1 Parcharse ahí: una historia de vida colectiva de la gallada del barrio Diecinueve de abril Julio Mauricio González Arbeláez Aspirante a magister en Ciencia de la Información con énfasis en Memoria y Sociedad Asesora Beatriz Elena Acosta Ríos, Magíster y especialista en Estética de la Universidad Nacional, sede Medellín Universidad de Antioquia Escuela Interamericana de Bibliotecología Medellín (Colombia) 2022 2 Cita (González Arbeláez, 2022) Referencia Estilo APA 7 (2020) González Arbeláez, J.M. (2022). Parcharse ahí: una historia de vida colectiva de la gallada del barrio Diecinueve de abril [Tesis de maestría]. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia. Maestría en Ciencia de la Información, Cohorte IV. Asesora de la tesis: Beatriz Elena Acosta Ríos Co-asesora y compañera de vida: Natalia Cristina Marín Pineda Biblioteca Carlos Gaviria Díaz Repositorio Institucional: http://bibliotecadigital.udea.edu.co Universidad de Antioquia - www.udea.edu.co Rector: John Jairo Arboleda Céspedes. Director Maestría en Ciencia de la Información: Luis Carlos Toro Tamayo. Jefe departamento: Dorys Liliana Henao Henao. El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor y conexos. https://co.creativecommons.net/tipos-de-licencias/ 3 «No, oiga a este… de una, ¡hm! ¡Pa’ las que sea! ¡Qué chimba! ¡Meros recuerdos, oiga! Ahí hay cosas pa’ contar, unas que se pueden y otras que no, jajaja. Usted sabe cómo es eso: ahí hay unas que nos hacemos más bien los bobos…» Alguno de los muchachos 4 Resumen Parcharse ahí es una investigación narrativa que busca dar cuenta de las memorias de un parche -una gallada que habitó el barrio Diecinueve de abril durante los años ochenta y noventa del siglo pasado-. Para hacerlo, se vale de una historia de vida colectiva -narrada en primera persona- y de un análisis -compuesto por las huellas (o sea, la respuesta a la pregunta por dónde se depositan las memorias de ese parche), el olvido, el silencio…- es decir, estuvo atravesado por la reflexión acerca de las memorias, entendidas (desde Elizabeth Jelin) siempre en plural. A su vez, el concepto de cronotopo (acuñado por Mijaíl Bajtín) determinó -junto con las reflexiones de distintos autores sobre la historia de vida (Anabel Moriña, María Eumelia Galeano y Alfredo Molano)- la escritura narrativa. Palabras claves: Memorias, Historia de vida, Huellas, Lugar(es) de memoria, Memoria del lugar. 5 Agradecimientos Si no hubiera sido hermano del Mono; si él no hubiera sido lo mismo que un padre para mí, pero de mejor carácter, seguro no hubiera escrito sobre su parche; por eso, gracias, siempre gracias. La frase «Soy Mauricio, el hermano del Mono», me abrió muchas puertas con los muchachos. Gracias, profundas, a la profe Elena Acosta, mi asesora, una mujer con una sensibilidad narrativa impresionante; sin ella, creo, no hubiera llegado a feliz término este proyecto. Además de sensible, paciente, pues debió soportar muchas dilaciones, muchas inseguridades, pero nunca dudó de este proyecto. Gracias, profe, por ayudarme a no desfallecer y, muy especialmente, por toda la fe, por recordarme la importancia de narrar lo que estaba narrando; gracias por alentarme a cada instante y jalarme las orejas cuando fue del caso. Gracias por esas lecturas tan minuciosas y enriquecedoras. Gracias al Mohán, uno de los grandes amigos del Mono, porque ha sido quien más le ha creído a este proyecto -y a mí- y me ayudó a contactar con la mayoría de los muchachos. Gracias al Gordis, al Conde, al Indio, a Chayanne, a Carlos el Peludo, al Arbey y a todos los muchachos por sacarme el ratico para conversar. Gracias a la Negra, mi compañera de vida, quien, a pesar de tanta quejadera, me escuchó a cada paso en el proceso; gracias a sus sugerencias, tan determinantes. Gracias, por no perder la paciencia cada vez que decía: «Creo que entendí el cronotopo». 6 Gracias a Sebas, el Negro, mi primo, mi hermano, otro ser nacido en el Diecinueve que, como yo, lo lleva en la sangre; gracias por confiar tanto. Gracias a mis grandes compas de la maestría por tantas experiencias, risas, mecatiadas y tintos. Gracias a la vida, por regalarme nuevos amigos. A todos los profes, mi gratitud profunda, especialmente a Sandra Arenas -quien ha confiado siempre en mi escritura-, Natalia Quiceno -quien me ayudó a encontrar el camino- y a Martha Lucía Giraldo -quien, con su vasto conocimiento sobre archivos, y profunda sensibilidad, me abrió tanto el espectro sobre las huellas, esos rastros de las memorias-. Gracias a Yuliana y al Tenebroso, mis mejores amigos en todo el mundo, porque confían en mí más que yo mismo; este homenaje a la amistad también es para ustedes. 7 Contenido Resumen .......................................................................................................................................... 4 Agradecimientos ............................................................................................................................. 5 Introducción .................................................................................................................................... 8 Sentidos de la gallada ................................................................................................................. 9 Estudios situados sobre la gallada ........................................................................................... 11 Metodología .................................................................................................................................. 18 Marco teórico ................................................................................................................................ 32 Discusiones en torno a la memoria ........................................................................................ 33 El punto de partida ................................................................................................................. 34 El olvido ................................................................................................................................ 36 El silencio .............................................................................................................................. 38 Las marcas............................................................................................................................ 39 Cronotopo: tiempo y espacio en la construcción de memorias ........................................... 43 Capítulo I: La gallada antes de la gallada .................................................................................... 48 Capítulo 2: ¡Se armó el parche! .................................................................................................... 62 Capítulo 3: ¡Se calentó la vuelta!.................................................................................................. 74 Huellas: lugares de memoria y memoria del lugar ....................................................................... 81 Huellas ...................................................................................................................................... 83 Marcas ...................................................................................................................................... 89 Olvido y silencio ....................................................................................................................... 90 Parcharse ahí ............................................................................................................................ 92 Conclusiones ................................................................................................................................. 98 Anexos ........................................................................................................................................ 104 Bibliografía ................................................................................................................................. 114 8 Introducción El interés por la gallada tiene origen en la infancia del investigador, Julio Mauricio González Arbeláez, quien lo sintetiza en la siguiente narración: «Él no lo sabe, pero aproveché muchas ausencias suyas y le abrí el clóset. En la cara interna de la puerta había un dibujo de Goku1, quien sostenía el báculo sagrado. Cuando lo sorprendí con lápiz en mano, salí corriendo por uno para mí y me le senté al lado. Él no dijo nada, nunca habla más de la cuenta: se corrió y me dejó imitarlo. Hasta el dos mil dieciocho, cuando la madera dijo «No más», cuando el comején se hartó de aguantar hambre, y dio paso al MDF2, nuestros dibujos permanecieron allí, como permaneció mi interés por ese clóset, que visitaba con ánimo de comparar los dibujos y, en especial, de ver si me servían los tenis Adidas, la pava de los Cowboys o alguna camiseta, que solía medirme en cada incursión. Asimismo, los asaltos eran oportunidades para contemplar la foto de la Real Sociedad, equipo conformado y dirigido por la gallada, donde Él jugaba de carrilero derecho. Yo soñaba con jugar fútbol, con tener un parche de amigos, con vestir igual, mejor dicho, quería ser como Él, mi hermano mayor, cuando fuera grande: ¿por qué? Tal vez, al contar la historia de la gallada, se hallen una o muchas respuestas». En una línea de tiempo extensa, en la infancia del investigador, surge el primer acercamiento al tema, entonces fenómeno, que se vivenció durante la década de los noventa. Empero, fue durante el primer semestre de la Maestría en Ciencia de la Información con énfasis en Memoria y Sociedad que hubo una decisión académica. El interés siempre estuvo en 1 Protagonista de la serie animada Dragon Ball Z. 2 Fibropanel de densidad media. 9 investigar el barrio Diecinueve de abril; en principio, se pretendió elaborar una reconstrucción de sus memorias de constitución y poblamiento. Pero, al final del primer semestre, gracias a un módulo impartido por la profesora Natalia Quiceno, llegó la comprensión: más que el barrio, interesaba investigar una parte de él: ese conjunto de muchachos, nacidos entre finales de los sesentas y principios de los ochentas: la gallada, que podría entenderse de manera genérica: un conjunto -agremiación, juntanza-; y sí, la gallada del Diecinueve de abril fue eso… y mucho más; quien haya habitado ese barrio, en la última década del siglo pasado, tiene algo qué contar de ese parche. En principio, representó los valores comunitarios –unidad, desinterés, bien común, alegría, paz, tranquilidad- con los que muchos pobladores califican las iniciativas de la primera acción comunal, responsable de obras tan importantes como el acueducto, las conexiones eléctricas y la construcción de las calles. Pero, también se la asoció mucho con dinámicas violentas -al menos a ciertos integrantes-. Mejor dicho, no hay un solo sentido, como sí hay una razón para investigarla: esa valoración iniciática, comunitaria. De esto da cuenta el rastreo bibliográfico: Sentidos de la gallada Durante el año dos mil diecinueve, en el barrio Diecinueve de abril (comuna tres del municipio de Itagüí), se llevó a cabo el proyecto: Remembrar el pasado para unir el presente, que buscaba recuperar, hasta donde fuera posible, la memoria de la constitución y configuración de ese barrio; en distintos encuentros, a veces sin premeditarlo, apareció el tema de la gallada y, cuando esto sucedía, múltiples sentidos de ella saltaban a la palestra, mejor dicho, no solo era asociada con la violencia, algo común desde la academia, los medios de comunicación, las conversaciones informales… ejemplo de lo cual es una nota del periódico El Tiempo, publicada en mil novecientos noventa y dos -a propósito de una masacre en el municipio de Itagüí-: «Sin 10 excepción, las galladas,3 se dedican a tirar vicio y a delinquir» (Tiempo, 2020) y una acepción del Diccionario de colombianismos: «Grupo de jóvenes que realizan actividades delictivas» (Cuervo, 2018, pág. 230). Otra característica de la asociación monotemática: gallada = violencia, es ponerla en el mismo plano que una pandilla, banda o combo, siendo incluso catalogada por Carlos Ortiz, en el artículo El sicariato en Medellín: entre la violencia política y el crimen organizado, como una etapa en la evolución de un combo. Sumado a la anterior, se cita otro sentido -muy difundido también-: un grupo de habitantes de calle; este, aunque sea o haya sido común en Bogotá, según Absalón Jiménez4 y Marcos Granados5, es vista en el DRAE6 como propia de todo el país. El tercer y último sentido, por su parte, es el que más interesa a esta investigación: un grupo de amigos, en tanto se considera que la gallada del barrio Diecinueve de abril fue, ante todo, eso: un grupo de amigos, aunque la violencia no le fue ajena y aunque algunos realizaran actividades delictivas. Tal intuición, que a la vez resulta una hipótesis, surge del testimonio de un habitante del barrio mencionado, quien planteaba lo siguiente en una entrevista realizada el sábado diecinueve de octubre del año dos mil diecinueve, en el marco del proyecto Remembrar el pasado para unir el presente: «¡La gallada fue mi otra familia! Primero éramos sino amigos: bebíamos, jugábamos... ya después que se armó la violencia, también... Pero… ante todo fuimos amigos. Luchábamos por el barrio, hacíamos los alumbrados, bingos, paseábamos... más que todo eso». La intuición, además, está reforzada por la primera acepción que al respecto ofrece el Diccionario de colombianismos: «Grupo de amigos que salen a divertirse juntos» (Cuervo, 2018, 3 La cursiva no es del texto original. 