tu fama de 2000). Jotamario Arbeláez seleccionó una pequeña muestra de las cartas de Gonzalo Arango a sus fami- liares: Gonzalo Arango, Oleajes de la sangre. Cartas íntimas del fundador del nadaísmo, comp. Jotamario Arbeláez (Medellín: La pisca tabaca, 1997). Véase Fernando Mora Meléndez, “Marea de Cartas”, Universo Centro (Medellín), julio de 2014: 8-9. 4. Álvaro Barrios, “Querido poeta Jotamario”, Barranquilla, 1966. bpp, Medellín, an, Cartanada 0149, s. f. 5. Eduardo Escobar, “Jota, cómo puede ganar un hombre 2000 pesos?”, Pereira, 1965. bpp, Medellín, an, Cartanada 0309, s. f. 6. Gonzalo Arango, “Querido Eduardo, hoy leo tu carta de Medellín”, Bogotá, [1966-1967]. bpp, Medellín, an, Cartaga 0012, s. f. Enemigos públicos[ 28 ][ 28 ] ángel”.7 Pero esto atendió al funcionamiento del nadaísmo, ya que en la pro- gramación de recitales poéticos y demás actividades existían referentes clara- mente definidos según la ciudad en que se presentaran: Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia coordinaron las acciones del grupo de Cali, Gonzalo Arango se convirtió en el gestor del movimiento en Bogotá desde 1961, Eduardo Escobar fue el vínculo entre Medellín y Pereira, mientras que Álvaro Barrios y Jaime Jaramillo Escobar lo fueron en Barranquilla. Esta correspondencia continua solo se consolidó una vez que los nadaístas, como grupo, lograron establecer lazos en torno a su concepción sobre la vida y la literatura. Las cartas fueron fundamentales en el diálogo con los escritores que compartían una sensibilidad diferente con respecto a la polarización del debate cultural en la época de la Guerra Fría, para debatir sobre la posición del artista y, sobre todo, para poner en circulación sus textos y poemas. De ahí que solo a partir de 1962 se empezaran a forjar conexiones con otras manifestaciones de América Latina. A lo largo de la década, la red de sociabilidad funcionó por me- dio de Sergio Mondragón, Ernesto Cardenal y Raquel Jodorowsky en torno a El corno emplumado de México; Juan Liscano, Ludovico Silva y Edmundo Aray en Venezuela; y Miguel Grinberg, Alejandro Vignati y Ariel Canzani en Argentina. La correspondencia fue el medio por el cual los nadaístas leían sus textos y la oportunidad para actuar como “críticos” entre ellos mismos. Ante las reco- mendaciones de Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar sostuvo: “Me ex- traña que no te haya gustado el último verso de mi poema. Lamento que no me entiendas. Antes te reías de mis versos. Ahora te pones a explorar como cual- quier académico. [...] No te pongas trascendente”.8 De igual modo, traía consigo todo el aspecto funcional del movimiento como el envío de direcciones para promover contactos en el continente, informes de ventas, e incluso formas de retribuir las colaboraciones con las revistas alternativas: poemas por dibujos, 7. Jaime Jaramillo Escobar, “Mi querido Eduardito: tú has sido siempre”, Bogotá, 20 de febrero de 1966. bpp, Medellín, an, Cartanada 0057, s. f. 8. Jaime Jaramillo Escobar, “Mi querido J: acabo de recibir tu carta”, Bogotá, 14 de octubre de 1965. bpp, Medellín, an, Cartanada 0036, s. f. La cursiva es del autor. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 29 ] como lo hizo Sergio Mondragón con Álvaro Barrios.9 Paradójicamente, la mis- ma correspondencia evidenció el momento en el que la comunicación escri- ta no podía resolver las problemáticas internas y cuando comenzó a agotarse como instrumento de congregación: “Las cartas no son suficientes, en el estado en que se encuentra el nadaísmo. Tenemos que hablar. Y ojalá pudiéramos reunirnos unos 6 en algún sitio: Gonzalo, tú [Jotamario], Elmo, Eduardito, Ál- varo Barrios y yo [Jaime Jaramillo Escobar]. Si es posible, otros más: Humber- to Navarro, tu hermano [Jan Arb], Alberto Escobar, quizá Norman Mejía. En todo caso no más de 10, para poder llegar a alguna conclusión, sacar algo en claro, y, sobre todo, para que resultara algo efectivo y salvador. Ahora no tene- mos que pensar en ser muchos, sino en estar muy unidos”.10 1.2. Formación del nadaísmo Cuando se describe el surgimiento del nadaísmo es común encontrar la misma escena: el ímpetu de Gonzalo Arango y la agresividad del panfleto fundacio- nal concitaron la simpatía de la juventud.11 De esta forma se ha omitido una sociabilidad previa al refugio de Arango en Cali (1957-1958), ya que mientras estudió derecho y fue bibliotecario de la Universidad de Antioquia, antes de dedicarse por completo a la literatura, compartió con “gente de ideas raras”, un grupo de lectores “marcados” por sus intereses literarios.12 Como lo señaló Humberto Navarro en El amor en grupo, Arango fue el primero en manifestar la idea de trastocar el marasmo cultural colombiano: “Tengo que formar un grupo de gente nueva. ¿Quiénes escriben ahora por aquí? Gente de talento, [...] dispuesta a comprometerse y a luchar, sobremanera valerosa y llena de empu- je. Hay que acabar con los mascarones de proa, con las momias perilustres de un arte que ya no corresponde a la época. Estoy escribiendo el manifiesto. El 9. Álvaro Barrios, “Estupendo Jotamario”, Barranquilla, 1966. bpp, Medellín, an, Cartanada 0147, s. f. 10. Jaime Jaramillo Escobar, “Querido Jota: Recibí tu carta”, Barranquilla, 18 de octubre de 1968. bpp, Medellín, an, Cartanada 0070, s. f. 11. Juan Gustavo Cobo Borda, “El nadaísmo”, Manual de literatura colombiana, t. 2, ed. Germán Arcinie- gas (Bogotá: Procultura / Planeta, 1988), 199. 12. Humberto Navarro, El amor en grupo. La onírica y veraz anécdota del nadaísmo (Buenos Aires: Edi- ciones Carlos Lohlé, 1974), 8. Enemigos públicos[ 30 ][ 30 ] movimiento se llamará ‘NADAÍSMO’”.13 Sin el ánimo de forzar el relato nove- lado, en una carta de mediados de los sesenta, Navarro sostuvo que mientras se “[...] reunía en ‘La Bastilla’, café situado en la avenida de ‘La Playa’, con Alberto Escobar, Guillermo Trujillo, Carlos Gaviria y otros, cuando el 5 de abril de 1958, me llamó aparte Alberto Escobar y me comentó que había venido “un profeta”, con manifiesto a bordo, y que deseaba formar un movimiento agluti- nando aquellos muchachos de vanguardia, libres de prejuicios y de tonterías”.14 Es indiscutible la labor adelantada por Gonzalo Arango en la emergencia del nadaísmo, pero conviene insistir que su formación fue la respuesta a un incon- formismo generalizado en el que confluyeron factores de tipo intelectual y de comportamiento juvenil. Antes de que se publicara en Medellín el “Primer manifiesto nadaísta” ya se escuchaban murmullos sobre un grupo de jóvenes que inquietaba a la socie- dad antioqueña. El 8 de julio de 1958, Arango concedió su primera entrevista a Gildardo García Monsalve, en la que se presentó con calavera en mano y recitando los postulados que integrarían el primer manifiesto; escenificación acorde con la difusión de la “nueva oscuridad”. Según el corresponsal de El Tiempo “la sola mención de la palabra ‘nadaísmo’ ha bastado para crear una virtual zozobra en los medios universitarios y cocacolos, y aun en reuniones serias de intelectuales de prestigio”.15 Una semana después, la “Rúbrica de Jota” de El Colombiano anunció el surgimiento de una inusual “escuela” literaria y ridiculizó un par de poemas atribuidos a nadaístas anónimos.16 Para Gabriel Ulloa, columnista de El Espectador, se trataba de una generación esquizoide y fracasada que contaba con émulos en Bogotá y Cali, y a pesar de que todas sus referencias habían sido extraídas de la nota de García Monsalve, llegó al extre- mo de fantasear las conversaciones de sus integrantes: “—Qué has hecho? Es el saludo, y se responde: nada. Se le pregunta a una damisela conturbada: —Qué 13. Navarro, El amor en grupo, 8. Mayúscula sostenida en el original. 