4 En el artículo: «Una radiografía de la violencia en Bogotá en los años ochenta y noventa». 5 En la investigación, de corte sociológico, titulada Gamines. 6 Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 11 pág. 230), por la claridad hecha en el libro De calles, parches, galladas y escuelas, en el que gallada se diferencia de banda y pandilla, porque la segunda y tercera suponen una «[…] pérdida de los elementos de pertenencia afectiva propios de la gallada»7 (Jiménez & Pérez Guzmán, 1996, págs. 78-79) y por la diferenciación planteada en De la barra a la banda, cuando se dice que la aparición de la violencia lleva a no hablar más de gallada (en ese texto es sinónimo de barra) sino de otra forma de agremiación: Resumiendo: las barras son grupos no delincuenciales8 de muchachos, que tienen en común con las pandillas las experiencias de sabor grupal, pero que se diferencian por las manifestaciones violentas que se cumplen en las últimas. Las bandas, pues, quedan enmarcadas dentro de la Cultura de la Violencia. Esta fuerza impregna virulentamente nuevos propósitos a unas acciones antes inocentes. (Bedoya Marín & Jaramillo Martínez, 1991, pág. 65) Por otro lado, en los trabajos de André Vernot, Diego Pérez y Marco Raúl Mejía, hay un componente que no puede perderse de vista: quienes integraban las galladas eran jóvenes, cuyo espacio de socialización, por antonomasia, era la calle; y no puede perderse de vista porque el grupo objeto de estudio de este trabajo se configuró, durante los noventa, por personas no mayores de treinta años. Estudios situados sobre la gallada Los estudios consultados, a excepción de uno, ubican sus análisis en Colombia; uno en Cali y otro en Bogotá. El tercero se centra en Guayaquil (Ecuador). Aunque no en su totalidad, 7 La cursiva no es del texto original. 8 Le negrita no es del texto original. 12 los tres presentan varios elementos comunes y, unos más que otros, resultaron de particular interés para esta investigación, pues instalaron preguntas para abordar el objeto de investigación propuesto y, con ello, abrieron nuevas posibilidades. Comparten el grupo poblacional estudiado: jóvenes; el rol diferenciado de hombres y mujeres; el ver en una gallada una forma de socialización, al tratarse de un grupo de pares, en el cual se constituyen subjetividades e identidades. Se distinguen, a su vez, por los énfasis: la mediación tecnológica, las subjetividades masculinas, las pandillas juveniles y las identidades barriales, como la identidad punk, abordada por Carlos Alberto David Bravo en Mala hierba: el surgimiento del punk en el barrio Castilla (1985-1995); esta investigación de “Caliche”, reúne mucho de lo que se buscaba en «Parcharse ahí»: la configuración de un parche, sus intereses, lo que hacían, lo que no y, sobre todo, ese punto en común con la gallada del Diecinueve, que en sus inicios no buscaba otra cosa distinta a la de parchar, compartir; aunque en Mala hierba el tema de la identidad es fundamental, ligada a una cultura musical específica, esta categoría no es desarrollada conceptualmente en «Parcharse ahí» porque la hubiera rebasado (en razón, claro está, del aparataje teórico en construcción). Por otro lado, dos artículos (de los consultados) se ocuparon de la pregunta por la presencia femenina en las galladas y así no instalaran ese cuestionamiento en «Parcharse ahí», ayudaron a definirlo con más claridad, sobre todo a pensar la participación o no de las mujeres, el grado de esa participación y la relación con el espacio, es decir, si en relación con la gallada del Diecinueve, las mujeres estaban más circunscritas al espacio extra doméstico o doméstico; así, tanto Mariana Argudo Chejín (GUAYAQUIL FUTURO: pandillas juveniles en Guayaquil, 1991) como Fernando Urrea Giraldo y Pedro Quintín Quilmes (Subjetividades masculinas en jóvenes de clases subalternas urbanas, 2020) coinciden al definir, en relación con la gallada, los lugares de las mujeres (la casa, el hogar) y de los hombres (la calle). Para los segundos, las mujeres son 13 cercanas a la gallada siempre y cuando permanezcan físicamente con ella; cuando no están de cuerpo presente, no son de la gallada; para la primera, en cambio, las mujeres sí pertenecen a las jorgas9, mas precisa el grado superior de participación masculina cuando se llega a la adultez: «Cuantitativamente, su significación es inmensa. Mientras son adolescentes, el 70 % de varones y el 65 % de mujeres admiten pertenecer a jorgas. Cuando son adultos, la pertenencia masculina crece al 78% y la femenina desciende al 49%» (Argudo Chejín, 1991, pág. 67). Ahora bien, acercarse a la reconstrucción de memorias comunitarias, no solo violentas o sobre el conflicto armado, ha sido una apuesta de la Maestría en Ciencia de la Información y este trabajo busca responder a ella, de la mano de un ejercicio investigativo de carácter narrativo, también considerado una forma de conocimiento y definido así por Anabel Moriña: «[…] el modo narrativo, se caracteriza por presentar la experiencia de las personas, mediante una secuencia de eventos en tiempos y lugares, donde los relatos biográfico-narrativos son los medios privilegiados de conocimiento e investigación» (Investigar con historias de vida: Metodología biográfico-narrativa, 2020, pág. 13). Ella, Moriña, fue uno de los referentes más importantes de toda la investigación, porque su propuesta metodológica para trabajar con los relatos de las personas marcó el camino a seguir en cada momento del proceso, desde la recolección de información hasta la redacción final. En tal proceso, se rebasó ese interés inicial de ‘ser’ como los muchachos y se pudo constatar la fragilidad de los distintos soportes de sus memorias, cuyo principal yacimiento son las narraciones orales -frágiles en tanto distintos factores, como el olvido y la muerte, las afectan-; aunque sus recuerdos estén muy asociados a lugares -la mayoría de los cuales aun existen, casi todos transformados-, objetos -como las fotografías- o una estatua -el Divino Niño-, todos pasan por la oralidad, con lo que esta se 9 Según el texto, esta es la palabra que en Ecuador se corresponde con gallada. 14 convierte en el principal soporte. Así las cosas, la historia de vida -en este caso colectiva- significó varias cosas. En primer lugar, un acopio de esas memorias; también, una forma de conocimiento e investigación y, en tercer lugar, ese texto final -el relato en sí- se asumió en dos sentidos: como un fin en sí mismo -una ‘creación’ literaria- y como una manera de exponer la configuración de unas memorias y así contribuir con ellas, pues el relato, como tal, es una construcción de memoria, que reconoce las particularidades del grupo estudiado, incluida su ‘forma de hablar’. En tal sentido, el ‘parche’ es ilustrativo: dentro del léxico de la gallada, este vocablo es el más relevante y quizá uno de los más usados por sus integrantes; así, con el ánimo de destacar esa ‘forma de hablar’, el parche y las demás palabras propias de los muchachos, aparecen -en todo el trabajo- en cursiva; y, también en cursiva, se conservan -tal cual las usan- expresiones del tipo ‘parchaban allí’, en lugar de ‘se parchaban allí’ (omisión del ‘se’ pronominal). Con ello, se logra conservar el tono en que hablaban y se acerca al lector más a la atmósfera reconstruida. Ahora bien, ¿cómo se llegó a ese producto final? Luego de la ‘decisión académica’ -la gallada, en lugar del barrio-, se reconstruyó el proyecto -en términos formales- y se definieron tres objetivos; en el general, se consignó la intención de «Analizar las subjetividades que dieron lugar a la configuración de la gallada del barrio Diecinueve de abril del municipio de Itagüí durante la década del noventa a partir de la construcción de una historia de vida colectiva»; a su vez, los específicos buscaban «Describir el proceso de configuración de la gallada del barrio Diecinueve de abril del municipio de Itagüí a través de la caracterización de sus prácticas» e «Identificar los sentidos otorgados a la gallada del barrio Diecinueve de abril por las personas que la conformaron». El análisis de las subjetividades, en principio, se concentró en reformular las ideas iniciales y luego en realizar la recolección de la información. Este momento, sin 15 embargo, resultó ser el más complejo: al haber nacido y crecido en el barrio investigado, por la cercanía con los lugareños, el investigador creyó en la posibilidad de una aproximaciones sin mayores tropiezos y aunque en las entrevistas realizadas a los muchachos de la gallada se cumplió -la puerta de entrada para el investigador fue ser hermano del Mono-, las que no se pudieron realizar dejaron ver dos aspectos definitorios de las memorias de la gallada: el desinterés y el silencio, como se constató -para el caso del silencio-, entre otras cosas, en un mensaje de voz -recibido vía WhatsApp, tras la invitación a conversar-, del nueve de mayo de dos mil veintiuno: «Eh… Mauricio, yo… yo hablo con los muchachos a ver si no hay ningún problema y yo, pues, si no hay inconveniente, yo sí le sirvo de referente». Y sumados al desinterés o la decisión de silencio, estuvo la distancia: muchos se encuentran fuera del país y sus respectivas obligaciones nunca permitieron una coincidencia de horarios con el investigador. Empero, con las entrevistas realizadas, luego de su transcripción, se ‘analizaron las subjetividades’, es decir, las maneras de recordar de cada muchacho; sus intereses, reflexiones, apreciaciones, desacuerdos, olvidos, preguntas, etcétera. Al haberse, cada uno, expresado como individuo, fue que la primera persona -singular y plural- se consideró la opción más válida de reflejar esas ‘subjetividades’. Pero, antes de la escritura, se realizó un análisis constituido por catorce bloques de sentido: el nacimiento del barrio, las personas determinantes en ese proceso, el ambiente, las transformaciones, la comunidad, los lugares, el origen de la gallada, los sentidos dados a esta, sus parches (lo que hacían, lo que no), la presencia de las mujeres, el presente del parche (si aun existía o no), las materialidades (objetos, lugares, personas), la violencia y los muertos. Estos, además, respondían a los tres grandes apartados del instrumento de entrevista -división inicial mantenida todo el proceso, correspondiente a los tres capítulos sobre el origen de la gallada, su constitución y el papel de la violencia-. 