14. Humberto Navarro, “Qué hay Gonzalín?”, [s. l.], [s. f.]. bpp, Medellín, an, Navarro, Humberto, s. f. 15. Gildardo García Monsalve, “‘Nadaísmo’, movimiento negativo de intelectuales surge en Medellín”, El Tiempo (Bogotá), 9 de julio de 1958: 8. 16. J, “¿El ‘nadaísmo’, una escuela o una falta de escuela?”, El Colombiano (Medellín), 19 de julio de 1958: 5. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 31 ] te pasa? Y ella contesta: —No. Nada. Se interroga al intelectual: —En qué traba- ja usted? Y este replica: —Por ahora, en nada. Los desesperados del amor y los incapaces del sexo, siguen en nada”.17 A mediados de 1958, después de la divulgación del manifiesto fundacional y de la quema de libros, se celebró el primer recital de poesía nadaísta en el auditorio del Museo Zea, en el que participaron los integrantes iniciales del movimiento: Gonzalo Arango, Humberto Navarro, Amílcar Osorio y Eduar- do Escobar.18 El 20 de abril de 1959 se presentó en el Teatro Ópera la obra “HK-111” de Arango, bajo la dirección de Fausto Cabrera, pieza que fue bien recibida por el público de Medellín luego de una gran expectativa.19 Dos me- ses después, ya investido como el “profeta de la nueva oscuridad”, Arango re- gresó a Cali para dictar una conferencia en la Biblioteca Departamental, pero ante la gran cantidad de personas que se disponían a escucharlo se denegó el acceso. Frente a este rechazo, el líder nadaísta decidió impartir su charla en las inmediaciones de la institución, la cual fue interrumpida por la acción de la policía que se encargó de dispersar a la multitud.20 Al poco tiempo de este encuentro intermitente, comenzó a circular una hoja mimeografiada titulada “Primer manifiesto del movimiento nadaísta vallecaucano”, signada por Jota- mario Arbeláez, Rafael Orrego, Jaime Jaramillo, Pacho Mora, Walter Buitrago, Alfredo Sánchez, Guido da Silva, Yolanda García, Carlos Ordoñez, Dukardo Hinestrosa y Efraín Troncoso. Los firmantes del panfleto justificaron su adhe- sión a la “revolución intelectual” iniciada en Medellín, “porque descubrimos en nosotros algo inconsciente, como una voz silenciada, próxima a convertirse en grito: que nuestra vida era siempre una reacción contra lo establecido y no 17. Gabriel Ulloa, “Un mundo alucinado”, El Espectador (Bogotá), 19 de julio de 1958. bpp, Medellín, an, Prensanada 0066, s. f. 18. Entrevista de Óscar Calvo Isaza y Daniel Llano Parra a Eduardo Escobar, San Francisco (Cundinamar- ca), 8 de mayo de 2014. 19. “Éxito completo tuvo ayer el teatro de Fausto Cabrera. Muy aplaudida la obra del nadaísta Gonzalo Arango”, Medellín, 21 de abril de 1959. ahm, Medellín, frc, Tomo 4, f. 60. 20. “Gonzalo Arango y sus nadaístas disueltos por la policía de Cali”, Cali, 10 de junio de 1959. ahm, Medellín, frc, Tomo 7, f. 339. Enemigos públicos[ 32 ][ 32 ] sabíamos como nombrar aquella fuerza ignorada y rebelde, aquella fuerza que hoy llamamos NADAISMO”. 21 Las afinidades literarias y el ejercicio de creación artística impulsaron la eta- pa temprana del nadaísmo, sin embargo, no se puede descuidar la relevancia de los actos públicos que se presentaron a la par en su conformación. El 5 de agosto de 1959 los nadaístas boicotearon la inauguración del Primer Congre- so del Pensamiento Católico Colombiano organizado por la Arquidiócesis de Medellín, al arrojar una sustancia fétida durante el discurso de apertura y al repartir un manifiesto que incriminaba la injerencia del cristianismo como la causante del atraso cultural del país: “¿qué nos dejan, después de tantos años de ‘pensamiento católico’? esto: un pueblo miserable, ignorante, hambriento, servil, explotado, fetichista, criminal, bruto. ese es el producto de sus sermones sobre la moral, de su metafísica bastarda, de su fe de carboneros. ustedes son los responsables de esta crisis que nos envilece y nos cubre de ignominia”.22 El Colombiano omitió el sabotaje al reportar simplemente el comienzo del apoteó- sico encuentro, mientras que el diario El Espectador reprodujo fragmentos de la declaración nadaísta, una carta de aprobación de Fernando González y una nota en la que Héctor Rojas Herazo expresaba su simpatía por el movimiento: “[...] esta escogencia de la libertad, esta rencorosa y descabellada batalla contra todo y contra todos, este odio firme y agudo, que nos recuerda una lanza sobre el pecho, es un último reducto que ha buscado el espíritu para no perecer. [...] Estos jóvenes —ebrios de una razón vehemente tan parecida a la locura— son cristos vestidos de blue-jeans y camisas a cuadros. [...] Y si hieren y perturban a la sociedad es para imprimirle un tempo de guerra a la agonía del hombre”.23 21. Movimiento nadaísta vallecaucano, “Primer manifiesto del movimiento nadaísta vallecaucano”, Cali, 1959. bpp, Medellín, an, Manifiestos, s. f. La declaración de adhesión por parte de los jóvenes caleños fue reproducida en Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 2 de agosto de 1959: 12. bpp, Medellín, an, Esquirla. 22. Nadaístas, “Manifiesto al congreso de escribanos católicos”, Medellín, agosto de 1959. bpp, Medellín, an, Manifiestos, s. f.; “Azafetida, yodoformo y azufre lanzaron los nadaístas en la reunión de hombres católicos... repartieron un manifiesto en el cual se declaran anticatólicos”, Medellín, 5 de agosto de 1959. ahm, Medellín, frc, Tomo 13, f. 176. 23. Héctor Rojas Herazo, “No se trata de un tarrito de leche”, El Espectador. Magazine Dominical (Bogotá), 9 de agosto de 1959: 2. bpp, Medellín, an, Prensanada 0057, s. f. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 33 ] Este comentario fue la versión preliminar de la conferencia que impartiría Rojas Herazo varios años después en Medellín, titulada “El nadaísmo como salvación frente a la desesperanza burguesa”. En la ponencia de 1962 profundizó en los aspectos sociológicos del movimiento al apreciar a los nadaístas como represen- tantes del inconformismo tras una época asolada por la violencia. Destacó que fueran jóvenes los que con su inagotable frenesí cuestionaran al anquilosado orden nacional, ya que la rebelión nadaísta abogaba por la transformación del hombre, cumpliendo, en ese sentido, una labor política.24 En noviembre de 1959, los nadaístas de Cali dirigieron un comunicado a Antonio Garcés Sinisterra, alcalde de la ciudad, exigiéndole el reemplazo de la  estatua de Jorge Isaacs por el busto de la actriz francesa Brigitte Bardot. En la petición se aseguró: “[...] que en las vecindades del paseo bolívar [...] se encuentra estacionado desde hace muchos años un monumento torpe a un pecado mortal sin cometer —agresividad contra la civilización que hemos al- canzado—, fiel representación de un mito literario mandado a recoger, por simbolizar las lucubraciones mentales de un enfermizo producto de las me- diocracias revividas del siglo pasado que llamaron inútilmente jorge issacs, fa- bricante de un libro barato de romanticismo bobalicón y sensiblero al que vul- garmente —y con razón— denominan ‘maría’ [...]”.25 La declaración fue una más entre sus acciones mediáticas, sin embargo recogía una profunda crítica sobre el valor de la literatura nacional, la cual había rehuido la renovación de las letras al privilegiar un determinado estilo narrativo. Esto fue tomado como una ridiculez por los medios capitalinos, pero la obra cumbre de Jorge Isaacs todavía despertaba análisis sobre su actualidad en su centenario (1967), como lo argumentó Manuel Zapata Olivella en su apuesta por el rescate de un con- trovertido nacionalismo literario.26 24. Héctor Rojas Herazo, “El nadaísmo como salvación frente a la desesperación burguesa”, Esquirla. Su- plemento literario de El Crisol (Cali), 19 de agosto de 1962: 9; 12. bpp, Medellín, an, Esquirla. 25. [Jotamario Arbeláez y otros], “Los nadaístas piden al alcalde de Cali que ordene la demolición de la estatua de ‘La María’”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 8 de noviembre de 1959: 7. bpp, Medellín, an, Esquirla. 26. Manuel Zapata Olivella, “‘María’: testimonio vigente del romanticismo americano”, Letras nacionales 14 (1967): 15-43. Enemigos públicos[ 34 ][ 34 ] Desde 1959 el suplemento Esquirla fue el principal medio de difusión del nadaísmo y el escenario a través del cual se libraron enconados debates en tor- no a la concepción de la literatura. En febrero de 1960, el columnista de El Tiempo, Enrique Santos, más conocido como Calibán, declaró que los nadaís- tas eran jóvenes desadaptados e ignorantes que exaltaban “el arte sublime de la defecación”. Como réplica, los miembros del movimiento se valieron de la tradición europea aludida por el periodista para exponer su imposibilidad de comprender la estética contemporánea: Usted se escapa de la realidad y se refugia en la “Belle Epoque”. Qué decaden- cia! No le gusta la Era Atómica? A nosotros nos encantan los bombardeos, los incendios, el genocidio, la guerra nuclear. Es maravilloso morir bajo las bombas haches y dejar detrás de nuestro grito nada de llanto, nada de cenizas, nada de amor, nada de nada: solo un bello vacío que se llenará de viento radioactivo. [...] En cuanto a lo de “exaltar el arte sublime de la defecación” le diremos que nues- tra misión es restituirle al hombre sus placeres naturales, y al arte el realismo fisiológico que la retaguardia del espiritualismo ha pretendido deshumanizar. Para nosotros el hombre es una grandiosa porquería. Y su grandeza consiste tanto en sus cohetes victoriosos como en sus alcantarillas subterráneas.27 Ante los reiterados cuestionamientos de la crítica, los escritores noveles se proclamaron como los referentes de la poesía moderna, corroborando su actitud frente a la deleznable lírica legitimada por el establecimiento e im- partida por el sistema educativo: “[...] también están los dipsómanos poé- ticos, unos pobres loquitos alcohólicos que recitan de memoria “La Hora de Tinieblas” de Pombo, “La Canción de la Vida Profunda” de Barbajacob, “Los nocturnos” de Asunción Silva, “Palemón el Estilista” de Valencia y “Las Canciones a la Madre Muerta” de Julio Flórez... [...] Contra esos abusos de la retórica y de la irritación sentimental nos hemos levantado los nadaístas como inspectores de belleza y de la salud, que no permitirán que se continúe ultrajando impunemente la literatura”.28 27. Los nadaístas, “Respuesta de los nadaístas a Calibán”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 28 de febrero de 1960: 8. bpp, Medellín, an, Esquirla. 28. Los nadaístas, “La demencia nadaísta”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 13 de marzo de 1960: 7; 12. bpp, Medellín, an, Esquirla. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 35 ] Pese a esto, la principal disputa durante el primer semestre de 1960 fue con el movimiento neocrítico de Guillermo García Niño, colectivo antagónico a la postura nadaísta. En sus declaraciones argumentaron que la única forma de transformar la cultura colombiana era a través de la promoción de valores cívicos, una educación sin ataduras políticas, la defensa incondicional de la paz, además de una actitud sumisa frente al mundo.29 Ante las premisas de los neocríticos, Jotamario Arbeláez optó por clausurar la discusión ya que era insostenible un diálogo con jóvenes que se autodenominaban “el abono del continente americano”.30 Sin embargo, no todas las comunicaciones nadaístas emplearon un tono sarcástico para referirse a la sociedad colombiana. La carta dirigida al director de Semana, Alberto Zalamea, fue una exhortación respecto a la compleja situación política. Así lo manifestó la editorial del Radioperiódico Clarín en la emisión del primero de agosto de 1960: “es una de las más altas protestas por un tremendo atentado que viene produciéndose contra la liber- tad de expresión”.31 Para los nadaístas la eventual clausura de la publicación opuesta al Frente Nacional era el resultado de “una abyecta maniobra urdida entre los telones de quienes pretenden manejar los asuntos del país mediante un periodismo prefabricado, de verdades veladas o desfiguradas”; e insistían que la revista había sido un “ejemplo irrefutable de periodismo libre y decoro intelectual, cualidades que se han impuesto contra la conspiración aviesa de egoístas y malévolos intereses de personajes y élites dominantes”.32 Los cuestionamientos sociales y el proyecto de renovación literario con- citaron un gran número de simpatizantes; jóvenes aglomerados en torno a la actitud frente a la vida, fascinados con “el mundo de lo maravilloso cotidiano” 29. Esquirla concedió un lugar a esta discusión entre el 28 de febrero y el 29 de mayo de 1960, antes de la primera censura del suplemento. En la edición del 27 de marzo se publicó una selección de poesía neocrítica de Guillermo García Niño, Jairo Caín, Jorge Ernesto Leiva, Beatriz Castelblanco Salamanca y Beatriz González de Cadena. Véase Guillermo García Niño, “Poesía neocrítica - testimonio de una época”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 27 de marzo de 1960: 11. bpp, Medellín, an, Esquirla. 30. Jotamario Arbeláez, “En torno a nuestras respectivas posiciones”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 29 de mayo de 1960: 7. bpp, Medellín, an, Esquirla. 31. “Breve concepto de ‘Clarín’: Todo no vale nada...’’, Medellín, 1 de agosto de 1960. ahm, Medellín, frc, Tomo 48, f. 25. 32. Los nadaístas, “Doctor Alberto Zalamea”, Medellín, [julio] de 1960. ahm, Medellín, frc, Tomo 48, ff. 26-27. Enemigos públicos[ 36 ][ 36 ] promulgado por Amílcar Osorio.33 Sin embargo, después de dos años de agita- ción ni siquiera se había consolidado el núcleo del nadaísmo, o mejor, no exis- tía una unidad congruente en tanto manifestación literaria. En abril de 1960, Arango solicitó información sobre un poeta desconocido que escribía en las páginas de Esquirla: “Lo que nos tiene perfectamente en el abismamiento es Elmo Valencia. Qué extraño Dios parió ese endemoniado genio? [...] ‘El ele- fante suicidado en primavera’ es nadaístamente hablando superior a mi teatro, al de Amílkar y al de Trujillo. Nos gustaría que nos enviaran una foto para co- nocer ese raro animal”.34 Aparte de la indeterminación sobre los integrantes, se sumaron constantes reparos al líder nadaísta debido a sus aspiraciones por con- trolar un colectivo relativamente homogéneo. En este sentido, Armando Hol- guín, firmante de varios manifiestos del grupo vallecaucano, estaba convencido de la transformación de la sociedad impulsada por el movimiento, argumen- tando que el nadaísmo era un escape válido frente a la situación colombiana, pero el de “[...] cada quien. No el de Gonzalo Arango. Maniático panfletista de tendencia burguesa. Ese paranoico, todo el mundo lo sabe dogmático. Quiere definir la juventud para cobrar después esa definición. Inclusive, quiere tener un partido político. Es inmundo. [...] Uds. los nadaístas del Valle, han llegado a realizaciones maravillosas, y millares de jóvenes como yo —estoy seguro— seremos miembros de ese brillante grupo de locos geniales. Por lo pronto, sólo gonzaloarango nos separa”.35 Según el historiador Luis Antonio Restrepo, el nadaísmo no tuvo repercu- siones a nivel nacional, ya que se presentó como una reacción frente a la élite conservadora y al férreo control de la iglesia en Antioquia.36 Esta apreciación es falsa porque desde comienzos de los años sesenta el foco del nadaísmo se desplazó a Cali, bajo el liderazgo de Jotamario, Elmo Valencia, Jaime Jaramillo 33. Amílcar Osorio, “Yo no era nadie: ahora soy nadaísta”, Mito. Revista bimestral de cultura 41-42 (1962): 255. 