16 A su vez, la descripción de la configuración del parche, a través de sus prácticas, podría ubicarse en los capítulos uno y dos, mientras la identificación de los sentidos otorgados al mismo es transversal a todo el relato. Por tanto, podría decirse que los objetivos se cumplieron en la historia de vida colectiva y su posterior análisis. La primera se desarrolló con independencia de las otras; mejor dicho, tras la reelaboración del proyecto, entre el primer y segundo semestre de la Maestría, el tercero se dedicó al componente narrativo; apenas concluyó su escritura, se procedió a la realización del análisis, titulado «Huellas: lugares de memoria y memoria del lugar». Aunque este y otros conceptos se desarrollaron en el marco teórico, valga decir de qué manera importó su abordaje, en tanto representó la respuesta a un cuestionamiento que, de fondo, atravesó todo el proceso: ¿dónde ubicar las memorias de la gallada? Acá, se hace indispensable nombrar algunos aspectos abordados en profundidad por otros apartados del trabajo; en principio, el carácter plural del concepto clave: memorias, asumido -sobre todo- desde Elizabeth Jelin, quien reconoce el sentido polifónico implicado en la palabra y se ocupa de la multitemporalidad: reconstrucción de eventos pasados, desde un tiempo presente y con miras a uno futuro (La lucha por el pasado, 2018, pág. 11). Por otro lado, una cualidad de este trabajo fue haber identificado -y narrado- algunos lugares de memoria, al tiempo que hacía memoria del lugar. En síntesis, la consecución de los objetivos -sin incluir la elaboración del proyecto, en términos formales, ni de la introducción y conclusiones- podría verse en dos momentos: construcción de la historia de vida colectiva y análisis de la misma. En el primero, las reflexiones y toda la propuesta metodológica de Anabel Moriña marcaron la hoja de ruta: etapas y sugerencias para el desarrollo de cada una -desde la elaboración del instrumento de entrevista 17 hasta la redacción final-, de ahí que se la considerara una opción idónea para narrar la gallada, al permitir dar cuenta de la totalidad sin desconocer las individualidades. En el segundo momento, de análisis, hubo una puesta en funcionamiento de los conceptos esgrimidos en el marco teórico. Al respecto, el sentido plural asumido -memorias-, conecta con la etapa anterior: la polifonía evidenciada en las entrevistas se correspondía con esa decisión conceptual a partir de Elizabeth Jelin. Las memorias y sus componentes -olvido, silencio, marcas10- permitieron responder a las preguntas: ¿dónde se depositan las memorias de la gallada? ¿De qué se componen? Con lo cual, de nuevo, hay una hibridación: esas respuestas pudieron ser genéricas: “Las memorias están en los relatos orales” o “En las memorias hay olvidos, silencios; las marcas son estas y estas”, mas se decidió por la manera en que la información fue recolectada: en la conversación11. De tal manera, el aparato conceptual sobre las memorias se aplicó de dos momentos: análisis de las entrevistas y de la historia de vida. En último lugar, dentro del análisis, el concepto de cronotopo mereció especial atención. Tomado en préstamo desde la literatura, significó poder evidenciar la estrecha relación de la gallada con su espacio -véase la llamada unidad del lugar, expuesta en el marco teórico-; permitió comprender cómo ese espacio se encuentra indisolublemente vinculado a las relaciones temporales y, muy especialmente, gracias a él, fue posible plantear que la historia de vida de la gallada ofrece un cronotopo particular: el parche. 10 Los tres componentes son “huellas”, por lo que no deben confundirse cuando, más adelante, se los desarrolle en extenso; las huellas son la posibilidad de hacer patentes las memorias. Las “huellas” son silencios, olvidos, marcas. 11 Se procura conservar ese tono, hacer sentir al lector que está frente a alguien que le está contando la vida de su parche. 18 Metodología «[…] en la elaboración de la historia de vida hay algo creativo, hay algo que emparenta este trabajo intelectual con el trabajo de un artista, es decir, hay que crear, y no le debemos tener miedo a la creación, ni podemos ceder a la intimidación por el coco de la subjetividad» (Molano Bravo, Mi historia de vida con las historias de vida, 1998, pág. 107). Cuando inicié el proceso de admisión de la Maestría, incluso durante el primer semestre, concebía uno de los resultados de la investigación -la tesis- compuesto por un conjunto de relatos. Así, incluso, lo nombré en la primerísima primera versión del proyecto; un producto tan difuso, me lo hizo notar el profesor Luis Antonio Ramírez (primer lector de la propuesta de investigación), no dejaba claridad acerca de la intención final: ¿un conjunto de historias o de relatos? ¿Una cartilla? La razón fundamental para querer escribir ‘un conjunto de relatos’ fue un proyecto de estímulos ganado en el año dos mil diecinueve, gracias al cual pude publicar un libro de relatos, inspirados todos en el barrio Diecinueve de abril; o sea, deseaba replicar el ejercicio. Además, por ese tiempo, en el Diecinueve se desarrollaba un proyecto de investigación sobre la memoria del barrio, del que hicimos parte las corporaciones Tríade Poliartístico, Región y el Preuniversitario Popular Paulo Freire. Así, tal ‘conjunto de relatos’ pretendía reconstruir parte de la historia del barrio; sin embargo, lo comprendí gracias a la profesora Natalia Quiceno, más que esa historia, me interesaba una serie de narrativas alrededor de un fenómeno juvenil: la gallada. ¿Cómo lo descubrimos? En el módulo dictado por esa profesora dentro del curso «Metodología para hacer y pensar la memoria», cuando hablábamos de nuestros intereses investigativos -en colectivo o de tú a tú-, solía contar cosas sobre mi hermano mayor, el Mono, sobre sus amigos, 19 sobre la gallada. Así, en un acto de sinceridad, acepté mi interés real: contar esa(s) historia(s) de la(s) que siempre terminaba hablando. Con semejante claridad, llegó al camino Elena Acosta, mi asesora, quien de inmediato comprendió las intenciones narrativas y me sugirió leer dos novelas: Era más grande el muerto y La cuadra; un año después, en dos mil veintiuno, me invitó a leer otra, recién salida del horno: La sombra de Orión. ¿Por qué la profesora me sugería estas lecturas? Había advertido la necesidad de encontrar el tono narrativo preciso, búsqueda en la cual solo podía sugerirme lecturas que hablaran de seres, realidades y lugares próximos al mío. Era más grande el muerto y La cuadra se ocupan de ‘la manera en que habla la gente’. Tal principio, casi imperativo, se aplicó en este trabajo, no sin dudas, pues siempre podría objetarse el nivel de correspondencia con la lengua hablada, mas sí se procuró dar cuenta -a cada paso- de los usos particulares -no exclusivos- que tienen los muchachos al referirse a sus realidades. Por su lado, la tercera recomendación literaria resultó decisiva, en varios sentidos. En primera medida, ayudó a soltar un nudo; en «La gallada antes de la gallada» se cuenta cómo nacen el barrio y en él la gallada; tal capítulo surgió de una convicción: la gallada llegó a representar esos valores comunitarios que dieron origen al Diecinueve y, aunque esto resultaba claro, no encontraba la manera de nombrarlo. Así, se llegó a un punto, al final, cuando se narra el asesinato de los hermanos Molina, en que no sabía para dónde agarrar. Por esos días apareció La sombra de Orión y, con el capítulo «Las bandas», la respuesta al nudo: la comunidad respondió a la violencia con la unidad. Aunque la novela de Pablo Montoya no lo plantea en tales términos, sí se ocupa de mostrar cómo el trabajo comunitario erigió lugares. Y tal ‘trabajo’ resultó siendo el nexo entre «La gallada antes de la gallada» y «¡Se armó el parche!», porque el barrio contestó a un asesinato múltiple con el compartir -en las novenas, la llegada del Niño Dios, el recibimiento del nuevo año- durante lo que restaba de diciembre. Aparte de esto, La sombra de 20 Orión dio mucha fuerza a la pregunta sobre el vínculo con lo narrado -de esto me ocupo en la introducción-, pues el narrador todo el tiempo se cuestiona al respecto y lo evidencia en el proceso mismo de redacción: cuándo se llega a la historia, cuándo se decide escribir, el arribo y búsqueda del ‘material’, la necesidad de tomar distancia; cuestiones todas que determinaron reflexiones con influencia directa sobre los resultados finales, pues perfilaron la vinculación afectiva con lo escrito. Sumado a lo anterior, las tres novelas incentivaron -entre otras- preguntas por el tiempo, el lugar, lo abstracto, lo concreto y el narrador: Tiempo: en las narraciones mencionadas es posible -si se quiere- ordenar los acontecimientos en estricto orden cronológico; empero, estas no los presentan así; por el contrario, van de un tiempo a otro. Con esto, me cuestioné y comprendí cómo -al narrar la gallada- el “tiempo real” impondría condiciones; esto es evidente, por ejemplo, en «¡Se calentó la vuelta!»: una muerte no pudo suceder antes que otra, aunque su narración no respetase tal orden. Sin embargo, ese “tiempo real” se impuso con fuerza en una decisión: quien(es) narra(n) conoce(n) la historia y, en esa medida, puede(n) moverse -y lo hace- de eventos muy próximos a unos muy lejanos. Espacio: la “realidad”, de nuevo, marcó los límites. En La cuadra asistimos al barrio y, dentro de este, a eso que nombra el título, a esa parte con casas a lado y lado de la calle -que va de una a otra esquina-; en La sombra de Orión, el escenario es la comuna y Era más grande el muerto nos presenta la ciudad. Al transcurrir las historias en contextos tan próximos al de la gallada, debí preguntarme -tras haber realizado y analizado las entrevistas- cuáles lugares habitaron los muchachos; así, concluí: por antonomasia, habitaron el Diecinueve y, dentro de este, sus calles, casas, esquinas, mangas, quebrada… Tras comprenderlo, el mayor reto fue 21 transportar al texto -acá, otra vez, las novelas referidas fueron determinantes- esa imagen que ellos me transmitían, ejercicio en el cual se tomaban decisiones todo el tiempo (qué decir, qué no), con la intención de mostrar el alma del lugar, eso que para ellos lo hacía particular, distinto a cualquier otro barrio. Lo abstracto vs. lo concreto: según Isabel Calvo, «Lo abstracto es la consecuencia que ha extraído la mente de lo vivido y lo sentido [mientras] lo concreto será lo sólido, lo compacto, lo material, lo preciso, lo determinado sin ningún tipo de vaguedad» (Mostrar y decir. Lo abstracto y lo concreto, 2020, págs. 53-54). En el capítulo «La escombrera», de La sombra de Orión, puede sentirse terror, aunque el narrador, en lugar de usar ese concepto de manera abstracta, lo muestra a través de múltiples relatos sobre personas desaparecidas allí; en «Chicle y el Calvo», antepenúltimo capítulo de La cuadra, está el dolor, pero no en esos términos, sino a través de la historia de dos amigos; en «El libro más caro del mundo», decimocuarto apartado de Era más grande el muerto, se encuentra la risa, gracias a una anécdota. Al querer narrar la gallada, luego de conversar con los muchachos, realicé muchas abstracciones, pero al tratarse de una construcción narrativa, más que nombrarlas, la fuerza estuvo en mostrar con relatos esas ‘conclusiones’ parciales. El narrador: ¿quién cuenta? A esta pregunta respondí con una decisión tomada tras optar por la historia de vida colectiva: como tal, debería ser -la historia de la gallada- polifónica; a simple vista, asistimos a un relato en primera persona -singular y plural-, mas, para construirlo, se tomaron las palabras de todos los entrevistados y cada quien contó alguna parte… o se fundieron las voces en una, para reconstruir un evento. Por tanto, podría hablarse de un narrador testigo, que habla de sí mismo, pero también de los otros, y se permite reflexionar sobre lo 22 acontecido (Candeira, 2020, pág. 230); un narrador que cuenta la historia de la que también hace parte. Con algunas claridades -de las nombradas en los párrafos precedentes-, me aboqué a la búsqueda y escritura narrativa de una historia depositada en mucha gente. ¿Cómo hacerlo? En primera medida, concertamos -la asesora y yo- un instrumento ideal: la entrevista