34. Gonzalo Arango, “Carta cerrada a los amados idiotas del nadaísmo caleño”, Esquirla. Suplemento lite- rario de El Crisol (Cali), 10 de abril de 1960: 7. bpp, Medellín, an, Esquirla. 35. Armando Holguín, “Carta abierta a un nadaísta”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 21 de febrero de 1960: 12. bpp, Medellín, an, Esquirla. 36. Luis Antonio Restrepo, “Literatura y pensamiento. 1958-1985”, Nueva Historia de Colombia, vol. vi, dir. Álvaro Tirado Mejía (Bogotá: Editorial Planeta, 2001), 96-97. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 37 ] Escobar, Alfredo Sánchez y Dukardo Hinestrosa, lo cual se ratificó durante la realización del Festival de Arte de Vanguardia (1965-1969). En el transcurso de la década se hizo imposible denominar al movimiento como una manifesta- ción propia de una ciudad o de una región, pues por medio de su sociabilidad se garantizó la movilidad entre Medellín, Cali, Bogotá, Pereira y Barranquilla.37 Conviene insistir en la propia identificación de los escritores que se aseguraron de suprimir las diferencias regionales para darle mayor amplitud a su expre- sión artística, tal como lo recomendó Jotamario a Eduardo Escobar a propósito de La viga en el ojo: “no hay que poner poeta caleño o caldense que eso en la tierra del fuego lento de las letras que es donde nos leen con más hambre no tiene ningún significado, no quiere decir nada, no identifican ni les importa una ciudad; pongan siempre POETA NADAÍSTA [...]”.38 Mientras que para mediados de la década los principales exponentes se encontraban en Cali, Bo- gotá y Barranquilla, poco a poco Medellín fue relegada de la escena nadaísta para convertirse en el recalcitrante recuerdo de esos poetas que no se hastiaron de rememorar el origen de su proyecto vital. De hecho, en 1967 Eduardo Esco- bar aún añoraba la época de la algarabía y de la conducta insolente: “Recuerdo cuando empezábamos a movernos, agitando, en las albas locas del Nadaísmo en Medellín. Luchábamos contra los semáforos, contra los tarros de basura a las 6 de la mañana, contra la sobriedad. Me parece que todavía estamos orinan- do sobre los ladrillos de la metropolitana, a la salida de misa”.39 Por cierto, los de Cali fueron los primeros en replantear el nadaísmo al recurrir a la filosofía oriental que había permeado a la beat generation. El 7 de octubre de 1962, Elmo Valencia publicó “Nadaísmo Zen”, en el que expresó: Ser Nadaísta Zen es poder decir aquí en una facultad de arquitectura que toda educación es errada, pues guía al individuo hacia cierta rigidez y no hacia el 37. Según Ramón Illán Bacca, el nadaísmo no tuvo fuerza como expresión literaria en Barranquilla y ni siquiera fue escenario de escándalos como en Medellín y Cali. De ahí que los únicos nadaístas reconocidos de la ciudad hayan sido Álvaro Medina (José Javier Jorge) y Álvaro Barrios. Ramón Illán Bacca, “El nadaís- mo en Barranquilla”, Escribir en Barranquilla (Bogotá: Ediciones Uninorte, 1998), 201-10. 38. Jotamario Arbeláez, “Eduardo: Creo que somos dos grandes poetas”, Cali, diciembre de 1965. bpp, Medellín, an, Jotamario Arbeláez-Cartas enviadas-1960, s. f. Mayúscula sostenida en el original. 39. Nadaístas, “Manifiesto amotinado”, Barranquilla, 1967. bpp, Medellín, an, Manifiestos, s. f. Enemigos públicos[ 38 ][ 38 ] desarrollo de su espontaneidad; por lo tanto si hoy se cometen crímenes, cono- cemos la locura y la neurosis, estas manifestaciones son debidas a ese conflicto violento entre los convencionalismos sociales y la espontaneidad reprimida. [...] [El] Nadaísmo Zen nos enseña que nosotros debemos estar preparados para admitir la posibilidad de ver el mundo de otra manera a como hemos esta- do acostumbrados a verlo, la posibilidad de otro conocimiento diferente al que se ha aposentado en nuestra conciencia.40 Contrario a esta libertad en la apropiación de lo que significaba el movimiento, a finales del mismo año, Gonzalo Arango publicó en El Espectador la “Tarjeta de navidad para gog” en la que anunció una nueva postura, en rechazo de la vehemencia originaria: [...] el Nadaísmo ha cancelado su etapa de desesperación nihilista y el derrotis- mo que lo caracterizó en las primeras contiendas. Podría decirte que su deses- peración se ha tornado creadora, y que hemos asumido nuestra rebelión trasla- dando sus furores y negaciones a un terreno de combate más realista, pero no menos romántico ni agresivo. Algunos nadaístas de pelo largo y cerebro calvo sospechan que yo me des- lizo regresivamente en ideologías de un “pésimo humanismo decadente” y por una senda espiritualista sembrada de claveles. No me indigna su protesta. Pero no estoy dispuesto a rendir mi vida en los altares de la bruma narcótica y ma- rihuana de su cómodo nihilismo, ni a dormir en blandos colchones de espuma y de conformismo desesperado su sueño de grandeza y su miseria sin porvenir. Abandono la tumultuosa taberna por la soledad creadora. Y daré testimo- nio de mi actitud Nadaísta a través de la creación y no de la alucinación. Cam- bio la pereza por la contemplación. El aburrimiento satisfecho por la desespe- ración creadora. El silencio por la protesta. Elijo la Nada que tiene un porvenir, al vacío que no tiene porvenir en nada, y que equivale a la muerte.41 Frente a estas declaraciones, los del Valle prepararon un escarnio público del fundador del nadaísmo. En el puente Ortiz de Cali, el acto giró en torno a un armazón de madera en el que se bamboleaba un muñeco con un letrero que simplemente tenía inscrito “Gonzalo Arango”. Como si se tratara de un juicio, 40. Elmo Valencia, “Nadaísmo Zen”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 7 de octubre de 1962: 9-10. bpp, Medellín, an, Esquirla. 41. Gonzalo Arango, “Tarjeta de navidad para gog”, El Espectador (Bogotá), 30 de diciembre de 1962: 4B. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 39 ] Elmo Valencia dio lectura a la sentencia que condenaba a muerte al nadaísta traidor: “Pero ustedes se preguntarán, qué pecado o qué infracción a las leyes eternas cometió este peludo ciudadano discípulo del marqués de Sade, amigo de Freud y confidente de los bajos instintos y del hampa literaria para merecer este castigo tan aterrador como espectacular?”42 Luego de las “palabras pirotéc- nicas” que acusaban la traición de Arango frente a la marginalidad cobijada por el movimiento y ante el clamor de la multitud, Jotamario, cual verdugo rebelde, “serafín” endemoniado, se encaramó al improvisado patíbulo y prendió fuego a la figura del “profeta”.43 Aparte de las reinterpretaciones, ambas representativas del momento crucial que atravesaba el nadaísmo, sobresale la forma de comunicación que emplearon: los del Valle se valieron de su propio suplemento literario, en cambio, Arango recurrió a la gran prensa para dar mayor resonancia a su nueva conducta. Asimismo, mientras la formulación por parte de Valencia dejó entrever la aceptación colectiva, al menos en el interior del grupo caleño, el “profeta” promulgó sus aseveraciones como si fueran nuevas directrices que debían seguir los que quisieran denominarse nadaístas. Sin embargo, en el fondo de la discusión estaba el asunto —en permanente indefinición— de determinar quiénes eran los integrantes del movimiento. Desde su funda- ción, el nadaísmo se presentó como una expresión vital, pero tampoco fue ajeno a la creación poética, es decir, a la exaltación de la vida como obra de arte, recurriendo a la consigna del vanguardismo histórico. En su carta, Arango indicó algo fundamental: no se trataba de abandonar el escándalo, sino de depurar el movimiento de personas que se habían refugiado en él para cometer toda clase de acciones. Según Juan Gustavo Cobo Borda, entre 1958 y 1962 los nadaístas fue- ron un grupo de jóvenes procaces que sacudieron la rutinaria vida cotidiana, que solo después de la “Tarjeta de navidad para gog” comenzaron su limitada 42. Ovidio Euse, “Los nadaístas de Cali quemaron anoche a su líder Gonzaloarango”, Occidente (Cali), 6 de enero de 1963. bpp, Medellín, an, Prensanada 0020, s. f. 43. “Los nadaístas de Cali se rebelan contra su jefe Gonzalo Arango y queman su retrato”, Medellín, 5 de enero de 1963. ahm, Medellín, frc, Tomo 135, f. 247. Enemigos públicos[ 40 ][ 40 ] participación en el escenario cultural.44 Puede afirmarse que la etapa inicial del movimiento fue la más anárquica, pero también el momento en el que se per- filaron los poetas más representativos de la nueva manifestación artística. Este tipo de demarcaciones acentúan la figura de Arango como pieza unívoca del na- daísmo, afianzando la concepción de que las posturas adoptadas por el líder del colectivo eran igualmente significativas para todos los integrantes. Durante sus primeros cinco años, el nadaísmo actuó conforme a las expresiones vanguar- distas, en el sentido en que su posición marginal en el contexto intelectual lo obligaba a cuestionar y combatir los valores estéticos precedentes. Lo particular radicó en la agresividad de su lenguaje junto a la escasa producción poética, pero aun así desafió a los autores de renombre y sostuvo enconadas pugnas sobre la anquilosada tradición literaria. En consecuencia, es erróneo que la nueva postura de Arango haya marcado el inicio de la fase creadora del nadaísmo, ya que este fraccionamiento sirvió, en cierta medida, para consolidar al movimiento —en tanto manifestación literaria—, pues los integrantes que continuaron tras la crisis de 1963 fueron los mismos que escribían en las páginas de Esquirla desde 1959. Unos meses después de la ruptura con el “profeta”, el 11 de julio de 1963 en una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, Gonzalo Aran- go anunció su retiro del nadaísmo alegando que se sentía desterrado del grupo, al tiempo que confirmó su posición humanista tras disertar sobre la amenaza atómica mundial.45 Presentaciones como esta exteriorizaron las imposturas del “profeta”, al tal punto que el escritor Manuel Mejía Vallejo llegara a cuestionar cuál era la conducta que identificaba a los miembros del movimiento. En ene- ro de 1964 comunicó a Amílcar Osorio, entonces en San Francisco, la nueva actitud adoptada por Arango: “está hecho un hombre muy serio y peludo, y lo único nadaísta que se le advierte es que se puso unos pantalones que no estaban sanforizados [...]. El mismo Gonzalo como que no estaba sanforizado...”.46 44. Cobo Borda, “El nadaísmo, 1958-1963”, 365. 45. “Gonzalo Arango habla de su justificación para abandonar el nadaísmo y otras apreciaciones”, Mede- llín, 11 de julio de 1963. ahm, Medellín, frc, Tomo 154, f. 41. 46. Manuel Mejía Vallejo, “Para Amílkar U.”, Medellín, 27 de enero de 1964. bpp, Medellín, ammv, Corres- pondencia enviada 1964, s. f. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 41 ] Para los escritores latinoamericanos, el meollo de la controversia radicaba en la transformación del nadaísmo hacia una etapa de creación poética que superara las contradicciones ideológicas, para que continuara como una ma- nifestación elocuente de cara a la realidad nacional. De acuerdo con Ernesto Cardenal, la propuesta artística debía articularse más con lo social: “Ustedes los nuevos, en Colombia tienen mucho qué renovar. Este es el pueblo que más ama la poesía en el mundo. En Bogotá venden poesía en las calles. Gritan los vendedores: 300 poesías por un peso - las poesías más populares - Rubén Darío Amado Nervo - Julio Flórez por un peso - pero le dan al pueblo el producto falsificado. Es necesario producir y lanzar a la calle el producto genuino, y ense- ñarle a la gente a distinguir el producto verdadero del producto falso”.47 Por su parte, Adriano González León, miembro del techo de la ballena de Venezuela, enfatizó en la necesidad de virar a una crítica coherente de la sociedad, pues “Su impacto, su fiebre, su turbulenta existencia, [ya] abrieron una fosa profunda en la literatura tradicional de Colombia”.48 A mediados de la década, el nadaísmo todavía procuraba atraer la juventud de clase media, concitar el inconformismo que no aspiraba una salida política, retornar a ese momento de ruptura que había propiciado en su surgimiento. En un artículo que sustentaba por qué el movimiento no respondía a un na- cionalismo literario, el periodista Uriel Ospina arguyó que este solo se había interesado por “El hombre torvo, el tarado, el alcohólico, el desamparado, el perseguido, el burlón, el cínico, lo que usted quiera, pero algo que también hace parte del hombre-animal”.49 Arango recurría a los mismos enunciados de su texto sobre la “generación de los tramposos”, en el que explicaba que los antivalores de la sociedad burguesa constituían la personalidad del na- daísta, ese ser “desorbitado” que no amparaba prejuicios porque estaba des- tinado a transformar la moral cristiana que se había apoderado del cuerpo en 47. Ernesto Cardenal “Querido poeta: a tu amigo pintor”, La Ceja, julio de 1963. bpp, Medellín, an, Car- tanada 0198, s. f. 48. Adriano González León, “Una peste llamada el nadaísmo”, El Espectador. Magazine Dominical (Bogo- tá): 20 de diciembre de 1964: 13F. bpp, Medellín, an, Prensanada 0018, s. f. 49. Uriel Ospina, “¿Hay en el nadaísmo una postura nacionalista?”, Letras nacionales 2 (1965): 57. Enemigos públicos[ 42 ][ 42 ] Colombia.50 De una forma más consistente, Jotamario Arbeláez se encargó de difundir el componente social que aglomeraba el nadaísmo. En respuesta a las críticas del venezolano Juan Liscano frente a la actitud infantil de perdurar en una obsoleta irreverencia, Jotamario aseveró que, El nadaísmo es un movimiento de atorrantes desesperados que nunca tuvieron nada y si lo tuvieron lo abandonaron para no perderse del todo. En nuestra miseria, muchas veces perseguida a propósito, se frustraron también, como el poema de Ginsberg, las mentes más lúcidas de toda una generación. Y ya lle- vamos siete años, siete años durísimos, sin manos para ablandar las piedras del trabajo, sólo para la sorpresa y el milagro nuestros sentidos asomados al mundo. Entonces que mierda de vida vamos a defender aunque la gocemos a hilachas, que mierda de espíritu vamos a bajar del patíbulo, qué hacer con el afán de un amor incesante que se nos vuelve un fantasma en el tiempo.51 Pese a lo anterior, para este periodo los nadaístas solo se apropiaban de lo mar- ginal en la escritura, ya que al aceptar de forma progresiva su papel de poetas y escritores de avanzada, se distanciaron de la exclusión que experimentaron a comienzos de la década. 