semiestructurada, que respondió al deseo mismo de contar de manera fluida, directa, de generar diálogo con los entrevistados, más que respuestas. Luego de esto, debíamos encontrar el tipo de texto; entre las opciones contempladas, optamos por una capaz de conjugar elementos asociados tanto con el periodismo -de la crónica, por ejemplo, se tomó su cualidad de evidenciar la sucesión cronológica, así los acontecimientos no se relataran del más antiguo al más reciente; así se hablara de lo más actual primero, luego se pasara a un hecho intermedio, así se fuera de aquí para allá: lo importante era mostrar al lector un ‘orden’ o que este contara con lo necesario para reconstruirlo-, como recursos tradicionalmente explotados por la literatura -el punto de vista, el narrador-, pero no exclusivos de tales áreas: la historia de vida. En la búsqueda de información al respecto, llegaron varios autores, siendo Anabel Moriña la más determinante. Ella considera necesario diferenciar -pues tienden a confundirse- relato de vida e historia de vida. El primero se refiere a la narración que una persona hace de su propia vida -en parte o en su totalidad-; si en esta investigación solo hubiera lugar a relatos de ese tipo, entonces deberían conservarse lo más inalterados posible (como el orden en los acontecimientos). La segunda, en cambio, incluye al primero, mas el investigador es quien estructura la historia, a partir de las narraciones de los entrevistados (Moriña, 2020, págs. 26-27). Tras esta claridad, y al haber considerado el objeto de estudio -la gallada-, encontramos que la historia de vida colectiva -definida así por María Eumelia Galeano- era una manera más precisa de nombrar el fenómeno: «En la historia de vida 23 colectiva, a través de múltiples relatos, de múltiples voces se reconstruye la vida de un conglomerado o grupo social. Es un procedimiento de historias cruzadas: varios informantes hablan sobre una misma práctica, situación o experiencia vivida en común» (Diseño de proyectos en la investigación cualitativa, 2016, pág. 78). De tal manera que pude contar ‘parte’ de la vida de los muchachos a través de la narración del grupo conformado12 y haciendo uso de la primera persona gramatical -singular y plural-. En ese ‘contar’, entonces, confluyen las voces de todos, muchos de sus relatos y anécdotas, aunque el narrador parezca ser el mismo, cuando en realidad son todos, quienes por turno se toman la palabra. Así, tras hallar el mecanismo para contar la historia, me concentré en la conversación con los muchachos, pues de entrada se tomó una decisión: contar la historia con los testimonios de ellos, porque si se ampliaba demasiado el espectro -por ejemplo, con más personas del barrio Diecinueve de abril-, es probable que se hubiera salido de control la intención de contar la historia de la gallada -desde la gallada misma- y se terminara hablando de muchas otras cosas - importantes sí, para el barrio, pero no tanto para el énfasis de este trabajo-. Para guiar las conversaciones, construimos un instrumento de entrevista pensado en clave de los capítulos futuros; a saber: Antes de la gallada [De la Uno a la Veinticuatro: las primeras casas] 12 Para ampliar esta noción, véase (Moriña, 2020), quien habla de los «Tipos de historias de vida» y las divide entre las de relato único y de relatos múltiples -el segundo se corresponde con la definición propuesta por Galeano-. 24 - ¿Cómo fue la construcción de su casa? ¿Recuerda cómo era cuándo llegó al barrio y cómo se ha transformado hasta hoy? ¿Quiénes participaron en la construcción de su casa? ¿Cuándo llegó había muchas casas? - ¿Cómo se ha transformado el barrio desde su llegada? ¿Quiénes han contribuido a la transformación del barrio? - ¿Por qué las casas tienen asignado un número? ¿Cómo y por qué fue asignado ese número? [La calle, la cancha, la quebrada y el morro] - ¿Cuáles eran los lugares o espacios de encuentro más importantes en el barrio? ¿Por qué? - Podría describir la calle, la cancha, la quebrada y el morro: ¿Cómo eran? ¿Qué se hacía en esos lugares? ¿Quiénes los frecuentaban? - ¿Recuerda alguna anécdota que le haya pasado a usted o con sus amigos en esos lugares? - ¿Cuáles juegos recuerda de su infancia? - ¿Qué es el “Polvorete”13? ¿Lo considera parte del barrio o algo aparte? ¿Sabe cuándo y cómo surgió? ¡Se armó el parche! 13 Así se le llama a una parte del barrio, al final de la cancha -nacida como un caserío de invasión-, donde, históricamente, ha habido “plazas de vicio” (así se conocen en los barrios a los lugares, a veces son casas, donde se expenden y consumen sustancias psicoactivas) y se ha vivido la violencia de manera más descarnada. 25 - ¿Qué era la gallada? - ¿Quiénes eran los de la gallada? ¿Todos tenían apodos? - ¿La gallada tenía algún nombre o solo era “la gallada”? - ¿Qué hacían en la gallada? ¿Cuáles eran los parches de la gallada? - En el barrio: ¿cuáles eran los lugares de la gallada? ¿Por qué? - Aparte del barrio, ¿la gallada frecuentaba otros lugares? - ¿En la gallada había mujeres? ¿Quiénes? ¿Qué hacían esas mujeres en la gallada? - ¿Cuál era la música que escuchaban en la gallada? ¿Recuerda alguna canción en particular? - ¿Conserva o recuerda algún objeto que pueda relacionar con la gallada? ¿Cuál? ¿Por qué? - ¿Recuerda cómo se vestían? ¿Había alguna marca favorita de ropa, de pantalón, camisa, zapatos…? - ¿Recuerda algún dicho, frase, palabra… que utilizaran con frecuencia? Por ejemplo, para referirse a las mujeres o a los amigos. - ¿Qué eran los festivales14? ¿Qué hacían en los festivales? ¿Para qué hacían los festivales? ¿Quiénes eran los responsables? ¿Durante cuánto tiempo los hicieron? ¿Cada cuánto los hacían? ¿Por qué los dejaron de hacer? 14 Nombre dado a los bingos bailables organizados por la gallada y la JAC del barrio. 26 - ¿Usted estuvo en el viaje a la Costa? ¿Qué recuerda de ese viaje? ¿Quiénes fueron? ¿Qué siente al recordar ese viaje? - Si pudiera volver a vivir algo con la gallada: ¿qué sería? ¡Se calentó la vuelta! - ¿Cómo vivió la violencia la gallada? ¿Cómo lo afectó? - ¿Cuáles son los muertos de la gallada? ¿Cómo murieron? ¿Qué recuerda de ellos? - ¿La gallada todavía existe? ¿Qué hace la gallada hoy en día? - ¿Conserva alguna foto de la gallada? En total, se realizaron siete entrevistas con muchachos de la gallada, que estuvo conformada por -más o menos15- veinticinco, de los cuales, hasta ahora, han muerto cinco - cuatro de ellos asesinados-. Tales entrevistas fueron el insumo para la construcción de los capítulos «¡Se armó el parche!» y «¡Se calentó la vuelta!» y en parte, también, ayudaron a construir «La gallada antes de la gallada». Digo ‘en parte’ porque casi la totalidad de ese capítulo nació de las entrevistas realizadas -de nuevo siete (cinco de ellas a mujeres fundadoras)- en el marco de la investigación «Remembrar el pasado para unir el presente», enunciada líneas arriba: ¿Por qué? Al adentrarme en la historia, encontré cómo las dos generaciones de la gallada 15 No hay un número exacto, pues al hablar con ellos, cada uno incluye a uno que el otro no, por eso se parte de quienes sí son considerados por todos como de la gallada, pues hubo muchos otros jóvenes que solían compartir con ellos, pero no hacían parte del grupo. Se habla de veinticinco por la anécdota del butaco más chimba de todos, narrada en el apartado «¡Se armó el parche!». 27 coincidieron -de manera respectiva- en haber estado juntas desde los primeros años -en la escuela, el colegio y hasta en la primera comunión; por tanto, la cosa no había empezado con un grupo de jóvenes, sino mucho antes- y, sobre todo, porque la infancia de muchos transcurrió mientras el barrio nacía y se consolidaba, gracias al trabajo comunitario, al convite. Esto último, incluso, fue una motivación fundamental en la investigación: Así, las entrevistas con los muchachos no permitían conocer en detalle ciertos aspectos del barrio, pues en los primeros años sus preocupaciones estaban más en el juego -al tiempo que los adultos se inventaban un mundo junto a la quebrada Doña María-, de ahí que se echara mano de esas otras entrevistas. Sumado a ello, son de notar las dificultades de acercamiento a algunos -que derivaron en la cantidad de entrevistas realizadas-: por la distancia -el vivir fuera del país-, las ocupaciones, el desinterés o la decisión de no tocar ciertos temas de sus vidas. Aun así, el llamado método de la saturación16, aplicado desde la primera lectura de las entrevistas -transcritas de manera literal-, permitió ‘armar’ una historia donde cada vez había menos elementos nuevos. Para un segundo momento de análisis, se echó mano de un modelo descrito en detalle por Moriña: El análisis de datos es un proceso que implica una interacción constante y un proceso circular. Esto significa: reducir las notas de campo, descripciones, explicaciones, etc., mediante la correspondiente codificación, hasta llegar a unidades significativas que sean manejables. También significa estructurar y representar estos datos para finalizar con unas conclusiones más comprensivas. (2020, pág. 73) Tal circularidad del proceso se realizó casi a rajatabla, en tanto de la transcripción se extraían fragmentos, que luego se agrupaban por categorías -siempre con el criterio de prestar más 16 Anabel Moriña lo define así: «Este consiste en ir comparando cada historia con la siguiente, para tratar de aislar los elementos coincidentes de ésta, y seguir así hasta que cualquier nueva narrativa no sea capaz de introducir ningún elemento nuevo» (2020, págs. 33-34). 28 atención al grupo que a los relatos de vida-, agrupaciones que de a poco ‘armaron’ el relato, a veces de manera literal, a veces reelaboradas, pero siempre con respeto por el ‘lenguaje’ y los hechos. ¿Cómo, entonces, apliqué el método de la saturación y el modelo de análisis propuestos por Moriña? Con la estructura sugerida en la serie de preguntas del instrumento de entrevista, donde consideramos tres partes (el nacimiento del barrio y en él de la gallada; el surgimiento de esta -su vigencia- y la violencia -una forma de final-), realicé la lectura de las transcripciones e inicié la codificación en dos grandes bloques: anécdotas y frases; es decir, microhistorias y oraciones que deseé incluir de manera literal; frente a las primeras, las insertaba de a poco en el relato cuando tenían que ver con la gallada de manera directa o si servían para recrear su ambiente y el de la narración en general; mejor dicho, los distintos momentos considerados en las preguntas del instrumento. A su vez, introducía las frases con el mismo criterio. Muy rápido, sin embargo, me quedé corto: había mucho más por decir y mucho de dónde tomar esa materia prima, por lo que me consagré a la tarea de una lectura más minuciosa, con el ojo puesto en catorce ‘bloques de sentido’ -creados mientras se releía-, que, al fin de cuentas, trazaron el rumbo de cada palabra, puesto que me ayudaron a crear una estructura más sólida. Me pregunté, entonces, por el nacimiento del barrio; las personas determinantes en ese proceso; el ambiente; las transformaciones; la comunidad; los lugares; el origen de la gallada; los sentidos dados a esta; sus parches (lo que hacían, lo que no); la presencia de las mujeres; el presente del parche (si aun existía o no); las materialidades (objetos, lugares, personas); la violencia y los muertos. Gracias a tales bloques, por lo tanto, pude ‘armar’ una historia que inicia con un contraste -cómo se ve el barrio ahora y cómo se veía cuando nació- y termina con un narrador que cuenta cómo es el presente de su grupo de amigos, cómo estos siempre 29 recuerdan y añoran otros tiempos. El proceso, en síntesis, consistió en el ‘reordenamiento’ y ‘selección’ de las palabras recogidas en las entrevistas. El cambio de orden obedeció más a la estructura que fue tomando el texto que a la alteración de sentidos, mientras la selección responde a un proceso muy retador, que asumí desde las preguntas: ¿qué contar? ¿Qué no contar? En primera instancia, prioricé lo colectivo sobre lo particular; en segunda medida, me preocupé mucho de tratar cuidadosamente la información u omitir ciertos detalles si era del caso -esto último lo apliqué cuando sentí que la seguridad de quien hablaba podría verse afectada-17 y, dentro de lo contado, el método de la saturación también sirvió en el proceso de ‘armado’ para definir elementos coincidentes -el marco de la historia- y particulares -aspectos puntuales, revelados por cada muchacho, o cosas que los otros ignoraban y ayudaban a completar el rompecabezas-. Así, mientras afrontaba el qué y el cómo, procuré resolver un cuestionamiento hecho por varios escuchas de los coloquios de final de semestre: ¿qué hacer con esas ‘otras historias’ que iban surgiendo?, mejor dicho, ¿con tantas particularidades, anécdotas? Al respecto, opté por el camino que señaló Molano cuando escribió «Los bombardeos de El Pato», incluido en el libro Los años del tropel: Las versiones [de los hechos] eran diferentes, pero eran más bien matices de una misma versión, y haciendo a un lado los libros, haciendo a un lado las normas metodológicas, los esquemas, decidí coger el material y trabajarlo tal como yo sentía que tenía que trabajarlo: simplemente poniendo un poco entre paréntesis la singularidad de las historias, para captar la generalidad de la historia que me estaban contando, manteniendo un 17 Tal criterio también se aplicó a las entrevistas, cuya primera versión -literal- no utiliza filtros, por ejemplo, en cuanto a los nombres propios. 30 respeto absoluto por el lenguaje de la gente. (Molano Bravo, Mi historia de vida con las historias de vida, 1998, pág. 104) Así, «poniendo […] entre paréntesis la singularidad de las historias», construí una historia de vida colectiva de la gallada del barrio Diecinueve de abril; la fuerza no la puse tanto en la narración de la vida de este o aquel -ahí el paréntesis-, sino en la historia del grupo, de ahí que decidiera -en mutuo acuerdo con los entrevistados- no usar nombres propios y sacrificar el uso de apodos casi en su totalidad. Es de aclarar que por tales decisiones -evitar nombres propios, narrar en primera persona-, no se demarcan los parlamentos literales -en los casos donde se usaron- de los muchachos -por ejemplo, con comillas-, sino que se funden todos en una voz, como si ella reuniera la historia de cada uno y la de todos, como si cada uno pasara al frente y, a su vez, tomara el turno de contar. De esta manera, la metodología de Anabel Moriña es referente cardinal en la construcción narrativa que aquí presento; ella, Moriña, fundamenta su trabajo desde un tipo de conocimiento: el narrativo, y defiende esta metodología de investigación y esa forma de conocimiento al resaltar cómo permiten «[…] conocer el mundo de Otros» (2020, pág. 13); y precisamente el conocimiento de ese mundo posibilitó una escritura más sincera, pues en principio intenté ver y escribir desde quien figura como autor de la investigación, Julio Mauricio, mas con el pasar de las líneas y la interlocución con las personas que hacen parte de la muestra, por fortuna, las voces de ellos se impusieron. La imposición de esas voces, empero, no fue del todo gratuita; en principio, responde a la intencionalidad de contar la historia desde ellos; en segundo lugar, da cuenta de los enfoques asumidos desde la Ciencia de la información. En este trabajo, entonces, ‘la información’ estuvo vinculada, sobre todo, con sujetos, así se abordara -por ejemplo- en otros soportes: novelas, artículos, diccionarios, investigaciones. Esta decisión -la de trabajar con sujetos-, por tanto, me llevó a asumir un enfoque: el ‘sociocultural’, que pretende 31 «[…] reconocer y comprender las representaciones y las prácticas sociales relacionadas con la información, estrechamente concernientes con, al menos, tres cosas: el lenguaje, la memoria y el conocimiento» (Álvarez, 2019). De tal manera, busqué -pensando en la información que los muchachos me dieron en las entrevistas-, como dije líneas atrás, narrar desde ‘el lenguaje de la gente’, desde sus formas particulares, con el ojo siempre atento a los rastros, huellas o, en sentido amplio -desde Pierre Nora-, los lugares de memoria, es decir, las materialidades (objetos, lugares, fotografías) e inmaterialidades (los relatos mismos de vida), que dan cuenta de sus memorias, de qué y cómo lo recuerdan. Ahora bien, ¿cómo conceptualicé esa ‘información’ recolectada?: lo hice en tanto creación, en tanto orden particular o, en palabras de Hugo Zemelman, «[…] sin imponer a la realidad lógicas externas que la empobrecen o distorsionan» (Los horizontes de la razón. Vol. 3: El orden del movimiento, 2011), mejor dicho, quise reconocer las particularidades, subjetividades, lo cual significó asumir un concepto dinámico de la información que no desconociera la importancia de los ‘datos’ sino que los asumiera como resultantes de procesos activos de construcción y difusión de la información. Dicho de otra forma, esa decisión implicó una toma de postura: que le apuntó al «mundo de los procesos» (como diría Iramain) más que al «mundo estático» (propio, en gran medida, de la información científica); así las cosas, tomé partido por las relaciones que se tejen entre sujetos y ‘cosas’ y por sus concepciones, antes que por una visión ‘estática’, como de cosa muerta, de la realidad. 32 Marco teórico «No se trata de objetos materiales o rituales repetitivos, sino de subjetividades depositadas en materialidades» (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 153). «Identificar de manera absoluta a uno mismo, al propio «yo», con el «yo» acerca del que estoy hablando, es tan imposible como levantarse uno mismo por el pelo» (Bajtín, 1989, pág. 408). La memoria ha sido abordada desde diferentes perspectivas teóricas, muchas de las cuales parten de sucesos dolorosos y emblemáticos (por ejemplo, el Holocausto), que en el plano conceptual han permitido establecer categorías fundamentales como los usos, abusos y el deber de memoria, mas debe aclararse que, para esta investigación, la memoria es tanto un recurso metodológico como conceptual que buscó detenerse en la cotidianidad de un grupo de pares de un barrio al sur del área metropolitana de la ciudad de Medellín, más que en los grandes relatos configurados a partir de sucesos violentos. Así las cosas, en este contexto teórico se busca presentar una reflexión acerca de la memoria que ayude a comprender cómo fue asumida en el planteamiento y desarrollo del trabajo. 33 Discusiones en torno a la memoria La memoria tiene tantos sentidos que hablar de ella implica una constante toma de decisiones: desde dónde se la entiende, para qué, cómo… si se la asume a manera de proceso individual, colectivo o ambas; también se la ha concebido como el resultado de construcciones sociales, prácticas, interacciones, conflictos y negociaciones (Jelin E. , Los trabajos de la memoria, 2002) (Sánchez, Guerras, memoria e historia, 2006). Es decir, hay tantos sentidos como adjetivos puedan otorgársele: memoria histórica, memoria colectiva, memoria individual. A su vez, Tzvetan Todorov introduce la noción de usos de la memoria y, en este sentido, la dota de un carácter político, en tanto esta tiene una connotación de acto de resistencia al poder, de oposición. Se mueve en términos de la selección y combinación de lo que se recuerda (conserva) o se olvida (suprime): «La memoria es por fuerza una selección: ciertos rasgos del evento son conservados, otros, desechados de súbito o paulatinamente, o sea, olvidados. Casi se podría decir que, lejos de oponérsele, la memoria es el olvido: olvido parcial u orientado, olvido indispensable» (Todorov, 2022, pág. 3). En consonancia, Reyes Mate vincula la memoria a la identidad de manera decisiva, a la vez que la ancla con los usos de la memoria, considerando que un “buen” uso de la memoria es aquel que permite recordar u olvidar “ejemplarmente” y que esta “ejemplaridad” viene dada por la capacidad con la cual puede ser usado el pasado para comprender el presente. En este sentido, Reyes Mate -según Joan-Carles Mèlich- asume que la memoria es el resultado de un trabajo, es una construcción, que no surge de reacciones instintivas y que está definida concretamente a partir del acontecimiento -este es el punto de partida de toda reflexión-: «Entiendo por memoria una facultad, la facultad que tenemos los seres humanos para instalarnos siempre provisionalmente en nuestro tiempo y en nuestro espacio, en 34 nuestra tradición. La memoria es la facultad que hace posible la configuración de nuestra identidad» (Mèlich, 2006, pág. 118). Existe también, al igual que en Mèlich y Todorov, un nexo estricto, a la hora de construir memoria, entre eventos pasados, acciones presentes y posturas a futuro: «Están también el cómo y el cuándo se recuerda y se olvida. El pasado que se rememora y se olvida es activado en un presente y en función de expectativas futuras» (Jelin E. , Los trabajos de la memoria, 2002, pág. 2). Es así como la memoria se considera un proceso subjetivo, activo y construido socialmente, en constante diálogo e interacción. Para Sandra Arenas, la memoria hace referencia a «[…] las maneras en que las personas construyen un sentido del pasado y enlazan el pasado con el presente en el acto de rememorar/olvidar» (Memorias que perviven en el silencio, 2012, pág. 181). Para llegar a este punto, Arenas retoma la idea de Maurice Halbwachs (2006) según la cual la memoria no es una facultad exclusivamente de uso individual, pues esta se produce en interacción con otros, en contextos sociales particulares. En esta vía, tanto Arenas como Reyes Mate anclan la memoria a dos elementos característicos: lo social y la identidad; esta última, relacionada con las posturas de carácter hermenéutico-interpretativo planteadas por Ricoeur y que las vincula con un elemento central en esta investigación: la narración. El punto de partida A partir de la discusión presentada anteriormente, es importante situar que esta investigación asume la memoria desde el plural -memorias-, según la concepción de Jelin en el libro La lucha por el pasado, donde considera que «[…] las memorias, siempre en plural, tienen 35 historia y se desarrollan en muchas temporalidades» (2018, pág. 11); así, el hecho de elegir el plural resulta significativo para esta investigación, pues reconoce la importancia de la polifonía, es decir, de dar lugar a múltiples voces. Como la misma Jelin define, en el Diccionario de la memoria colectiva: Hablar de memorias significa hablar del presente. La memoria no es el pasado, sino la manera en que los sujetos construyen un sentido del pasado, en su enlace, en el acto de rememorar/olvidar, con el presente y con un futuro deseado. El presente de la memoria contiene y construye el espacio de la experiencia pasada y el horizonte de expectativas futuras. (2018, pág. 272) Para esta investigación, al objeto de estudio estar situado en un contexto tan específico -el barrio Diecinueve de abril-, lo más pertinente es precisar que se hablará de memoria barrial, definida así en el proyecto Tejiendo los hilos de la memoria: «[…] hace referencia a la reconstrucción de eventos memorables para sujetos y colectividades en contextos urbanos. Aquí el componente espacial es fundamental porque constituye el marco de referencia, específicamente «el barrio»» (González , y otros, 2016, pág. 14). En este sentido, hablar de memoria barrial implica reconocer su connotación y anclaje a lo social, frente al cual Jelin plantea que surge en la interacción de memorias individuales con marcos sociales, es decir, ubicar los relatos y testimonios en un espacio-tiempo determinado, elemento que se vincula con un aspecto muy importante de la investigación: el cronotopo. Así, la importancia radica en el proceso de su construcción, porque «Es esta singularidad de los recuerdos, y la posibilidad de activar el pasado en el presente -la memoria como presente del pasado, en palabras de Ricoeur (1999: 16)- lo que define la identidad personal y la continuidad del sí mismo en el tiempo» (Jelin E. , 2001, pág. 5). 