1.3. El “otro” movimiento Ante el interrogante del corresponsal de Venezuela gráfica sobre cuántos nadaís- tas había en Colombia, Jotamario Arbeláez afirmó que el movimiento que vivía al margen de los convencionalismos era muy amplio y tenía injerencia en diver- sas ciudades del país, mientras que el “otro” nadaísmo, el que se presentó como expresión poética era mucho más limitado.52 De ahí que determinar quiénes fueron los miembros del nadaísmo sea una tarea ardua, pues muchos jóvenes sintieron afinidad con el rescate de la vitalidad pero no dejaron ningún pro- ducto literario. Los pintores Álvaro Barrios, Pedro Alcántara y Norman Mejía 50. Gonzalo Arango, “El nadaísmo y la generación de los tramposos”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali) 6 de diciembre de 1959: 7; 12. bpp, Medellín, an, Esquirla; Gonzalo Arango, “Los desorbita- dos”, Cromos (Bogotá), 17 de octubre de 1965: 72. 51. Jotamario Arbeláez, “Querido Juan Liscano: Se me desbarató mi viaje a París”, Cali, [1966]. bpp, Mede- llín, an, Liscano, Juan (Cartas), s. f. 52. José Suárez Núñez, “Nadaístas colombianos: genios, locos o viciosos”, Venezuela gráfica (Caracas), 6 de noviembre de 1964: 31-32. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 43 ] estuvieron vinculados al grupo, pero resulta inadecuado considerar sus obras como expresiones nadaístas, ya que desde sus propias experiencias confronta- ron la generación artística precedente y dieron lugar al arte contemporáneo en Colombia.53 Barrios y Alcántara dedicaron dibujos al movimiento e ilustraron poemas nadaístas en sus propias publicaciones y en revistas latinoamericanas (figuras 1, 2 y 3). Es más, durante su estadía en Roma, Álvaro Barrios expresó a Sergio Mondragón la necesidad de establecer nuevos vínculos con las mani- festaciones artísticas europeas y le pidió que no se desconectara “de este pobre nadaísta expatriado” (Figura 4).54 Entre los integrantes conspicuos, escritores como Amílcar Osorio, Elmo Valencia y Darío Lemos solo publicaron en pe- riódicos y en suplementos literarios, mas no lanzaron ningún libro durante el periodo activo del movimiento. Dichas dificultades también se evidencian de la siguiente forma: Mauro Álvarez Atehortúa fue cercano al grupo de Medellín, sacó dos novelas cortas La Ladera (1965) y El sueño de los párpados (1966), además del poemario Los dioses sin razón editado al reverso de Segunda persona de Eduardo Escobar en 1969; sin embargo no figura entre los firmantes de los manifiestos ni es mencionado en la correspondencia interna.55 Como si fuera poco, los mismos nadaístas se han encargado de obnubilar el espectro de los integrantes del grupo. En el transcurso de los años sesenta, Gon- zalo Arango consideró nadaísta a cualquier escritor o poeta en el que identifi- cara cierta sensibilidad, mientras que en antologías y memorias recientes han sido incluidos individuos que si bien fueron colaboradores, no participaron en los momentos cruciales de su formación ni defendieron al nadaísmo como una opción de vida.56 Así pues, Patricia Ariza, Álvaro Medina y Samuel Ceballos han engrosado la lista de miembros en la obra conmemorativa del quincuagésimo 53. María Mercedes Herrera Buitrago, Emergencia del arte conceptual en Colombia (1968-1982) (Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2011), 34-35. 54. Álvaro Barrios, “Querido monje Sergio”, Roma, 27 de mayo de 1967. nyu, New York, ecea, Series B, Box 3, Folder 13, Barrios, Álvaro, s. f. 55. Mauro Álvarez envió su poemario a Jotamario, pero aparentemente no había ninguna relación entre ellos, tal como lo comunicó el poeta caleño a Jaime Jaramillo Escobar. Jotamario Arbeláez, “Con tu carta me llegó ‘segunda persona’”, Cali, 4 de marzo de 1969. bpp, Medellín, an, Cartanada 0077, s. f. 56. En la antología De la nada al nadaísmo de 1966, Arango incluyó a David Bonells, Armando Romero, Jan Arb (Juan Antonio Arbeláez), Tadeho (Germán Cruz Zamorano), e incluso al reconocido escritor Enemigos públicos[ 44 ][ 44 ] aniversario de su fundación.57 Para los fines de esta investigación, considero nadaístas a los que mediante la palabra escrita pretendieron trastocar la tradi- ción literaria oficial. De igual forma, debe advertirse que como cualquier ma- nifestación que pretendía trabajar colectivamente, el nadaísmo estuvo sujeto a la permeabilidad del ámbito literario, por lo que aparte de su desdén frente a lo establecido no existía una radicalidad tal que lo distanciara por completo de los demás escritores. Héctor Rojas Herazo. Asimismo, en 1968 llegó a señalar que la poesía religiosa de William Agudelo era una expresión nadaísta. 57. Elmo Valencia, Bodas sin oro. Cincuenta años del nadaísmo (Bogotá: Taller de edición Rocca, 2010). figura 1 Álvaro Barrios, El nadaísmo es una hecatombe. [s. l.], 1965. Impreso (papel). “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 45 ] figura 2 Álvaro Barrios, El nadaísmo no tiene fin porque es infinito. Barranquilla, 1965. Impreso (papel). figura 3 Álvaro Barrios, El nadaísmo es una mezcla de jacintos y bizcochos. [s. l.], 1965. Impreso (papel). Enemigos públicos[ 46 ][ 46 ] figura 4 Álvaro Barrios, Querido monje Sergio. Roma, 27 de mayo de 1967. Manuscrito (papel). New York University, Elmer Holmes Bobst Library, New York. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 47 ] Durante la consolidación del movimiento poético, los nadaístas fueron su propio público pues estaban convencidos de que eran los únicos autorizados para interpretar sus escritos. En su primera etapa, el nadaísmo experimentó una suerte de cenáculo endógeno en el que su escritura solo hablaba de sí mis- mos, algo evidente en la presentación de los poetas. El 3 de julio de 1960 Jota- mario Arbeláez redactó un exordio sobre Elmo Valencia: [...] escribe al compás del pito de las fábricas [...] y en la tarde adorna su cabe- llera de sofismas y engalana los antros de la ciudad. los transeuntes que antes contemplaban, estupefactos el tráfago sincrónico de los nadaístas por las ave- nidas y por las mesas de billar, se excitan ahora cuando miran las gesticulacio- nes anárquicas de elmo valencia frente a una mesa de café. con alfredosánchez, j.mario, dukardo y armando h. se llena la pasta del libro nadaísta vallecaucano, elmo valencia pide la palabra e irrumpe brutalmente en la literatura universal. el nadaísmo comienza ahora su fase de cuarto creciente.58 En el fragmento es evidente la necesidad de exponer la tertulia que frecuentaba los bares de Cali, al punto que el mismo autor se incluyó como si fuera otro personaje. De igual modo, en un recital de marzo de 1962 en Bogotá, Gonza- lo Arango dio a conocer a Jotamario como el joven que había optado por la poesía en lugar de continuar con el oficio de la familia: “Colombia ha perdido un sastre, pero ha ganado un poeta”.59 En el preámbulo, Arango despotricó so- bre la supuesta tradición poética nacional, tildándola como un romanticismo pueril ajeno a la condición humana. Al señalar los representantes de la poética contemporánea, el “profeta” los enumeró en el siguiente orden: “Baudelaire, Rimbaud, Maiacowski, Elmo Valencia, Allen Ginsberg, X-504, Leandro Kats, Amílkar U., y yo”.60 Luego de la discusión de comienzos de 1963, Gonzalo Arango coordinó la selección de los escritores más representativos del movimiento, la antología 58. Jotamario Arbeláez, “Elmo Valencia surte hacia la nada”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 3 de julio de 1960: 7. bpp, Medellín, an, Esquirla. 59. Gonzalo Arango, “Presentación de Jotamario en la sociedad poética de nuestro tiempo”, Bogotá, 1962. bpp, Medellín, an, Prensanada 0562, s. f. El texto fue publicado en Esquirla, pero su pésima corrección tipográfica entorpece su comprensión: Gonzalo Arango, “J. Mario. El más joven gigoló de la poesía”, Es- quirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 2 de septiembre de 1962: 10. bpp, Medellín, an, Esquirla. 60. Arango, “Presentación de Jotamario”, s. f. Enemigos públicos[ 48 ][ 48 ] 13 poetas nadaístas. Desde 1959, Arango había demostrado su posición como estandarte del movimiento al cuestionar a los nadaístas caleños por su forma de apreciar y desarrollar la literatura. En este sentido, la edición del poemario correspondió a su dictamen sobre quiénes eran nadaístas: mientras cuatro pro- venían del grupo vallecaucano (Jotamario, Elmo Valencia, Diego León Giraldo y X-504), los nueve restantes atendían al antioqueño (Gonzalo Arango, Amí- lkar U., Humberto Navarro, Alberto Escobar, Eduardo Escobar, Mario Rivero, Darío Lemos, Guillermo Trujillo y Jaime Espinel). Además de la selección de los integrantes, se sumó la particular elección de los textos según su calidad, pues para el caso de Elmo Valencia solo se escogieron “Poema cero” y “El nuevo Cesar”, omitiendo los más logrados y de mayor trascendencia como “Extraña visión” (1961) y “Poema pasaporte para viajar a ‘la ciudad de los gatos’” (1962). A pesar de las inconsistencias de su preparación, el libro se presentó como la oportunidad para dar a conocer, de manera colectiva, la incursión poética en la cultura colombiana. Como lo reseñó Ebel Botero, “Hay bellezas ocasionales por todas partes; hay talento en todos estos poetas, que podrán ser acusados de todo menos de estupidez; hay vigor, expresividad, fantasía, originalidad, a veces hondura. No hay ‘pose’ en la mayoría de ellos, auténticas víctimas de la descomposición social de las grandes urbes [...]”.61 La primera antología definió a los autores nadaístas, sin embargo no todos continuaron como integrantes del movimiento ni mucho menos con el ejercicio de creación literaria, entre ellos Alberto Escobar, Guillermo Trujillo, Jaime Espinel y Diego León Giraldo. Precisamente en la “Carta del más anónimo nadaísta a los menos” de finales de la década, Darío Lemos evocó las figuras centrales del movimiento, todas ellas contenidas en el poemario: Gonzalo: la magia que no envejece, estatura contraria a su visión de santidad. Eduardo: árbol espiritual, gafitas blancas. Jotamario: papayas para las fiestas con el dedo sexual abriendo el hueco justo en la carne de la fruta. Un color muy dificil de ángel. Negro-humor. Elmo: Electrónica, construcción de frases sabias. Viejo dorado que busca niñas para enseñarles a rodar por las faldas del 61. Ebel Botero, “No siempre dan a luz ‘poesía’”, El Espectador. Magazine Dominical (Bogotá), 2 de febrero de 1964: 10E. bpp, Medellín, an, Prensanada 0004, s. f. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 49 ] mapamundi. Carcajadas. Y dolor. Jaime Jaramillo: Angel y demonio equilibra- dos. Archivos. Uñas limpias. Poesía lograda. Cachifo: Que resuciten los artistas más sensibles y cabrán en su cuerpo. Nervioso como un guerrero. Amílkar: Sal- vado. Piedra y hierba juntas.62 Como he expuesto, el nadaísmo tuvo gran incidencia en Medellín y Cali, lugares donde se lograron articular los principales focos del movimiento. Por tal motivo, es necesario exponer de forma sucinta a los miembros conspicuos de ambas ciudades. En cuanto al grupo de Medellín, Gonzalo Arango (1931- 1976) comenzó sus estudios en Andes y culminó el bachillerato en el Liceo de la  Universidad de Antioquia. En dicha institución inició la carrera de dere- cho, la cual abandonó en 1952 para dedicarse a su vocación literaria, periodo en el que escribió su única novela: “Después del hombre”.63 Durante la dictadura se adhirió al Movimiento de Acción Nacional, de ahí que tras la caída del ge- neral Gustavo Rojas Pinilla se viera obligado a exiliarse en Cali, donde redactó entre 1957 y 1958 el borrador de lo que sería el “Primer manifiesto nadaísta”. En las primeras declaraciones del movimiento, abogó por la transformación poética, pero su verdadero fuerte estaba en la redacción de relatos cortos y en una prosa combativa. Aunque en su escritura se evidenciaba un particular esti- lo romántico, sus textos siempre estaban avivados por la denuncia a una época sin ilusiones.64 A mediados de la década de los sesenta, Arango lanzaba de for- ma esporádica panfletos que simulaban la agresividad de los primeros años del nadaísmo; no obstante, poco a poco fue perdiendo su dedicación en la creación de una verdadera obra literaria, por lo que en sus diversas columnas solo pu- blicaba versiones anteriores de sus escritos, desarrollando ideas o simplemente cambiando palabras, como lo hizo en repetidas ocasiones con el “Diario de un nadaísta”. Asimismo, cuando el movimiento se acercó a la industria musical, 62. Darío Lemos, “Carta del más anónimo nadaísta a los menos”, [Medellín], [1968-1969]. bpp, Medellín, an, Darío Lemos, s. f. Subrayado en el original. 63. Diego Pineda, “Gonzalo Arango”, Pensamiento colombiano del siglo xx, t. 2, eds. Santiago Castro Gómez y otros (Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2013), 200. Aunque Gonzalo Arango quemó esta no- vela en la pira de libros organizada por los nadaístas de Medellín en 1958, la copia que conservó Alberto Aguirre se publicó en 2002. Véase Gonzalo Arango, Después del hombre (Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2002). 64. Pat M. Esslinger, “The Nadaism of Gonzalo Arango”, Critique. Studies in Contemporary Fiction 10.1 (1967): 85-91. Enemigos públicos[ 50 ][ 50 ] convirtió algunos de sus textos en letras para canciones, como ocurrió con “Llegaron los peluqueros” de Los Yetis compuesta por extractos de su “Poe- ma revolucionario”. Aunque en 1958 se autoproclamó como el “profeta de la nueva oscuridad” y logró concitar el inconformismo de la juventud en torno al nadaísmo, terminó su vida sumido en un misticismo vulgar y rechazando todo el periodo de agitación nadaísta. El poeta Amílcar Osorio (1940-1985) estudió en el Seminario de Jericó, Antioquia, hasta el traslado de su familia a Medellín en 1957. A mediados de 1958, trabajó en la Librería Horizonte, de Federico Ospina, primo de Gonzalo Arango, espacio que permitió a los incipientes nadaístas establecer un lugar de discusión literaria. Osorio participó en el momento álgido de la algarabía nadaísta, pero entre 1963 y 1970 viajó a Estados Unidos, donde estuvo vincu- lado a las expresiones contraculturales de la época. Ha sido considerado como el nadaísta mejor instruido ya que era el único políglota y el más sofisticado en la escritura de sus versos, no obstante, parte de su obra solo comenzó a ser editada en los años ochenta por la Universidad de Antioquia.65 Humberto Navarro (1935-2003) fue el único que se dedicó por completo al género narra- tivo al escribir las novelas Los días más felices del año (1966), El amor en grupo (1974) y Alguien muere al grito de la garza, manuscrito anunciado desde 1968 pero editado finalmente en 1977. Mario Rivero (1935-2009) no comulgó con la exteriorización nadaísta, pero integró las dos antologías del movimiento y publicó Poemas urbanos en1966. El poeta Darío Lemos (1942-1987) fue el que con mayor ahínco afrontó el nadaísmo nihilista como una forma de vida, de ahí que durante buena parte de la década haya permanecido entre la cárcel La Ladera y el Hospital Mental, desperdigando manuscritos en cada una de sus reclusiones.66 Eduardo Escobar (1943) nació en Envigado y en los años cincuenta su fami- lia se mudó a un sector de clase media de Medellín. Adquirió su afición por los 65. Harold Alvarado Tenorio, “Amílkar-U (1940-1985)”, Revista Universidad de Antioquia (Medellín), ene- ro/marzo de 2010: 96-99. 