36 Los marcos sociales de la memoria son los arreglos sociales y culturales en los cuales se inscribe cualquier forma de interacción de memorias individuales. Más allá de significar una cosa en sí mismos, son los que dotan de sentido, permiten el reconocimiento, configuran las relaciones y posibilitan la identificación de unos individuos que hacen memoria con su pasado, su acción presente y su posible futuro. Permiten definir los límites de la identidad: «Apunta[n] entonces a establecer la matriz grupal dentro de la cual se ubican los recuerdos individuales» (Jelin E. , 2001, pág. 4). En función de la construcción de memorias, Jelin distingue tres ‘elementos constitutivos’ de las mismas: el olvido, el silencio y las marcas (fechas, espacios, objetos: huellas). El olvido En cuanto al primer ‘elemento constitutivo’ de las memorias, la profesora Judith Nieto cuenta que es “impensable” concebir las memorias sin el olvido ("Memoria, campo de tensión en un mundo de diferencias", 2020), esto debido a la imposibilidad de recordarlo todo, lo cual lleva a pensar en cómo: El olvido ocupa un lugar central en las memorias [y] La vida cotidiana habitual, así como las situaciones excepcionales, tienen incorporados olvidos y silencios. En el extremo, puede haber un olvido profundo, llamémoslo “definitivo”, que responde al borramiento de hechos y procesos del pasado producidos en el propio devenir histórico. La paradoja es que si el borramiento total ha sido exitoso, su mismo éxito impide su comprobación, ya que no quedan rastros. A menudo, sin embargo, pasados que parecían olvidados definitivamente reaparecen y cobran nueva vigencia a partir de cambios en los marcos 37 culturales y sociales que impulsan a revisar y reconocer huellas y restos a los que no se les había otorgado ningún significado durante décadas o siglos. (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 16) Lo que vuelve, entonces, al revisitar el pasado, es lo que interesó al hablar del olvido, al considerarlo en la construcción y análisis de la historia de vida colectiva de la gallada, máxime cuando la distancia respecto al origen de esta es superior a los veinte años y la mayoría de sus integrantes no tienen un contacto fluido ni residen en el barrio Diecinueve de abril. Pero, ¿cómo identificar el olvido? De acuerdo con Jean Claude Milner, el olvido existe porque lo podemos nombrar, en caso contrario hablaríamos del olvido definitivo; o sea, el material del olvido es el lenguaje ("El material del olvido", 1989) y al pretender un acercamiento a través de este a la gallada, fue posible identificarlo en la acción de volver desde la narración oral (y luego escrita) a los acontecimientos vividos. Después de grandes acontecimientos, sean trágicos y dolorosos o no, el olvido o el silencio pueden ser herramientas que se auto imponen las comunidades (no necesariamente los individuos, en privado), porque incluso el mostrarse puede acarrear situaciones conflictivas, respecto de las cuales, Reyes Mate señala cómo se vive en una época marcada por el olvido y el no aprovechamiento de las lecciones que la memoria y la historia han brindado: El punto de partida es el reconocimiento de la situación en que nos encontramos. Vivimos un planeta devastado por la peste del olvido. Cuando decimos que el genocidio judío supuso un crimen contra la humanidad, hay que entenderlo literalmente: algo murió de la humanidad del ser humano, en concreto, nuestra capacidad de recordar. A partir de ese momento, la memoria es el resultado de un esforzado cultivo y no una reacción instintiva. (Reyes Mate, La posmemoria, 2011, pág. 121). 38 Respecto del genocidio -punto de partida emblemático para los estudios de la memoria-, un autor -ensayista, literato-, Primo Levi, tiene como estrategia contar para sobrevivir, mientras algunos de sus compañeros de cautiverio hicieron lo contrario (olvidar para salvaguardar la vida); frente a ello, Gonzalo Sánchez dirá que: El notable psicoanalista austriaco Bruno Bettelheim sintió esa misma pulsión de contar, no sólo para que se supiera lo increíble de esa “situación límite”, sino también como recurso para superar y “dominar esta experiencia demoledora no sólo intelectual sino también emocionalmente” y recuperar así su autonomía personal. Su encierro en el campo y las estrategias que había ideado para recordar lo habían convertido de alguna manera en paciente de sí mismo, para poder sobrevivir, para evitar la “desintegración de su personalidad”. (Tiempos de memoria, tiempos de víctimas, 2008, pág. 7) El silencio El silencio, como lo plantea Arenas, citando a Ortega (2008), es «[…] una forma de padecer, percibir y resistir la dominación de los grupos armados, pero también una táctica empleada para sobrellevar las pérdidas, rearmar la existencia y la cotidianidad luego de los eventos críticos a que han sido sometidas las personas (Ortega, 2008)» (Memorias que perviven en el silencio, 2012, pág. 176). También, es fundamental porque evidencia aquello de lo cual prefiere no hablarse, por razones distintas como: 39 En el caso de protagonistas y testigos [en que] hay un tipo de silencio “evasivo”, un intento de no recordar lo que puede herir. En el plano personal, son silencios y secretos acerca de situaciones conflictivas o vergonzantes. Existen silencios ligados al miedo […] También silencios para proteger y cuidar a otros, para no herir ni transmitir padecimientos. En lo social, esto ocurre especialmente en períodos históricos posteriores a grandes catástrofes sociales, masacres y genocidios, que generan, entre quienes han sufrido la violencia, una voluntad de no querer saber, de evadirse de los recuerdos para poder seguir viviendo […]. (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 20) De acuerdo con lo anterior, y al tratarse de la gallada, surgió la pregunta sobre qué se callaba de manera consciente, en razón de qué y cómo el tiempo ha jugado en esa decisión, a lo cual se pudo acceder, igual que con el olvido, a través del lenguaje, de la narración. Las marcas Las marcas son las «[…] materialidades y materializaciones de las memorias» (2018, pág. 156), o sea, las fechas, espacios, objetos, huellas: lo que recuerda la existencia, el paso de algo por el mundo, e identificar tales huellas constituyó en sí el ejercicio de memoria, más que las huellas por sí mismas; mejor dicho, esas huellas (per se) no constituyen memorias, pues empiezan a ser tales cuando son evocadas y localizadas en un marco que les otorgue semejante valor (Jelin E. , pág. 17). Frente a las fechas, la investigadora argentina centra su atención en aspectos como el valor, el carácter y, sobre todo, las disputas que implican su establecimiento y los sentidos dados a las mismas, puesto que lo más común es la existencia de desacuerdos o, así lo expresa ella: «[…] es claro que no todos comparten las mismas memorias. Hay 40 interpretaciones diferentes y aun contradictorias de los mismos acontecimientos» (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 161). Por otro lado, además de las disputas y la multiplicidad semántica, aborda las fechas desde su establecimiento en calendarios oficiales y las conmemoraciones implicadas en ellas, lo cual no fue tomado en consideración para el análisis de la gallada, por no resultar pertinente en el estudio de la misma, aunque esto no excluya la observación de fechas significativas, sean o no conmemoradas, y la probable diversidad de significaciones dadas, como se hizo en el capítulo «¡Se calentó la vuelta!», cuando -y con el ánimo de reiterar la importancia de las fechas- se narraron las muertes de los muchachos y se precisaron en cada caso los días de nacimiento y defunción18. A su vez, la reflexión en torno al espacio partió de la misma preocupación que la de las fechas: «Así como hay fechas que se tornan significativas, hay espacios que concentran sentidos del pasado; de ahí los intentos de marcar territorialmente esos lugares» (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 162). Ahora bien, ¿la gallada marcó los espacios que habitó?, ¿de qué manera? ¿Con qué intención(es)? ¿Cuáles fueron sus espacios más significativos? A preguntas semejantes se suman cuestiones no menos importantes, como las capas de sentidos del pasado en esos espacios marcados por ellos, que ahora no habitan en tanto grupo y hoy por hoy son parte de la cotidianidad de nuevas generaciones, quienes les imprimen otros usos, otras significaciones, representando así un reto a las memorias, porque la marcación no basta y: «[…] los sentidos nunca quedan cristalizados o inscriptos en la piedra del monumento o en el texto grabado en la placa. Como vehículo de memoria, la marca territorial no es sino un soporte, plagado de ambigüedades» (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 164), es decir, las 18 En lugar de nombres o apodos, el relato sobre cada ‘finado’ -así se refiere uno de los muchachos a los amigos muertos- se introduce con esas dos fechas. Por ejemplo, el último, a su vez final de la historia de vida colectiva, se titula «Diecinueve de septiembre de mil novecientos setenta y nueve - Veintiuno de julio de dos mil uno †». 41 personas son quienes transmiten sentidos a los espacios y de ellas depende la continuidad de los mismos. Respecto de las marcas, Jelin reitera su pluralidad de sentidos y enfatiza una cualidad fundamental: «[…] son, por su propia naturaleza, locales y localizadas. Están en un espacio delimitado y específico. Sin embargo, sus sentidos presentan distintas escalas y diversos alcances tanto para los emprendedores que proponen y luchan como para los demás -coetáneos o de generaciones posteriores-» (Jelin E. , La lucha por el pasado, 2018, pág. 174). Así, al enfatizar esa cualidad, reafirma la necesidad de prestar atención al espacio, a sus marcas, como placas, memorias, estatuas, intervenciones pictóricas que, junto a los ejemplos de Sandra Arenas (cuando habla de “altares espontáneos”, llamados así por su carácter ‘no-oficial’), amplían el espectro de marcas posibles: Las calles de Medellín están llenas de vírgenes, cruces, grafitis, placas, jardines y murales. Hacen parte de nuestra cultura, de la manera como la representamos y expresamos, no obstante, algunos de ellos tienen un significado especial, están allí para marcar el último lugar donde fue vista con vida una persona, donde murió o donde ocurrieron hechos violentos. Son iniciativas de memoria construidas en los márgenes, no llaman la atención sobre los grandes eventos, pero sí sobre los hechos que fueron impactantes e incluso traumáticos para personas o pequeños grupos. ("Resistir al miedo", 2020, pág. 289) Las marcas, como las demás huellas de la gallada (espacios, objetos, relatos, fotografías), se concibieron en el sentido amplio que propuso Pierre Nora cuando habló de lugares de memoria, que no se limitan a los que tienen una ubicación geográfica, pues: 42 […] son, ante todo, restos, la forma extrema bajo la cual subsiste una conciencia conmemorativa en una historia que la solicita, porque la ignora. […] Museos, archivos, cementerios y colecciones, fiestas, aniversarios, tratados, actas, monumentos, santuarios, asociaciones, son los cerros testigo de otra época, de las ilusiones de eternidad […] signos de reconocimiento y de pertenencia de grupo en una sociedad que tiende a no reconocer más que a individuos iguales e idénticos. (Nora, 2009, pág. 24) Debe aclararse que el interés fundamental estuvo en rastrear las huellas de la gallada. Respecto a su ubicación, Philippe Artiéres dirá que: […] son pocos los acontecimientos que no dejan una huella, aunque esa huella desaparezca en la mayoría de los casos; anda borrada, apenas, como las notas recordatorias que uno deja sobre la mesa de la cocina a diario, y que luego se descartan una vez leídas. ¿Adónde encontrarlas? Las escrituras personales están muchas veces muy cerca de los individuos, algunos las llevan consigo (una carta de amor, una foto...) y es en el dormitorio donde frecuentemente uno conserva sus tesoros. En el cajón de un armario, en el escritorio, uno acumula pequeñas huellas de vida. Un tesoro. Es entonces en ese lugar de lo íntimo que el