66. Para un acercamiento biográfico al “poeta maldito” del movimiento nadaísta, véase, Víctor Bustaman- te, Darío Lemos. Cuando el poeta muere (Medellín: Fondo Editorial Ateneo Porfirio Barba Jacob, 2008). “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 51 ] libros mientras acompañaba a su padrino, Huberto Álvarez, en la jornada noc- turna de la biblioteca de Envigado.67 Debido a la influencia de su tío sacerdote, Abel Escobar, estudió en el Seminario de Yarumal, donde la continua lectura en voz alta y el sitio de esparcimiento en la biblioteca, incentivaron su propen- sión hacia la escritura. Luego de dos años, abandonó la formación eclesiástica por falta de afinidad generacional con los sacerdotes. Insatisfecho con la educa- ción pública de Medellín, se desentendió del bachillerato y se dedicó al ocio, lo cual le costó reiteradas reclusiones en los preventorios de Belén y Floresta, así como en la Escuela de Trabajo San José de los padres terciarios capuchinos.68 En 1958, atraído por las constantes advertencias sobre la aparición de “gente extraña” en el centro de la ciudad, se dirigió a la Librería Horizonte donde conoció a los nadaístas. En los primeros años del movimiento entabló gran amistad con Amílcar Osorio, quien condujo su impulso poético y lo instruyó en la literatura contemporánea. Participó en el sabotaje del Congreso Católico de 1959 y en el sacrilegio durante la gran misión de 1961, de ahí que haya de- fendido de forma acérrima la irreverencia y la actitud inconsciente del grupo antioqueño. A través de la experiencia de Escobar se comprende la beligerancia del nadaísmo frente al sentimiento cristiano, ya que aprehendió la religiosidad popular que se vivía en su hogar: Mi madre tenía cierta cosa morbosa, le gustaba mucho hablar de muertos y de aparecidos, de fantasmas y demonios, o sea, toda esa tradición antioqueña de familias católicas. Hablaba mucho del perro que arrastra cadenas por el corre- dor en la noche, de los muertos que han regresado a decir mensajes y del demo- nio que visitaba a Raquel, una hermanita de ella. Decía que era novia de Sata- nás, le cumplía unas citas y que la pellizcaba; debían ser unos ataques de histeria que sufría. Y a otra tía mía, Enriqueta, le dio un delirio iconoclasta, de mane- ra que tenía que destruir toda imagen religiosa que veía.69 Entre 1965 y 1966 residió en Pereira donde alcanzó a sacar dos números de La viga en el ojo, y aun siendo el más joven de los nadaístas publicó cinco poemarios: 67. Entrevista a Eduardo Escobar. 68. Entrevista a Eduardo Escobar. 69. Entrevista a Eduardo Escobar. Enemigos públicos[ 52 ][ 52 ] Invención de la uva (1966), Monólogos de Noé (1967), Del embrión a la embria- guez (1969), Segunda persona (1969) y Cuac (1970). Por su parte, el nadaísmo vallecaucano estuvo liderado desde su aparición en 1959 por Jotamario Arbeláez (1940). El poeta Jotamario creció en un barrio obrero de Cali donde quedaba la sastrería de su familia y ni siquiera logró ter- minar el bachillerato (figura 5). Esa figura de ser pésimo estudiante alentó la mofa nadaísta al sistema educativo, tal como quedó plasmado en el poema “Santa Librada College” de 1960 dedicado a la institución: “el profesor de li- teratura / que no había leído a Jacques prévert / ni a breton / nos enseñaba a rimar como fray luis / de león / y nos decía / que ‘La María’/ era casi una poesía”.70 Fue jefe de redacción del suplemento Esquirla, director de las páginas literarias de El Expreso, sostuvo la columna “El huevo filosofal” en el diario El Espectador y desde mediados de la década de 1960 actuó como publicista en diferentes agencias.71 En 1965 dirigió la galería de arte de la Librería Nacional de Cali y fue escogido como uno de los representantes de la poesía viva latinoa- mericana en la antología de Aldo Pellegrini.72 A diferencia de los demás nadaístas, Elmo Valencia (1933) concluyó la ca- rrera de ingeniería electrónica en Estados Unidos, donde estuvo al tanto de las tendencias literarias de la época, especialmente de la beat generation. Tras re- gresar a Cali, se presentó como uno de los escritores más destacados y prome- tedores del nadaísmo, paradójicamente, experimentó una regresión artística al descuidar el ejercicio de la escritura (figura 6).73 Si bien, Jaime Jaramillo Esco- bar (1932) nació en Pueblorrico, Antioquia, y cursó la secundaria en el colegio Juan de Dios Uribe de Andes junto a Gonzalo Arango, se adhirió al grupo del Valle en 1959 luego de reencontrarse con el “profeta” en Cali, mientras esta- ba propagando el movimiento en la ciudad. Durante su residencia en Bogotá, 70. Jotamario Arbeláez, “Santa Librada, College”, Esquirla. Suplemento literario de El Crisol (Cali), 22 de julio de 1962: 8. bpp, Medellín, an, Esquirla. 71. Jotamario Arbeláez, “Hoja de vida”, [s. l.], 1976. bpp, Medellín, an, Prensanada 0547, s. f. 72. Aldo Pellegrini, Antología de la poesía viva latinoamericana (Barcelona: Editorial Seix Barral, 1966). 73. Armando Romero, El nadaísmo colombiano o la búsqueda de una vanguardia perdida (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1988), 78-79. “Un movimiento de atorrantes desesperados”: configuración del nadaísmo [ 53 ] trabajó en Tercer Mundo, lo cual facilitó la colaboración de la editorial con los nadaístas, desempeñándose incluso como uno de los directores de su Gaceta mensual. Cuando escribía poesía recurría al seudónimo X-504, pero publicaba cuentos y relatos con su nombre de pila.74 Si bien Poemas de la ofensa de 1968 se editó con su sobrenombre, dos años antes había abandonado el anonimato poético.75 Según Arango, Jaramillo Escobar era el nadaísta más extraño, ya que trabajaba todos los días y conservaba un ascetismo radical que lo mantenía al margen de la conducta estrafalaria del movimiento.76 El nadaísmo pretendió —no sin una abyecta ingenuidad— desconocer la pro- ducción literaria que lo había precedido como símbolo de su irrupción en la cultura colombiana. Sin embargo, hubo autores y lecturas en los que justificó su propuesta de renovación literaria, por lo que no se puede acotar su influen- cia a la poesía surrealista, como sugiere Armando Romero a propósito de la antología compilada por Aldo Pellegrini en 1961, o la supuesta lectura ritual de La náusea según Juan Gustavo Cobo Borda y ratificada sin discusión algu- na por otros investigadores.77 También se ha afirmado que Fernando González fue el soporte “intelectual” del nadaísmo, no obstante, solo el