investigador encontrará este tipo de archivo. (2018, págs. 37-38) Se asume, pues, un sentido amplio de las huellas (abordadas por Artiéres -sobre todo- en relación con los archivos personales), con el que la preocupación estribó en buscar una historia en partes diversas, haciendo hincapié en las personas, porque «[…] la memoria no ha sido “depositada” en ningún lugar; permanece en las mentes y los sentimientos de la gente» (Jelin E. , La lucha por el 43 pasado, 2018, pág. 172). O sea, un objeto o lugar, por sí solo, no es memoria: lo que les otorga esa calidad es su activación19. Cronotopo: tiempo y espacio en la construcción de memorias Mijaíl Bajtín20 define el cronotopo como: «[…] la conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura […] es importante para nosotros el hecho de que expresa el carácter indisoluble del espacio y el tiempo» (Teoría y estética de la novela, 1989, pág. 237). La asimilación “artística en la literatura”, por lo tanto, exige una primera claridad: lo narrado no es lo mismo que la realidad de la cual ‘se parte’. También, es fundamental un rasgo: el “carácter indisoluble” de la relación tiempo-espacio, pues en la obra literaria21 todo sucede en un momento y lugar determinados. Así, por ejemplo, Bajtín habla del “encuentro” como uno de los cronotopos más desarrollados (al respecto, las posibilidades resultan infinitas en cuanto a tipos de encuentros: de personajes; encuentros fortuitos, premeditados, metafóricos). A su vez, frente a esa relación -de la realidad del texto con la del mundo-, precisará que: En ese tiempo-espacio totalmente real, donde suena la obra, donde se encuentra el manuscrito o el libro, se halla también el hombre real que ha creado el habla sonora, el 19 Un caso lo deja más claro: en dos mil diecinueve, en el barrio Diecinueve de abril, se instalaron -sobre soportes de acrílico- afuera de algunas casas fotografías de personas del mismo barrio. Muchos no sabían quiénes eran esas personas. Solo en el momento de la conversa, cuando alguien más se acercaba y le contaba alguna anécdota a quien observaba o le decía quiénes eran las personas retratadas, cobraba fuerza -en términos de memoria- el ejercicio. 20 Todas las reflexiones a continuación fueron tomadas del libro Teoría y estética de la novela, cuyo recorrido por la historia de la novela parte de la antigua Grecia y llega hasta el siglo XVI. 21 Este apunte, valga aclarar, se refiere a la ficción; pues si se las comparara con la ‘realidad real’, resultarían indeterminados. 44 manuscrito o el libro; están también las personas reales que oyen y escuchan el texto. Naturalmente, esas personas reales (autores y oyentes-lectores) pueden encontrarse (y generalmente se encuentran) en tiempos y espacios diferentes, separados a veces por siglos y grandes distancias, pero situados, a pesar de eso, en un mundo unitario, real, incompleto e histórico; un mundo cortado del mundo representado en el texto por una frontera clara y esencial. Por eso podemos llamar a ese mundo, el mundo que está creando el texto; pues todos sus elementos -y la realidad reflejada en el texto, los autores creados en el texto, los intérpretes del mismo (si existen) y finalmente, los oyentes- lectores que están recreando y, en ese proceso, renovando el texto- participan de manera igual en la creación del mundo representado en el texto. De los cronotopos reales de ese mundo creador surgen los cronotopos, reflejados y creados, del mundo representado en la obra (en el texto). (Bajtín, 1989, págs. 403-404) Existen, pues, el mundo del texto y el ‘mundo exterior’; lo representado en la obra y lo que rodea a quien la lee (u observa o escucha). Empero, hay un tercer estadio: la interacción de ambos mundos, cuyo relacionamiento posibilita la existencia del cronotopo. Dicho de otra manera: el cronotopo se completa con la interacción de ambos mundos, pues la obra pudiese estar escrita, pero si no es leída, verbigracia, ‘no sería’, o sea, su existencia no se completaría. Frente a esos mundos, la profesora e investigadora Elena Acosta -a partir de los planteamientos del filósofo español Félix Duque- hace una distinción importante: […] el lugar tiene un doble origen: por un lado, se trata de lugares culturales, aquellos que tienen sitio en los mapas y una historia colectiva en la que se reconocen sus poblaciones, son los lugares que habitamos y cuyos tiempos se miden por la cronología; esos lugares fueron originados por la intervención del hombre sobre la tierra salvaje, por 45 el ímpetu arquitectónico sobre aquello que estaba ahí, inviolado y casi inviolable, hasta la llegada de un grupo humano que lo hirió, haciendo lugar con esa herida. Por otro lado, hablamos de lugares cultuales, aquellos que se levantan sobre los que tienen sitio en los mapas, compuestos por los relatos míticos o las leyendas, por los poemas, los cuentos, las novelas, las canciones, los dibujos, las pinturas, las esculturas, las obras teatrales, las películas o las series de televisión (cuando éstas se inscriben en experiencias artísticas que rebasan el mero entretenimiento de masas); estos lugares han sido originados en la mente de un poietés, son fruto de creaciones suyas, que universalizan el topónimo que determina el lugar cultural del que parten, pero cuyo territorio es de todos aquellos que habiten en la ficción, sin importar de qué modo, pues cada receptor de una obra de arte esculpe a su vez su propio lugar. Nos encontramos ya frente al concepto de cronotopo […]. ("Los artistas y la construcción del lugar", 2018, pág. 164) Además, en palabras de Elsa Blair, «[…] el “lugar” gana sentido» (El poder del lugar y su potencial político en la legitimación de la(s) memoria(s) del conflicto político armado, 2013, pág. 72), pues «Este, en términos de Agnew, “representa el encuentro de la gente con otra gente y con las cosas en el espacio” (citado en Cairo, 2005, p. XIV). Con esta última afirmación, Agnew se refiere a la forma en que la vida cotidiana se inscribe en el espacio y adquiere significado para grupos particulares de gente y organizaciones». Por otro lado, esta investigación prioriza una idea de tiempo no-lineal para la constitución de la memoria, pues, de acuerdo con Reyes Mate, «A cada modelo de tiempo responde una distinta concepción de la historia» (El tiempo, tribunal de la historia, 2018, pág. 19); y si esto es así, entonces una visión «lineal» implicaría «mirar hacia adelante», es decir, encaminar las acciones hacia la consecución del progreso, lo cual significaría una exclusión de la memoria, 46 pues un tiempo orientado al progreso llevaría a no darle un lugar a la memoria, porque: «Un tiempo así, que es el que nos habita, hace imposible la memoria» (Reyes Mate, El tiempo, tribunal de la historia, 2018, pág. 19) y la hace imposible al negar la duración y concebir cada acontecimiento como un momento más de la historia en el camino hacia el progreso y, si esto sucediera, supondría una aceptación, sin cuestionarla, de la barbarie. Por el contrario, un tiempo no-lineal sí daría lugar a la memoria y, por ende, al pasado. Al respecto, valga resaltar el valor que dio el citado autor ruso a los cronotopos: «En el cronotopo se enlazan y desenlazan los nudos argumentales. Se puede afirmar abiertamente que a ellos les pertenece el papel principal en la formación de la novela» (Bajtín, 1989, pág. 400). Mejor dicho, ellos posibilitan -sea o no una novela el texto construido22- el desarrollo de la historia, en tanto - al concentrar lo temporal y lo espacial- permiten desarrollar las tramas; construir los personajes - al poderlos situar-; tejer los eventos, etcétera, y, así (en clave de este trabajo), construir a partir de ahí un relato siempre atento a la identificación de las huellas, los rastros, de responder a la pregunta: ¿dónde se deposita la memoria de la gallada?, a la cual se contesta en dos momentos: con el relato como tal y con el texto posterior al mismo, que lo analiza en clave de esa pregunta, es decir, la pregunta por los lugares de memoria -en el sentido amplio que propuso Pierre Nora-. En sus disertaciones acerca del cronotopo, Bajtín recorre la literatura occidental23 y en ella analiza -a la luz del concepto- múltiples obras literarias (novelas). En todos los casos, subyacen preguntas por la relación de las obras con la ‘realidad real’ -presencia (y de qué tipo) o 22 Sin embargo, es preciso señalar que Bajtín, en sus sendas reflexiones -dentro del libro citado- se refiere exclusivamente a esta forma textual, a este género de escritura. 23 Se ocupa de siete grandes cronotopos: la novela griega de aventuras, novela de aventuras costumbrista, biografía y autobiografía antiguas, hipérbaton histórico (cronotopo folclórico), novela caballeresca, cronotopo rabelesiano y cronotopo idílico. Aunque, dentro de estos, da espacio a múltiples cronotopos como el del camino (en sentido metafórico, el camino de la vida o la vida como un camino) y el del encuentro, muy desarrollados en la historia literaria, no exclusivos de alguna época en particular. 47 no de la serie temporal histórica: el mundo exterior es contexto o determina la historia-; la imagen de hombre que proyectan; las huellas dejadas por los acontecimientos en los personajes; la expansión espacial -qué tanta o qué tan poca precisan-; la vinculación de los personajes con el espacio -a veces mero escenario, a veces parte integral de la vida construida en el texto (unidad del lugar, diría el autor ruso)-, entre muchos otros aspectos, que no son resumidos acá, pero sí abordados en el análisis. A la luz de la investigación, el mayor énfasis del recorrido se puso en las confluencias y divergencias de tales postulados con la historia de vida de la gallada, por considerarlos válidos y útiles para su abordaje, pues llenan de sentido la construcción narrativa y, en esta, ayudan a comprender la importancia del lugar. 48 Capítulo I: La gallada antes de la gallada De primerazo, en el barrio no se ven mangas; hay cemento por toda parte. De las primeras veinticuatro casas, solo una (la Doce) conserva el solar, que se extiende hasta San Gabriel24, el barrio de encima. Solo a seis les sobreviven algunos de los muros originales: unas placas de concreto durísimas, que tocaba darles martillo un día entero para poner un clavo. A todas, entregadas a las familias más numerosas de Itagüí por la Anapo25, y por eso llamaron al barrio Diecinueve de abril, les correspondió el mismo destino: la disminución de los solares a medida que nacían nuevos hijos. El Diecinueve, entonces, se inició con veinticuatro casas: diez al lado de la quebrada y catorce al frente. Primero hicieron las catorce de este lado, así: dos casas, un callejón, dos casas, un callejón, dos casas, un callejón. Luego, diagonal a la Catorce, hicieron la Quince y la Dieciséis, después un callejón y, seguidas, la Diecisiete, la Dieciocho, la Diecinueve y una manga -donde ahora hay cinco casas, con frentes de al menos seis o siete metros- hasta la Veinte; entre la Veinte y Veintiuno, y entre la Veintidós y la Veintitrés, también hicieron callejones. Ya con la Veinticuatro, se dibujó una especie de herradura, porque la Veinticuatro quedó a todo el frente de la Uno. Todas estas casas, entonces, las dio la Anapo, un partido bueno; mire: no solo daban casas, acá repartieron muchos lotes. A uno de tantos llegó una señora con el marido y los dos hijos mayores. Ellos hicieron el coco, pusieron puerta y ventanas; días antes de pasarse vinieron a dar vuelta: les habían robado la puerta y las dos ventanas. Ella convenció al marido y se trastiaron así. Aparte de los corotos, se trajeron un fogón de petróleo y un viajado de velas. Muchos días, hasta cuando les prestaron plata para comprarla, estuvieron sin puerta; en los huecos 24 El barrio Diecinueve de abril está ubicado sobre la calle treinta y siete; el barrio San Gabriel inicia en la calle treinta y seis. 25 Alianza Nacional Popular. 49 de las ventanas ponían plásticos… ¡Ve!, se me fue la paloma: como le venía diciendo, el Diecinueve nació con veinticuatro casas y por eso se oye decir -cada vez menos habitantes nuevos lo entienden-, por ejemplo: «¿Sabés dónde están vendiendo chuzos? Afuera de la Diecinueve» o «¿Esa bulla es en la Seis?» o «Mirá, ese fue, el que está parado en la Uno» o «La tienda de Tavo está a dos casas de la Quince, subiendo hacia El cafetal -o La finquita-26». Tan importante fue el número que en las escrituras de las primeras veinticuatro casas aparece el tipo de edificación seguido de este, como en la casa que fuera de los Fonnegra: «Edificio horizontal la ocho». La Ocho, y las otras veintitrés, nos las dieron con una pieza, sala, baño, cocina y solar -todos de tamaños diferentes: pequeños, medianos o muy grandes-. Porque sí o porque no, uno entró a muchas y era común ver zarzos, armados con palos y tablas, donde se acomodaban los hijos mayores o todas las mujeres; a medida que los muchachitos se organizaban, las casas crecían de pa’rriba, con segundos, terceros y uno que otro cuarto piso, sin contar los apartamentos de los callejones. Cuando el barrio se empezó a llenar de gente, lo que más había era plataneras y enredaderas de cidra. Muchas veces comíamos eso: cidras, preparadas con todas las variantes posibles: en ensalada, como reemplazo del mango biche, sancochadas con hogao y el aceite sobrante luego de fritar la carne; mientras los plátanos, en sopas, sancochos, patacones o como mejor se nos ocurriera. Es más, las cuchas hasta nos mandaban a prestar una libra de sal donde una vecina; por eso, cuando sentíamos humo, en algún solar o en la calle, nos íbamos detrás, era una señal para el estómago: quienes prendían leña era porque tenían algo que echarle a la olla, no para caloriarse -como los habitantes de calle-; los espectadores, casi siempre niños, esperábamos a ver qué sobraba para nosotros. Había una señora, incluso, que hacía olladas de aguapanela y las 26 El Cafetal o Finquita estaba al final del barrio, sobre la calle treinta y siete, como si uno fuera para San Antonio de Prado, de la Dieciséis para arriba, como media cuadra. Marcaba el límite del Diecinueve con un alambrado, que nunca fue un impedimento para llegar a la casa donde siempre hubo alguna familia campesina. 50 dejaba sobre adobes afuera de su casa: quienes desearan, pasaban y se servían. Ella nunca supo ni le interesó quién tomaba o dejaba de hacerlo: solo sacaba la olla y la entraba al rato, siempre vacía. También había unos muchachos que preparaban claritas y le ofrecían a quienes alcanzara, cuidándose de garantizar -primero- las porciones de su familia. Para conseguirlo, debían tirarse hasta el matadero del municipio, a pie, con tarros de tapa -plásticos o metálicos: no importaba el material, importaba evitar regueros-; allá les regalaban sangre de los animales recién sacrificados y, también a pie, se devolvían con ella a medio cuajar y esperaban, ya en la casa, que terminara este proceso. Con la sangre ya cuajada -estaba lista cuando se tocaba la superficie y la mano quedaba limpia, sin rastro de sangre-, le hacían algunos cortes, igual que cuando se hace un quesito, y esperaban media hora a que desaguara; el líquido sobrante era desechado, pero la parte sólida se pasaba por un sartén, a veces con hogao, y así tenían algo con mejor sabor que el huevo -muy cercano a la carne- pero de textura similar y del mismo color de la clara de huevo, por eso les decíamos claritas. Los niños que vivimos esa época, quienes comimos esas cidras, esos plátanos, esas claritas, años más tarde, conformaríamos la gallada. No todos los niños, nacidos o llegados al Diecinueve, hicieron parte, mas sí muchos de los que corrimos, por primera vez, en las calles de tierra amarilla. Nuestra vida consistía en gaminiar, casi siempre en el barrio, pero también por fuera de él, en las mangas cercanas; incluso en Villa Lía, y en lo que hoy es Villas de San Antonio, todo eso era puras lagunas y allá nos íbamos a pescar unos animalitos de colores. Pero más acá, lo que llamamos el otro lado de la quebrada, estaba nuestro reino, donde sí gaminiábamos de verdad: elevábamos cometa, íbamos a coger pomas, mangos y guamas. En muchas ocasiones pasábamos la quebrada de piedra en piedra y no subíamos al morro: íbamos en zigzag hasta donde pudiéramos llegar. Hoy no es posible subir, hoy el otro lado es privado, tanto que nos llegaron a amenazar con fierros y a hacernos tiros al aire. Podría decir que nos quitaron el morro, pero no los recuerdos, 51 las idas a asar chorizos y coger gurgos, unos pescaditos feísimos, como sin forma, negros - acompañados con arroz hecho en leña-. Tampoco nos quitarán una imagen, guardada muy adentro: desde una parte alta, se podía ver el Diecinueve de punta a punta, con sus dos entradas, que también eran salidas, cuando eran doble vías; desde allá, acostados o sentados en la manga, o encaramados en algún palo, los ojos abarcaban nuestro universo, el Diecinueve era la medida de nuestras posibilidades: la casa, la calle, las mangas, el colegio, la iglesia -así estuviera en San Gabriel- y su Manga del padre. Jugábamos a identificar los ranchos de cada uno y a las personas en planchas, techos o en la calle. Éramos muy versátiles; así el fútbol fuera el principal juego, así fuera contadito el niño que no jugara, no era el único: estaban el Yeimi, el escondidijo y el juego más peligroso y premonitorio de todos: pistolero. Lo practicábamos en cualquier lado: en la parte de atrás de las casas junto a la quebrada; en la manga cercana a la cancha; en El cafetal… o en el mismo barrio, cuando había mangas entre las casas. En nuestra infancia, diferente a la adolescencia, no íbamos de puerta en puerta buscando jugadores, no: vivíamos en la calle, entonces no era difícil conformar los bandos. Escogido el campo de batalla, se decidían los líderes: un capitán de policía y un duro de un combo. Nos gustaba rotar esas figuras, pero rara vez los pequeños dirigían, pues la edad mandaba la parada. Con los líderes escogidos, estos jugaban pico-pala: el uno decía pico y ponía un pie delante del otro; el otro decía pala e imitaba al oponente; quien pusiera la punta de su pie sobre la punta del pie del otro jugador tenía derecho a escoger primero y así sacar ventaja; además, decidía si era tombo o perseguido. Para iniciar, los del combo se escondían, mientras los polochos daban la espalda y, a una señal -grito o silbido- de quienes huían, empezaba la cacería. Sin excepción, todos morimos alguna vez, como tombos o no, alcanzados por balas imaginarias, y renacíamos cuando reiniciaba el juego; sin embargo, y lo conversamos muchas veces los sobrevivientes a la vida real: varios muchachos de la gallada, mientras jugaron pistolero, fueron 52 avisados de su destino: el que cayó a un río; el asesinado por varios hombres, que le temían, etcétera, etcétera. Aun así, con pistolero y todo, en los primeros años del barrio imperó el silencio, solo se oían la quebrada Doña María, los niños en las calles y los adultos trabajando en las obras de bien común. Luego empezaron a sonar radios y al tiempo llegaron los televisores; no sé quién llevaría el primero, porque varias familias dicen haber llevado la televisión al barrio; apenas llegaba un televisor, la sala se llenaba de niños que pasábamos las tardes, mañanas, o todo el día, viendo lo que pusieran, sentados, muchas veces sin comer, pero muchas otras recibiendo lo que nos dieran en la casa de turno: cuando era donde Los buñueleros, doña señora nos daba la pruebita… Diferente a cuando ese señor gordo, que tuvo tienda, y televisor a color con Betamax, nos cobraba por ver alguna película y aprovechaba para salir del mecato viejo -de los Supercocos con hormigas-, que nos vendía “más barato”. Cuando no era pistolero, ni los juegos que ya dije, nos inventábamos un circo, sin carpa, en cualquier parte y, quienes tuvieran alguna gracia, se presentaban, mientras el resto observaba muy contento el espectáculo del que hacía paradas con el trompo o el que sacaba cierta cantidad de bolas en el arroyuelo27 -con bolas de cristal- o el que se voltiaba los párpados o el que caminaba sobre las manos o el que imitaba al borracho o las voces de alguien muy conocido y, también, ahora le dicen freestyle, el que hacía la treintayuna con los ojos cerrados y las manos en la espalda. Así nos pasábamos la vida, cuando no estábamos en el colegio. O sea, sin desconocer las diferencias de edad, los de la gallada estuvimos juntos desde niños -gaminiando o en la escuela, que es lo mismo, con tal de estar juntos-, como juntos estuvieron los primeros habitantes del barrio: viviendo una misma historia, tanto así que si vos ibas a la casa de cualquier vecino era como si llegaras a la propia: a la hora de la comida te daban comida, a la 27 Este funciona así: los jugadores ponen la misma cantidad de bolas de cristal dentro de un círculo -dibujado con tiza en la calle o con un dedo en la tierra-; desde el mismo punto, cada uno lanzaba una bola y el que quedara más cerquita del círculo volvía a lanzar y toda bola que sacara, golpeándola con la primera, le pertenecía. Si la bola de lanzar quedaba adentro o si no sacaba ninguna, perdía el turno. 53 del desayuno, te daban desayuno. Esa historia común se veía hasta en uno de los parches del fin de semana: ir a bailar en La heladería, que no era un negocio, sino la Dieciséis, donde un señor de esa casa había comprado equipo de sonido y, los sábados, a veces los domingos, nos ponía música, a los niños, y armaba el baile, por los mismos días en que se armó el Real Olimpia, primer equipo del Diecinueve, marcado por el relevo generacional: los más viejos colgaban los guayos y los más pelaitos entraban en sus lugares. Hoy por hoy, existe un equipo del barrio, pero con mucha gente de otros lados, y con una diferencia más: ya el barrio, en pleno, no baja a verlo jugar, cada vez son menos quienes se identifican con el onceno; nosotros, la gallada, fuimos hijos -deportivos- del Real Olimpia y, mientras vivimos juntos, tuvimos equipos de fútbol y micro, con enormes hinchadas. Esa vuelta empezó, lo decía, con el Real Olimpia, aunque hay un antecedente: señores como don Omar, Bernardo Quiroz y José Palos, junto con muchos jóvenes de la época -finales de los setentas, principios de los ochentas-, apenas llegaban del trabajo, se iban a boliar machete, a aplanar lo mejor posible y así hicieron un primer campo de juego, al frente del Divino niño - entonces no existía-, entre las casas de Mariano y don Delfín; ahí, cada ocho días, se armaban recochas, partidos con personas de todas las edades, hasta la hija de don José -que siempre le ayudó- jugaba de arquera. Mejor dicho, ese era el parche de los domingos: ir a ver jugar -o jugar- en esa manga. Después, se construyó la casa de doña Ligia y, de pa´bajo, junto a la manga gigante que hay más allá, al lado de la quebrada, los mismos señores -cada vez se sumaban más jóvenes- empezaron a hacer lo que hoy es la cancha, primero toda de arenilla y luego con placa de concreto al lado; el municipio, como siempre, apareció para apoyar lo que el barrio había iniciado. Me cuenta uno de mis hermanos mayores cómo era jugar en esas primeras canchas: al final, de tantas irregularidades en el terreno, de tantas raíces, los jugadores parecían recién salidos de una pelea con un tigre. Esa unidad del principio se vivió en el fútbol y la vida en general: así, los mayores, 54 hombres y mujeres, todos por igual, hicieron la calle, la cancha, las primeras conexiones eléctricas, mientras los niños jugábamos y hacíamos una cosa no menos importante: ir por agua hasta el barrio de encima o a La Limona -escuela Luis Guillermo-, que pertenece a Medellín, así esté tan cerquita de Itagüí, porque allá el agua de la quebrada Doña María era más cristalina, más pura, y acá en el Diecinueve la usábamos para bañarnos y lavar ropa -cocinamos con ella hasta que la dañamos construyendo más casas y tirándole las aguas negras-. ¿Sabe qué hacíamos también?: nos íbamos por el bordo de la quebrada haciendo huecos; en los barrancos hacíamos los hoyos y el agua se filtraba, de ahí sacábamos para cocinar; hubo una época de mucha sequía, por eso hicimos un hueco muy grande, para que mucha gente pud